El misterio del eco o de la sabia hermenéutica
Cinco ensayos conforman El misterio del eco. Aunque no tienen fecha al pie, y el lector ignora el año en que fueron redactados, resulta evidente que recogen preocupaciones incluso obsesiones de la autora, Margarita Mateo Palmer, durante largos, numerosos años. Hay dos de estos ensayos dedicados a José Lezama Lima, sobre quien lleva escrito su libro más extenso, Paradiso: la aventura mítica, y uno de ellos inicia El misterio del eco, y el segundo, lo cierra. Entre estos dos ensayos mencionados se encuentra el que tal vez sea el mejor de la selección por la seguridad de su desarrollo, casi novelesco, que se refiere al mito americano en Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, autor a quien por igual Margarita Mateo ha dedicado diversos estudios críticos. Otro a continuación acerca de la identidad caribeña en El vasto mar de los sargazos, de cuya autora, Jean Rhys, nacida en Las Antillas, se ocupa por primera vez, y después el que aborda la simbología del huracán en la literatura cubana.
Si han sido redactados en diversas fechas, resultan además verdaderos ensayos, es decir, ensayan sobre algo, siguiendo el sentido que le diera al término Montaigne: tema o asunto tratado como una tentativa incompleta, dejándolos un poco abiertos, tono conversacional y en apariencia íntimo, abundantes citas comentadas… Sin embargo tienen una coherencia progresiva, dada por el tema y por la manera en que ha sido escrito. La manera es el tono ensayístico, y el tema es el mito, como fundamento de cada una de las ficciones narrativas y del huracán. El mito o los diversos mitos que están detrás de las novelas, del espacio gnóstico americano, el mito del huracán y el huracán como mito.
Doy por supuesto que el título del volumen desde el inicio es sumamente atractivo para el lector, para un lector curioso. ¿Cuál es ese misterio? ¿De cuál de los múltiples ecos se trata? ¿El físico, el que responde y resuena dentro de una cueva, en un abismo o en el vacío entre montañas? ¿El mitológico, el de la ninfa griega? ¿El eco como influencia, como reverberación? ¿Y por qué el misterio? ¿De qué misterio se nos va a hablar? Así, con tal sobresalto, con ese leve sobresalto, el lector abre el libro y comienza a leer.
El primer ensayo satisface parte de nuestra curiosidad, nos dice algo sobre el título que tanto nos atrajo. En sus párrafos iniciales se realiza un singular descubrimiento: durante su juventud Lezama desconfiaba de la identidad americana, o más bien, latinoamericana, o según aparece en estos escritos juveniles, hispanoamericana. Margarita Mateo ha descubierto que desde “Coloquio con Juan Ramón Jiménez”, cuando tiene 27 años, Lezama se refiere al complejo de inferioridad que aquejaba al hispanoamericano al intentar abordar un problema esencial para los pueblos de nuestro continente: su identidad en relación con la cultura europea. Sentimiento de subordinación, de encandilamiento ante una cultura de historicidad arraigada. En su pensamiento de esta época se encuentra el afán de contraponer la identidad cubana a la continental. Se detiene, entonces, «en términos muy bruscos» en su concepto de la insularidad. Las aguas ejercen, según le ocurre a la cultura inglesa, una singular protección del resto de Europa, en nuestro caso, del resto del Continente. Las aguas implican una distancia, tanto geográfica como cultural. La distancia se torna o se convierte en una diferencia espiritual. «De igual manera nosotros nunca hemos hecho mucho caso de la tesis del hispanoamericanismo, y no nos sentimos muy obligados con la problemática de la sensibilidad continental».
