Loló de la Torriente en persona
Me he apropiado del título dado por Carlos Espinosa Domínguez a su excelente libro Virgilio Piñera en persona (Estados Unidos, 2003), cuya segunda edición acaba de aparecer en Cuba. Creo que es ideal para recordar a una figura polifacética de la cultura cubana: Loló de la Torriente (1907-1983), periodista, narradora, ensayista, además de una mujer revolucionaria, por cuyas venas corría la misma sangre que la de su muy cercano Pablo de la Torriente. Alumna de la Universidad de La Habana, en 1923 participó en el Primer Congreso Nacional de Estudiantes y en el Primer Congreso Nacional de Mujeres. Doctora en Derecho y en Filosofía y Letras, ingresó en el Partido Comunista de Cuba en 1931, fue secretaria de Defensa Obrera Internacional y activista de la Confederación Obrera de Cuba. Combatió la dictadura de Gerardo Machado y durante una visita a los Estados Unidos, en 1934, invitada por organizaciones obreras y culturales de ese país, fue deportada a Cuba, donde sufrió prisión desde finales de 1935 hasta comienzos de 1937. En ese año se trasladó a México, país al que estuvo, desde entonces, fuertemente vinculada en el orden intelectual.
Visité en alguna oportunidad su casa, que es también la de su sobrino, el ensayista Enrique Saínz, mi amigo de siempre. Allí pude contemplar, entre otras pinturas colgadas de sus paredes, cuadros de su gran amigo mexicano Diego Rivera, sobre quien escribió una obra devenida clásica: Memoria y razón de Diego Rivera (1959). De lejos pude observar su mesa de trabajo, encabezada por una pequeña máquina de escribir rodeada de muchos papeles y revistas. Entre estas últimas se destacaba Bohemia, de la que fue trabajadora por años, preferentemente en su sección de historia, siempre oculta bajo el seudónimo María Luz de Nora. Pero cuando su figura se me hace más visible es en el año 1975, cuando José Antonio Portuondo fue despedido con una gran fiesta en el Instituto de Literatura y Lingüística que hoy lleva su nombre, con motivo de su designación como embajador de Cuba en el Vaticano. Loló tenía entonces casi setenta años. Llegó, con su inseparable cigarro entre los dedos, vestida de lujo: pantalón negro, blusa blanca, muchas cadenas al cuello y en el brazo derecho más de veinte pulsos de plata. Un cinto plateado rodeaba su fina cintura. Pequeña de estatura como era, pensé por un momento que tantos adornos casi le iban a impedir moverse, pero no. Se deslizaba de grupo en grupo, siempre sonriente, siempre amable, siempre coqueta, mientras, a lo lejos, su sobrino la contemplaba, admirado y temeroso a un tiempo.
Loló de la Torriente había nacido en Manzanillo, pero desde muy niña pasó a residir en La Habana. Al periodismo se vinculó a partir de su estancia en México, donde residió por varios años tras su salida de la prisión a comienzos de 1937. Periódicos como El Nacional, El Popular y Novedades tuvieron trabajos suyos en sus respectivas páginas y se vinculó a revistas como Cuadernos Americanos y Afroamérica. Fungió además como corresponsal de Bohemia, que fue su espacio natural para dar a conocer sus trabajos periodísticos. En el país azteca ocupó también una cátedra de literatura hispanoamericana en la Escuela Superior para Maestros de México D. F. y cursó Filosofía y Letras en la Universidad Nacional Autónoma. Su vinculación a las publicaciones periódicas cubanas la unen, además de a Bohemia, a Gaceta del Caribe, Revista Universidad de la Habana, Carteles, El País, Prensa Libre, Alerta y El Mundo. Con todo derecho obtuvo en 1954 el Premio Nacional de Periodismo «Eduardo Chibás». Tras el triunfo de la Revolución se mantuvo en su ya habitual revista Bohemia y colaboró en Casa de las Américas, La Gaceta de Cuba, Santiago y Unión.
En el año 1946 Loló de la Torriente publicó un libro relevante para nuestra cultura: La Habana de Cecilia Valdés. El personaje homónimo de la conocida novela de Cirilo Villaverde es el pretexto del que se vale Loló para mostrarnos La Habana del XIX: sus calles, sus parques, sus estatuas, sus teatros, en fin, una vida en plena efervescencia comercial, donde lo mismo podemos advertir la transacción de un cargamento de cebollas que la compra de un negro para esclavizarlo. Es un libro escrito en una prosa directa, pero no precisamente periodística, pues la autora supo darle a su lenguaje ciertos giros metafóricos que revelan la futura narradora ficcional que más tarde sería.
