La intimidad de la historia: convicciones desde mi tiempo (II)
Otra cuestión fundamental que se consolida en el siglo XX, es la revisión comparatística con sentido científico cabal. Entre otros, Arnold Toynbee dedicó meditaciones de enorme trascendencia en su clásico ensayo A Study of History (Estudio de la historia),1 a la necesidad de establecer nexos de comparación entre la historia de las diversas civilizaciones, no para hallar patrones de identificación estática y apriorística, sino para hacer historia profunda —y ruego que se tenga en cuenta esta expresión que le aplico—, en la cual el objeto de estudio de la historia es un proceso multifacético de producción de cultura, donde ni la similitud de entorno geográfico, ni la de raza, ni la de ciertos modo de creación de vida social, determinan nunca de modo absoluto y mecánico una identidad cultural. Es Toynbee quien apunta que ni la raza, ni el contexto tomado en sí mismo y en toda su amplitud, son factores positivos para determinar el desarrollo social y menos aún una supuesta identidad total entre las culturas.2 Es Toynbee también quien apunta a una relación que llega a ser fundamental en la reflexión historiográfica de su siglo: los nexos entre historia y ficción,3 tópico que Paul Ricoeur habría de desarrollar con más fuerza al develar la similitud de estructuras profundas entre el discurso histórico y el narrativo: «El carácter narrativo de la historia no es tan evidente como uno podría creerlo.
Frecuentemente ha sido puesto en duda, incluso negado, o modificado al punto de que el relato deja de ser una característica necesaria de la historiografía». 4 Ricoeur establece una relación entre lo que llama “historia contada” y la “historia de los historiadores”, vínculo que se resuelve en su tesis central.5 Un siglo antes, ya Marx había intuido algo de esto al comentar que había aprendido más sobre la sociedad francesa en las novelas de Balzac que en los textos de los historiadores de su tiempo, a quienes, por lo demás, apreciaba y de los cuales aprendió no poco.
Las transformaciones de la historia como discurso de saber han sido mucho más complejas que el incompleto panorama antes trazado, cuyo sentido único está ligado a mi personal convicción de que es necesario transformar mucho en el campo de las humanidades, en particular en lo que tiene que ver con los modos de investigar y de narrar la historia de la literatura, de las demás artes, en fin, de la cultura toda. Es cierto que, como fuerte índice de esperanza, en la última década han venido apareciendo, al menos en el terreno de lo que suele llamarse —para mi gusto no muy acertadamente— “historia propiamente dicha”, estudios que indican un cambio muy sensible y positivo en la perspectiva, una voluntad de captar la cultura misma y no un jirón amputado de ella. Me refiero a investigaciones como las de María del Carmen Barcia, en particular sus estudios sobre grupos de presión, capas populares desde una óptica de género, la familia entre los esclavos, Abreu Cardet, Urbano Martínez, pero también aludo a nuevas promociones —no estoy hablando de criterios de edad, sino de posicionamiento en el macro discurso histórico nacional— de historiadores, como Marial Iglesias, Jorge Ibarra (hijo), Yolanda Martínez, Elda Cento, Aisnara Perera, María de los Ángeles Meriño, y sociólogos que han incursionado con gran impacto en la historia “estricta” como Abel Sierra. Mientras, hay que esperar que se produzca, en algún momento, un despegue mayor en las historias especializadas en áreas específicas de la cultura, y que este se produzca desde perspectivas renovadoras. Es una necesidad que se vincula con dos cuestiones capitales: ha habido una cierta inercia en el historiar de la cultura, que se refleja en ciertos encasillamientos en caminos trillados: no hay replanteos de problemáticas aún no bien esclarecidas como el Romanticismo insular, o el Modernismo, o las vanguardias, cuando la realidad es que cada uno de estos tres momentos es susceptible de ser visto en sus especificidades nacionales, que son más numerosas de lo que suele pensarse. Sigue habiendo una amplia gama de escritores que no queda más remedio, si nos decidimos a la sinceridad, que considerar escritores olvidados —por la crítica y por el mundo académico—, oquedad que, unida a lo poco que sigue conociéndose y estudiándose sobre la diáspora, nos enfrenta a una enorme área de silencios e ignorancia, tanto más graves cuanto tienen que ver directamente con la identidad cultural de la nación. A ello hay que añadir, como cuestión segunda, que estoy convencido de que el modo de estudiar y de narrar la historia de la cultura cubana, llegó a ser en la segunda mitad del siglo pasado tan árida, descarnada y falta de entonación emocional, que ello ha contribuido también al deterioro de la memoria