Nuestro pueblito
Nuestro pueblito, obra original del intelectual estadounidense Thornton Wilde, en versión del talentoso dramaturgo y realizador Juan Carlos Cremata Malberty, fue el estreno que el grupo El ingenio llevara a la sala Tito Junco del Complejo Cultural Bertolt Brecht, para celebrar el primer lustro del debut escénico de dicho colectivo teatral.
Con apoyo en la pluralidad de géneros y estilos que coexisten en el montaje de esa pieza —donde prevalecen criterios estéticos propios de un artista de la plástica (por la visualidad que impacta al espectador)—, podría clasificarse como tragicomedia o comedia dramática, gran musical o nuevo género en el teatro cubano contemporáneo, que evoca, no sin cierta nostalgia para quienes lo disfrutaran a plenitud, un costumbrismo que posee el espíritu original de las obras presentadas en los teatros Alhambra y Martí, pero condimentado con imaginación y gracejo, propios del presente siglo, y adornado además con el espíritu crítico y satírico por excelencia, que lucha por abrirse paso en el entramado dramático.
Aporte que se corresponde —en todas y cada una de sus partes— con la carismática personalidad de Cremata Malberty, quien ha acostumbrado al público, fiel a su fructífera trayectoria artística, tanto en el séptimo arte, como en el teatro, a las más agradables sorpresas que enriquecen el intelecto y el espíritu del auditorio, y además, lo hacen reír y meditar (hacer silencio interior para escuchar los sonidos que emite nuestro yo, el auténtico, el verdadero).
La solidez en que descansa el hecho escénico destaca la calidad de la labor desarrollada por los actores y las actrices que integran el elenco artístico de esa puesta.
Yaité Ruiz (Emily) desempeña el papel principal. Al personaje a quien ella le presta piel y alma lo va cincelando el discurrir del tiempo; proceso bio-psico-socio-cultural y espiritual que la obliga a incorporar matices que llegan, incluso, al patetismo, pero sin caer en modo alguno en la sobreactuación; transiciones y desdoblamientos que facilitaran el alumbramiento, en las tablas cubanas, de una actriz que domina la técnica teatral (incluido el lenguaje verbal y gestual), en escenas puntuales, con una preparación física y psicológica digna del más cálido elogio.
Por otra parte, Rayssel Cruz deviene una excelente narradora que, en situaciones de elevada tensión emocional (clímax), llega a ocupar un lugar cimero en el desarrollo de la acción dramática, incluida —por derecho propio— en una concepción cinematográfico-teatral (no debe olvidarse la doble condición de cineasta y dramaturgo de Cremata Malberty).
Carlos Solar (George) responde a los indicadores temperamentales que identifican a un amante apasionado (de novio a esposo), en un desempeño actoral que reclama la utilización de las más disímiles aristas y facetas para conferirle credibilidad al personaje que representa con indiscutible profesionalidad.
Olivia Santana le insufla «vida» a la señora Soames, con la que se compenetra desde todo punto de vista; y para lograr ese «mimetismo» apela a la técnica vocal —con la que juega en todo momento u ocasión— y a la caracterización psicológica (incluido el tono casi farsesco que mediatiza el comportamiento de la señora Soames).
Por último, trataré de develar —desde una óptica eminentemente psicológica— el principal «secreto» de la actuación teatral. El dominio de un arte, en este caso el teatro, se ve estimulado por un mecanismo inconsciente que los profesionales de la martiana ciencia del espíritu (incluidos los psicoanalistas con orientación ortodoxa) identifican como estado de flujo.1
Estado psíquico y espiritual caracterizado por absorber al actor y a la actriz en la noble tarea que realiza, perder toda conciencia de sí mismo/a (o anulación del yo), y abandonar las pequeñas preocupaciones de la vida cotidiana. Paradójicamente, el/la artista que se halla en ese estado muestra un perfecto control de lo que está haciendo en las tablas y sus respuestas responden a las exigencias de la obra y del personaje que representa.
Y si bien el actor y la actriz alcanzan un óptimo desempeño artístico, mientras se encuentran bajo los efectos de tal estado no les preocupa —en lo más mínimo— cómo están actuando ni piensan en el éxito ni en el aplauso del público, porque lo único que los/las motiva es el inmenso placer de actuar.
Los integrantes del grupo El ingenio han demostrado, no solo en Nuestro pueblito, sino en todas y cada una de las obras que han interpretado desde su fundación hasta hoy, que dominan a la perfección el estado de flujo.
Y la mejor motivación para hacer un uso eficaz de dicho recurso psicológico la constituye el amor a las artes escénicas y a la humanidad. Virtudes que al decir del padre Félix Varela y Morales, se les inculca desde la temprana adolescencia, cuando se acercan por vez primera a un escenario, en la Escuela Nacional de Arte o en la capitalina Universidad de las Artes, donde aprenden el ABC del arte de las tablas.
1Goleman, Daniel. Inteligencia emocional. Barcelona: Editorial Kairus, 1996.
