Brujas cubanas y escobas de palmiche
Hasta poco tiempo atrás, en diversas regiones rurales de Cuba existieron abundantes y extendidas creencias de brujas. Volaban en escobas de palmiche con la luna de fondo, en las noches de cuarto menguante, pero muy lejos estaban de parecerse a aquellas viejas de los cuentos europeos, con rostros arrugados, narices ganchudas y verrugas.
Las brujas cubanas en su mayoría, eran vistas como jóvenes hermosas, alegres, desperjuiciadas y tradicionalmente zalameras. Danzaban en derredor de un caldero hirviente, al ritmo de tambores, con sensuales movimientos de sus exuberantes cuerpos, en secretos y nocturnos aquelarres, que solían organizar en lo más profundo de los montes. Aunque también existían brujas viejas y feas, que en realidad era el arquetipo ingresado a nuestras tierras en pretéritos tiempos. Lo que trajo grandes problemas a mujeres de edad avanzada y poco favorecidas por la belleza, que en muchas ocasiones se vieron en apuros, acusadas de brujas, tan solo por su apariencia.
No acostumbraban a servir a nadie. Sus conocimientos y hechizos solo eran aplicados para beneficio propio. Se les atribuía el don de la omnipresencia; de escuchar todo cuanto se hablase de ellas, en cualquier lugar; así como la facultad de viajar en breve tiempo a sitios distantes, gracias a que lograban volar, untándose un compuesto mágico debajo de las axilas. Porque, si para unos nuestras brujas se elevaban en escobas de palmiche, para otros tenían el poder de quitarse la piel y salir volando, a veces en bandadas, como si fuesen pájaros.
Durante toda una época, en algunas regiones rurales de Cuba, las brujas llegaron a ser especialmente temidas porque se decía que gustaban de llevarse a los niños pequeños para chuparles los ombligos, especialmente si no estaban bautizados. Esto trajo por consecuencia el desarrollo todo un repertorio de protecciones contra las brujas, entre los cuales vendrían a ser los más extendidos: los conjuros, presignarse y oraciones contra sus acciones; hacer la señal de la cruz cruzando los dedos índices de ambas manos; una escoba puesta al revés detrás de la puerta; la colocación de una tijera abierta bajo la almohada, para evitar secuestraran al bebé; o la tijera abierta detrás de la puerta, que impedía la entrada de la malvada y muchas más.
En aquellas épocas era de todos conocido, que las brujas cubanas tenían la capacidad de metamorfosearse a voluntad en otros cuerpos de su preferencia. Atributo que utilizaban: unas veces como recurso de escape, cuando por determinado motivo no podían levantar vuelo, así tenemos leyendas donde se convierten en sapo, gallina, chiva, gato, yegua, perra, aves y otros animales; otras veces se dice que reconfiguraban su anatomía copiando rostros y cuerpos de algunas personas conocidas, para suplantarles y perjudicarles cuando les fuesen atribuidas sus acciones, o con la finalidad de perpetuar sus fechorías sin ser descubiertas.
Es muy probable, que estas leyendas cubanas tuviesen sus orígenes en creencias sobre las brujas, desarrollada por los emigrantes canarios y en menor número por los gallegos, quienes las trasladaron a sus respectivos territorios de asentamiento en La Mayor de Las Antillas, ya que en aquellas dos regiones españolas, estaban muy arraigadas en la población. Era creencia popular generalizada en épocas coloniales, que la mayoría de las brujas venían de Islas Canarias en sus escobas, a visitar familiares y descendientes en la Isla de Cuba (1) p.99.
Nuestras leyendas generalmente se establecen y limitan a una pequeña zona geográfica, en ocasiones abarcan regiones mayores, a veces trascienden a una provincia; incluso pueden manifestarse en gran parte de la Isla. Éstas de las brujas, son de las más extendidas en casi todo el territorio nacional. Aunque existen muchos relatos sobre el tema, en incontables versiones que se reinventan incesantemente, nos hemos visto reducidos a mostrarles una pequeña selección de leyendas sobre brujas cubanas.
Las brujas de Malpasito
Hermenegildo había nacido y crecido en esa zona. Podía llegar con los ojos cerrados a cualquier paraje, ya que conocía cada piedra del camino. Pero cabalgando esa noche, no comprendía de donde podía venir aquella música extraña, porque atravesando el monte y por lo menos en seis o siete leguas a la redonda, no vivía nadie por allí. La música, en la medida que acercaba se hacía más contagiosa y ahora parecía que voces de mujeres cantaban alegres tonadas, en las cuales incluso le pareció escuchar por tres veces, su nombre.