De 1954 es su libro Estudio de las artes plásticas en Cuba, donde quedó patentizado su interés por esta manifestación, que comenzó a apreciar con mayor pasión a partir de su estancia mexicana, al calor de las conversaciones y de la amistad sostenida con Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y otros grandes pintores de esta etapa crucial del muralismo. Siguiendo sus incursiones en la plástica nacional, publicó en 1956 El mundo soñado de Eduardo Abela, uno de los pintores más relevantes de la vanguardia cubana, en quien descubre una paleta muy peculiar a través de sus cuadros más significativos. Mi casa en la tierra, del mismo año que el anterior, es, sin dudas, uno de sus mejores libros. Es, como ha dicho la crítica, la casa de Loló metafórica, la casa quizás soñada por ella como hábitat de todos. Aquí presenciamos una atinada mezcla de géneros que va del testimonio personal a un acercamiento casi de ficción a esa especie de parábola gigante que es nuestra casa en la tierra, que ella ve y admira con nuevos ojos, con nuevas dimensiones, buscando siempre la belleza, lo singular, lo oculto en la nada.
Torriente Brau. Retrato de un hombre (1968) es el acercamiento al familiar cariñoso, con quien disfrutó de una armónica compañía durante algunos momentos de su niñez y juventud, sin dejar de lado su significación en nuestra historia política como figura de su tiempo, ser humano cabal que ella «toca» con manos nacidas del conocimiento directo brotado del seno familiar. Pero Loló de la Torriente siempre estaba lista para sorprendernos. Así, preparado el camino a través de varios libros donde había puesto a prueba su capacidad para ficcionalizar, se publica en 1984, poco después de su fallecimiento, una novela: Los caballeros de la marea roja, donde se afana por mostrar un gran fresco de la vida habanera, y cubana por extensión, desde que en el año 1762 los ingleses ocuparon algunas zonas de la capital hasta el año 1980, cuando un cubano, Arnoldo Tamayo, llegó al cosmos. Los numerosos personajes que pueblan estas páginas, que cubren desde la sexta década del siglo XVIII hasta la octava del XX, acompañados de sus historias personales, de sus alegrías y pesares, dan cuenta del afán de la autora por abarcar momentos oscuros o iluminados de la historia nacional, para los cuales tiene una mirada aguda lograda a través de una prosa ligera pero enfática, donde columbra instantes gloriosos o punzantes, pero siempre con el afán de mostrarnos, a modo de enorme fresco, las diferentes coordenadas de nuestra historia.
Entre la papelería de Loló se encontraba un libro prácticamente terminado: Narraciones de Federica y otros cuentos, aparecido en 1988. Había incursionado en el género desde mucho antes, a través de textos aparecidos en la revista mexicana El Cuento. Ahora reúne piezas que se mueven conjuntamente en dos vertientes afines: la crónica y el testimonio. La autora regresa con ellos al recuerdo: su estancia en México y a través del personaje guía, Federica, nos aproxima una vez más, con gracia y prosa preñada de deseos satisfechos, al país por el cual sintió una profunda admiración. Figuran también narraciones donde, si bien no se mantiene siempre el intimismo que preside al libro, sí percibimos dosis de cierto humor y hasta de picardía en el decir.
La prosa ensayística y ficcional de Loló de la Torriente no fue presa de las convenciones propias del género periodístico, del cual se sirvió durante la mayor parte de su larga vida. Ella supo delimitar las funciones de su creación para que cada una ocupara el lugar correspondiente. Si hoy es, lamentablemente, poco recordada, es preciso reconocer en ella una de las voces más sólidas del periodismo cubano del siglo XX, al cual se entregó con pasión y donde ocupó un espacio junto a figuras, como la de Enrique de la Osa, su gran amigo, con quien compartió en las buenas y también en las malas, siempre unidos para hacer de la pluma, no importa en qué materia, un arma para decir la verdad. Pero Loló se arriesgó más aún, y a partir de una sólida cultura, pudo acceder, con destreza, al ensayo, en particular al dedicado a las artes plásticas, y pergeñar, además, con éxito, el arte de narrar ficciones.
Loló de la Torriente es una voz, entre muchas otras, que está a la sombra de la luz, pero debe ser recordada como la intelectual capaz que fue, la revolucionaria amiga de Julio Antonio Mella, cuya muerte le causó un doloroso impacto, como la de Pablo de la Torriente, caído en Majadahonda, cuando ella guardaba prisión en la cárcel de mujeres por defender a su patria de los desmanes del gobierno.
Mujer culta, su fino espíritu artístico no hizo de ella una mujer de élite, sino una mujer atravesada por el afán de decir, por el deseo de comunicar y con el fervos de ayudar a los otros a ver, no con sus ojos, sino con sus apreciaciones, siempre atinadas y precisas.
