Ramón Meza entre el quijotismo y el pragmatismo (II)
En su disertación sobre Don Quijote, Meza acude a un procedimiento interdiscursivo. Formula un paralelo entre los tipos que encarnan las grandes obras plásticas: Apolos y Venus, Concepciones y Madonnas, con los nacidos de la fantasía de los escritores. A partir de allí, se permite una larga digresión en la que describe en detalle su experiencia en la apreciación de dos importantes piezas escultóricas.
La primera de ellas, cuyo título y autor no cita, hemos podido identificarla como Napoleón agonizante, obra del escultor italiano Vicenzo Vela (1820-1891), esculpida en mármol en 1866 y adquirida al año siguiente por Napoleón III, quien la ubicó en el castillo familiar de la Malmaison. Al parecer, Meza pudo contemplar la obra —o una copia de ella— en la Galería Corcoran, de Washington. Recuerda los más pequeños detalles: “la mano crispada sobre el brazo del sillón; los pliegues de sus ropas en desorden, revelando el temblor, el tiritar y las convulsiones de los nervios; los ojos, sólo señalados en su óvalo por el buril, parecían emitir una última mirada de energías que se extinguían; y sus labios, plegados, parecían reprimir con invencible, con titánico orgullo, un último lamento, un suspiro postrero”. Elogia al artista que, sin haber podido presenciar aquella escena ocurrida en la isla de Santa Elena, pudo perpetuar “esa última mirada, ese su aliento fugaz, el fin de aquella vigorosa inteligencia que se apagaba”.
La segunda pieza es nada menos que El pensador de Rodin, que el propio Meza pudo contemplar en la Exposición Universal de Saint Louis, durante su primera exhibición en América. Aquí su admiración es todavía mayor:
[…] el visitante observador, sinceramente conmovido, verdaderamente pasmado, contemplando aquella fisonomía inmóvil que parecía mirar al pasado, recogiendo sus ecos; ver el presente, reflejando su ruido y movimiento; escudriñar el porvenir, intentando romper sus arcanos; aquella estatua, que parecía lanzar gritos extraños de lo más íntimo de su ser, ante aquel hombre, en fin, irrecusable, obligatoriamente, tenía que decir: ¡piensa!
Así mismo, nos dice entonces, la literatura “no más que con la palabra, la poesía no más que con las galas de la rima, los deja también imperecederos, más que el mármol, más que el bronce; tan imperecederos y tan reales, que no pueden ser llevados o trasladados a otras esferas que las del arte literario”. Y como ilustración de esto, comienza a desarrollar, extensamente, un ejemplo, tomado de su experiencia como estudioso y profesor de Letras Clásicas: el tipo ideal de Aquiles, su presencia en los poemas homéricos, en la escultura griega, en la numismática, su reflejo en otros héroes clásicos y hasta su presencia arquetípica en la educación que Aristóteles imparte a Alejandro Magno. Después que ha obligado a los oyentes a cabalgar junto al joven emperador en sus campañas, recorrer la Persia, la Media y la Bactriana y llegar a la “India inmóvil”. Entonces se decide a realizar un arriesgado salto hacia la España del Medioevo, para acercarse a otro tipo ideal: Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid.
El Cid, como Aquiles en Grecia, representa en España los sentimientos y actividades de su pueblo. Es buen hijo, buen esposo, buen padre; parte de su vida la pasa en vengar los agravios de sus yernos los Infantes de Carrión y en lograr digno puesto para sus hijas en las cortes de Aragón y de Navarra. Hace guerra constante, sin fatiga ni cesar, a los enemigos de su religión y de su patria.
