Las Antillas, el Caribe, el Gran Caribe

La razón más relevante en las dificultades que entraña entender y explicar el Caribe es su carácter multidimensional. Establecer exactitudes de su alcance geográfico, histórico, económico, sociológico, antropológico y cultural, constituye un empeño que entraña complejidad y requiere de la concatenación de multiplicidad de factores. Las bases de la diversidad, de la fragmentación que se nos revelan como los rasgos más visibles del Caribe están ancladas en su especialísima condición de puerta de entrada de cuanta variedad de habitantes del globo terráqueo puede ser imaginada. Como si esto no bastara, no fue hasta inicios del siglo XIX que los rasgos que se originaron en los disímiles patrones de dominación colonial en el Caribe adquirieron sus fundamentos definitivos. No por gusto el cine, desde su nacimiento, atrajo la imaginación de los espectadores con la recreación de las sangrientas y violentas rivalidades por la captura de las islas. Así, el pirata ha devenido imagen recurrente cuando del enigmático Caribe se trata.
La arrebatiña sobre la que han revelado prolijo testimonio y evidencia los historiadores de la región dejó sus huellas al interior de las sociedades que crearon, para su beneficio, los europeos. Por ejemplo, la República de Trinidad y Tobago que hoy conocemos la identificamos como resultado del colonialismo británico, pero como antes lo fue de España, que a la vez, permitió la llegada de franceses durante las guerras napoleónicas, no se puede comprender la sociedad trinitaria actual sin reconocer un componente al que se le denomina criollo francés que es tan minoritario como los remanentes de los originarios caribes, si se les compara con los grupos de origen africano e indio. Otro ejemplo. la minúscula isla de San Martin es una posesión, simultáneamente, de Francia y Holanda y es a causa de su pequeñez que sus habitantes se ven precisados no solo a compartir actividades de todo tipo, especialmente económicas sino, también, a relacionarse con sus vecinos de las islas cercanas. Resultado, cualquier mujer u hombre promedio que habite la isla es políglota. También debe considerarse el caso de las actuales colonias estadounidenses: Puerto Rico y las Islas Vírgenes de los Estados Unidos; mientras la primera fue española hasta finales del siglo XIX, las últimas fueron danesas hasta el fin de la primera guerra mundial.
Por consiguiente, no es de extrañar que el rasgo del Caribe que tiene mayor visibilidad sea su fragmentación, su diversidad. La convergencia de los países europeos llegados al Nuevo Mundo a través de los intersticios insulares del archipiélago fueron portadores de patrones de dominación que dieron como resultado la creación de sociedades de formas diversas y esencia idéntica, en las que, entre otros, la lengua devino causa de la supresión del establecimiento de posibles canales de comunicación entre los conjuntos de pueblos articulados en torno a los específicos patrones culturales dominantes. Fragmentación lingüística que persiste como barrera hasta nuestros días.
Pero esa fue tan solo una de las tantas complejidades que singularizan al Caribe. Si bien los patrones culturales metropolitanos se erigieron como excluyentes por la violencia de la espiritualidad de los sometidos, las estrategias para el borrado de la cultura del otro resultaron inútiles. No obstante, para todos los que llegaron desde los cuatro confines del globo terráqueo, ya fuera que hubieran arribado a las islas –la puerta de entrada la Nuevo Mundo— por voluntad propia, por el más brutal sometimiento o por engaño, adquirieron una nueva noción de individualidad en relación con una colectividad de origen y el ingreso a otra en permanente proceso de creación.
Los individuos provenientes de las naciones emergentes de Europa se reconocieron en el Nuevo Mundo como europeos, así como españoles, británicos, franceses, holandeses y dinamarqueses. Los africanos traídos como esclavos procedentes de las más diversas etnias sembraron en esta margen del Atlántico la semilla del panafricanismo. Bajo la denominación genérica de asiáticos u orientales se descubrieron sujetos originarios de los más remotos confines de la región que se extiende desde India, pasando por Asia continental hasta el archipiélago Pacífico.
