Orestes Ferrara, escritor
A pesar de que hace más de una década concluyó el siglo XX, varios de los autores que forman parte del panorama literario insular siguen en la sombra. Uno de ellos es el ítalo-cubano Orestes Ferrara Marino (1876-1977).
En torno a este intelectual se ciernen las más poderosas contradicciones: llegado a la Isla para incorporarse a su Guerra de Independencia, rodeado de un halo de liberalismo anarquista, alcanzó a ser en la República uno de sus políticos más poderosos e influyentes. Autor de más de una decena de volúmenes relacionados con temas históricos y políticos, varios de ellos traducidos al inglés, francés e italiano y objeto de varias ediciones hasta la fecha, sus posiciones políticas lo hicieron tan sospechoso que ni siquiera ha sido incluido en el Diccionario de la Literatura Cubana y en el tomo segundo de la más reciente Historia de la Literatura Cubana, elaborada por el Instituto de Literatura y Lingüística, se le dedican exactamente tres líneas.
Nacido en Nápoles el 18 de julio de 1876, Ferrara era hijo de Vicenzo Ferrara, hombre más que acaudalado, sin embargo, ya en sus años de estudiante de Derecho en la Universidad de su ciudad natal, gozaba de fama de liberal y temerario. Alumno en esta institución de Giovanni Bovio, quien presidía además, el Comité Pro Cuba Libre, Orestes logró las autorizaciones necesarias para dirigirse a la Isla e incorporarse como voluntario a las filas insurrectas. Tras un periplo por Ginebra, París y New York, se estableció en Tampa, en espera de una expedición. Allí conoció a Federico Sánchez quien había peleado en la Guerra de los Diez Años a las órdenes de Ignacio Agramonte. Como en los folletines románticos, el joven italiano quedó prendado de una de las hijas del guerrero: María Luisa, y antes de partir, en mayo de 1897, en la tan esperada expedición, declaró su amor a la muchacha y juraron posponer el compromiso hasta que Cuba fuera independiente.
Muy bien recibido en tierras orientales, participó en la toma de Las Tunas al mando de Calixto García, donde dio notables muestras de arrojo. Junto al teniente Aurelio Sonville realizó la proeza de cruzar a pie las alambradas de la Trocha de Júcaro a Morón. Su obsesión era llegar al campamento del Generalísimo Gómez, al que admiraba en extremo, para incorporarse a su tropa. Sin embargo, la política europea le jugó una mala pasada. Su llegada al campamento del guerrero dominicano coincidió con la noticia del asesinato del jefe de gobierno español, Cánovas del Castillo, a manos del anarquista italiano Michele Angiolillo, y al Coronel Bernabé Boza, jefe de la escolta de Gómez, se le metió en la cabeza que Orestes podía ser otro ácrata enviado para dar muerte a Gómez, por lo que procuró alejarlo lo más posible de allí e hizo que lo transfirieran a la tropa de José Miguel Gómez.
Esta decisión influiría de manera decisiva en su destino. Años después, Ferrara daría a la luz un opúsculo testimonial, lamentablemente casi olvidado hoy: Mis relaciones con Máximo Gómez, sin embargo, sus relaciones con el otro Gómez, fraguadas en el año final de la lucha contra España se convertirían en una fuerte alianza política que lo llevaría a desempeñar posiciones prominentes en el Partido Liberal que iba a liderear “El Tiburón” durante la República.
No es posible saber en qué momento el joven temerario que decidió el éxito de la toma de Arroyo Blanco, al guiar desde la copa de un árbol los tiros del cañón que estaba a cargo del Coronel D’Estrampes, se convirtió en un político taimado y calculador. Aunque alguna vez soñó con salir de Cuba hacia Filipinas para continuar las acciones bélicas, prefirió inclinarse hacia la política emergente en la Isla intervenida por los norteamericanos. Se dedicó, junto a otras figuras del futuro liberalismo a celebrar mítines en Santa Clara y Cienfuegos, y en la vecina Trinidad pronunciaría su primer discurso en español, lengua que llegaría a manejar como propia, tanto en la oratoria forense como en la docencia y el cultivo de la literatura.