Las palabras citadas aparecen en este libro. Esta y otras muchas, diestramente seleccionadas, le sirven a la ensayista para ir jalonando el proceso del pensamiento de Lezama respecto a la identidad americana, a su posible diferencia con respecto a la cultura europea. «Varado en esta intención de definir —la autora parece aludir al concepto de insularidad— su ámbito más cercano», en vez de encontrar ciertas similitudes, se encierra en el contraste con el que diseñar un perfil nacional. En otro artículo, publicado póstumamente, Margarita Mateo destaca esa singular especie de pesimismo sobre la posibilidad de una expresión americana. Y es aquí, varios años después, donde la ensayista realiza su descubrimiento en el proceso de comprensión ulterior del hecho americano. Se trata del texto de Lezama acerca del poeta Julián del Casal, texto escrito en 1941, donde el problema de las influencias es abordado desde un punto de vista diferente. Por primera vez el problema de la imitación es interpretado desde la voz original y la resonancia de esa voz mediante el eco. «Como si entre la voz originaria —en este caso la cultura europea— y el eco —en este caso su reflejo en la continental— no se interpusieran, con su intocable misterio, invisibles lluvias y cristales». Así, mediante el análisis de diversos textos lezamianos, de pensadores latinoamericanos y caribeños, Margarita Mateo va enumerando los diversos pasos del poeta cubano en su acercamiento a lo que él mismo llamara el «espacio gnóstico americano», hasta desembocar en la teoría germinativa que alcanza su culminación en las cinco conferencias que integraron La expresión americana.
¿No es una forma del eco y del misterio transmutativo el mito americano y caribeño en Los pasos perdidos de Carpentier, o en El vasto mar de los sargazos, de Jean Rhys?
El ensayo más extenso está dedicado a la novela de Carpentier, el más extenso y minucioso, dividido en varias secciones independientes, todas tituladas. En él se estudia con sagacidad la decadencia de los mitos zodiacales, la errática busca de señales que propicien la lectura de los mapas del destino. En una de estas numerosas secciones, se detiene en los mitos prehispánicos, mitos anteriores al llamado descubrimiento del Nuevo Mundo por los europeos, que desempeñan —afirma Mateo Palmer— una importante función en la novela, y que han sido poco atendidos por la crítica. Durante un largo espacio y un análisis detenido, como ocurre con el del buscador de tesoros, donde el misterio del eco parece resonar con gran intensidad, se ocupa de la presencia del mito de El Dorado. En torno y sobre tal resplandor lejano, se construye gran parte de la narración carpenteriana, donde se refleja el anhelo del hombre por encontrar un espacio en el que desarrollar su existencia al margen de las leyes inexorables de la civilización, espacio proyectado múltiples veces en las viejas utopías de la cultura occidental. Es decir, por esa propia civilización que parece buscar la imposible perfección de sí misma. El mito de El Dorado es asumido por Carpentier —concluye Mateo Palmer—, como el proceso espiritual de aprendizaje y purificación, que conduzca al hombre a un estado superior de su propia conciencia y de su existencia en el mundo.
De idéntica manera, según ocurrió con el proceso de Lezama, en Los pasos perdidos, la autora se detiene para señalar un breve pero decisivo momento en el que se manifiesta el fuerte vínculo de Rosario, una de las protagonistas femeninas, con una concepción ancestral: la consideración de las plantas como dotadas de cierta espiritualidad, la propiedad de las yerbas, la visión animada del bosque… Una noche ocurre ese momento decisivo, durante una conversación con el protagonista, en el que Rosario saca de un viejo armario diversas yerbas, muy aromáticas, de un olor acre, y comienza a estrujarlas en la palma de su mano. Quisiera llamar la atención, nos advierte Margarita Mateo, sobre este breve acontecimiento en el que no ha reparado la crítica. Rosario lanza al fuego el puñado de yerbas, el olor asciende, inunda la habitación… Después de este ritual tan antiguo, ella empieza a ejercer una atracción cada vez mayor sobre el protagonista, y se torna posible entre ambos la relación erótica.
Debo por igual apuntar otro acierto: la insistencia en señalar la relación, estrecha y germinativa, muy de eco germinativo, entre estas dos obras: Los pasos perdidos y La vorágine.
