Rodolfo Alpízar Castillo: acaso escribir sea desechar texto
El escritor, lingüista y traductor Rodolfo Alpízar Castillo (La Habana, 1947), es un cálido defensor del buen escribir y el bien decir. Ese amor al uso esmerado del idioma español justifica —entre otras disímiles razones— que haya decidido invitarlo a dialogar con nuestros/as lectores/as acerca de un tema que incita a la reflexión serena y profunda: la adecuada utilización, en cualquier contexto (científico, académico o popular) de nuestra lengua materna.
Mi entrevistado es licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad de La Habana (1974), y además, miembro activo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), entre otras organizaciones nacionales y extranjeras a las que pertenece. Ha impartido cursos de introducción a la Terminología, así como conferencias magistrales sobre dicha disciplina, tanto en nuestra geografía insular, como en el exterior.
Como filólogo es un autor prolífico, ya que tiene casi veinte volúmenes publicados por editoriales cubanas.
Como novelista y narrador de relatos cortos, ha dado a la estampa los siguientes títulos: Sobre un montón de lentejas (novela) (La Habana, 1989, 2008; Lisboa, Portugal, 2000); Amorosos y disparatados (cuentos de amor) (La Habana, 2001); La sublime embriaguez del poder (novela) (La Habana, 2008); y Rafael y el caballito de madera (novela para niños) (La Habana, 2010).
Además tiene en proceso editorial varios textos literarios: "Impertinentemente vivos" (novela histórica) "Amorosos disparates, aberraciones a escoger" (cuentos), "Brindis por Virgilio" (novela), "Evangelios, encuentros y desencuentros" (novela histórica), y "Entre príncipes y habaneras" (novela).
Ha publicado varios cuentos en revistas nacionales y foráneas, y realizado traducciones del portugués al español de obras literarias y de ciencias sociales.
Sin más preámbulo, le cedo la palabra a Rodolfo Alpízar Castillo.
¿Cuáles fueron los factores motivacionales que inclinaron su vocación hacia la filología y, por extensión, hacia la literatura; disciplinas humanísticas que le han aportado grandes satisfacciones desde la vertiente profesional, y además, han enriquecido su leyenda personal?
Ante todo, espero que eso de «leyenda personal» solo sea una broma, porque es la primera vez que lo oigo (¡y asusta!).
A decir verdad, nunca he estado muy seguro de qué me motivó, incluso he llegado a pensar que se trató de «generación espontánea». Por ejemplo, recuerdo haber escrito mi primer poema allá por mis quince años (¡quién no!), y varios años antes, pequeños relatos que, por suerte, desaparecieron por el camino, como mis primeras poesías (algunos posteriores aún los guardo en el «baúl de los recuerdos»).
Mucho, pero mucho antes, tuve el deseo de saber qué se decía en esos objetos llamados libros (en realidad, un libro: La Biblia), revistas o periódicos que algunos mayores miraban durante algún tiempo, en especial los últimos.
Esa curiosidad llevó a que mi hermano Rafael (un año menor) y yo aprendiéramos a leer solos, jugábamos con una pelotita de propaganda electoral de un personaje que, si no recuerdo mal (al menos así lo he guardado en mi archivo mnémico), se hacía llamar Cancaneíto.
Después, mi madre aseguraba que Dios nos hizo aprender para que pudiéramos leer La Biblia (ella la leía silabeando). Claro que no iba a discrepar de lo que dijera mi madre (eso no era habitual por entonces), pero siempre he tenido mis dudas al respecto.
Con el andar del tiempo, y con bastante retardo escolar (9 grados de instrucción en 1969, y nací en 1947), tuve la oportunidad de entrar a la Escuela de Letras, mediante pruebas de ingreso. Como estaba seguro de que sería un gran poeta si estudiaba en ese sustentáculo del arte y la literatura (así la percibía yo), no lo dudé ni medio minuto, hice las pruebas y fui uno de los cinco que sobrevivieron a la «masacre» (el primer día éramos algunos cientos de candidatos).
En la Escuela de Letras, gracias a los/as doctores/as Ofelia García Cortiñas, Max Figueroa y Ruth Goodgall de Pruna, descubrí el gusto por el estudio del lenguaje. Me hice filólogo (de filos, amor, y logos, palabra) sin saberlo. En ese «hacerme filólogo» fue determinante, una vez graduado, mi ingreso al Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas (CNICM), en 1974.
Por cierto, yo tenía derecho a ser ubicado en el Instituto del Libro (me parece que por entonces todavía no era Cubano), pero no lo sabía; no saber suele ser lo peor que le suceda a uno, pero en ese caso fue lo mejor.
