Alfonso Reyes: en vísperas de un aniversario
La doctora Juanita Conejero, estudiosa de la vida y la obra del escritor y humanista mexicano, Alfonso Reyes, impartió la conferencia magistral “Alfonso Reyes: en vísperas de un aniversario”, en la Casa del Benemérito de las Américas, Benito Juárez, en el Centro Histórico de La Habana.
La también poetisa, escritora y promotora cultural reseñó la fecunda trayectoria poético-literaria de uno de los grandes intelectuales de Nuestra América, nacido en Monterrey, Nuevo León, México, en 1889, y fallecido en 1959, hace exactamente cincuenta y tres años.
Esa figura excepcional de las letras iberoamericanas —como lo calificara la miembro de la Asociación de Escritores de la UNEAC— incursionó con éxito en las más disímiles disciplinas y ocupó un lugar prominente en la cultura mexicana, con marcada influencia en el mundo hispano, y también, algo muy poco frecuente, en Brasil.
El ilustre polígrafo fue miembro del grupo Ateneo de la Juventud (1909-1913), movimiento de renovación cultural y artística, donde Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), Antonio Caso (1896-1970) y José Vasconcelos (1882-1959), entre otros, se organizaron para leer a los clásicos. Fue aquella una de las improntas que más profunda huella dejaría en la mente y en el alma de los jóvenes intelectuales y en los temas que desarrollarían con posterioridad: el encuentro con los clásicos greco-latinos.
En Grecia y Roma, cuna de la civilización occidental, Reyes encuentra la inquietud del progreso, el método científico y filosófico, el modelo de disciplina ético-moral, la perfección del hombre como ideal humano; en suma, todo aquello que caracteriza su vasta obra, ancha en magnitud y dimensión como la Pampa argentina, acotó.
A los veintiún años, publicó su primer libro, Cuestiones estéticas (1910). En 1913, obtuvo el título de abogado. Más tarde, fue secretario de la Escuela Nacional de Altos Estudios, donde fundó la Cátedra de Historia de la Lengua y Literaturas Españolas.
Exiliado en España (1914-1924) se vinculó con las más importantes figuras literarias del momento. Se formó en la escuela de Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), y luego, en la estética de Benedetto Croce (1866-1952).
En la Península Ibérica entabló amistad con autores de la generación del 98, como Juan Ramón Jiménez (1881-1958), José Ortega y Gasset (1883-1955) y Ramón Gómez de la Serna (1888-1963). Pronto publicó numerosos y sabios ensayos sobre la poesía del Siglo de Oro español; entre ellos se destacan sus trabajos sobre el barroco y Góngora; además, fue uno de los primeros en estudiar a sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695).
De esa época socio-histórica son sus obras: Cartones de Madrid (1917), reunión sintética de varias estampas suculentas y con gran sentido del humor; su breve obra maestra, Visión de Anáhuac (1917), donde revisa —desde una óptica crítica por excelencia— la labor de la conquista de México, la paulatina y trágica desecación del valle de Anáhuac y la ya perdida transparente región, además de El suicida (1917) y El cazador (1921).
De 1924 a 1939 (año en que regresó a su patria natal), vivió como diplomático en Francia, Argentina y Brasil, y no es exagerado afirmar que se convirtió en una figura esencial del continente hispánico, como lo expresara el laureado escritor Jorge Luis Borges (1899-1986).
Entre sus ensayos de esos años se cuentan: Cuestiones gongorinas (1927), Simpatías y diferencias (1921-1926), Homilía por la cultura (1938), Capítulos de literatura española (1939 y 1945) y Letras de la Nueva España (1948).
Maestro de la lengua, de 1939 a 1950 alcanzó la cumbre de su madurez intelectual y espiritual, y escribe una larga serie de libros sobre temas clásicos, como La antigua retórica y Última Tule (1942), El deslinde (1944), La crítica en la Edad Ateniense (1945) y Junta de sombras (1949).
También escribió sobre problemas mexicanos y americanos, y sobre otros temas muy variados: Tentativas y orientaciones (1944), Norte y Sur (1945), La X en la frente y Marginalia (1952). Entre sus traducciones se encuentra parte de la Ilíada de Homero, en 1951.
Aunque ocupó cargos diplomáticos y fue director de El Colegio de México, institución fundada para recibir a los exiliados de la República Española, su definición fundamental fue la de escritor, lo que sentó así las bases de la auténtica profesionalidad en la literatura mexicana.
Su trabajo con el mundo clásico no se limita a la erudición que nadie osa poner en tela de juicio; es más bien una reinvención de metáforas poéticas, y hasta políticas, que definen nuevas perspectivas para articular la realidad mexicana, como su Discurso por Virgilio (1931). En Ifigenia cruel (1924), poema dramático en el estilo del teatro clásico, el mito contado por Eurípides se reinventa y se transforma en una reflexión sobre la identidad y el pasado, una alegoría a su propia vida y también a la de México, consecuencia de la Revolución.
Reyes escribía sus ensayos —precisó Juanita Conejero— con una gran economía de medios lingüísticos y erudición clara y precisa, lo que lo ha convertido, sin discusión alguna, en el paradigma de la ensayística latinoamericana y en el maestro de México.
Hasta ahora, sus obras completas abarcan por el momento 26 tomos, que han sido editados entre 1955 y 1994. Su poesía, escrita entre 1906 y 1958, se incluye en el tomo X de esa edición, con el título de Constancia poética.
A principios del presente siglo, vio la luz de la publicidad el libro Algunos ensayos (2002), que ofrece un compendio de textos con temas variados escritos por Alfonso Reyes desde su infancia hasta el final de su fecunda existencia terrenal.