¿No es una de las formas del eco y de su misterio las profusas superposiciones que aguardan al lector en la novela de Jean Rhys? ¿No es la superposición de mitos y leyendas una de las manifestaciones del eco? Novela caribeña, escrita por una blanca criolla, descendiente de esclavistas ingleses blancos, que consigue relacionarse sin embargo con varios mitos antillanos, entre el dualismo y la alteridad de la protagonista, que busca su auténtica persona delante del espejo y del desdoblamiento lingüístico, o la superposición con personajes novelescos. Problema de la identidad, temática casi obsesiva de la literatura caribeña. La protagonista de Jean Rhys es, a su vez, la demente encerrada en el ático de Jane Eyre. Existencia dual, juego de dobles espejos, personaje de una novela caribeña moderna superpuesto a otro personaje literario de una novela inglesa del siglo anterior. No sólo esto: la protagonista, mediante esta duplicidad, se suma a otras, la dualidad de su origen, cultura inglesa y del Caribe, su identificación, casi mágica, con una niña negra, hija de esclavos…
A este ensayo sigue el dedicado al dios de los vientos. Al que Fernando Ortiz llamó por encima del sol, el gran dios de las Antillas, la suprema deidad precolombina, el Huracán. No se tome esto como una observación chistosa, pero el huracán me parece el eco supremo, el conjunto de todos los ecos posibles de la naturaleza. Margarita Mateo va recorriendo su expresión, su reflejo de aguas y vientos, de destrucciones y fecundación final, a lo largo de la literatura cubana, desde el 19 al 20. Pasan por las páginas de su ensayo el espíritu potente por el que clama la Avellaneda, llena de orgullo, con el que secar su bochornoso llanto, o el de José María Heredia, como los antiguos aedas, por la presencia de ese dios de los tainos y los siboneyes, que vela el poderoso sol, y tiende un manto sombrío, de color indefinido, sobre la tierra. Poemas de Juan Clemente Zenea y de José Martí pasan también por las páginas de este ensayo, hasta llegar al cuento de Lino Novás Calvo, “No sé quién soy”, que ningún crítico ni estudioso había visto desde el mito del huracán.
Antes de entrar en los primeros capítulos de El siglo de las Luces, donde el ciclón, como ha empezado a llamarse a este torbellino de la naturaleza desde mediados del 20, tiene una influencia decisiva sobre el desarrollo de la narración, hay un instante en Écue-Yamba-Ó en el que Margarita Mateo se detiene, al concluir la primera parte de la obra, instante vinculado con el mito de Oyá, divinidad de las tempestades en el panteón yoruba. Aquí, la descripción del meteoro ya prefigura las de El siglo de las Luces. Desde la inquietud de los animales, en el fondo del mar, que presienten la llegada del ciclón, el carácter rotatorio del dios, la furia del viento en sentido contrario de las manecillas del reloj, las invocaciones a Santa Bárbara, el clavetear de puertas y ventanas, los inmensos bramidos, derrumbes y fragores, la inundación del agua que penetra la casa, donde se han refugiado Sofía, Victor Hughes y la servidumbre, hasta el final luminoso, hasta el silencio que deja el huracán cuando ha pasado, y un mítico arco iris se asoma en el cielo gris. El agua, sin duda, es un elemento erótico, despierta los deseos sexuales. Aunque Sofía rechaza los acercamientos de Víctor Hughes, el agua huracanada ha producido una transformación en la vida de esta muchacha: después de la presencia del agua tempestuosa terminaron los tiempos de la adolescencia. Y como dice Carpentier: «Las palabras cobraban un peso nuevo. Lo ocurrido –lo no ocurrido— adquiría una dimensión enorme».
La importancia transformadora del ciclón es otro de los diversos descubrimientos explicativos que el lector encontrará en estos ensayos. En la novela póstuma e inconclusa de Lezama, Oppiano Licario, como también observa Margarita Mateo, algunos de sus acontecimientos decisivos igualmente ocurren bajo el signo mítico del violento huracán.
El último ensayo de El misterio del eco es una cuidadosa rescritura de uno de los capítulos postreros de su libro monográfico ya mencionado, Paradiso: la aventura mítica, que obtuviera el Premio Alejo Carpentier de ensayo en el 2002. Dividido también en secciones independientes, como “Los filtros de amor y de muerte” “El mito de la mujer de vagina dentada”, “La reconciliación de Eros y Thánatos”, se convierte, por haber sido desprendido de un estudio monográfico sobre los mitos en la novela de José Lezama Lima, en un cierre perfecto de esta compilación de ensayos. Al estudiar la presencia del mito en Paradiso, como el de la vagina dentada y el horror que produce en uno de los protagonistas o el conflicto entre eros y la muerte, otorga a El misterio del eco toda su coherencia interior. El estudio del mito se convierte en el centro irradiante, los ensayos, en apariencia diversos, confluyen unos en otros, se prestan luces, dialogan entre sí, rescrito el último dentro del tono general del ensayo que singulariza este libro, separándolo del tono académico que tenía el texto original.
He aquí un ejemplo del ejercicio crítico, de un oficio de madurez que para mí, empieza y termina en la más profunda utilidad de la sabia hermenéutica: enseñarnos a leer la creación literaria.
