La crisis del 33 y la Enmienda Platt. Visiones de lo nacional.
Los años 30 representaron un desafío a la humanidad moderna, en general, y al capitalismo como sistema social, en particular. La crisis económica mundial del 1929 a 1933, después de crear la alarma en los arquitectos del orden burgués, condujo a un nuevo modelo de relaciones entre las naciones y a la renovación de los mecanismos de explotación capitalista al interior de cada país.
Cuba, país latinoamericano y caribeño que había emergido como república atada a los Estados Unidos por los artículos que refrendaba la Enmienda Platt, tuvo que hacer frente a los dilemas de la crisis mundial bajo el gobierno del general-presidente Gerardo Machado.
En 1933, la administración norteamericana de Franklin D. Roosevelt comenzó a ensayar la política del «buen vecino» conjugando viejas y nuevas fórmulas de sojuzgamiento hacia la isla. La buena vecindad tuvo en la mediación, presidida por el embajador norteamericano Benjamín Summer Welles, un instrumento de presión política con el que se proponían dirimir las contradicciones interclasistas de la burguesía cubana para evitar el desencadenamiento de una revolución radical.
Entre las herramientas de presión utilizadas por Washington para hacer frente a la situación crítica cubana, estuvieron las clásicas, comúnmente denominadas «de la zanahoria y el garrote». La zanahoria, centrada en la promesa de la firma de un nuevo tratado de reciprocidad comercial, y el garrote, en la amenaza de la aplicación del Artículo III de la Enmienda Platt.
La intimidación, centrada en una posible intervención militar norteamericana en medio de una crisis económica profunda, desató los más diversos criterios en torno a la razón de ser de la nación cubana. Los distintos actores políticos del momento, partiendo de sus peculiares visiones de lo nacional, propusieron nuevos proyectos de reajuste del país ante las condiciones existentes. El pasado, presente y futuro de Cuba, estaba en las mentes de los arquitectos de nuevas fórmulas para atajar los recios problemas de la crisis y proponer alternativas de futuro. Durante el proceso de mediación el embajador norteamericano pretendió, mediante un proceso ponderado, nivelar los terribles desajustes sociales, económicos y políticos del régimen machadista. En la práctica ello fue imposible, solo pudo lograrse cuando la revolución asomo su rostro.
En esta oportunidad nos detendremos a analizar algunas aristas del pensamiento político cubano, relativas a los fundamentos de la nación cubana, ante la crisis general de la sociedad.
Durante los primeros años del gobierno de Machado, la Enmienda Platt había sido asumida por Washington como necesaria para la protección exclusiva de los intereses imperialistas, a pesar que el Presidente cubano en su campaña electoral había prometido su eliminación. Sin embargo, prontamente la maquinaria política del machadato olvidó esa promesa y en la Conferencia panamericana de La Habana, Orestes Ferrara glorificó la palabra «intervención» en la historia de Cuba. Todo ello, sin importar que otros caudillos, como Mario García Menocal, que anteriormente habían servido a los Estados Unidos, reclamasen la intervención norteamericana. Menocal instaba a los Estados Unidos para que amenazara a Machado con intervenir militarmente la isla. Según su criterio, el General-Presidente había violado varias cláusulas de la enmienda.
La Enmienda Platt constituyó un apéndice constitucional que engendró las más grotescas y contradictorias políticas de Estado. Aquella mala semilla, de la que brotó el árbol torcido de la República neocolonial, determinó la condición servil a la que debían estar prestos todos los cubanos; salvo aquellos que apelaran a la ruptura de esos cánones. La mediación del 33 era la hija directa de la Enmienda Platt concebida bajo las circunstancias de un giro de la política hegemónica del imperialismo ante la crisis económica del 1929 a 1933. La amenaza de una intervención militar norteamericana actuó como fantasma devorador de conciencias; además de fuerza motriz que lanzó a los hombres a acciones desesperadas. De la influencia avasalladora de los Estados Unidos pocos podían escapar. Para muchos cubanos no era posible acometer, de forma medianamente radical, cambios políticos y sociales de cierta magnitud, pues los conflictos de clase que se desatarían traerían la intervención norteamericana. En el país, por razones geopolíticas, se menospreciaban las posibilidades nacionales para renovar la sociedad. La alerta constante para defender la «independencia formal» de la que se jactaban, servía de justificación para no emprender reformas o medidas revolucionarias.
