Los datos de un caracol
...en Kashmir, perviven solo sombras: un hoplita desnudo, una lady Murasaki que no es sino piel, vestidos y cultura, el Kubla Khan de Coleridge, el Endymion de Keats, un gladiador andaluz, Giordano Bruno y otros. Todos son fantasmas errantes por los desiertos de Arabia o por los corredores de algún Palacio del Silencio.
ALBERTO GARRANDÉS
La plataforma del símbolo es una de esas alucinaciones que se despierta en medio de la noche del cuerpo de uno y atraviesa la fuerza de establecer un criterio firme, sin la aseveración de que las cosas están allí como preguntándose. Dos veces necesaria explicación, desde la extensión narrativa que el poema adquiere cuando la preferencia comunicativa se establece. El hilo de la historia misma está en desventaja cuando manipulada, no se llega a sedimentar entre los oídos/ojos de lectores no tan bien confirmados, y la amarga píldora de la ignota realidad se le visibiliza cuando el camino hecho de piedras fluorescentes se tuerce y se tuerce y se trenza entre los otros caminos bifurcados por la acción deliberada del que intenta no precipitar el simulacro.
Conviene ensalzar un enigma milenario: ¿Qué se encuentra detrás de una puerta que está detrás de una puerta y ésta, al verse detrás de otra puerta, juega con sus colores más demorados? ¿Cómo se resuelve el acertijo?
Los detalles de la reinvención llegan desde disímiles puntos de un plano que abraca las cuatro dimensiones propuestas por miles de experiencias vitales: la altura, el ancho y el largo, el tiempo, se confunden en la amalgama de referentes plástico-histórico-conceptuales que hacen de todas las armas utilizadas una visión ajedrecista, una construcción que como sistema, recarga no una búsqueda estética en la simbología sino la concordancia del mínimo equidistante con ciertos guiños también plástico-histórico-conceptuales.
Donde se ve un caracol glandecoide, montado por lo que parece un hada que trata de besar su propia desnudez, un fiero golpe se sucede entre las dos imágenes y el blanco (presente a lo largo del libro), porque el cansancio de la monta/cópula está ahí administrado; y la pamela adornada sobre el libertino peinado agarra bajo el brazo una fusta hiriente, le ha cerrado los ojos al hada que calza el mágico zapato de cristal. La posición retorna del caracol, que apunta su agujero a lo que parece la frente del hada, amenaza su espalda, en una sugestión recíproca, desde el naufragio ornamental del orgasmo.
Kashmir en tono terroso, se conjuga con la cromatura destino para la pareja, que se manifestó en el camino inestable, una mañana inmensa detrás de una ciudad que prefiere el golpe seco a la política. La oscuridad renuente, pero oscuridad traviesa, contrasta con la mirada asiática de una mujer de rasgos concordes al estupefaciente; por sobre lo blanco, el vacío o la total homogenización de lo que se pliega al fondo, sostiene ese cansancio de la mujer aletargada. Con un detalle dieciochesco grabado a la semejanza de carteles de exposición para el viajero, resalta la pérdida de objeto de esta “fotografía del alma” que girada ciento-ochenta-grados, también en croma degradada desde el blanco intenso a ocre siniestro, solapa el eterno salto de la soledad a esa Soledad.
En esa sincronía, el humo, crea la guerra de las especies. Las paradisíacas estructuras de los relatos, establece un ritmo decisivo, obliga por una parte a redimir nostálgicos viajes a la semilla, y por otra, a revisitar términos que en súplica, dilatan el acercamiento a esa raíz musical que se ofrece. Con todo esto, no está delimitada la fuerza concertal de los escalones necesarios.
Basta el paralelismo de algunas nociones para hilvanar una tradición de ambiguas (medias) verdades, que recatadas también en prosa poética, usan a la pausa como basamento funcional entre línea y línea que sugiera el directo asombro de una imagen “nueva”. Basta que una vez el referente no descontextualizado se haga cierto entre las manos alejadas del lector inhóspito, para que Kashmir resurja de esas cenizas que cubren los anaqueles de las librerías.
