Carta de Rilke a Alberto Acosta-Pérez
Nota del compilador:
Estas cartas fueron encontradas en el metro de París por una anciana de la que se me negó su nombre. Se dice que estaban en un cofrecito de ébano y marfil, unidas por una cinta de color rosa, y que la nieve había borrado todo vestigio de quién las había escrito. Por mis investigaciones pude esclarecer que fueron vendidas en subasta, a un precio casi insignificante, por un comerciante a un turista, el cual las trajo en un viaje a Cuba y se las entregó a un escritor de provincia, cuyo nombre quiero conservar en el anonimato, quien las tradujo al reconocer la firma de Rainer Maria Rilke. Pero era muy difícil augurar si se trataba de sólo diez cartas o si existían más; opino, por las investigaciones que realicé, que eran solo diez cuartillas, como muestrario del tractus poético de la Isla, que el autor de las cartas de Franz Xaver Kappus había destinado a unos escritores cubanos; pero el poseedor de las mismas, después de traducidas, las había distribuido entre amigos y poetas quienes las conservaron hasta el día de hoy. Mi intención fue buscar todas las cartas, volver a colocarlas en el cofrecito de ébano y marfil, descifrar si ciertamente era Rilke su autor, y dar fe de todo ello, a destiempo, en esa apuesta por la poesía y los poetas de hoy.
En Bremen y 1905
Estimado Alberto Acosta-Pérez:
Días hace ya que dejé Praga. Era un absurdo mantenerme en la casa de mi infancia; pienso ahora que no regresaré más: es difícil retomar el paisaje que alguna vez fue nuestro y volver allí, sin los amigos de antes, sin los reclamos de mi madre bajo el cielo gris de la ciudad. Sería una especie de suicidio, un largo caminar a la nada, y a estas alturas estoy debatiéndome en si la vida resulta realmente necesaria, si existe un mundo fuera de nosotros, que nos albergue la ilusión, con un canto a la vida más allá de los límites posibles. Rodin me ha asegurado que, ciertamente, afuera existe el mundo, pero este amigo tiene mucho más fuerzas que yo. Sin embargo, la decisión de abandonar Praga fue cuando salí al jardín de la casa y descubrí que no existía el sauce donde jugaba, que todo extrañamente había cambiado de lugar; me resulta que la naturaleza nos abandona. Nos confunde. Y escribí, para mi libro de versos:
Allí la muerte está. No esa, cuyo saludo
Los rozó, milagroso, en la niñez:
Es la muerte pequeña, tal como se la entiende;
Su propia muerte cuelga, verde aún, sin dulzura
En ellos como un fruto que no ha de madurar.
Creo que el amigo Rodin no me perdonará mucho estas valoraciones, pero confieso que la muerte es, para mí, una extraña silueta de la que no gano conciencia. Y quiero apartarme de esas lecciones de realidad que me parecen una consecuencia real de cada día; prefiero mirar desde allí el poema, que, de hecho, es un tiempo suficiente, diría que prolongado por las ausencias mismas. Así lo veo, preciado poeta Alberto Acosta-Pérez, y así también lo comparto contigo después de un invierno interminable, cerca de mi preciado Rodin; hemos compartido tus versos del libro Fotos de la memoria.* Para mí, cada día es un raro oficio decir las consecuencias que asumo, pero tu poemario me ha llenado de vitalidad y me hace reevaluar mis perennes reclamos sobre la existencia.
Aquí precisas ciertos años, como divertimento del texto en sí, especie de manualidad que entiendo por la belleza de las palabras que ofreces, una especie de salvoconducto, la poesía como viaje y regreso, como posible retorno. La lírica no debe escapar de esos cielos. La neutralidad es un hecho difícil de entender en el poema, y confieso que su preciado libro ocupará más de la vida que nos queda, quizás porque lo tendré siempre y así me deleito en conocer otros poetas que también me admiran. La puntualidad de tus versos es memorable cuando escribes:
Insiste en dos o tres historias olvidadas,
En cuatro o cinco versos imperfectos.
Atrévete a ser (tú),
A posar tu mano libremente sobre el pecho destrozado
Por el miedo,
Despierta a los cadáveres pequeños que guardas debajo
De la sábana,
Besa los dedos puros de los niños.
Y siente así otra especie de fe, cuando hablas con fervor de esos miedos que nos avecinan. Ofreces de un modo muy sutil una especie de ánima, desde la naturaleza de lo humano que siempre me reprocha Rodin, al no valorarla de modo tácito; por eso, él antes que yo ha hecho suyos tus versos y, en particular, tu declaración que, como pórtico del poemario, nos invoca a “decir el poema hoy y no mañana”, es como atreverse a descifrar lo que hay de mañana y pensar que el poema suplantará esos límites, escolios de otras advertencias. La muerte que ronda, que aparece detrás de cualquier definición. De allí que presiento que tu poemario Fotos… es una muestra de cómo debemos apostar por la vida y pensar que la muerte nos asecha, nos fragua otras tempestades. ¿Límites posibles son estos? ¿Hasta qué punto pudiéramos salvarnos del acto?
En esas encrucijadas, tu poemario apuesta por el ser, preciado Alberto Acosta-Pérez, de allí que titularas uno de los tiempos del libro “Aprendiendo a vivir”, retablo este donde afloran tus escritores cercanos: Lorca, Virginia Wolf, Anna Frank y tu próximo y eterno amigo Virgilio López Lemus.
Interesante es el verso mío que has seleccionado: “y el ángel dirá ¿sientes la vida?” Y ahora que tengo tu poemario y tu amistad, has venido para hablar de la muerte, de tu cadáver pequeño, para parafrasearte de algún modo, aquí donde, más allá de la finitud humana y el limbo del espíritu, el ángel me obligará a responder: la vida nos salvará.
Tuyo,
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Nota:
* Poemario de Alberto Acosta-Pérez publicado por Letras Cubanas en 2009.