Recordó brevemente aquellas viejas leyendas de brujas. Pero él no creía en esas tonterías. Después, no se asombró por un poco de niebla en la guardarraya, ni tampoco porque ya no podía ver los cañaverales a la orilla del camino, cuando se supone que ya habría salido del monte. De pronto, se encontró caminando por la calle principal de un pueblo que parecía desierto y que no debía estar allí. No le preocupó en ese momento, que había pasado con su yegua. Tampoco, de dónde había salido ese poblado, ni él como fue a parar allí. Solo le importaba llegar hasta el final de la calle, donde ya podía ver atractivos cuerpos de lindas mujeres danzando en derredor de un gran caldero burbujeante.
Lo recibieron con agasajos y zalamerías llamándole por su nombre, como si le conocieran de hace mucho, pero en vez de hablar, recitaban. Eran tres mujeres jóvenes, alegres y hermosas, que no paraban de bailar. Una vestía de negro, otra de rojo y la restante de amarillo. Sus vestiduras eran abiertas, de manera que mostraban un muslo y algo más, tenían prolongados escotes que denunciaban agitados y vibrantes senos a punto de escapar. La que vestía de amarillo le invitó a danzar, pero Hermenegildo con alguna pena, dijo que no sabía. La que vestía de negro, introdujo un cucharón en el caldero y con gran sonrisa le brindó a probar, más Hermenegildo negó con la cabeza. La que vestía de rojo se acerco despacio, con movimientos sensuales, mirándole a los ojos con una mirada pícara de pupilas brillando de pasión y sus gruesos labios entreabiertos. Se le pegó al cuerpo y enredó entre sus brazos. Escuchó como las tres mencionaron en coro su nombre una vez más y esta le empujó levemente. Él cayó sentado sobre un tocón de árbol. La de rojas vestimentas se le sentó en las piernas y le plantó en la boca un beso que lo dejó sin aire. Entonces, le pareció que a lo lejos gritaban su nombre, pero esta vez era como un coro de toscas voces de hombre.
De pronto, la música cesó. La que vestía de negro, dio un brinco en el aire y se convirtió en una chiva prieta que salió a esconderse en la vegetación; la que vestía de amarillo, también saltó y al tocar el suelo ya se había convertido en una gata barcina, que se escurrió entre las cañas de aquel cañaveral que antes no estaba, pero debía estar. Hermenegildo quedaba asombrado, embobecido y le parecía como si acabara de despertarse de un largo sueño. Reapareció todo el paisaje tan conocido, pero ahora era de día. Aquí fue que sintió las voces de muchos hombres llamándole. Y los vio llegar. Le explicaron que ya llevaban buscándole hace veinte días. Pero Hermenegildo nunca pudo revelar, como fue que se perdió en aquella zona, por él tan conocida; ni tampoco que hacía allí, sentado en un tocón de árbol, sosteniendo por el fondillo a una gallina jabá sobre sus piernas.
Por su puesto que mucha vergüenza tenía, porque hubo quien se pensó otra cosa con Hermenegildo y la gallina. Y no fue hasta muchos años después, que confesó esta historia de las tres brujas. O tal vez lo inventó, para quitarse el bochorno de la indecencia de encima.
La anciana de “Las Calabazas”
Ocurrió hace mucho tiempo. La fundación del poblado conocido como Fernandina de Jagua, era reciente y a uno de sus barrios, “Las Calabazas”, fue donde llegó una tarde lluviosa y fría, una anciana que podría describirse como alta, bastante encorvada por los años, de rostro enjuto y arrugado, cargado de nariz arqueada y afilada, ojos pequeños y hundidos en sus órbitas, lo que unido a sus finos labios, boca desdentada, piel grasosa y manos cuyos dedos desviados eran afectados por la artritis, le daban a la pobre mujer un aspecto bastante tenebroso. Esto dio lugar a los más variados comentarios. Desde luego, no faltaban versiones sobre la procedencia de la recién llegada, que según la aseveración de alguna que otra comadre, había llegado de Canarias, volando en su escoba.
Dejó que la llamasen Ña Belén. Se estableció en las afueras y aun con sus manos desechas, se dedicó a lavar ropa. Más un poco después comenzaron a descubrirse sus dotes de sanadora y por medio del conocimiento de las plantas del monte, a no pocos alivió de menudas dolencias, y aunque nunca su fama pasó las fronteras del barrio, suponemos que crecía el rencor del boticario, el sacamuelas y quien sabe si también del médico del pueblo, quienes podían llegar a pensar que de alguna manera, “la vieja de Las Calabazas” les estaba quitando los clientes.