La pausa, en estricto merecimiento, ennoblece el acto “poético” que se quiere lograr con el simulacro bien orgánico.
Sin nombres, pero con epítetos congruentes de los llamados “a contar”, entre las páginas de la reunión de esta plataforma simbólica que ya Garrandés tiene por costumbre, el erotismo, lejos de rozar cada línea, se hace acto necesario, se hace partícipe como un ente naturalizado en la forma y lo subjetivo, que se maneja para dejar caer en hermetismo exclusivo (y no es una redundancia) la madeja que no se deshace.
Ahora, el Erotismo de Garrandés, casi-pornógrafo, fetichista intromiso, no alega complacimiento, no alega convalecencia, no está a favor de empujar la sangre hacia un coito imaginario con la forma nivelada de lo estrofado.
Lo hecho párrafo, escalonado por slashes, mudando de objetivos, rafagueando una infraestructura pictoricista, que al parecer distiende sus brazos por sobre el poema contemplativo; pero sin una retro/alimentación visible hace el esfuerzo por retratar la capacidad informativa de su interlocutor, que casi lo hace si la lectura se amenaza a sí misma con esa superficialidad triple que desgaja esfuerzos infructuosos al tratar y no “ver” en conjunto toda la “obra paginada”.
En el agua del deseo hay una manzana leonada / un vaso de cerámica con pétalos de aquella vieja flor imperial en almíbar de azafrán 1 y hay también la voz que se pregunta y la voz que no responde con un silencio incuestionable. El Yo-seré besa cada página que duele en esa digresión acerca de lo verdadero y lo no-verdadero que establece como panorama el hecho de no poder y no perdonar no poder.
“Se perfectamente que la imagen, medio soñada, de un pájaro-jinete, no tiene nada que ver, en la praxis literaria cotidiana, con el cuerpo deseante, […] con el lenguaje del sexo y con la pulsiones de lo erótico” –dice Garrandés, dentro del discurso que “abre” no el diálogo, sino la reflexión del sí-para-sí, porque lo dicho desde el sueño con la intención de haberlo soñado propone una espiral que trenza los estados que manejará cabalmente, porque “[…] una ventaja muy grande que tiene el hecho de ser escritor es la de habitar un espacio tenazmente intransferible (por más que nos esforcemos en transferirlo)... donde las individualidades quedan visibilizadas o desnudas”.
Entonces la plataforma del símbolo que ha quedado expuesta, desconcierta con los ataques que quedan fuera de ese espacio, destrona la paciencia que se puede encontrar dentro de las páginas, de una vez el “sol blanco” se convierte en lo blanco dentro, y en esa espiral traviesa entre roces y gritos y de que si tuviéramos un sorbo de imagen de dónde agarrar esto que se fue y no ha quedado, existe el vasto ejercicio de lo común poetizable.
La solución de la estructura deviene ejemplo meritorio, el ser desnudo (hoplita) difiere de su desnudez corpórea, la Mujer (arácnida) que sabe todos los artificios del sexo detiene su obra, los momentos carnosos que se extirpan del texto (sexo) traen a colación un poeta galés:
Y ese es el roce, el solo roce que estimula. /El proxuberante mono columpiándose a la par de su sexo /desde la húmeda eroscuridad y la torsión de la nodriza /nunca podrá alzar la medianoche de una sonrisita, /ni cuando encuentra una belleza en seno /de amante, madre, amantes, o sus seis /pies en el polvo que roza.
¿Y qué es el roce? ¿La pluma de la muerte sobre el nervio? /¿Tu boca, mi amor, el cardo en el beso? /... /mis heridas palabreras están impresas con tu pelo. /Me haría cosquillas el roce que es: /Hombre sé mi metáfora2.
1 Alberto Garrandés: Kashmir. Ediciones San Librario, Medellín, 2012, p.59.
2 Dylan Thomas: Si me hiciera cosquillas el roce del amor.