histórico-cultural de las nuevas generaciones. La historia de la nación cubana —en términos de evolución social, economía, pero sobre todo en cuanto a historia cultural en su sentido amplio— necesita una interiorización ensimismada, una axiología del pasado que sea capaz de proyectarse, sin vacilaciones, hacia lo que es justo considerar la intimidad de la historia. Estamos demasiado marcados por un empleo fácil y en exceso coloquial del vocablo intimidad, de modo que el concepto resulta hoy referido tan solo a una amistad muy estrecha o a una zona espiritual muy privada, personal o familiar. Conviene remontarse al sentido prístino del término íntimo, que en su origen latino no era otra cosa que la forma superlativa del adjetivo
internus, “interior”. En latín intimus significaba ante todo “que está muy adentro, en lo más profundo, muy interior, en lo más hondo”.6 La intimidad de la historia, pues, puede concebirse como una zona intensa, viva y eficaz, que exige un calado cuidadoso para comprender su significación, que no es perceptible en lo epidérmico. Hay que añadir a esta definición deslavazada una cuestión principal: la intimidad en la historia radica en la descripción valorativa de una interrelación entre el sujeto y su contexto más inmediato, para a partir de ella proyectarse hacia una interpretación que pueda ser valiosa para una comprensión histórica orgánica de un fenómeno dado. Desde este punto de vista, el trabajo con la intimidad histórica es, por una parte, un procedimiento de acarreo de percepciones, destinado, en lo analítico, a aportar delimitaciones y develar vínculos en un nivel macro. Por otra parte, las aportaciones de tales estudios tienen también una consecuencia no necesariamente analítica, sino sintético-intuitiva para la formación del imaginario cultural de una nación, vale decir, la selección que cada época hace de valores tanto emocionales y simbólicos como ideológicos e intelectuales. No estoy exponiendo aquí ningún criterio nuevo: la evolución del discurso historiográfico ha sido un foco de atención de las humanidades desde hace muchas décadas, en particular luego de 1968, año de importancia suma para los cambios culturales que a partir de entonces se han venido experimentando. Una de las aportaciones de aquellos primeros momentos del la post-modernidad, fue la re-evaluación del presente para la historia y, con ello, el rescate del sujeto para el discurso historiográfico en cualquier disciplina. La importancia del presente para la labor histórica es identificable, desde luego, en otros momentos de la historia como disciplina; el propio Marx le dedicó atención singular, pero habría que esperar a la fundación de la revista Annales por Marc Bloch y Lucien Febvre, para que se convirtiera en fundamental la consideración de le vierge, le vivace et le bel aujourd´hui; así aparecen nuevos métodos de investigación, como la historia de vida y otros.
Al respecto de estos cambios legitimadores, Carlos Antonio Aguirre Rojas señala:
Legitimación e incorporación irreversibles del presente en la historiografía que van a manifestarse de múltiples formas en los distintos espacios historiográficos nacionales. Por ejemplo, y en primer lugar, en el enorme auge que desde hace seis lustros va a tener la rama y el método de la historia oral, de esta historia apoyada en los testimonios directos de los hombres todavía vivos, que es por fuerza una historia del pasado inmediato y del presente, y, en consecuencia, de los hechos y procesos todavía frescos, recientes, cercanos y muchas veces aún actuantes y vigentes.7
Después de excesivos años de sobre-valoración del documento y el monumento arqueológico como trincheras básicas de un historiar positivista, el pensamiento occidental, con Michel Foucault a la cabeza, identifica la reversibilidad entre el documento y el monumento y, por ende, otros dinamismos antes no percibidos en lo que el gran filósofo francés llamara arqueología del saber. En sus estratos, en la polivalencia otorgada a las fuentes documentales, es una de las propuestas de mayor atractivo en el último siglo.
1 Cfr. Arnold Toynbee: A Study of History. Oxford University Press, Londres, 1947, en particular las pp. 12-47.
2 Cfr. Arnold Toynbee: ob. cit., el capítulo que se titula significativamente “The problem and how not to solve it”.
3 Ibíd., pp. 43-47.
4 Paul Ricoeur: “Para una teoría del discurso narrativo”, en: Semiosis. Números 22-23. Homenaje a Paul Ricoeur Enero-junio y julio-diciembre de 1989, p. 193.
5 Ibíd., pp. 78-79.
6 Agustín Blánquez Fraile: Diccionario latino-español, Ed. Ramón Sopena, S.A., Barcelona, 1961, p. 913
7 Carlos Antonio Aguirre Rojas: Itinerarios de la historiografía del siglo XX. De los diferentes marxismos a los varios Annales. Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 1999, p. 49.
