Cronología del cine cubano (1897-1936)
Debo confesar que la lectura de Cronología del cine cubano (1897-1936), de Arturo Agramonte y Luciano Castillo, ha sido para mí una gran sorpresa. Desde luego, antes de abrirlo, podía suponer, dado el prestigio de sus autores, que se trataba de una investigación seria y minuciosa sobre la cinematografía nacional. Pero lo que no podía imaginar era que la obra, con ese título tan encuadrado en ciertas coordenadas temáticas y de proceder investigativo, fuese, en realidad, algo muy diferente y de más alto alcance que un libro estrictamente dedicado a asentar hitos del devenir del séptimo arte en la Isla.
Pues, en verdad, lo que el texto comunica va mucho más allá del cine: en sus páginas está contenida un enorme fresco panorámico de un período de la cultura cubana enmarcado en los años indicados por el título. Aunque la producción fílmica nacional sea un tema enfocado con prioridad en estas páginas, el lector es invitado a asomarse al cine en su contexto más general. Pocas veces he podido visualizar, pensar incluso, con tanta nitidez La Habana que nos han resucitado Agramonte y Castillo. No puedo menos que coincidir con Román Gubern, quien escribe un justo prólogo para esta obra, en cuanto a que «Nos hallamos, en efecto, ante una monumental investigación hemerográfica y archivística, insólita en el panorama de la memoria de los cines nacionales».1 Tiene razón Gubern; sin embargo debo insistir en que el libro es mucho más que el resultado de una investigación experta: ante todo, deriva de una labor apasionada por el rescate de la memoria cultural del país; en segundo lugar, aunque no menos importante, se trata de uno de los pocos libros de aspiración cultural integradora que se han escrito en Cuba, por cuyas páginas, acompañando al cine, desfilan el teatro, la literatura, el periodismo, la política, la música, la mentalidad de la época, ese entramado, en fin, más que complejo y no pocas veces torvo que encuadraba a la cultura cubana de esos años. No quiero dar una falsa impresión: estoy convencido de que ello se debe no al azar o a la acumulación mecánica de datos; es, sobre todo, una consecuencia del hondo amor por el cine como arte, de la obsesión por la verdad y, también, del especial talento investigativo y la profesionalidad de Luciano Castillo. Justo es que sea yo quien lo diga: Castillo inicia el libro, impulsado por el sentido de la ética y la amistad, con una semblanza hermosa de Arturo Agramonte, pero esto mismo exige que se diga también que este libro, con esa voracidad cultural y tal capacidad de reconstrucción epocal, no hubiera sido jamás posible sin la perspectiva cultural integradora de Castillo.
El libro, por otra parte, nos rescata a nosotros mismos, y de manera definitiva, de la ingenua, cuanto deformadora idea, de que habíamos llegado al séptimo arte solo después del ICAIC. El primer tomo de esta Cronología del cine cubano (1897-1936) pone a la luz no solo infinitos vasos comunicantes con distintos factores del séptimo arte —recepción, difusión, tecnologías, locaciones, etc.— en esos años, sino que también sitúa en escena el fondo vivo de la historia de nuestro cine, los nombres olvidados, los afanes y las luchas angustiosas para lograr un cine nacional. La catarata torrencial, pero sabiamente organizada, de información, tan rica en sí misma en lo que tiene que ver con ese pasado, es además esperanzadora en cuanto al futuro: la historia, cuando se escribe con talento y con amor cabal, siempre termina por iluminar hasta los resquicios más improbables.
Debo reconocer que, en esta obra de historia y entusiasmo, hay un tercer componente de gran calibre: la presencia, aquí y allá, de un humorismo sensible, tan necesario, por inverosímil que les resulte a tantos que no saben sonreír, a la investigación de la cultura. Desde el índice hasta la escritura central del libro, domina el sentido peculiar del cubano para percibir paradojas, contrastes y enfrentamientos, eso que siempre hemos llamado choteo y que jamás es simple burla —al menos entre los intelectuales conscientes de sí mismos y su entorno—, sino gracia y valor. Sirvan de ejemplo numerosos pasajes, desde ciertos ángulos —tomas, me siento tentado a decir— de la gira de la actriz española María Tubau, hasta la soterrada ironía con que, en el epígrafe “Un peruano pretende bailar en casa del trompo”, se alude al parecido entre Antonio Perdices, actor de cine cubano en aquellos tiempos, y el famosísimo Rodolfo Valentino. Ese parecido, por cierto, resulta impactante en la foto hábilmente utilizada en la cubierta del libro.
Esperemos, pues, la aparición rápida de los dos tomos siguientes. Esto es un deseo difícil, pero alcanzable. Aspiremos también —aunque sospecho más difícil esta segunda esperanza— que otras zonas de la cultura nacional, además del cine, lleguen a alcanzar vida nueva y permanente, esa que solo proporciona la cabal investigación comprometida con su tema y con su tiempo.
1Arturo Agramonte y Luciano Castillo: Cronología del cine cubano I (1897-1936), Ed. ICAIC, La Habana, 2011, p. IX.
