La intimidad de la historia: convicciones desde mi tiempo (I)
Antes de iniciar un comentario que, por decisión propia, será poco conexo, debo hacer una confesión: leer historia es mi descanso de las cargas de profesión y de existencia; con ella, encogido en mí mismo, me olvido de qué tan engañosa puede ser a veces la centelleante imagen acerca del presente hermoso, vivaz y virginal, pues cada hoy nos sobrepasa con su carga ominosa. Leer historia, por el simple gusto de hacerlo, me enfrenta a los rostros múltiples del trayecto humano, como la más formidable ficción narrativa. Por lo mismo, me ha angustiado siempre cuando he podido percibir una cierta noción actual de que la historia, como disciplina y aun como dimensión cultural, es vista como entidad estática y de baja temperatura. En tanto disciplina humana, ha estado sujeta a evoluciones desde los remotos días en que Jenofonte se decidió a narrar una derrota, lo cual, como uno de los textos iniciadores del discurso histórico, ya parecía advertirnos de que Clío es una musa voluble, y de que la historia, aunque se nos haya repetido tantas veces lo contrario, no solo se escribe por los vencedores.
Si el siglo XIX inició una profunda transformación del oficio del historiador, derivada de la prodigiosa historiografía romántica francesa, de Morgan y de Marx, y también de otros muchos a lo largo de la centuria, desde el siniestro, pero agudo Thiers hasta el lúcido Theodor Mommsen se produjo un cambio fundamental, de aristas muy positivas y, también, negativas. Si se examina alguna de las grandes obras históricas de los primeros tres siglos de la Modernidad, es fácil comprobar que se aspiraba, aunque fuera de manera en muchos casos muy rudimentaria en cuanto a cientificidad, a alcanzar una imagen integral del hecho histórico, donde confluyeran tanto los móviles económicos, políticos, militares, pero también sociales y de modo de pensar cultural. Ese es el resultado —haya sido propósito del autor o no— de las célebres Cartas de relación de Hernán Cortés, como de Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo. Con mayor sentido abarcador y espíritu científico, El siglo de Luis XIV de Voltaire es todavía, con frescura y eficacia cabales, un libro de historia de aspiración totalizadora, donde confluyen mariscales y escritores, dramaturgos y ministros. El siglo XIX también produjo un necesario interés por la conceptualización, la modelación científica de la imagen histórica, pero no tanto en su epidermis más perceptible, sino en cuanto a sus leyes profundas. Desde luego que el pensamiento de Marx es de obligada referencia en este sentido, también hay que otorgar sitio a las obras de Lewis Henry Morgan, como La sociedad primitiva, en que el discurso integra lo histórico y lo antropológico. Agréguese a ello la prioridad de la perspectiva historicista en ciertas disciplinas en trance de alto desarrollo, como la lingüística, que, a lo largo de esa etapa, será sobre todo lingüística histórica. Sí, se diría que fue el siglo del sentido histórico, de modo que ya fueran el objeto de reflexión las artes, los utensilios, las ciudades desaparecidas o la arquitectura, el punto de vista historiador aparecía con una fuerza a veces obsesiva; la novela se atreve, a su vez, a hacerse también histórica; los nuevos lenguajes artísticos, como el impresionismo, se empeñan —por la vía de Wölfflin, sobre todo— en encontrar precedentes históricos en estilos o escuelas
