Pedro Santacilia, cubano y mexicano
La figura del escritor Pedro Santacilia y Palacios (Santiago de Cuba, 1826-Ciudad de México, 1910) es una de las no pocas que han servido para hermanar a Cuba y a México. Desde Nueva Orleans dio apoyo a la tierra azteca en sus luchas independentistas, y, poco después de establecer Benito Juárez un gobierno constitucional en Guanajuato, en 1859, pasó a ser su secretario, al asumir este la presidencia o y en 1859, poco después de establecer Benito Juárez un gobierno constitucional en Guanajuato, pasó a ser su secretario, al asumir este la presidencia. Posteriormente fue diputado, por siete ocasiones, al Congreso Federal, entre otros cargos relevantes que ostentó en esa hermana república. Para unir aún más sus lazos con dicho país, contrajo matrimonio con la primogénita de Juárez. En 1879 fue nombrado representante de la revolución cubana en México. Y en 1895 fue agente revolucionario de la República de Cuba en Armas ante el gobierno mexicano.
Santacilia era hijo de un catalán, teniente de granaderos del ejército español, y de una dominicana. En 1836 su padre fue desterrado de la isla por orden del Capitán General, Miguel Tacón, por simpatizar con la promulgación de la constitución liberal de 1812. En España finalizó los estudios y de regreso a su ciudad natal, se vinculó al magisterio. Junto con otros intelectuales fundó la revista Ensayos Literarios y fue asiduo colaborador de la prensa, donde dio a conocer trabajos de historia de sólida erudición.
Detenido en La Habana en 1851, por ser partidario del movimiento encabezado por el controvertido Narciso López, sufrió prisión en el Castillo del Príncipe. Fue desterrado a España, y allí realizó investigaciones relacionadas con el descubrimiento de América en archivos de Sevilla y otras ciudades. Iniciaba así su largo peregrinar de desterrado. Logró llegar a los Estados Unidos y en Nueva York, en 1856, dio a conocer su libro de poemas El arpa del proscrito. Poco después lanzó la idea de editar un libro que tuviera alto aliento patriótico, si bien las composiciones que finalmente lo integraron demuestran un criterio y un propósito estéticos. Nació así, en 1858, la antología El laúd del desterrado, donde figuran José María Heredia, Miguel Terurbe tolón, Leopoldo Turla, Pedro Ángel Castellón, José Agustín Quintero, Juan Clemente Zenea y el propio Santacilia. Todos se identificaban por un común ideal: su amor a Cuba, pero el objetivo político inmediato era derrotar al colonialismo español, aunque estas voces estaban, por aquellos años, inclinadas a una filiación anexionista, predominante en Cuba entre, aproximadamente, 1840 y 1855, y rectificada años después, al sobrevenir el primer conflicto bélico entre Cuba y la metrópolis. Al decir de un historiador de la literatura, el volumen se convirtió en «una especie de catecismo patriótico en la Universidad y en los colegios cubanos». Sobre esta etapa el historiador Sergio Aguirre ha expresado que fue «un período complejo, contradictorio, que abarcó en su seno desde burgueses de indudable propósito esclavista hasta defensores del independentismo que se incorporaron al movimiento anexionista por finalidades tácticas».
Pedro Santacilia fue un hombre de gran madurez política y supo reflejar en la poesía incluida en esta obra la profundidad de sus ideas, así como un alto sentido de patriotismo, «más cerca de la altivez herediana que del acento desolado de Zenea o de algunas composiciones de Teurbe». En El laúd del desterrado figura su poema «A España», donde muestra una visión muy atinada de la historia de ese país, de sus glorias, pero también de sus caídas por un poderío arbitrario y ambicioso hacia los países americanos. De la inicial reflexión con que abre el poema, pasa de inmediato a dar muestras de un aliento épico calzado con un ritmo rápido del verso, aunando así conceptos y aciertos formales de indudable ganancia. Solamente una muestra de algunos momentos del poema:
Aún era yo muy niño y me contaban
Que fuiste grande y poderosa un tiempo,
Que tus naves llenaban el océano,
Que llenaba tu nombre el universo;
Que tus legiones por doquier triunfantes
Asombraban al mundo con sus hechos,
Y que eran los hidalgos de tu tierra
Dechados de cumplidos caballeros;
Que temblaban de espanto las naciones
Al escuchar tu formidable acento,
Y que el sol sin cesar en tu bandera
Alumbraba el escudo de tu pueblo.
