Las parábolas vuelven
Quadrivium significa cuatro caminos, el cruce de ellos para llegar a la verdad, obsesión de los pitagóricos en la Antigüedad, que como secta esotérica se mantenía cerrada para los no iniciados; convencidos de que la educación conseguía la moderación y el equilibrio, el orden y la armonía del universo, durante mucho tiempo en la Edad Media, el Quadrivium fue el fundamento para organizar las bases de la enseñanza en Europa, construida sobre cuatro ciencias: la aritmética, que se dedicaba al número en estado puro; la astronomía, que se detenía a estudiar el espacio en movimiento; la geometría, que se ocupaba del espacio estático para el cálculo de las distancias, y la música, que aleccionaba sobre los números en movimiento y enseñaba a producir las notas.
Pero Quadrivium, del poeta bayamés Alexander Machado, fue también el Premio David 2011 de la UNEAC en la categoría de cuento, esta vez “fusionado” con parábolas, aliento de una poética inspirada en un relato que por analogía conduce a ciertas enseñanzas implícitas con alto nivel de simbolismo. Estas parábolas no están apegadas a lo didáctico, como sucedía en los textos más antiguos; solo explotan las semejanzas de lo ficcionado con algunas regularidades éticas de una realidad actual escondida. Por lo general, no hay tiempos ni espacios específicos, época o lugar concretos en los relatos; la proyección del discurso alcanza la enseñanza, pero la didáctica o la moral no constituyen un fin en sí mismos. La escritura se despoja de cualquier ritualismo y el lenguaje opera en un nivel de esencialidades que señala lo que no está visible.
El propósito logrado en el texto es movilizarnos emocionalmente mediante diferentes gotas de un pensamiento establecido con el propósito de cuestionarlo, una vía contraria al facilismo de partir de la emoción superficial para manipular al lector. La anécdota se convierte en pre-texto y con-texto, y propicia, solo mediante insinuaciones, que cada lector construya su propio para-texto. El viejo y ya poco usado recurso de la fábula, esa composición breve en que los personajes son animales u objetos, resultó eficaz en el Iluminismo o en los inicios de la modernidad, cuando se comenzaba a explicar el mundo de forma racional; aquí tiene otras maneras de mostrarnos las cosas, con protagonistas que adquieren una voz con nuevos saberes, sin la rémora de algunos lastres occidentalistas que retocan máscaras y falsedades, una imagen irreal para nuestro universo, al que esos paradigmas fueron impuestos como camisas de fuerza bajo los modelos de la cultura de las metrópolis.
Se trata de un libro cuestionador de esencias y provocador de raíz, aunque no lo parezca tanto; e incluso, se empeñe en no parecerlo. Ahí está el uso de las mayúsculas para destacar socarronamente el simbolismo de conceptos como Verdad y Libertad, o para convertirlos en personas/personajes como Tiempo y Muerte, o para recubrirlos de una irónica solemnidad como Gobierno y Decreto; ahí se muestran frases construidas que remiten a otros contextos cargados de significación: “la alfombra roja”, “la escarapela tricolor”, “las ovejas contaban sus propios sueños”, “el hombre es incapaz de imaginar lo desconocido”, “la palabra busca su camino”…; ahí se manejan expresiones con las que se quiere llamar la atención para indicarnos alguna marca: el gran aburrimiento, o el jardín de los cerezos, o el timbre atronador de las trompetas del Juicio Final.
Estamos en presencia de un cuerpo narrativo en el que no predomina la narratividad, sino cierta técnica de descripción cinematográfica erizada de caminos ensayísticos, insinuaciones poéticas, y una regular elaboración del lenguaje que apunta hacia resultados simbólicos de gran eficacia expresiva. Detrás de cada escenario escogido hay una propuesta significativa cargada de simbolismo. Abundan las referencias bíblicas, ya sea en forma directa, como la cita del Eclesiastés en el epígrafe del libro, o de manera menos visible, como la elíptica construcción de la parábola de “La mejilla”, que si bien puede remitirnos a la destrucción de cualquier estatua —las derribadas a golpe de mandarria después de la caída de Gerardo Machado en Cuba, o las más recientes demoliciones de las imágenes del “padrecito” Stalin tras el derrumbe de la URSS—, también aluden al eterno perdón.