Y esa enorme multiplicidad de culturas, en oleadas sucesivas a lo largo de más de cuatro siglos, junto a los remanentes de los pueblos originarios, sentó las raíces del poblamiento de las islas. Cada una de ellas trajo consigo, aportó y se nutrió de la cultura que es, como ha señalado en antropólogo brasileño Darcy Ribeiro, constituye el patrimonio simbólico de los patrones de pensamiento y conocimiento que se manifiestan, materialmente, en los objetos y bienes, y en particular mediante la conducta social y la ideológica, a través de la comunicación simbólica y de la formulación de la experiencia social en sistemas de conocimientos, creencias y valores, y de esa amalgama nació la sociedad del Caribe, una de las más notables y dinámicas cumbres de la experiencia humana.
Como los europeos entraron al Nuevo Mundo a través de su archipiélago en busca de recursos materiales para impulsar y consolidar el nuevo modo de producir que estaba abatiendo el feudalismo, resultó imperativo convertir los nuevos territorios en talleres de la industria europea. Y como cada metrópoli tenía un desenvolvimiento productivo específico y en diferente nivel de avance, los talleres antillanos debieron responder tanto a las exigencias del proceso global capitalista, así como a las singularidades del mismo en cada nación. Pero la explotación del trabajo de los traídos en condiciones de inferioridad requirió de una política de homogenización de las prácticas de trabajo y del despojo de sus sistemas de valores como recurso de opresión efectiva.
Así se conjugaron factores económicos y culturales, para dar como resultado la conformación de una sociedad de expresiones diversas y raíz idéntica asentada en islas y territorios continentales, separadas por un espacio marítimo compartido. Y es precisamente esa singular conjugación de diversidad e identidad lo que permite reconocer una región del mundo como el Caribe. Pero también es esa excepcional mixtura la que ha impedido el consenso en la precisión de sus bordes.
Cristóbal Colón creó la primera gran confusión cuando aseguró que había llegado al reino del Gran Khan, a la India occidental. Desde entonces, quizás ninguna otra región del mundo ha sido escenario de la violenta y sostenida coalición de los intereses de dominación de las naciones más poderosas del universo. Igualmente, como pocas regiones en el mundo ha tenido una extraordinaria significación estratégica –militar, económica, política, ideológica, etc.
Sólo si se consideran los asuntos antes mencionados es posible entender por qué responder a la interrogante ¿qué es el Caribe?, ¿cómo reconocer el Gran Caribe? entraña tantas dificultades y presenta tantas variantes. No parece existir otra región el mundo para la que establecer su alcance geográfico, histórico, sociológico, económico, etc. resulte una tarea tan elusiva. Observar los territorios que comprende cada una de las innumerables entidades regionales en cuyo nombre aparece el apelativo Caribe es suficiente para comprobar esta afirmación. Registrar la cantidad de estudios al respecto sería una tarea que rebasa con mucho los límites de esta convocatoria al lector a considerar en lo adelante la importancia de conocer el alcance de la región, desde la isla de Cuba, vista por el resto de los pueblos de la región como uno de sus más importantes integrantes.
Contemporáneamente, en el ámbito académico, las definiciones más reconocidas son: Caribe insular o etnohistórico, Cuenca del Caribe, Gran Caribe, etc. Cada una de ellas registra un punto de vista específico que varía según el momento histórico que se examine y el rasgo que se pretenda resaltar. De ahí el que todos posean validez siempre que se precise el área de atención al que se remiten.
Pero también parece pertinente una propuesta de definición de ¿qué es el Caribe?, ¿cómo identificar el Gran Caribe? que atienda a los rasgos que sustentan una identidad compartida, a pesar de las divergencias en las que no poco peso tienen las percepciones.
El geógrafo y profesor de la Universidad de las Antillas y Guyana, de origen martiniqueño, Romain Cruse realizó una indagación acerca de cómo los estudiantes universitarios de diferentes territorios del Caribe percibían el espacio caribeño, en tanto dimensión geográfica. El resultado que obtuvo se corresponde con el carácter elusivo de su definición a los largo del último medio milenio. Ellos definieron la geografía Caribe desde su ubicación en le región. A saber, los de las islas neerlandesas y Trinidad y Tobago no tuvieron dificultad en identificar como parte del Caribe a los cercanos territorios de Venezuela y las Guyanas. Para los de las islas hispanas el resto del Caribe presentaba notables imprecisiones ante la asunción de ser latinoamericanos. Los de las islas francófonas, las que exceptuando Haití son departamentos franceses de ultramar, difícilmente se autodefinen como caribeños.