El hombre que cumplió su juramento novelesco al conducir el 27 de septiembre de 1902, a María Luisa Sánchez hasta el altar neogótico de la Parroquia del Vedado, había sido ya Secretario del Gobierno Civil de Santa Clara, miembro de la delegación cubana a la Exposición de París y se estrenaba como director del Diario de Sesiones del Senado y la Cámara. Había tenido tiempo además para concluir la carrera de jurisprudencia en Nápoles, y en 1904 comenzaría a desempeñar una cátedra en la universidad habanera.
Ferrara, muy ducho en los avatares de la política pragmática, no prescindió con facilidad de su gusto por ciertos detalles truculentos. Aunque era uno de los fundadores del Partido Liberal, en 1906 se encontraba en Italia cuando estalló la llamada “Guerrita de Agosto” contra la “brava” con que Estrada Palma y el Partido Moderado pretendían perpetuarse en el poder. Para evitar riesgos, viajó de incógnito en un vapor y desembarcó en el puerto habanero con hábitos de fraile, con lo que burló a la policía secreta que lo esperaba, y sin más complicaciones llegó a Las Villas para colocarse en la vanguardia liberal.
Cuando, tras la segunda intervención de Estados Unidos, José Miguel llegó por fin al poder, Ferrara fue largamente gratificado por su conducta. Llegó a ser Presidente de la Cámara de Representantes, embajador especial de Cuba en la nación del Norte y el más poderoso de los propietarios de periódicos de orientación liberal, al fundar en 1927, Heraldo de Cuba, el de mayor circulación en el país, pues tiraba 65 000 ejemplares cuando otros no pasaban de 17 000.
Durante el gobierno de Menocal se supo en peligro y prefirió retirarse a Washington y ponerse a la cabeza de los emigrados del liberalismo. A su regreso, en 1922, reinició su carrera diplomática, primero en Brasil, luego en Estados Unidos, donde fue el artífice de las relaciones de Gerardo Machado con esta nación entre 1927 y 1932. Aún en el período más siniestro del machadismo, permaneció fiel hasta el absurdo: cuando se celebró en medio de feroces medidas de seguridad la Conferencia Panamericana en la Universidad, con la presencia de Calvin Coolidge, Ferrara defendió en un discurso, sin rubor alguno, el intervencionismo norteamericano, frente a otros legados que habían esbozado tímidas críticas.
Aunque la mayor parte de la intelectualidad cubana estaba en la prisión o el exilio, el historiador Ramiro Guerra y el terco napolitano fueron los últimos funcionarios en abandonar sus puestos en el Palacio Presidencial, cuando ya el dictador había escapado a Nassau y comenzaban en las calles los ajustes de cuentas. Una vez más sus habilidades de transformista le fueron útiles, pues, perseguido de cerca por miembros de la oposición, logró embarcarse hacia Miami en un hidroavión.
En 1928 ya gozaba Ferrara de una sólida fortuna y había podido encargar a la firma Govantes y Cabarrocas, un palacio en el más puro estilo del Renacimiento florentino, de sólida estructura de cantería, vitrales gigantescos y un recoleto jardín interior, en cuya fachada hizo colocar la inscripción: Dolce dimora. Era un lugar digno de un príncipe del siglo XV, para gozar de un ocio culto, preparar sus libros y mantener los cabildeos políticos. Sin embargo, sobre la casa pesaba una especie de maldición. Tuvo que abandonarla en 1933 y, aunque regresó en 1938 para ponerse a la cabeza del Partido Liberal y por este fue electo delegado a la Constituyente de 1940, el 1 de marzo de ese año sufrió un atentado en el auto que lo conducía a las sesiones, en el que fue levemente herido. Tres meses después decidió radicarse en Portugal. Regresó en noviembre de 1954, en pleno gobierno de Batista y a pesar de haber sido muy bien acogido por las fuerzas vivas, su olfato político le permitió adivinar que ese ambiente no era el ideal para su tranquilidad, y aceptó en 1955 el cargo de embajador ante la UNESCO.
