Prosas breves de Franz Kafka y Christa Wolf
El retorno a la antigua casa familiar y el temor al reencuentro con lo conocido y vuelto remoto, en Kafka, y una visión o un sueño donde se reúnen personajes que pueblan la memoria, en Christa Wolf, son temas de estas prosas breves con las cuales presentamos a los lectores una faceta poco explorada en la creación de dos autores famosos por su narrativa. Ambos, distantes entre sí en el tiempo y por las características de su escritura, se acercan aquí poéticamente a ese lugar de especial intimidad hogareña que es, o debería ser, la habitación donde se comparte el alimento cotidiano. Pero la cotidianidad deja de serlo al abordarla con una intensidad desacostumbrada: meditativa e indagadora en Kafka, iluminada por la imaginación y el recuerdo en Wolf.
Franz Kafka (Praga, 1883 – Kierling, Austria, 1924) es uno de los escritores más notables en la literatura de lengua alemana y universal. De él, en Cuba se han editado las novelas América y El proceso, y un volumen de relatos que incluye, entre otras narraciones, “La metamorfosis”.
Christa Wolf (Landsberg an der Warthe, Alemania, hoy Polonia, 1929 – Berlín, Alemania, 2011), narradora, ensayista y guionista de cine recientemente fallecida, fue una de las figuras femeninas más destacadas en la literatura alemana de las últimas décadas. Por su obra recibió, entre otros, el importante premio Georg Büchner. Sus novelas Cielo dividido, Casandra y Medea han sido publicadas por la editorial cubana Arte y Literatura.
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HE REGRESADO, ATRAVESÉ EL PASILLO A GRANDES PASOS Y MIRO EN DERREDOR. Es el viejo patio de mi padre. El charco en el medio. Viejos e inservibles objetos, entremezclados unos con otros, obstruyen el paso hacia la escalera del desván. El gato acecha en el pasamanos. Un pañuelo hecho jirones, atado alguna vez en una vara durante un juego, se eleva en el viento. He llegado. ¿Quién me recibirá? ¿Quién aguarda tras la puerta de la cocina? Hay humo saliendo de la chimenea, están haciendo el café de la cena. ¿Te es familiar, te sientes en casa? No lo sé, no estoy muy seguro. Es la casa de mi padre, pero cada rincón se encuentra indiferente, como si cada uno estuviese ocupado en sus propios asuntos. Asuntos que en parte he olvidado, que en parte nunca conocí. ¿De qué puedo servirles, qué soy yo para ellos, aun siendo el hijo de mi padre, el hijo del viejo agricultor? Y no me atrevo a tocar a la puerta de la cocina, sólo escucho desde lejos, sólo escucho parado desde lejos evitando ser sorprendido como un intruso. Y como escucho desde lejos no logro oír nada, únicamente el leve tic-tac de un reloj, o quizás sólo creo escucharlo, que me llega desde la infancia. Lo que sucede además en la cocina es un secreto que me ocultan los que allí están sentados. Mientras más tiempo se titubea frente a la puerta, más ajeno se vuelve uno. ¿Y si ahora alguien abriese la puerta y me preguntase algo? ¿No sería yo mismo como uno que quiere guardar su secreto?
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ME PARO EN LA PUERTA DE LA COCINA. Penetra una luz que es nueva para mí: una clara luz de otoño filtrada suavemente a través del ralo follaje del álamo frente a la ventana. De pronto miro el banco nuevo e iluminado y la mesa del comedor como si fuera la primera vez; es como si se juntara toda la luz de todas las mesas de comer de mi vida en una sola. En un parpadeo, están sentados todos los miembros de la familia e invitados que han comido en nuestra mesa; reunidos todos a su alrededor y yo entre ellos, más cambiada, más avejentada. Desde muchas miradas nos vimos a través del tiempo. Algunas se cegaron irrevocables, otras se apartaron para siempre avergonzadas, odiosas, desconcertadas. Cuán indiscretos fuimos, cuán ingenuos. No preparados para la traición. Un parpadeo… y yo, yo entre ellos, más cambiada, más avejentada. Me paro apoyada en el marco de la puerta. El resplandor se desvanece. Durante todo el día no podré olvidar que lo he visto.
Christa Wolf