Para algunos representativos de la burguesía doméstica la solución a los problemas nacionales debía tener como punto de partida, la Enmienda Platt. Por esas razones, Cosme de la Torriente aceptaba, con el mayor gusto, los buenos oficios de los Estados Unidos en la mediación. Según José “Pepín” Rivero, director del Diario de La Marina, «Una revolución triunfante presentaría los signos reales o aparentes de la más acabada anarquía, tempestad engendradora de la dictadura militar norteamericana».
En definitiva a esos políticos les bastaba con un nuevo reparto de cargos públicos y la ratificación de un nuevo tratado de reciprocidad comercial. De esta manera, el orden burgués oligárquico podía consolidarse. El dilema histórico de la nación cubana estaba planteado: ¿Cuál era la alternativa real que enfrentábamos? ¿Conservar una independencia formal que beneficiara a la oligarquía nacional exclusivamente? ¿Vivir en un país ocupado militarmente por tropas norteamericanas? ¿Liquidar el programa de reivindicaciones nacionalistas en aras de tener una representación como país supuestamente independiente? La mediación puso al desnudo la trágica disyuntiva que tenían los cubanos ante las realidades que imponía la Enmienda Platt. El modelo de relaciones entre Cuba y los Estados Unidos no estaba hecho para que los cubanos hicieran valer su propia identidad a partir de un programa de transformaciones nacionalistas.
Para Cosme de la Torriente, los garantes del modelo cubano de capitalismo dependiente eran los Estados Unidos. La sociedad no podía ser reformada desde adentro por los propios cubanos, la Casa Blanca dispondría de nuestros asuntos. Los miembros del ABC, por su parte, tampoco tuvieron fe en las posibilidades de los cubanos para enfrentar por sí mismos una coyuntura crítica y se sumaron al carro de la mediación. Sin embargo, algunos líderes nacionalistas del Directorio Revolucionario y de la emigración, estaban convencidos que el imperialismo no era omnipotente, este tenía brechas por las que se podría hacer valer las transformaciones revolucionarias. Sergio Carbó, Ramón Grau San Martín y otros líderes de la emigración, adoptaron una postura intransigente, pues percibían los flancos en los esquemas de dominación. Entendían que una intervención militar norteamericana podría conducir a una inestabilidad mayor y a la ruina de la producción azucarera cubana, lo cual no convenía a Washington.
En el transcurso de la mediación el general-presidente Gerardo Machado, constató que Welles le exigía la aprobación de garantías constitucionales que podían socavar su gobierno; ello lo obligó a tomar inmediata distancia del representante del imperio en Cuba. Machado optó por preservar los intereses políticos del estado dictatorial como parte de una pretendida defensa de la soberanía nacional. He aquí, otras de las visiones distorsionadas de lo que llamaron «nacional»: la soberanía era reclamada por una casta dictatorial en virtud de intereses coyunturales. El Presidente había sacado la banderita cubana para contener la acción coercitiva del embajador norteamericano y pretendía reformar, por sí mismo, a su antojo, el aparato político de la República. Aunque los arrestos del General-presidente partían de su conocimiento sobre los presupuestos de la política de la buena vecindad que Washington pretendía extender a todo el continente.
Pero Machado pasó de esta postura, de aparente intransigencia, a otra más flexible: ofreció concesiones tácticas al embajador Welles y llegó a conceder las garantías constitucionales sin renunciar a su intención de mantener el control sobre las reformas que se planeaban.
Después de la masacre del 7 de agosto, cuando el pueblo creyó que Machado renunciaría, el General-Presidente no tuvo otra alternativa que desafiar directamente a los Estados Unidos. En medio de la ruina económica del país el reto de Machado a Washington puso al propio ejército en contra del gobierno. El ejército no admitió enfrentar al pueblo, que se había lanzado a la huelga general, y el posible desembarco de los marines estadounidenses si se instauraba el caos. El ejército definió la situación con un golpe de Estado que desplazó a Machado de la presidencia. Los pretextos serían análogos a los de Machado, la defensa de la soberanía nacional, pero utilizados en otro sentido. Una revuelta militar contra el gobierno impediría el desembarco de tropas extranjeras.
Podemos concluir que, estas visiones sobre lo «nacional», en el peor momento de la década, partían de la compleja relación entre los Estados Unidos y Cuba. Todos los criterios se proyectaban hacia la búsqueda de una salida a la crisis desde perspectivas distintas, pero sujetas al dilema histórico que los envolvía: el pesado fardo de la Enmienda Platt.
Bibliografía
Ibarra Guitart, Jorge Renato. La Mediación del 33. Ocaso del machadato. Editora Política, La Habana, 1999.
