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Antonio Bachiller y Morales, el Padre de la Bibliografía cubana: en el bicentenario de su nacimiento

Cira Romero, 15 de mayo de 2012

El 6 de julio de 1812 nació en La Habana Antonio Bachiller y Morales, a quien José Martí llamó «americano apasionado» y a quien se le atribuyen seudónimos que ayudan a definirlo en el amplio perfil de su trayectoria cultural: El Bibliómano, El crítico parlero o Un ojeador de libros. Fue reformista, pero imbuido de ideas liberales, antiesclavista, pero sintió, temeroso de los negros, a quienes no consideró nunca como parte del pueblo cubano, postura similar a la asumida por José Antonio Saco. Desde los Estados Unidos, donde estuvo emigrado por causas políticas al apoyar la autonomía de la isla tras la Guerra de los Diez Años, estuvo atento a los acontecimientos que ocurrían en su patria. En ese país colaboró en la Gran Enciclopedia Americana,  de Appleton, en Nuevo Mundo, América ilustrada y Museo de las Familias, entre otras. Además, escribió y publicó, con al menos dos ediciones, una Guía de la ciudad de Nueva York y compiló y prologó las Obras poéticas de José María Heredia, aparecidas en esta última ciudad en 1875.

Desde sus inicios en la vida cultural insular tuvo múltiples intereses: lingüística, arqueología, biografía, antropología, etnografía, ética, estética, historia, derecho, filosofía, agricultura, economía política y el periodismo en sus más diversas modalidades, sobre todo en el articulismo de costumbres. Fue activo polemista en defensa del romanticismo: debatió con Tranquilino Sandalio de Noda (véase en esta columna el artículo titulado «El intranquilo Tranquilino Sandalio de Noda») a propósito de la lengua maya, cultivó el teatro, en particular a través de la comedia, orador y poeta, género este último que practicó con el seudónimo Alcino Barthelio. Publicó hasta una curiosa Apología del mono (1834), bajo el sobrenombre de Bachiller Tirso de Porra y Saeta.

Fue novelista balbuciente con Matilde o Los bandidos de Cuba (1837), donde aborda el tema del bandidaje en la isla, y La Habana en dos cuadros o La Seiba y El Templete (1845). Anticipó lo que fue, sin dudas, una ficción en Cuba, el indianismo literario, y prologó Tipos y costumbres de la isla de Cuba (1881), ilustrado por Víctor Patricio de Landaluze.

Su espectro, de una amplitud digna casi de un hombre del Renacimiento, lo condujo a escribir sobre pozos artesianos, el telégrafo, el parásito destructor de los naranjos, las calles de La Habana, sobre la exportación del tabaco. Publicó una «Biología social cubana» y un «Estudio sobre las insurrecciones, apalencamientos y combates de la raza negra en Cuba, Santo Domingo y el Continente Americano». Su vinculación con publicaciones literarias de alta significación cultural fue enorme, ya como redactor o colaborador: La Siempreviva, El Puntero Literario, Revista crítica de ciencias, artes y literatura, El Álbum, Revista de La Habana, entre otras. Fue catedrático de Derecho Natural y de Fundamentos de la Religión en la Universidad de La Habana, de la que fue decano de su Facultad de Filosofía. Se desempeñó como síndico primero del Ayuntamiento capitalino y estuvo involucrado en la creación del cuerpo de serenos de la capital.

Sin dudas fue uno de los hombres más eruditos de su tiempo, un verdadero y prolífico humanista, autor de tres obras que dejaron huella en nuestro acervo cultural: Apuntes para la historia de las letras y de la instrucción pública en la isla de Cuba, aparecida en tres tomos entre 1859 y 1861,  Cuba primitiva. Origen, lenguas, tradiciones e historia de los indios de las Antillas y las Lucayas (1880) y Cuba: monografía histórica que comprende desde la pérdida de La Habana hasta la restauración española (1883). Aunque fue criticado por Manuel de la Cruz, quien impugnó el valor de sus escritos al estimarlos «una nao del siglo xvi, atestada de papiros, códices e infolios, que va por el océano sin tripulantes y al acaso, envuelta en impenetrable atmósfera de nieblas»; y Martí le censuró «aquel estilo suyo, deslucido por su hábito de emitir sin condensar [...] pero ese mismo estilo, que con puntuarlo mejor dejaría obras de permanente belleza en literatura, abunda, apoco que se le mire, en frases de sentido único, o súbita energía, o arranques de delicado sentimiento, o cierta leve vena de donaire que nunca lo abandona», estos criterios no obstaculizan reconocer que, sobre todo con su ya mencionado libro Apuntes para la historia de las letras... quedó inscrito en la historia cultural de Cuba. La obra se corresponde con un momento donde convergen en los pensadores cubanos ideales estéticos e ideológicos y es coetánea de dos textos singulares de nuestro acervo: la Colección de papeles científicos, históricos, políticos y de otros ramos sobre la isla de Cuba, ya publicados, ya inéditos (1858-1859), de  Saco, y la Historia de la Isla de Cuba (1865-1866), del matancero Pedro José Guiteras. Las tres constituyen un conjunto de carácter eminentemente histórico sobre el desarrollo de las letras en Cuba. Algunos estudiosos han señalado que hasta podía sospecharse un esfuerzo mancomunado, nada casual, entre los autores, y dejan sentado que por entonces existía una clara definición de Cuba como un país con historia propia, características diferenciadas en relación con la metrópoli y que la isla, aunque atada a España, gozaba de perfiles identitarios definidos.