Pero a ello se añade el que a través de la historia el Caribe ha sido entendido desde fuera con alcances también diferentes, siempre relacionados con su participación en los asuntos internacionales desde los lejanos tiempos del Almirante de la Mar Océana que, según él, había llegado a las Indias Occidentales. Por eso, las primeras empresas europeas de saqueo de los recursos de la región se denominaron, invariablemente, Compañía de las Indias Occidentales –francesas, hispanas, neerlandesas, británicas. Pero esa denominación se alternó con la prejuiciada y devaluadora de Caribe para denominar la región. Ella, a la que se atribuyó el significado de caníbal, fue el recurso ideológico que justificaba que la decente y religiosa Europa esclavizara y diezmara a todos los nativos americanos.
Pero cuando a la vuelta del siglo XIX los Estados Unidos habían acumulado suficientes fuerzas como para disputar la hegemonía europea en el resto del continente americano, las Antillas, las Indias Occidentales, se convirtieron en la Cuenca del Caribe. Si la geoeconomía había sido decisiva en el ensarte del Caribe a la economía capitalista mundial durante los cuatro siglos anteriores, la geoestrategia político, militar e ideológica devendría la conformadora de la noción de Caribe en el siglo XX. El Canal de Panamá y la proliferación de bases carboneras, navales, militares, junto a la avalancha de su capital monopólico desplazaron, en la práctica, a los poderes europeos en un proceso que cobró un ritmo vertiginoso durante y con posterioridad a la segunda guerra mundial. Fe de ellos da la escalada que va desde la creación de una Comisión para el Caribe bajo el liderazgo de los Estados Unidos (1941) para concertar con las potencias europeas la política hacia la región, hasta la francamente contrarrevolucionaria Iniciativa para la Cuenca del Caribe (1983).
Pero hay una historia de resistencia en la región al dominio extranjero. Sus hitos son las Revoluciones Haitiana (1804) y Cubana (1959) y entre ambas el proceso de descolonización ha dado frutos de cualidad disímil. Igualmente el proyecto integracionista en el Caribe, nacido en los días del impacto de la crisis de 1929-1933, del que resultaran instauración de una Federación de las Indias Occidentales Británicas (1958-1962), la CARICOM (1973) y que la durante de la década de 1990 viera surgir la Asociación de Estados del Caribe (1994), ha cobrado mayor alcance con la existencia de la Alternativa Bolivariana para las Américas y la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe, 2011. Son estas entidades regionales expresión de una lenta, contradictoria; pero expresión sostenida de la voluntad de una proyección internacional de carácter autóctono y autónomo que refleja una noción propia de Gran Caribe –las Islas y los territorios continentales ribereños.
Pero el modo en el que región quedó insertada en los asuntos mundiales dio paso a otras manifestaciones de una singular relación entre los singular y lo general. Como el Caribe fue repoblado con la introducción de europeos y africanos, a los que entre la segunda mitad del siglo XIX y las primeras dos décadas del XX se le añadieron asiáticos venidos desde la India, pasando por el Asia continental hasta la Islas del Pacífico Sur. Cada Isla, cada territorio es, por lo tanto, una mezcla exclusiva, única de componentes de diferentes orígenes étnicos. Pero a la par, es una regularidad el que absolutamente todas las sociedades en el Caribe sean un crisol étnico basado en una estructura organizada en torno a una rígida relación entre el color de la piel, el status económico, político y social y el género.
También, desde el punto de vista de la cultura en tanto experiencia humana --no solo entendida como resultado artístico-- la diversidad es inasible. Pero la expresión híbrida, criolla, en cada uno de los territorios es una regularidad del ser en el Caribe. Por eso, no es raro que en las más distintas expresiones religiosas, danzarías, pictórica, literarias, culinarias, etc. sea posible identificar fuertes similitudes, préstamos que, incluso, han sido favorecidos por la migración intrarregional durante las primeras décadas del siglo XX, por la cercanía, etc. Ý junto a ello, en una paradójica interconexión, los rasgos de la cultura impuesta, de la metropolitana, instituida como canon de modelo civilizatorio superior.