Llegó la época de una mortal epidemia de fiebres. Muchos acudieron a la anciana creyéndola poderosa, pero esta poco pudo hacer. Esto fue suficiente para le achacasen las culpas de la masiva enfermedad. Como si fuera poco, también la acusaban de llevarse los niños enfermos a sus madres y no faltó quien dijo verla llegar volando en su escoba con una sarta de infantes muertos, y entrarlos a su bohío para someter los cadáveres a horrendas manipulaciones, con el fin de obtener el ungüento que utilizaban la brujas. De las murmuraciones privadas, se pasó a los comentarios públicos en calles, plazas y mercados. Lo cierto es que ña Belén desapareció de pronto, sin que nadie sepa hasta ahora a dónde fue, ni qué se hizo de ella.
Unos cuentan que la noche anterior, una madre que acababa de perder a su hijo, la vio atravesarse volando en su escoba frente a la luna y lanzó un conjuro con todas las fuerzas de su dolor convertido en odio, para verla como estallaba en el aire soltando chispas. Otros comentaron que algunos vecinos fanatizados con esto de las brujas, fueron en desordenado tumulto al apartado casucho de la anciana y allí le dieron muerte a palos. Y algunos otros dicen, que en realidad, lo que ocurrió fue: que el alcalde del pueblo fue a ver a ña Belén en la noche y le convenció sobre el beneficio de abandonar la zona, antes que ocurriese un acto vandálico con ella. Hay también quien asegura, que la mataron a palos aquellos vándalos fanáticos, ebrios de ignorancia y la enterraron en un lugar, donde algunos años después se abrió un comercio de víveres, al que su dueño llamó: “La vieja de Las calabazas”. (1) p. 521-522.
Cazando brujas en Baracoa
En Baracoa, situada en el extremo más oriental de la isla cubana, los viejos contaban que las brujas tenían la cualidad de quitarse la piel y salir volando como si fueran pájaros. Para aprisionarlas, lo que hacían era buscar donde dejaban la piel escondida y le vertían cenizas dentro. Cuando ellas regresaban, no podían ponérsela y aquí las atrapaban. Algunos afirmaban que les propinaban palizas e incluso, se ha llegado a contar, como era tanto el odio contra a algunas, que el populacho sublevado las habían quemado vivas. Aunque en realidad, no se ha encontrado constancia histórica de quema de brujas en Cuba. Otro medio para atraparlas, era el de esparcir granos de mostaza en las pieles que se quitaban para volar y cuando regresaban, al tener que ponerse a recoger todos los granos, las atrapaban en esta tarea. En toda esta zona está muy extendida la creencia que la mostaza, tenía el poder de romper el hechizo de las brujas. Y también, era sabido que, si ellas querían llevarse un niño chiquito y a este no le tenían una tijera abierta debajo de la almohada, lo sacaban hasta por una hendija de las tablas del bohío. (2) p. 295.
La bruja y la sombra
Cerca del poblado de San Juan y Martínez, en la provincia de Pinar del Río, había una relatora que contaba lo sucedido cuando una bruja se enamoró de su padre. Por la época en que se desarrollaban estos acontecimientos, como su progenitor andaba huyendo del ejército español, estaba alojado en apartado lugar monte adentro, vivaqueando en un barracón de madera en precarias condiciones. En las noches, mientras él estaba dormido, la muy maldita hacía acto de presencia, le acariciaba y besaba, luego cortaba un mechón de pelo antes de marcharse. El afectado se percató de la situación y acudió a un conocedor del asunto, quién le recomendó que debía matarla, de lo contrario, la bruja le mataría a él. Con este objetivo, le fue entregado un pequeño puñal y orientó, que para acostarse a dormir se colocase frente unas velas, de manera que al acercarse la satánica mujer, proyectase su silueta en la pared. En ese momento, el aludido debía tirarle el puñal a la sombra y al clavarle allí, la maléfica moriría. Así lo hizo, y en efecto la hechicera desapareció, dejando en el lugar las más horrendas pestilencias azufradas que pudiesen concebirse. (3) p. 62.
Sobre otros modos y maneras de “lidiar” con brujas
Durante la época en que las brujas señoreaban la noche en los montes cubanos, era de todos conocido, que andar por aquellos maniguales oscuros, no solo era cosa de temerarios y valientes, sino que también debían conocerse los más elementales recursos para abatirlas y combatirlas.
