Adria Santana: figura insignia de las tablas cubanas
Cada cual, al morir, enseña al cielo su obra acabada
JOSÉ MARTÍ
La necesidad intelectual y espiritual de escribir esta crónica, dedicada a evocar la memoria de la multipremiada actriz Adria Santana (1948-2011), la experimenté mientras reportaba una de las sesiones de trabajo incluidas en el programa del evento teórico Caracol 2011.1
Concretamente, cuando la primerísima actriz y directora teatral, Verónica Lyn, en el panel dedicado a la actuación, citara a personalidades de la talla excepcional de Eslinda Núñez y Adria Santana, entre otras no menos importantes.
Conocí en persona a la fallecida actriz en la capitalina sala El Sótano, cuando fue a presenciar la actuación de Yuliet Montes, una de sus grandes realizaciones pedagógicas, en el campo de la enseñanza artística.
En esa ocasión, Yuliet interpretó —con la profesionalidad que la identifica— la obra Sexteando con Darío Fo, del laureado escritor y dramaturgo italiano, Premio Nobel de Literatura.
Cuando concluyó la función, me acerqué a la actriz principal del pinareño Teatro de la Utopía, con el propósito de que me concediera una entrevista para nuestro sitio web. Entonces, la joven artista tuvo la inconmensurable gentileza de presentarme a su venerada maestra, quien la honrara con su presencia en esa acogedora sala. Y, además, le dedicara un cálido elogio a su integralidad artístico-profesional; los mayores estímulos, que —junto con la cerrada ovación del público— recibiera aquella tarde dominical por su dedicación en cuerpo, mente y alma al arte de las tablas.

En ese momento, le dije a Adria Santana:
«Señora, es un gusto poder estar, cara a cara, frente a una gran mujer, como la que tengo delante. Pero, ¿quién que ejerza el periodismo cultural en el archipiélago cubano no conoce a una actriz multifacética como usted, que no solo se desenvuelve como 'pez en el agua' en el escenario de un teatro, sino también en cualesquiera de nuestros medios audiovisuales?
«Por otra parte, mi archivo mnémico registró —con letras indelebles— su magistral actuación en la obra Actrices,2 de los dramaturgos Josep Ma Coll y Carlos Repilado, llevada a las tablas de esta misma sala desde hace ya algún tiempo.
«En dicha obra, verdadera clase magistral de actuación, usted compartió el escenario con otras figuras legendarias de las artes escénicas caribeñas: Paula Alí y Oneida Hernández, así como con Yanell Gómez, carismática actriz de la compañía teatral Rita Montaner».
Con la sencillez y humildad que la caracterizaran, solo se limitó a decirme, con cierto rubor, apenas disimulado: «Periodista, me parece que usted exagera un poco […], no es para tanto, solo soy una amante apasionada de la actuación y nada más».
Como respuesta, cité una sentencia bíblica: «Por los frutos se conoce el árbol». Esa fue la única vez que interactué con ese paradigma del teatro cubano de hoy y de siempre.
Adria era graduada de la Escuela Nacional de Arte (ENA); y con apoyo en la sólida formación académico-cultural aportada por esa institución educacional, así como en la práctica actoral, cosechó una fecunda carrera, tanto en el teatro, como en la radio, la televisión y el cine.
No obstante, su medio natural por excelencia era —sin discusión alguna— el teatro. Como crítico y ferviente admirador de las indiscutibles proezas artísticas que, con naturalidad y sin apelar a la sobreactuación, lograra hacer realidad en las tablas, no me asiste la más mínima duda.
Ella integró —durante dos décadas— el elenco artístico de Teatro Estudio, donde protagonizó obras clásicas del movimiento teatral de los años 60 y 70 del pasado siglo. Y contó con la eficaz dirección de los/as maestros/as Raquel y Vicente Revuelta, Berta Martínez, Martha Valdés y Armando Suárez del Villar.
En la década de los 80 del siglo XX, se convirtió en la actriz predilecta del director Abelardo Estorino, quien escribió especialmente para ella el monólogo Las penas saben nadar; obra que obtuvo innumerables distinciones y reconocimientos, a escala internacional:
El Premio de la Asociación de Cronistas de Espectáculos de Nueva York (1997) y el Premio a la Mejor Actuación Femenina en el Festival Internacional del Monólogo de Miami (2001), entre otros no menos prestigiosos.
De su estrecha relación profesional, afectiva y espiritual con el laureado dramaturgo cubano, surgieron las obras: Vagos rumores, Ni un sí ni un no y Medea sueña Corinto, donde se percibe la influencia ejercida por la cultura helénica en el ilustre autor de esas puestas en escena.
También dejó huellas indelebles en la memoria histórica del cine y la televisión en la mayor isla antillana. En el séptimo arte, participó en los filmes Polvo Rojo (1982), Jíbaro (1984), Isla negra (1995) y Casa Vieja (2010) —una adaptación del realizador Lester Hamlet—, basada en el texto de Estorino, y que fuera su despedida definitiva de la pantalla grande.
En la pequeña pantalla, intervino en las teleseries y telenovelas La Delegada, El año que viene, Doble Juego y Añorado encuentro, que culminó hace unos meses, y que fue su último desempeño en ese medio audiovisual. Los que conocían su grave estado de salud sabían que estaba dando lo mejor de sí, porque corporalmente estaba siendo asediada por la muerte, la cual acabó llevándosela al espacio infinito, lleno de música, luz y color, a donde —según el Apóstol— van quienes «aman y fundan».
Adria era miembro de la Asociación de Artes Escénicas de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Y una de las actrices más queridas, admiradas y respetadas, tanto en el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), como en el Consejo Nacional de las Artes Escénicas, donde laborara por espacio de varias décadas… hasta su lamentable deceso.
La herencia ética, intelectual, humana y espiritual que les legara a sus descendientes, discípulos y colegas, se podría resumir con pocas palabras:
«Estudiar y trabajar hasta el último hálito de vida [ella predicó con el ejemplo]. Y consagrarse con todas las fuerzas de nuestro ser al ejercicio sistemático de las artes escénicas, en el medio que sea, sin esperar a cambio ningún estímulo material o moral, solo el aplauso sincero del público cuando verdaderamente lo merezcamos».
Adria Santana era una mujer bella de cuerpo y alma, alegre, auténtica, transparente, y al decir martiano, expiró « […] sin dolor, sin rompimiento interior, [con] una caída suave y una sonrisa franca».
Notas
1 Dueñas Becerra, Jesús. Evento teórico Caracol 2011. www.uneac.org.cu (Noticias); Algunas reflexiones objetivo-subjetivas acerca del evento teórico Caracol 2011. www.uneac.org.cu (Moviendo los caracoles).
2 Actrices: clase magistral de actuación. www.radioprogreso.icrt.cu (Cita con el Arte).
