Sergio Pitol (Premio Cervantes de Literatura), en La Habana
La presencia de Pitol en La Habana me remite a un mundo alucinado, para nosotros que provenimos de un medio de absurdas carencias y dudosas abundancias, una face de la memoria, o caja de resonancia en la cual se fue forjando un tipo de naturaleza a la cual pertenecemos muchos cubanos. Se trata de una añoranza perpetua por lo desconocido, aquello de lo que hemos ido haciendo una versión a nuestra manera, un engendro de interpretación que abarca los diversos ámbitos de la existencia.
Sergio Pitol, latinoamericano al igual que nosotros, estuvo en la otra dimensión, que suele resumirse en toda su magnitud desde la naturaleza de El Viaje; viaje del que fuimos privados y al que accedimos a través de la escritura de aquellos que sí lo realizaron.
Pitol viene a compartir esta vez un espacio que le pertenece por esas raras confluencias que determina el espíritu, sus libros, sin dudas conmovedoras crónicas de la lucha interior de sus personajes nos ayudaron a respirar, a creer en un continente diverso desde sus propias imperfecciones y crueldades, un continente que para ser auténtico y digno no tendría que ser esclavo todo el tiempo de una falsa historicidad que nos dictaba estrechas posibilidades de comportamiento. Poéticas como las de Pitol contribuyeron a pensarnos desde una perspectiva más universal, y al mismo tiempo, más real.
Su presencia en la 21 Feria Internacional del Libro de La Habana ha sido, posiblemente, el suceso más emocionante y trascendental de este evento, aquí desde el otro lado de la Bahía, a una altura donde la ciudad puede ser sublimada, sin límites. Nos hemos reencontrado con la obra y la vida de este hombre extraordinario que ha ido transformando, durante casi seis décadas, los latidos en palabras, y que por ello ha merecido, entre otros galardones, el Premio Miguel de Cervantes y Saavedra de Literatura. En esta oportunidad hemos confirmado su energía expansiva y la definitiva notoriedad de su memoria.
Durante los días de la Feria del Libro, Cuba 2012, en una mesa moderada por la escritora cubana Reina María Rodríguez, los participantes: Jorge Fornet, Roberto Culebro, Rodolfo Mendoza y yo nos acercamos desde diferentes miradas a la vida y obra del escritor mexicano; estas miradas abarcaron desde su ya lejana infancia en Potrero, una suerte de hacienda en Veracruz, hasta su intensa y extensa labor como traductor, colmada por el buen gusto, y la buena elección de la obra a la hora de ser traducida. En esa oportunidad también se rememoraron escenas simpáticas de su vida privada, incluidas algunas que tenían relación con su primer viaje a Cuba, en la década de los cincuenta; no faltó tiempo para comentar la presencia constante y decisiva del humor en su obra, llena de un constante desprendimiento paródico, y de una visible necesidad de dialogar con muchas zonas de la literatura que le antecedió.
En especial el mexicano Rodolfo Mendoza se refirió a la historia de Pitol como viajero, viajes emprendidos a la temprana edad de diecisiete años, y que en la adultez se prologaron, entre otras cuestiones, por su trabajo como diplomático en varios piases. El relato de Mendoza nos adentró en la extraña manera como Pitol abordaba las ciudades, desde una perspectiva muy particular, que en nada se relaciona con la habitual mirada del turista.
Además tuvimos el privilegio no solo de compartir con Pitol, sino de asistir al lanzamiento de la novela El viaje, libro evocativo que rememora con sorprendente lucidez escenas y acontecimientos que le sorprendieron en los comienzos de la década de los ochenta a su paso por Moscú y otros estados y ciudades de la extinta Europa del Este. Páginas que son una mezcla lúcida entre la historia y la ficción, un hablar seductor que, al mismo tiempo, nos embriaga y nos conmueve, de él obtenemos un aprendizaje incalculable, ya que el futuro también parece constituirse a partir de ese diálogo fructífero con la memoria.