En el CNICM me hicieron terminólogo; especialidad que ni siquiera existía por entonces en casi ningún lugar del orbe, al menos con ese nombre. Y tuve mis primeros contactos con el mundo de la traducción. Pero esa es otra historia, que pasa por mi estancia absolutamente voluntaria (recalco el adverbio) en Angola.
¿Podría explicar las razones que lo decidieron a dar a la estampa su polémico texto El lenguaje en la Medicina. Usos y abusos, elogiado por quienes perciben el buen decir y el buen escribir como un tremendísimo arte, y rechazado por quienes consideran que si los profesionales de la salud no hablan o escriben en spanish-english carecen del más elemental «nivel» científico-académico?
Vamos por partes, como diría mi madre. El lenguaje en la medicina… no es un texto polémico.
La polémica está —si existe— entre quienes olvidan la importancia del lenguaje como la herramienta más importante que tiene a su alcance un profesional para realizar su trabajo y quienes la tienen presente. O entre quienes, por ignorancia supina, se creen el cuento de que lo que no venga «de allá» es inferior por definición y los que saben que no es así.
También está la polémica, que no se establece solo en el sector de las ciencias médicas, sino en cualquier área donde esté presente la lengua como medio de comunicación (o sea, en casi todas las actividades humanas, y digo casi, porque tal vez un músico o un pintor pudiera demostrarme que para ellos no es importante).
Me refiero a la eterna (y bizantina) discusión entre dos «ultras» igualmente errados (y a veces «herrados», con h de herradura): los ultra-conservadores y los ultra-revolucionarios.
Por lo demás, afirmar que si no hay vocablos en inglés en un texto especializado (el que sea) no se tiene o no se demuestra «nivel» científico es una tontería tan elemental que no merece la pena ser respondida.
Pero los anglicismos (o, en general, los extranjerismos) no son el único elemento negativo que se puede encontrar en un texto especializado. Está también, y acaso sea más grave, el uso incorrecto de los términos propios de la especialidad. Y puedo afirmar que hay no pocos profesionales que han convertido en «especialidad» el disparatar en el uso del tecnoléxico en el área donde se desenvuelven, lo cual va contra el criterio número uno de calidad, en cualquier texto de ese tipo: la exactitud en la composición del mensaje.
Un texto puede estar escrito sin un solo extranjerismo, y sin embargo estar en mal español, o peor, ser ininteligible o ambiguo. Quien quiera saber de eso que pregunte a los profesores que se ven obligados a dar una mala nota, incluso suspender, a alumnos que dominan la materia, pero son incapaces de poner en blanco y negro sus ideas. O de defenderse en forma oral.
Precisamente del interés en ayudar a quienes debían escribir textos especializados surge El lenguaje en la medicina... No fue consecuencia de una meditación del autor, ni de un grupo de amigos que lo incitaron a ello. Fue el resultado de las dificultades que a diario enfrentaban los autores para que les aceptaran sus textos en las revistas especializadas, y de la voluntad de hacer que las revistas cubanas pudieran competir con sus similares de otros lugares del planeta.
Tampoco nació de una vez, sino poco a poco, por la acumulación de artículos que se publicaban semanalmente en un periódico llamado Información Corriente, del CNICM.
Ilustres profesores del área de la medicina fueron mis asesores en ese empeño, siempre que los necesité, y no pocos de los que deseaban comenzar a publicar con seriedad acudían al CNICM en busca de las monografías que allí se publicaban, como forma de adquirir el dominio que les faltaba en la herramienta fundamental. También exponían sus dudas, y allí tratábamos de encontrarles respuestas.
Deseo terminar con una precisión, extraída de mi experiencia: No es cierto que a los médicos les importe poco o nada el lenguaje con que se expresan. Los que saben lo que hacen y dicen son la mayoría, y aunque callen, saben dónde está la razón. Lo que sucede es que los otros hacen más ruido, y la ignorancia es siempre más atrevida que la sabiduría.
En la época en que me desempeñaba como profesor de la Facultad de Ciencias Médicas 10 de Octubre (1989-1998), insistía en el hecho de que mis estudiantes hicieran un uso correcto del vocabulario científico-técnico de su especialidad, con apoyo en los indicadores semánticos señalados por usted en El lenguaje… Tanto fue así, que llevé mi inquietud al Consejo Científico de la Facultad, donde la mayoría de sus integrantes coincidieron en afirmar que usted era un médico frustrado. En aquel momento, hice uso del derecho de réplica, pero, ahora que lo tengo frente a mí, me agradaría que les respondiera a quienes parecen ignorar el aforismo martiano de que «no hay nada mejor para agrandar y robustecer la mente [y el espíritu], que el estudio esmerado y la aplicación oportuna del lenguaje […]».