He ahí el antecedente de la figura caballeresca de Alonso Quijano, porque de aquellos poemas épicos —Cantar del Mío Cid, Cantar de Roldán y hasta Los nibelungos— derivan las novelas de caballería con sus Amadises, Palmerines y Esplandianes; y de estas, el personaje cervantino. Mas, sin entrar a fondo en este, el disertante se empeña en otro paralelo menos afortunado: las diferencias entre Fausto y Don Quijote como tipos ideales, en las que el primero queda —según él— en franca desventaja. Resulta curioso que, para aproximarse a la obra de Goethe, se remita apenas a una descripción muy viva de la primera escena: la visión del sabio en su laboratorio, y del resto de la obra escasamente aluda a aquellas páginas de “cuando Fausto queda convertido en el satánico seductor de la pura, casta y desventurada Margarita y la arroja al deshonor, a la mazmorra y a la muerte”, lo cual nos produce la impresión de que el cubano, o bien apenas hizo del gran poema una lectura juvenil, apresurada y superficial, o, como sucedía con otros intelectuales de su tiempo, conocía una parte del asunto de la obra gracias a la ópera de Gounod.
A continuación, enumera otros tipos ideales tomados de obras y épocas diversas: Gulliver, Gargantúa y Pantagruel, Cándido, Falstaff y hasta el Luzbel del Paraíso perdido de John Milton.
No es posible que nos detengamos demasiado en esa elocuente página en que describe el tránsito desde los círculos infernales hasta el Paraíso en la Divina comedia, aunque esta sea una de las más notables cuartillas de la prosa plástica y persuasiva de este escritor:
Cuando Dante nos conduce al través de las lóbregas cavernas del infierno subterráneo, donde en lagos de hirviente pez se retuercen los condenados cuyos gritos de dolor y blasfemias desesperadas nos aturden, confundidos con el chapotear de las alas cartilaginosas de los genios del mal, y el crispante resonar de sus tridentes en las asperezas de la peña o el rasgar la carne de aquellos mortales en pecado sobrellevando el castigo eterno de la cólera divina, suerte no menos triste que sus vecinos de otras cavernas sumidos en baños de líquido estaño, y a la luz verdosa de relámpagos azufrados, se clarean aquellas horrendas cavidades, donde no hay más sonrisa que la débil, triste y pasajera, de los adúlteros amantes eternamente ligados en el movimiento aéreo a que le arrastran espirales tormentosas que dan vértigos; y atravesamos, acompañados también de Virgilio, todo ese espantable espectáculo, teatro vasto, escenario gigantesco, de estupenda concepción genial, seguramente la más genial concepción de los tiempos medioevales.
El orador no logra convencernos con ello de la falta de solidez, como tipo ideal, del personaje inspirador de Beatriz. Gracias a otro artilugio retórico, logra Meza retroceder de nuevo en el tiempo para volver al autor en que se siente más seguro, el poeta Homero, para comparar a Helena con Beatriz como un tipo de la “idealidad más pura”.
Logra por fin, justo a la mitad de su discurso, detenerse el maestro en Don Quijote. Entre los tipos ideales “no hay ninguno tan familiar, tan exacto, en sus gestos y proporciones, tan vivo, que muestre tales y tan marcados relieves”, “no sé tampoco si será porque es figura donde viven y palpitan sentimientos afines de la raza; pero es lo cierto, que siempre le vemos tal como es, con rasgos propios, inalterables”. Llega a afirmar Meza que tan bien está trazada la figura en la novela, que todo intento de llevarla a las artes plásticas, a la música o al teatro, ha resultado fallido.
Figura genialmente dibujada con la pluma más diestra y magistral que ha trazado frases en la lengua de Castilla, tiene toda la vida, todo el movimiento de la realidad, donde quiera que de cerca o de lejos le descubramos […] es siempre uno mismo, humano, verdadero, verosímil, sin metamorfosis posibles, de una fijeza inmutable.
La silueta del caballero andante y su escudero ha quedado dibujada ya por siempre en aquellos campos, estériles y despoblados de la Mancha, donde el genio inmortal de Cervantes levantó castillos, molinos, ventas, toda aquella vasta trama magistralmente descripta, que completa el cuadro vasto, el escenario amplio, gigantesco en que se desarrolla la acción del libro inimitable.
Teniendo estos tipos, como antes decía, algo de la realidad, porque preciso es convenir que no todo en ellos es puramente imaginario ni menos vanamente fantástico, porque encierran sentimientos, inclinaciones, representaciones de las actividades y movimientos de la vida real, conviene estudiarlos juntos y compararlos, seguros de recoger lecciones provechosas.