[...]
—Pero el tiempo voló; con él volaron
De aquella edad los mágicos ensueños,
Y no más por el prisma del engaño
Pude mirar, España, tus portentos.
El ídolo toqué que tantas veces
Admiraba inocente desde lejos,
Aparté los girones de su manto
Y el barro inmundo contemplé del cuerpo,
Entonces ¡ay! las ilusiones bellas
Que agitaban mi ardiente pensamiento,
Cual hojas por el cierzo arrebatadas
Para más no volver desaparecieron.
[...]
¡Desdichada nación! —Ayer tu nombre
Llenaba con su gloria el Universo,
Hoy... olvidada vives de la historia
Que menosprecia referir tus hechos.
La poesía de Pedro Santacilia ofrece dos vertientes que transitan, la primera, por una expresión entusiasta, combativa, y la segunda por una naturaleza más íntima, donde la pasión encuentra refugio de una manera más sosegada, más pura. Ocasionalmente cultivó la poesía de corte siboneyista, como también lo hicieron figuras mayores de nuestra poesía como José Jacinto Milanés y Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido). José Lezama Lima, en su Antología de la poesía cubana, lo considera autor de una obra en verso «elegante, discreta, salvo en algunas odas, donde la expresión se vuelve más enfática». Es en su poesía de arte menor donde más se aprecia la corrección de sus versos, de lo cual es expresión auténtica su poema «A un colibrí», del cual reproduzco un fragmento:
Lindo pajarillo,
Gala del pensil,
Nacido entre flores
De rico matiz;
Tú cuyo plumaje
De colores mil
Los rayos reflejan
Del sol al salir,
Y en gratos cambiantes
De azul y carmín
Esmaltas cual iris
El aire sutil:
Ave la más bella
Que adorna el jardín,
Del dorado pecho,
Cuello de rubí.
Santacilia siempre se mostró como un sostenido enemigo de España, lo cual se advierte en sus Lecciones de Historia de Cuba, que explicó en sus clases neoyorkinas durante su larga permanencia en los Estados Unidos. Aportó también a la literatura algunos artículos de corte costumbrista. Pero su amplio perfil de intereses lo había llevado a publicar, en 1849, una Instrucción sobre el cultivo del cacao, donde expuso métodos modernos para sacarle el mejor provecho a esta extraordinaria planta oriunda del continente americano.
No obstante su agitada vida mexicana, atareado siempre en cuestiones políticas al servicio de su suegro, pudo publicar la leyenda cubana La clava del indio (1862), Apólogos (1867) y Del movimiento literario en México (1868), lo cual demuestra su sostenido interés por la literatura en medio de tantos asuntos tan alejados de ella que debía atender.
Fue numerosa la correspondencia de Juárez a Santacilia, reunida en el volumen Obras de Benito Juárez, publicado en 1974 por la Casa de las Américas. La lectura de estas cartas nos permite apreciar la confianza que el mexicano había depositado en el fiel cubano. Si bien estaban unidos por nexos de familia bastante cercanos, hubo en el tratamiento del suegro al yerno un acercamiento respetuoso y sereno, sin ambigüedades, palpable en los temas, a veces muy delicados, que trataba acerca de la vida política del país azteca.
Pedro Santacilia y Palacios fue uno más de los tantos cubanos que dio su servicio a México. Allí creó familia y contribuyó significativamente, desde sus personales esfuerzos, a ayudar a una figura como la de Benito Juárez, bien llamado el Benemérito de América. Nunca abandonó definitivamente la poesía, y en medio de ocupaciones múltiples, pudo aún escribir «A una nube», en cuya octava estrofa reitera su amor por la patria cercana:
No importa; rauda prosigue
En alas del blando viento
Por el ancho firmamento
Cual rápida exhalación,
Y si llegas, bella nube,
A mi Cuba infortunada,
Dile a esa patria adorada
Que yo le mando un «adiós»
