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Libros que han avergonzado a sus autores  (1)

José Luis Durán King, 10 de mayo de 2012

El episodio ocurrió en Londres, en 1893. Más de 20 mil lectores cancelaron sus suscripciones a la revista Strand. Otros miles se colocaron bandas negras de luto en la solapa. Decenas de personas furibundas acudieron al domicilio de un escritor a gritar consignas insultantes e incluso a pintar diatribas en las paredes de su casa. El autor en entredicho incluso temía salir de su domicilio, pues una mujer lo había atacado con su bolsa de mano. ¿Qué es lo que había hecho este médico y escritor para consensuar la ira pública contra él?
 
Retrocedamos esta historia unos años. El personaje real en cuestión nació en Edimburgo, Escocia, en 1859, dentro de una familia católica de mediana posición social. Si bien su abuelo fue un caricaturista político de renombre y tres de sus tíos —un historiador, un artista y un director de galería— merecieron una mención en el Diccionario de Biografías Nacionales de Gran Bretaña , su padre fue un alcohólico que, además de mantener en la pobreza a su familia, terminó su vida en un manicomio.
 
Con todos los pronósticos en contra, el hombre de esta introducción logró avanzar algunos grados en la carrera de Medicina antes de hacer una pausa a los 22 años y emplearse como cirujano en un barco ballenero en dirección al Ártico. Su labor como galeno servía de muy poco en la nave, así que el joven decidió participar directamente en la caza de focas y ballenas, actividad que le retribuyó con algunas aventuras.
 
Después de siete meses, el pasante de Medicina decidió retomar sus estudios en la Universidad de Edimburgo y obtener su título. En ese periodo conoció al doctor Joseph Bell, quien fue una autoridad influyente en su vida, al grado de que llegó a convertirlo en un ser ficticio en la novela La firma de Girdlestone. El ahora médico dedicó sus horas libres de atención a los pacientes a cultivar su verdadero don. Así, a la novela anterior siguieron algunos trabajos cuya trama se desarrollaba en el Ártico y África, además de Un estudio en escarlata, Micah Clarke, The White Company y El signo de los cuatro. Tanto en la primera como en la última de estas novelas volvió a aparecer la personificación de Joseph Bell, ese cirujano portentoso que sorprendía a los estudiantes de la Universidad de Edimburgo por sus extraordinarias capacidades de observación y deducción, al que su alumno incondicional, Arthur Conan Doyle, dio el nombre de Sherlock Holmes en sus novelas y relatos.
 
Aunque Sherlock Holmes apareció por vez primera en 1887, fue en 1891 cuando comenzó a construir una fama inusitada a partir de Las aventuras de Sherlock Holmes, publicadas por entregas en la revista Strand. El éxito editorial impulsó a los editores del magacín a ofrecer en 1893 mil libras por una docena más de las historias de Holmes. A regañadientes, Conan Doyle aceptó la empresa, aunque en el último de sus relatos, titulado El problema final, el autor decidió que Sherlock Holmes muriera al caer a las cataratas Reichenbach, mientras luchaba contra su némesis, el malvado e inteligente profesor Moriarty.
 
Ningún autor ha experimentado en carne propia la ira pública por una decisión que, en otra circunstancias, parecería simple y hasta obligada: poner punto final a una serie de relatos. El problema para Conan Doyle fue que el personaje al que mató era Sherlock Holmes, quien, aunque ficticio, era un orgullo de la nacionalidad inglesa. Pero esa misma presión social fue la que nuevamente surtió efecto, y el autor tuvo que “revivir” a Holmes en 1902, haciéndolo reaparecer en El sabueso de los Baskerville. Cuando Holmes se despidió finalmente del respetable, en 1927, había protagonizado 56 historias cortas y cuatro novelas.
 
En algún momento de la saga de Holmes, su autor ofreció como coartada en la muerte del personaje el término “homicidio justificable”, pues explicó que deseaba ser considerado un escritor serio, con proyectos literarios más ambiciosos. Sin embargo, Holmes, muerto y resucitado, fue la gran creación de Arthur Conan Doyle, por mucho que le pesara aceptar su paternalidad responsable.

Libros no deseados
 
La supresión de obras literarias es tan vieja como la humanidad, y los autores que han mantenido a pie firme su decisión de publicar sus obras pese a la presión de los censores, adquieren un estatus de culto. Recuérdese el caso de Salman Rushdie, cuyo libro Los versos satánicos significó que los fundamentalistas musulmanes pusieran en 1989 precio a su cabeza.
 
Pero en ocasiones las tiranías son ajenas a la supresión de obras y es el propio autor quien decide desconocer su creación. Por supuesto, la pregunta que asalta a críticos y lectores cuando sucede una situación de esa naturaleza es por qué simplemente no abortaron el proyecto antes de publicarlo, ya que, una vez impreso, literalmente no hay vuelta de hoja, menos ahora que en internet el usuario localiza, por decirlo de alguna manera, incluso las actas de nacimiento de esos libros no deseados.
 
Muchos autores han tomado la decisión de desentenderse de sus títulos no gratos. El británico Daniel Kalder, en su artículo “When Writers Censor Themselves” (“Cuando los escritores se censuran ellos mimos”), publicado en The Guardian, se refiere primero a los textos cuyos autores ordenaron que fueran sacados de circulación —o destruidos—, una vez que ellos hubieran muerto. ¿Un frustrado hiperperfeccionismo? ¿Un deseo profundo de olvido?, se pregunta Kalder. Y como ejemplo menciona el caso de Gerard Manley Hopkins (1844-1889), un talentoso poeta inglés, que al convertirse al catolicismo y unirse a la orden jesuita en 1868, decidió que su fe era irreconciliable con su creatividad y, sin remordimiento, puso fuego de por medio entre su amor a Dios y su obra literaria.
 
Más impresionante fue la decisión extrema que tomó Nikolai Gogol, quien ya era un escritor reconocido en 1842, año en que publicó Las almas muertas. La obra fue recibida con beneplácito por críticos y público, lo que al parecer alentó a Gogol a escribir dos volúmenes más, en los que el personaje, Chichikov, transitaría del crimen (castigado) a la redención. Pero en el proceso, el autor ruso fue presa de un arranque mesiánico y tenía la convicción, casi a prueba de balas, de que sus palabras “salvarían” a Rusia. ¿Cómo y de qué? Nunca lo especificó. El caso es que su estado febril fue aprovechado por un sacerdote, quien explicó a Gogol que toda obra que no estuviera directamente vinculada a la Iglesia ortodoxa era un pecado, por lo que debía echar al fuego su borrador de la segunda parte de Las almas muertas. Gogol obedeció de manera sumisa. La madrugada del 24 de diciembre de 1852, las hojas de su bosquejo avivaron las llamas de la chimenea del escritor. No conforme con esa acción, Gogol dejó de comer y murió de inanición.

Continuará...
 
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