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La lira del mártir, Juan Clemente Zenea

Fernando Padilla González, 23 de febrero de 2012

Acosado por la interrogante, “¿Y quién soy yo?”, vivió el hombre cuyo proceder e ideas lo inscribieron en la historia como unos de los literatos cubanos más controvertidos del siglo XIX. Definido a sí mismo como: “¡Poeta vagabundo que vengo, como réprobo maldito, a contar una hora en este mundo en presencia de Dios y lo infinito!”, le aterraba el pensamiento de encontrar sepulcro, “como el Dante”, en suelo extranjero.

Y es que el amor a la patria que dio cobijo a su existencia nunca se apagó, aun cuando afirmaba que la estrella de su siglo se había eclipsado. En andar desconsolado, no encontraba escala que lo condujera al cielo y, al mirar a los lados, solo veía un pueblo peregrino portando sobre sus espaldas el oprobio de la afrenta.

Otros sin luz han intentado ensombrecer la estirpe de su lira, y ahí, cuando el manto de la incomprensión parecía que lograba cubrir el halo majestuoso del poeta, voces verdaderamente cubanas clamaron en el silencio. “Los que lo mataron sabían instintiva y perfectamente que Fidelia era Cuba, que Adah Menken era Cuba, que el infinito de los ecos era Cuba, que Zenea era Cuba. Y por eso, inútilmente, lo mataron”, sentenció, en su momento, Cintio Vitier.

A 180 años de su natalicio, la cultura cubana rinde tributo a Juan Clemente Zenea. El hombre que a la golondrina aconsejó no buscar en vano su tumba, pues en la ausencia del sauce y el ciprés, no encontraría reposo ante el fatigoso viaje. Finalmente, la tenacidad triunfó, mientras el tiempo estampaba en el bronce la silueta del poeta.

Desde principios del siglo XX, varias generaciones de cubanos, al pie inicial del Paseo del Prado, han intentado descifrar los pensamientos del poeta, que sentado en meditación profunda, pareciese como si en ocasiones elevara la mirada hacia la fortaleza donde transcurrieron los últimos días de su vida. Erigido gracias al empeño de Piedad Zenea de Bobadilla, el monumento es una loa a la sempiterna inspiración del bardo, representada en una mujer desnuda que porta en su mano izquierda una lira.

Orgullo de la ciudad de Bayamo, Juan Clemente Zenea vino al mundo el 24 de febrero de 1832, fruto de la feliz unión entre un español de carrera militar y una criolla, hermana del poeta José Fornaris. A muy temprana edad sufrió los devastadores efectos de la muerte de su madre y poco tiempo después la separación de la figura paterna, quien debió regresar a España en cumplimiento a las ordenanzas del servicio.

Antes de la partida, el progenitor delegó la custodia de Zenea a un hermano que residía en La Habana. Atrás quedaban los pocos gratos recuerdos de la infancia y se abrían ante sí los caminos de una ciudad que deparaban al joven una madeja de misterios que marcarían su existencia.

El más dulce de ellos, al menos en principio, fue la pasión profesada y correspondida con la párvula actriz norteamericana Adah Menken. En viaje de trabajo con su compañía de Nueva Orleans, la artista norteña no solo propició esplendor a aquellas idílicas jornadas de esparcimiento por La Habana, sino que también contribuyó con creces en la incorporación de un amplio vocabulario, en los idiomas inglés y francés, en quien comenzaba a desnudar los encantos de la poesía.

Antes, recién llegado a la futura capital de la Mayor de las Antillas, Juan Clemente Zenea matriculó y forjó su temple intelectual al amparo de los claustros del colegio El Salvador, que para entonces contaba con la rectoría de José de la Luz y Caballero. Inmerso en un ambiente intensamente literario, su pluma se iluminó y de ella brotaron las primeras composiciones líricas, publicadas en el rotativo La Prensa, del cual fuese redactor tan solo unos años más tarde.

Inspiración por medio, sus creaciones se sucedían una tras otras. En colaboración con su tío, el también poeta José Fornaris, y Rafael Otero, publicó “La mujer. ¿Es un ángel? ¡No es un ángel! ¿Sí será o no será?”. Otras publicaciones periódicas como El Almendares y La voz del pueblo plasmaron en letra impresa las inquietudes poéticas del joven Zenea.

En 1852, se ve implicado en los sucesos de Eduardo Facciolo, mártir del periodismo, por lo que el exilio se presenta como la única alternativa posible. Es entonces que viaja rumbo a los Estados Unidos, específicamente a la ciudad de Nueva Orleans, donde acude al encuentro de la amada Adah Menken, reanudándose el idilio interrumpido años antes en la Isla.

En suelo norteamericano, acosado por el fantasma de la nostalgia, se afilió a los clubes El orden de la joven Cuba y La estrella solitaria, a la vez que ideas separatistas, en contra del régimen español, veían la luz en El Correo de Luisiana, El Independiente, Faro de Cuba, La Verdad, El Filibustero, entre muchos otros, acción que le valió la declaratoria de su sentencia de muerte por parte de las autoridades peninsulares.

Sin embargo, una amnistía general, decretada en 1855, le concede la anhelada posibilidad de regresar a La Habana, donde incursiona en el magisterio, prosigue con sus incansables colaboraciones para la prensa de la época y se codea con lo más selecto de la intelectualidad de entonces.

Una década después, regresa a los Estados Unidos. En aquella nación y en México, prosigue con su labor en beneficio de la patria oprimida, redacta y publica versos, funda y colabora en los más variados diarios e imparte conferencias. La noticia de la insurgencia clamada por Carlos Manuel de Céspedes hincha su pecho de beneplácito. Inmediatamente, abandona sus quehaceres y compromisos para regresar a la Cuba soñada por él, libre del oprobio y la sumisión extranjera.

Consagrado a la causa independentista, se erige, desde la pluma y el alma, en difusor de ideal libertario dentro y fuera la nación. Bien intencionado, accede a la petición del embajador español en Norteamérica de mediar en el conflicto para bien de la insurrección cubana. Cometido en mano, viaja nuevamente a la Isla con un salvoconducto expedido por las autoridades españolas que le concedía entera libertad para moverse entre las filas cubanas.

A pesar de ello, la falsa moral del colonialismo hace mella en otra de las tantas víctimas de su política déspota. Juan Clemente Zenea es detenido por las fuerzas españolas y confinado a sufrir el aislamiento en las mazmorras de la fortaleza de San Carlos de La Cabaña, a la espera del postrer martirio.

Ejecutado el 25 de agosto de 1871, su imperecedera obra caló hondo en el parnaso literario cubano. Autor de Cantos de la tarde, Diario de un mártir y “Fidelia”, su impronta quizás pueda ser resumida en el criterio de Max Enríquez Ureña: “La personalidad de Zenea no significa simplemente repulsa al desaliño de la forma o retorno hacia una expresión poética más esmerada: significa algo más, ya que es la revelación de una sensibilidad poética de calidad excepcional, como hasta entonces no se había manifestado en las letras cubanas”.

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