¿Pero, de verdad hace falta responder? Ya mostré la génesis, esa es la respuesta. Tuve el honor de que mi empeño fuera estimulado por grandes personalidades de la ciencia cubana, y de que mi libro (que ha sido publicado dos veces en Cuba y una en España) sea tenido en el más elevado concepto por personas a quienes admiro. Si alguien pretende insistir en la ignorancia y convertir su desconocimiento en trinchera, el problema es suyo, no mío.
Si en esa facultad pensaban de esa manera equivocada, en su derecho estaban, aunque en muchos lugares parece que no piensan así, ya que El lenguaje en la medicina… es un libro muy solicitado. Por alguna razón será.
Por otra parte, la descalificación del otro como forma de polemizar es un recurso «tan viejo como andar a pie», pero ello no significa —en modo alguno— que quien acude a él tenga más razón, sino todo lo contrario: carece de argumentos. Es él quien se descalifica, no el otro.
Ah, sí. Aprovecho para «confesarme». Me gusta mucho la medicina. Admiro a quienes la ejercen como ella se merece. De jovencito me gustaba la idea de sanar a los demás, y aquella imagen de seres bondadosos y capaces de curar el dolor ajeno, que me transmitieron mis adultos, me fascinaba. Pero nunca matriculé la carrera, pues prefería ser literato. ¿Soy por eso un «médico frustrado»? Quizás. Grave problema tengo entonces con las frustraciones, porque también me gustan las buenas voces, y admiro a quien canta bien. Debo ser un cantante frustrado […].
También admiro a quienes son capaces de crear objetos bellos o útiles con las manos, porque yo no puedo… ¿Soy frustrado por todo lo que admiro?
Según su apreciación personal, ¿qué significa hacer un uso adecuado del lenguaje hablado y escrito, y cuáles son los valores fundamentales implícitos en esa acción, que muchos realizan, pero que lamentablemente muy pocos dominan con la profesionalidad requerida?
Es, ni más ni menos, que un lenguaje adecuado al mensaje que se quiere transmitir, o al efecto que se quiere lograr con él. Uno no debiera permitirse introducir en el mensaje elementos que lo desvíen de ese objetivo. El ejemplo siguiente, aunque a primera vista pudiera parecer absurdo, lo veo muy preciso: de niño, a muchos nos enseñaban a no buscar pendencias; también nos enseñaban que nadie podía ofender a nuestras madres. De manera que intuitivamente quien buscaba pendencias como modo de reafirmarse en el grupo empleaba, si otras tácticas le fallaban, el recurso lingüístico, infalible para el caso: «mentar la madre». En ese contexto, el «guapetón» hacía un uso adecuado del lenguaje. Sin que nadie le hablara de lingüística.
En conclusión: el lenguaje debe estar adecuado al contexto general y particular en que se pone a funcionar. Si se quiere reflejar, en una obra literaria, el habla normal de un marinero, no se pone en su boca un vocabulario académico. Si se escribe un texto especializado, el vocabulario y las formas de redacción deben ser los que con más exactitud y sencillez expresen el mensaje o cumplan con la intención de quien lo redacta. Lo que vaya en contra está mal. Así de sencillo.
¿Qué recomendación o sugerencia les daría a los “pinos nuevos” que comienzan a transitar gradual y progresivamente por los más disímiles géneros literarios?
No estoy muy seguro. Tengo muchos libros publicados, unos técnicos, otros literarios, pero todavía no sé lo suficiente para dar recomendaciones. Siempre que me enfrento a un texto mío pienso que no está suficientemente bueno, que podría (o debía) haberlo hecho mejor. También presto mucha atención a lo que otros expresan sobre el arte de escribir, aunque a la hora de hacerlo me olvido de cualquier teoría.
Me exijo mucho con el uso del lenguaje, pero cuando una estructura no me funciona creo otra, siempre dentro del espíritu de la lengua española, que es la mía, me gusta y me alcanza.
De cualquier modo, algunas veces he dado el siguiente consejo, aunque no sé si funcionará para todos: se puede ser autosuficiente o no ante los demás, pero ante uno mismo hay que ser extremadamente humilde. No estar nunca satisfecho con lo alcanzado. Siempre nos sobra un adjetivo, un sustantivo, una frase. A veces una página entera. Hay que buscar con lupa lo que sobra y eliminarlo. A La sublime embriaguez del poder le quité un capítulo completo, porque me pareció que sobraba. Primero quise modificarlo para que cupiera, pero me dije: pues no va, y no va. Lo guardo de recuerdo en la computadora.
¡Quitar texto duele! Pero más duele que sean los lectores los que digan que «eso sobra». Acaso escribir sea el arte de desechar texto. ¿No lo cree así, periodista?