Así teníamos que, para tumbar a una bruja en pleno vuelo, el temerario debía clavar con fuerza un machete en la tierra y exclamar con firmeza y devoción: “¡Con Dios y con santa María!”. Luego solo había que esperar unos segundos para que la malvada cayese a tierra. En cuanto esto sucediese, había que acudir al sitio de la caída para dar un piquete en una nalga a la maldecida y chupar de su sangre, con lo cual se adquiría la total inmunidad contra sus hechizos. Aunque en la actualidad, no sabemos por cuanto tiempo duraba esta supuesta dispensa.
Otra manera en que se acostumbraba a descalabrar brujas en algunas regiones, era al momento de verlas pasar volando, quitándose la camisa y poniéndosela al revés (unas veces con algún conjuro, otras sin él), de inmediato esta acción le quitaba todo el poder a la maléfica fémina, quien debía caer a tierra sin remedio. Aunque curiosamente, este procedimiento de la camisa, parece tener extraordinarias coincidencias con las operaciones que debe realizar con la mencionada prenda un cagüeiro, para convertirse en cualquier elemento del monte. (1) p. 111 (verlo).
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Existen también algunos relatos, en los cuales alguien se adueñaba furtivamente del ungüento que las brujas aplicaban bajo los brazos para obtener el poder de volar, y a escondidas lo vertía en el caldero donde las susodichas solían preparar sus brebajes y pócimas. Al ingerirlo las satánicas consortes, el resultado era por lo general, su desaparición o la muerte.
A fines de los años 1910, se dieron algunos casos en determinada región rural de Cuba, que las cosechas se secaban o podrían. Como este fenómeno sucedía al mismo tiempo que a las lechuzas les dio por posarse en los caballetes de los bohíos, para dedicarse a graznar toda la noche sin dejar dormir a nadie, mucha gente pensaba que aquello eran cosas de brujas. Así, fueron los vecinos del lugar a ver a una mujer “conocedora” de estos asuntos, quien recomendó cuando las lechuzas comenzaran a graznar en los caballetes, vertiesen en el fuego un preparado de mostaza, sal y ajo en polvo. Afirman que en cuanto llevaron a cabo esta operación, las rapaces desaparecieron. (3) p. 70.
En algunos lugares tenían la certeza que la mejor manera de hacer caer una bruja en vuelo, era, preparando un cartucho de escopeta con tierra, cabezas de ajo y granos de maíz, para dispararles en el aíre. Mientras que en otros, preparaban el cartucho con mostaza. (3) p.63-64. Pero, sobre todo en las comunidades y pueblos rurales, cuando el asedio de las brujas se extendía por varios días, o se ponía peligroso, se acudía a la Iglesia Católica Apostólica y Romana, donde los vecinos podían proveerse de la “Bula de la Santa Cruzada”, o el sacerdote oficiaba varias misas con el objetivo de sacar a las enviadas de Satán y recomendaba a todos rezar con devoción a voces el “santo rosario” varias veces al día, en la mañana y en la noche.
Las otras brujas, que aún vuelan en Cuba
También y desde hace muchos años, nombramos “bruja” en Cuba, a la gran mariposa nocturna, o “bruja negra” (Ascalapha odorata), llamada así en la parte occidental de la Isla, y conocida como tatagua, en la parte oriental. Este insecto, de la familia Noctuidae, es uno de las mayores lepidópteros vivientes, pues mide entre 116 a 190 mm. entre las puntas de las alas extendidas. Aun tenemos cubanos entre los que existe la creencia que su aparición dentro de la vivienda, anuncia el fallecimiento de alguno de sus ocupantes. Además, se le llama “bruja blanca” en occidente o “tatagua cenicienta” en las regiones orientales, a otra especie de gran mariposa nocturna, (Thysania zenobia), que mide entre 125 y 131 mm. entre las puntas de sus alas. El carácter funesto de estas grandes mariposas nocturnas, así como el de la lechuza y el cotunto, no es solo de la Mayor de las Antillas, es al mismo tiempo creencia extendida por varios países de Iberoamérica. Se ha comprobado la presencia de tal superstición en: Galicia, Argentina, Costa rica y Colombia. (1) p. 99.
Verlo en Cubarte. Cultura Popular. Leyendas cubanas: “La zoantropía en los mitos y leyendas cubanas”
Bibliografía:
1. Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Ed. por Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, Cuba, 2005. ISBN 959-242-107-2.
2. Samuel Feijóo: Mitología Cubana, Ed. Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 1986. ISBN. 011-08-07.
3. René Batista Moreno: Cuentos de guajiros para pasar la noche, Ed. Letras Cubanas, La Habana, Cuba. 2007. ISBN 978-959-10-1269-2.