El triunfo de la Revolución lo sorprendió en Europa. Nunca volvería a la Dolce dimora, intervenida en su ausencia y convertida en Museo Napoleónico. Ironía del destino, porque la figura del Corso no parecía muy adecuada a aquel palacete, más digno de albergar la Sociedad Dante Alighieri o la Unión Latina. Murió en 1977, ya centenario y con una curiosa lucidez que le permitía opinar de política con más inteligencia que la mayoría de los emigrados cubanos.
Muchos de los que tropiezan con su nombre en un libro de historia no creerían que ese defensor de tantos gobiernos venales, no era un simple político codicioso, de ignorancia más o menos rampante, sino un miembro destacado de las academias de Historia y Ciencias Sociales de Cuba y correspondiente de otras homólogas en México, Argentina, España y Francia y, además, un escritor muy publicado en América y España.
No dieron fama a Ferrara sus opúsculos de jurisprudencia y política contemporánea: La Guerra Europea, Problemas de la paz, El Panamericanismo y la opinión europea, sino los grandes volúmenes en los que se ocupó de figuras y hechos del Renacimiento europeo. Su Maquiavelo es una valoración del llevado y traído escritor, con el que se siente en sintonía por la modernidad de sus principios políticos y por su carácter práctico y sagacidad. Una línea semejante sigue con el más célebre de sus biografiados: Alejandro VI, El Papa Borgia. Mientras la mayor parte de la historiografía liberal de la época sacaba a la luz los sombríos hechos del pontífice español y la propia historia vaticana procuraba echarlo a un lado, él, valiéndose de una moral casuística de manga muy ancha, procura justificar sus hechos y con el fin de contradecir a sus detractores acumula una exagerada cantidad de documentos, para dar un sesgo “científico” a sus afirmaciones. Al concluir la lectura, tenemos la sensación de que nos ha dado gato por liebre, pero no es fácil replicarle si no se dispone de un cúmulo de informaciones semejantes a las que él ha movilizado.
En vida del autor El Papa Borgia tuvo varias ediciones −a fines de los años 40 ya se habían agotado tres− y recuerdo que todavía en mi infancia, las personas cultas tenían un ejemplar del volumen en su edición de lujo, empastado en púrpura con incrustaciones en oro, con la tiara y las llaves de San Pedro vistosamente repujadas en el lomo, en un lugar privilegiado de la biblioteca.
No habría que descartar que el político empleara para completar su labor a algún invisible “negro” que trabajara por él, pero se sabe que gustaba de sumergirse en los archivos europeos y sus credenciales de diplomático y jurista, unidas a una fortuna bien sólida, le abrían las colecciones más recoletas, incluida la sección secreta del Vaticano. Por otro lado, si su prosa no es demasiado suntuosa, sí está libre de adornos inútiles y resulta persuasiva, por la habilidad para colocar las informaciones y dejar que estas parezcan que hablan por sí solas. Así ocurre en otro volumen que fue un suceso en su tiempo: Un pleito sucesorio, en el que examina las buenas razones de Isabel la Católica para privar a su hermana, “La Beltraneja” del trono de Castilla, y colocarse en él, como por voluntad divina.
Sin embargo, a mi parecer, su libro más notable es El siglo XVI a la luz de los embajadores venecianos, cuyas quinientas páginas estudian la diplomacia de la Serenísima República y su influencia en la política europea, con una mezcla de fidelidad documental y riqueza anecdótica, que raras veces nuestros historiadores logran unir. Lamentablemente, resulta muy complicado para el lector común y por eso resulta menos conocido.
Una literatura no se hace sólo a base de las cumbres y –según se mire– tengamos o no cuatro siglos de escritura, no basta con recordar a Heredia, La Avellaneda, Martí, Carpentier, para juzgar bien nuestras letras. Alguna vez habría que recorrer de nuevo las páginas de ese napolitano de sangre hirviente y astucia de príncipe florentino, cuya vida podría inspirar a alguno de nuestros novelistas, quizá sus libros sean más valiosos de lo que algunos piensan.