Como el Caribe no ha sido solo un punto de llegada de contingentes humanos venidos desde los cuatro puntos cardinales sino que, además, se ha constituido en un punto de emisión de migrantes hacia todos los confines del universo, la estructura antropológica más significativa de las sociedades, la familia, también ha sido el resultado de la combinación de explotación, discriminación, exclusión, pobreza, imposición de patrones sociológicos extraños, etc. Esa es una de las causas por las que los estudios antropológicos realizados desde el contexto auténticamente caribeño han hecho una significativa aportación al explicar la existencia de una familia transnacional, cuyo impacto ha determinado la desaparición de prácticas familiares tradicionales , como el rito funerario del noveno día en Jamaica, la necesidad de dar tiempo a los que están en el extranjero a tomar el avión para asistir al funeral del ser querido, así como la creación de nuevos espacios de consolidación y recreación de los lazos familiares. Se trata de la reunión a la que acuden todos los miembros familia que están en la diáspora, incluidos los nacidos en el intervalo entre una reunión y otra. O sea, no solo la remesa se constituye en la posibilidad del sostenimiento de los vínculos de la familia. No es de extrañar que un caribeño escuche con sorpresa la afirmación, desde una perspectiva eurocéntrica, de que su familia sea disfuncional.
Por eso, esta propuesta define, a manera de esquema, que el Caribe, el Gran Caribe, es un espacio cultural creado a partir de finales del siglo XV por la expansión del capitalismo, momento a partir del cual quedó insertado en uno de los ángulos del sistema triangular de economía mundial. El elemento unificador de la diversidad que singulariza el Caribe descansa en una historia común de participación subordinada en la creación, consolidación y desarrollo de un sistema de economía mundial a través de una estructura económica monoexportadora y polimportadora –la plantación--, que produce con un poblamiento extranjero –libre o no--, en un medio geográfico alterado por la importación de especies de flora y fauna. Esa estructura económica ha determinado la instauración de una organización política en la que los derechos de los sujetos residentes –libres o no— están fuertemente controlados y limitados por el poder metropolitano, no importa que se ejerza a través del colonialismo como de su variante de encubrimiento, el neocolonailismo.
Pero fue el propio desarrollo de la internacionalización de sus rasgos lo que indujo a la dilatación del Caribe a Gran Caribe. El papel y lugar que ocupa el Gran Caribe en la dinámica internacional de la segunda posguerra, especialmente el imperativo de su integración, está en la base de esta nueva dimensión de lo hace medio milenio fue conocido como las Indias Occidentales.
La existencia de patrones económicos, políticos, sociales y culturales de raíz igualmente opresores han determinado que la resistencia expresada a través de proyectos y acciones de emancipación individual y de independencia colectiva constituya evidencia de las notables similitudes y diferencias que nos identifican. Igual ocurre con las expresiones intelectuales ligadas al surgimiento y desarrollo del nacionalismo y la conciencia negra en la región, así como de la revolución intelectual que, a partir de la década de 1930, dio paso a una tradición intelectual auténticamente caribeña de cuyas manifestaciones estamos disfrutando en esta 21ra. Feria Internacional del Libro, dedicada a las culturas y pueblos del Gran Caribe.
Son los rasgos antes apuntados, fusionados en las islas y en los territorios ribereños de la parte sur del continente americano, los que hacen del Caribe un espacio cultural diverso e idéntico, cuya fuerza expresiva es capaz de rebasar su ámbito geográfico originario para reconocerse, como ha apuntado George Lamming, en lejanas ciudades como Londres, París, New York, Ámsterdam. Pero tan sólo cuando hagamos de nuestro legado histórico e intelectual un bien común compartido el Caribe se arraigará definitivamente como un espacio cultural. Para ello deberemos, entre otros factores, derribar diversidad lingüística que como uno de los legados principales de la herencia colonial oculta la auténtica identidad caribeña.
Sirva pues esta fiesta del conocimiento a contribuir a consolidar y expandir los fundamentos de la posibilidad crecientemente necesaria de compartir el rico, extraordinario y deslumbrante legado intelectual del Gran Caribe que ha resultado del continuo ensanchamiento de las fronteras de la marmita en la que se han amalgamado los hijos de la raza cósmica.