El escritor parte de una realidad que no menciona al darla por conocida, y cada cual puede imaginarla de diferente manera; pareciera que su discurso quedó inconcluso o cortado, o que al recrear una historia medieval o adentrarse en lo puramente fantástico, se suprimiera el inicio y se comenzara por la mitad, para mostrar solo una parte de un todo sin su antecedente y no pocas veces con varios posibles finales. Estos fragmentos de ¿realidad? entrecortada, expuestos mediante varias maneras discursivas —la más tradicional o lineal, en tercera persona; la didáctica de preguntas y respuestas; un extraño diálogo imaginario—, constituyen una regularidad a lo largo de todo el texto. Su carácter simbólico se mueve en la frontera de lo fantástico, y a veces de lo fantasioso o irreal, de un mundo perdido, pasado, mítico o virtual, generador de cierta propensión a la duda o a lo inconcluso.
La naturaleza del punto de vista espacial de este cuaderno, aunque difiere del de buena parte de la literatura cubana, coincide con nuestra producción más reciente, que suele huir del realismo directo, del localismo inmediato, de lo apegado a lo informativo o noticioso. Quadrivium se presenta complejo y singular por la sucesión de insinuaciones, de alusiones poéticas, y nos deja un cuerpo de imágenes traducidas a un mundo cercano unas veces a nuestra realidad histórica, otras, alejado de ella, pero que adentra al lector en la atmósfera mítica del universo literario y artístico de la cultura occidental, adaptado a nuestra mirada. Se escenifican momentos míticos para recomponerlos y se ofrece otra vida y destino diferente al establecido, para proponer un pastiche posmoderno que busca rehacer leyendas y explicarlas con nuevos argumentos.
A veces los personajes participan de un nivel de simbolismo tal que ni siquiera son representaciones de animales o cosas como en las fábulas tradicionales, sino que constituyen una representación de segundo grado, reveladora de una correspondencia y situación más compleja. El encuentro de un pájaro con la flecha que lo matará provoca una imaginaria conversación entre ellos —otra versión de comunicación o interacción posibles— que invita a una meditación sobre la belleza, el poder o la insensatez de la muerte. Los personajes siguen la línea argumental y no pocas veces están en función de las escenas en que resumen el mensaje de la fábula. Lo abstracto cobra cuerpo: la abstracción se potencia tanto, que termina considerando todo lo abstracto como una forma concreta del lenguaje.
Hay relatos vinculados con algunos de la Antigüedad, que comparten temas de todos los tiempos, por lo que siguen conviviendo en nuestra cotidianidad; otros aluden a la Edad Media, o sencillamente son atemporales, mas en todos se llama la atención sobre sucesos del diario acontecer, aunque en ocasiones no sea visible esta condición. Conocer los referentes garantiza una mejor lectura de estas “versiones” y suma, al disfrute “ingenuo”, una cierta complicidad con el autor que les ha torcido el camino, despojándolos de su circunstancia mística o de alguna retórica hueca y acercándolos más al ser humano real que hoy somos en la Isla. Estos textos responden a la asimilación de nuestra cultura en resistencia, propensa a la felicidad, aún con todas las limitaciones impuestas para que ello no ocurra, sin renunciar a la posibilidad de aprovechar los pequeños gozos que la vida ofrece. Por ello, quizás un Odiseo criollo resultaría insoportable y terminaría en el fondo de los mares, tal y como ocurre en el relato homónimo.
Dos aspectos merecen ser destacados: el lenguaje expresionista que alcanza momentos de excelencia: “una mordida ante cuya presión ruedan por sus comisuras espesos riachuelos de salsa”; o: “La cabeza había sido desprendida limpiamente. Tenía varias heridas en la cara; tres huecos pequeños, profundos y alineados en el cráneo; le faltaban la nariz y un ojo”. El otro logro acerca del cual llamo la atención es en el sostenido ambiente sonoro que va del silencio al aullido, pasando por gorjeos, “tintinear de sílabas”, rumores lejanos, la “vibración del mundo subterráneo” o el silbido. El libro es audible hasta en el susurro.
Las parábolas llegan del origen para traspasar significados primarios, entrar en una dimensión cuestionadora y producir un extrañamiento cognoscitivo del mundo en que ocurren los hechos. Su escenario fantástico o ficcionado, fuera de los referentes habituales, reconstruye lo maravilloso del ahora y el aquí. Su magia les hace guiños a esquemas establecidos y se burla de ellos; algunos flashbacks autobiográficos aparecen disimulada e inesperadamente; un sueño o un viaje maduran para producir la verdad de las mentiras. El arte de fabular con las parábolas de Quadrivium nos invita a regresar a los textos originales, a releer y repensar los contextos de cuando el ser humano era niño; al revisitar a los clásicos con estas nuevas lecturas, apreciaremos inesperados matices en las versiones de Alexander, que se tornan balance de varios siglos, una cualidad adicional capaz de reactivar un simbolismo necesario y prepararnos mejor para la era recién comenzada.