pretéritos. Comienza a aparecer la noción de que, para que una actividad cognitiva pudiese ser considerada como ciencia, debía incluir una disciplina encargada de historiar esa dirección del conocimiento. Más aún, Hegel declara, con toda la autoridad de que disponía en su tiempo, que la actividad filosófica fundamental era la historia de la filosofía, es decir, la contemplación y análisis del devenir más que el pensamiento en sí. Antes que una teoría del arte, aparece la historia del arte, que da nombre general, hasta hoy, a los cada vez más complejos estudios científicos que deben integrar una formación especializada en esa área del saber y el crear. Dicha centuria, con su consolidación del espíritu científico de la Modernidad, no solo tiende a la confluencia primera de varias disciplinas, sino también a una especialización extrema que, si bien era aspiración comprensible e incluso necesaria en la época, habría de legar al siglo XX —y aun al nuestro— una cierta tendencia al esquematismo metodológico. Tales absolutizaciones habrían de terminar, como es su destino permanente, por ser desechadas, incluso a veces con rencor extremista, por nuevas generaciones de historiadores. El siglo XX, con la aparición de la revista Annales y el grupo nucleado alrededor de ella; con los estudios histórico-culturológicos marxistas de Benjamin Farrington, George Thomson y con figuras como Fernand Braudel, Arnold Toynbee, Américo Castro, Claudio Sánchez Albornoz, Jerôme Carcopino, Marcel Bataillon, Guglielmo Ferrero, entre tantos otros de diversas latitudes, significó una transformación extraordinaria en la historiografía y sus prácticas de investigación, e, incluso, impulsó el surgimiento de disciplinas enteramente nuevas, como la tradicionología, en la que, entre otros nombres, destacó la eminente investigadora polaca Zofia Lissa.1 El movimiento de transformación de la historia estuvo muy lejos de ser unidireccional y esquemático; por lo mismo, entrañó una fuerte concentración en el valor mismo de la historia y —que conste que no digo esto por un mero juego de palabras— en los valores que entraña. El español Américo Castro fue, en lengua castellana, una muestra excelente de tales preocupaciones en su ensayo La tarea de historiar: «La Historia no hace escarmentar ni sirve de guía de conducta; contribuye, en cambio, a que la gente se dé cuenta del lugar humano en donde reside, y de cómo sea el ocupado por sus semejantes próximos o lejanos: esto, si la Historia realiza lo que ya va habiendo derecho a exigir de ella».2 El siglo pasado, pues, se replantea el problema de la finalidad, e incluso la esencia misma, de la historia, y se inicia un gradual acercamiento a la concepción del discurso histórico como creación de un tipo específico, pero que, en tanto creación al fin, tiene puntos de contacto con la ciencia y el arte. La historia es enfocada cada vez más como labor axiológica, análisis y fragua de valores. El destacado intelectual mexicano Antonio Caso escribía entonces al respecto del carácter creativo del discurso historiográfico:
La historia es una imitación creadora; no una invención creadora como el arte, ni una síntesis abstracta como las ciencias, ni una intuición de lo universal concreto como la filosofía. El historiador revive el pasado, lo reanima, lo resucita. Su labor es, como la del artista, esencial y fundamentalmente intuición de individualidades y peculiaridades.3
Antonio Caso dedicó atención particular a lo que él denominó el criterio de Windelband sobre la historia como ciencia cultural. Las reflexiones de Caso, quizás menos válidas en el presente, nos interesan como síntoma de la revisión que de la historia se va gestando en todo el siglo XX. La investigación histórica, sobre todo desde la segunda mitad del siglo XX, es asumida en asociación inevitable con los cada vez más poderosos medios de comunicación, que fueron abarcando más y más amplias zonas sociales y permiten hablar hoy, para decirlo con un término de Iuri Lotman, de una semiosfera, o capa planetaria de significados, cuya importancia para la respiración del hombre es similar a la de la atmósfera y, por cierto, están ambas sometidas a inmensa corrupción. Esa semiosfera tiene que ver de modo directo con una transformación del discurso histórico, y ello implica, desde luego, a todas las ciencias humanísticas, incluidas las que se ocupan de las distintas artes. Lotman, en su ensayo capítulo de La cultura y la explosión, afirmaba el dinamismo y la variedad infinita de la cultura en tanto macro-sistema de comunicación: «La estructura de la mente humana es sumamente dinámica. La