En sus Apuntes... Bachiller, además de reproducir trabajos ya publicados en revistas cubanas y españolas, donde daba a conocer los adelantos culturales de su patria, incluyó ahora nuevas informaciones sobre el progreso experimentado. Es cierto que sin mucho orden ni concierto, como diera a entender Manuel de la Cruz, aludió a publicaciones periódicas, a obras publicadas, a instituciones, a figuras prominentes, a la literatura, a la educación en sus diferentes niveles de enseñanza y al estado de la imprenta desde su introducción, entre varios temas de interés. Dedicó un capítulo a los historiadores de la isla y aportó concepciones filosóficas, jurídicas, pedagógicas, científicas y económicas. Aunque con grandes omisiones y suposiciones poco fundamentadas sustentó criterios basados en contradicciones de conceptos. Más que evidencias, sus Apuntes... mostraron los progresos de Cuba a lo largo de su historia y como las obras de Saco, Guiteras, Sagarra y otros, forjaron un estado de emoción política y de conciencia que, de manera oblicua, ayudaron de forma mancomunada a sustentar las motivaciones independentistas que arraigaron entre los cubanos, sobre todo a partir de los inicios de la década del 60. Además, esta obra tuvo una «funcionalidad política», pues su autor, desde posiciones reformistas, fue «un pionero en los esfuerzos por articular una historia literaria nacional». Estos Apuntes... acogen en sí mismos un profundo aliento patriótico y pueden considerarse, como el resto de las obras antes mencionadas, un incentivo de carácter netamente cultural que sirvió como detonante para el estallido independentista del 10 de octubre de 1868. Gracias a esta obra —que intenta en algunas de sus partes reunir y compilar, tanto la producción literaria cubana hasta entonces producida en formato de libros, así como las revistas y periódicos publicados—  podemos contar hoy con un corpus bibliográfico que si bien no tiene un ordenamiento científico, posee el valor inmenso de trasmitirnos un amplio caudal de referencias. Esa es la razón por la cual Antonio Bachiller y Morales es conocido como el Padre de la Bibliografía cubana.

El revistero Antonio Bachiller y Morales

Como Cirilo Villaverde, Ramón de Palma y Domingo del Monte, entre otros, esta figura capital de las letras cubanas fue un fundador de revistas, aparecidas en un momento en que en Cuba hubo un verdadero boom de publicaciones periódicas, al punto que el autor de Cecilia Valdés o La Loma del Ángel se sintió obligado a decir a comienzos de la década del 40:

Todo el mundo se creía llamado a la carrera escritorial; todos querían escribir, y sobre todo publicar; nadie quería estudiar, ni era posible, en medio del afán, del ansia vivísima de estampar su nombre en las columnas de algún periódico, y tal vez subir a la gloria. Declamose en alguno que otro periódico, contra esta interrupción no menos bárbara y terrible que la de los pueblos del Norte, que atropellando el idioma, el buen gusto, la sana crítica y la filosofía, se había lanzado sobre los periódicos y amenazaba inundarlos en insulsos versos y en agermanada prosa; pero el mal era grande, fatal; el remedio que se oponía escaso, insuficiente, equivocado y los médicos indoctos, sin autoridad ni influencia [...] Todo pasó, todo se hundió en el eterno olvido, junto con los periódicos y obras periódicas que le dieron nacimiento. El mismo que esto escribe, creyó haber hecho algo en el género novelesco; pero ¡ay! se ha convencido últimamente, que tampoco ha hecho nada.

La visión que brinda Villaverde no podía ser más desoladora, pero el tiempo se ha encargado de quitarle la razón a tan reputado novelista, y una prueba de ello es la revista que Antonio Bachiller y Morales, unido a Manuel Costales, José Victoriano Betancourt y José Quintín Suzarte, fundó con el nombre de La Siempreviva. Apareció en julio de 1838, tuvo un carácter mensual y vio la luz hasta 1840. Estuvo dedicada «A la juventud habanera» y pretendió, según se lee en su primer número,  «poner en manos de las señoritas composiciones en prosa y verso que puedan leer sin rubor, ni peligro; estimular con digresiones cortas y científicas la aplicación de los jóvenes que se dedican a las letras y ciencias, y por último publicar nuestras observaciones locales sobre las  costumbres, la topografía: tales son las miras de la presente». En ella colaboraron, con poemas, narraciones, crítica literaria, gramática y astronomía, entre otros intelectuales, el propio Bachiller, Villaverde, José Zacarías González del Valle y Ramón Vélez, entre otros. La revista ha sido calificada por el español Antonio López Prieto como «el primer periódico literario que vio la luz en el país, pues aunque años antes, 1829-1831, se publicó La Moda —se refiere a La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo, fundada por Domingo del Monte— esta, como lo indica su título, y los informes y figurines que repartía, era de un carácter mixto».

En esta revista fundada por Bachiller y Morales vio la luz en 1839 la primera versión, a modo de cuento, de Cecilia Valdés, y José Quintín Suzarte dio a conocer una crítica sobre el reciente estreno de El conde Alarcos, de José Jacinto Milanés.

Si bien, como homenaje a esta publicación, apareció en el año 2007 una revista de igual título, dirigida por Reynaldo González, la surgida «no tiene una vocación decimonónica», como ha expresado el propio director, porque «se adscribe a una línea de la cultura cubana que si en aquella centuria alcanzó su definición augural, mantuvo una visión siempre porvenirista».

Acentuada y asentada en nuestro patrimonio cultural decimonónico quedaron las diferentes facetas intelectuales de Antonio Bachiller y Morales,  cuyo domicilio, al lado de la iglesia del Sagrado Corazón de Reina, en la avenida homónima, se encuentra en fase de remodelación por la Oficina del Historiador de la Ciudad para dar cabida a una biblioteca, merecido homenaje a quien tanto hizo por la historia cultural de la patria cubana.

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