Las lamentaciones de Obba Yurú
Este nuevo estreno cumplió mis expectativas
iniciales […] pero aún falta mucho por mejorar
EUGENIO HERNÁNDEZ ESPINOSA
Las lamentaciones de Obba Yurú, del laureado dramaturgo Eugenio Hernández Espinosa, Premio Nacional de Teatro 2005, fue el estreno que —con versión y dirección de Nelson González— Teatro Caribeño de Cuba llevó a las tablas del Centro Cultural Bertolt Brecht.
La puesta en escena de esa obra, genuina manifestación del ajiaco multi-étnico-cultural que —según el sabio don Fernando Ortiz— alimenta la personalidad básica de ese mestizo único e irrepetible, que vive, ama, crea y sueña en nuestra geografía insular, muestra la voz de Obba, una de las deidades del panteón yoruba que los esclavos africanos trajeron a la mayor isla de las Antillas.
Creencias religiosas que los tratantes negreros no pudieron arrancar del universo subjetivo de aquellos hombres y mujeres de piel oscura como el azabache, a quienes no les quedara otra alternativa que equiparar a los orishas africanos con los santos de la religión católica profesada por los conquistadores ibéricos.
Obba se apodera del cuerpo, la mente y el espíritu de las actrices Caridad Gutiérrez, Raima Pérez y Rosa María Fernández, quienes —con excelencia artístico-profesional digna del más cálido elogio— hicieron transitar al público por los más disímiles estados físicos y emocionales que atraviesa el mítico personaje.
La leyenda de Obba discurre ante los ojos del espectador, con el que se comunica a través de suspiros, lamentos y decepciones en torno a Changó, su eterno pero turbulento enamorado.
De una Obba alegre y optimista, “evoluciona” hacia la tristeza y la desesperación… hasta que acepta la realidad tal cual es, y por ende, olvida las tribulaciones que generan en la mente y en el alma de la fiel amante la ausencia del orisha guerrero, así como las acerbas críticas de que fuera objeto por parte de sus sempiternos detractores. Como consecuencia de esa actitud positiva, le desea paz, amor y aché (buena suerte) al medio natural y humano que la rodea.
Las lamentaciones de Obba Yurú es una pieza dirigida —fundamentalmente— a los amantes del buen teatro y de nuestras raíces multi-étnico-culturales (incluidas las tradiciones religiosas traídas de África por los/as negros/as esclavos/as e incorporadas a nuestra identidad nacional).
De acuerdo con las concepciones sustentadas por el doctor José Orlando Suárez Tajonera, profesor emérito de la capitalina Universidad de las Artes, acerca del teatro como vehículo idóneo para la educación estética de la personalidad, y percibidas como invitación a incursionar en el apacible campo de la meditación (hacer silencio interior para escuchar los sonidos que emite nuestro yo, el auténtico, el verdadero):
Cuando un espectador «[…] mira una obra [de teatro] esta no es simplemente lo que le ‘parece’ por percepción empírica, sino que simboliza […] algo espiritual, [expresión de] fuerzas superiores [invisibles] para los ojos […]», 1 e involucran única y exclusivamente al alma humana.
Por lo tanto, « […] el concepto ‘técnica’ [teatral] —precisa el también Premio Nacional de la Enseñanza Artística 2007— no es solo la habilidad, la pericia, que un talento debe aportar con la preparación, que [es] resultado del adiestramiento físico [y el dominio del lenguaje verbal y gestual], sino que es una categoría artístico-estética de mayor alcance que debe [incluir] los tres niveles que integran la personalidad [del homo sapiens]: el físico-somático, el mental, psicológico o emocional, y el espiritual».2
La persona que va a una función teatral « […] no asiste —como en otras artes— al proceso de creación ya terminado, sino al proceso de creación [realizado] por los actores en el momento de la actuación frente al público».3
Si somos coherentes con esa línea de pensamiento desarrollada por el Padre de la Estética en el archipiélago cubano, el sentido del mensaje (no el mensaje en sí) « […] no se recibe directamente, sino que se construye por el sujeto a través de una serie de procesos perceptivos que tienen como fondo la vivencia; […] complejo proceso psicológico […] mediante el cual todo lo que se percibe en la vida y en el arte […], la personalidad lo va interiorizando y se convierte en su expediente personal humano e irrepetible; [mecanismo cognitivo-afectivo-espiritual] que se devuelve siempre en forma espontánea y crecido por la riqueza interior del sujeto […]».4
Con apoyo en ese constructo teórico-conceptual y metodológico elaborado por el ilustre filósofo y esteta caribeño, se intuye « […] que la unidad del sentido y el valor de la obra [teatral] exigen en su análisis —por parte del autor, los actores, el crítico y el espectador— la unidad de la interpretación y la valoración».5
No me asiste la más mínima duda de que la obra Las lamentaciones de Obba Yurú del maestro Eugenio Hernández Espinosa, ilustra —desde una óptica objetivo-subjetiva por excelencia— la inobjetable validez práctica de los planteamientos formulados por el doctor José Orlando Suárez Tajonera.
1 José Orlando Suárez Tajonera: "El teatro: potente medio de la educación estética de la personalidad" en Vivarium, 2011, XXX, p.59.
2 Ídem.
3 Ídem.
4 Ídem.
5 Ibídem, p. 69.