concepción de que en la sociedad folclórica arcaica no había diferencias individuales y de que las cambiantes vivencias según el plan del calendario eran las mismas para todo el colectivo, debe atribuirse a las leyendas románticas».4 En lo que se refiere a la gradual visualización de una semiosfera, es significativo que también Alejo Carpentier escribiera en 1956 un artículo titulado “El oficio del historiador”, donde afirmaba: «El oficio de historiador, en cuanto se refiere a los grandes acontecimientos que hemos presenciado en esta época, se va haciendo tremendamente difícil».5 Carpentier subraya que su propio tiempo es el que exige una historia con enfoque multivalente. Su percepción de humanista de alta cultura le permite presagiar la transformación del discurso histórico que años más tarde, en el 2000, Eduardo Torres-Cuevas describe de la manera siguiente:
La década final del siglo XX, que parece anunciar la complejidad con que abrirá el XXI, ha sido el espacio en el cual el reajuste de las sociedades modernas ha llevado a un nuevo debate sobre la idea misma de la sociedad y sobre la base de su seguridad intelectual, la modernidad. La crisis de las sociedades reales arrastró consigo a la idea de sociedad y, con ella, a todas las ciencias sociales, que se han visto en la necesidad de repensar, más que sus objetos de estudio, los métodos, los pre-supuestos, las teorías y las ideas en que se sustentaron. La única certeza que hoy poseemos es que estamos en tiempos de repensar la historia, las ciencias sociales y las sociedades reales. La historia, pues, está a debate.6
Una de las consecuencias de la conmoción antes descrita, es la re-evaluación de modalidades antiguas de historiar —análisis de batallas, examen de costumbres, de relaciones diplomáticas, de fluctuaciones de gobiernos, etcétera— que, durante buena parte del siglo XX resultaron muy menospreciadas. Así, por ejemplo, la muerte de Ignacio Agramonte en Jimaguayú, que resultó poco menos que incomprensible hasta hace muy pocos años, ha venido a ser explicada de una manera al fin convincente a partir de un estudio de la confrontación militar en que se produjo, la disposición de las tropas, las características de la vegetación existente en aquella época del año en la zona del combate —por el grado de visibilidad que permitía—, y de otras especificidades que corresponden a lo que, durante décadas, fue considerado en nuestros recintos académicos como superflua “hechología”, término que, empleado siempre en los años setenta y ochenta en sentido despectivo, en cambio, a mi parecer, en su sentido preciso de estudio de los hechos, es algo que no debe faltar en el discurso histórico, so pena de que este resulte más cercano a la pura fantasía, al mito o al voluntarismo de un narrador que quiere a toda costa imponer una perspectiva o identificar unos patrones teóricos mecánicamente repetidos. La cuestión no está en desdeñar los datos factuales, en aras de una teorización hegemónica, sino en saber que la teoría es válida en la medida en que resulta un análogo de su objeto de conocimiento y no un molde pre-concebido para este.
1 Cfr. Zofia Lissa: “Prolegómenos a una teoría de la tradición en la música”, trad. de Desiderio Navarro, en: Criterios. Estudios de teoría literaria, estética y culturología. No. 13-20. Tercera época. Enero de 1985 a diciembre de 1986, pp. 221-241.
2 Ápud Antonio G. Birlan: La historia, Américalee, Buenos Aires, 1954, pp. 33-34.
3 Antonio Caso: El concepto de historia universal y la filosofía de los valores, Ed. Botas, México, 1933, p. 40.
4 Iuri Lotman: “El fenómeno del arte”, en: Entretextos. Revista Electrónica Semestral de Estudios Semióticos de la Cultura. No. 5. Granada, España. Mayo de 2005.
5 Alejo Carpentier: Letra y Solfa. Mito e historia. Compilación y prólogo de Raimundo Respall Fina, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1997, t. 5, p., 219.
6 Eduardo Torres-Cuevas: “Prólogo” a: Carlos Antonio Aguirre Rojas: Braudel a debate, Imagen Contemporánea, La Habana, 2000, p. VII.
