Conversación a mi padre, de Eugenio Florit
¿Será «Conversación a mi padre», de Eugenio Florit (1903-1999) el primer texto plenamente coloquial de la poesía cubana? Establecer tal prioridad puede ser sumamente polémico, puesto que cuando este poema aparece en 1948, iba naciendo una línea de tono conversacional en la poesía cubana, visible en poetas como José Z. Tallet, Virgilio Piñera, Samuel Feijóo, Eliseo Diego… Sin embargo, este poema, junto a «Asonante final», del mismo Florit, despertaron más el interés por este tono antiguo en poesía, pero que de pronto podía convertirse en protagónico de la lírica cubana, lo cual ocurrió años adelante con el surgimiento de la corriente coloquialista en Cuba y el amplio margen que este tono tuvo (y en menor medida conserva a principios del siglo XXI) en la poesía de lengua española.
No es desechable la ascendencia que pudo tener Florit sobre los poetas cubanos más jóvenes, sobre los primeros que se destacan de la que iba a ser llamada Generación de los Años Cincuenta. Él había sido reconocido al final de los años treinta como uno de los más significativos poetas de la llamada «poesía pura», reflejo cubano de las vanguardias europeas, que tuvo en Mariano Brull y en parte de la obra de Emilio Ballagas, a sus cultores más significativos. También Florit había dado de nuevo vida y presencia dentro de la literatura cubana a la décima, con su Trópico de 1930, donde revitalizó la estrofa, por entonces un tanto abandonada por las letras y dejada al campo de la improvisación, de la oralidad. De modo que el prestigio del poeta era muy sólido cuando irrumpe «Conversación a mi padre», donde aprovecha el influjo conversacional de la poesía norteamericana, que había nacido en Walt Whitman, y que se consolidaba de una manera peculiar en el siglo XX, con aportes de diferentes direcciones estéticas, estilísticas. Es conocido que desde la segunda mitad de la década de 1940, Florit se afinca en el mundo docente de los Estados Unidos, desde donde seguirá desarrollando una obra poética notable, de relación voluntaria por parte del propio autor, con el desarrollo secular de la poesía de Cuba.
«Conversación a mi padre» no se va a situar en la poesía «testimoniante» que luego acaparará el coloquialismo, sino en la confesional. Se trata de un diálogo, o más bien monólogo con el padre fallecido, por lo que el poema en el fondo es asimismo una elegía. Pero el tratamiento de «tú» y el empleo de los verbos en presente de indicativo, desde un sujeto lírico que se identifica desde la primera persona del singular, le ofrecen al texto una discontinuidad con la mayor parte de la poesía que se escribía por entonces en Cuba, y que iba desde el orbe de Orígenes hasta el caudal neorromántico, con expresiones surrealistas en algunos poetas de la hora. La elegía cobra también un entorno de cotidianeidad como nunca antes había sucedido en esta excelente tradición de la poesía de Cuba, ni siquiera en la «Elegía diferente» de Rubén Martínez Villena, donde se dan también algunos apuntes conversacionales. En Florit esto se manifiesta del siguiente modo:
Aunque también la gente vive.
Sigue viviendo, a pesar de los llantos y los lutos,
Y un día le dan ganas
de salir de paseo, de ir al cine,
de tocar al piano lo que a ti te gustaba.
Y no es que así te entierren más;
es que, viviendo más, más te recuerda.
El poema se desvía en incidentes: «(Aun tengo / en su cubierta gris, “Peñas arriba”, / que te dejaste abierta / aquel día…)» La futura alabada técnica de la digresión se presenta así como incidental de la cotidianeidad. Florit quiere cantar al padre desde el recuerdo nítido, desde la vida y no desde el llanto por su muerte, pero este canto es la a vez recuento, narración que impulsa detalles cotidianos y a la vez exaltación de momentos trascendentes de la vida personal y de la sociedad en la que el padre vivió.
Los verbos cobran particularidad especial, sin que convierta al poema en un texto verbalista: «he pensado», «te gustaría», verbos en infinitivo que dan sentido de continuidad, de sucesión y no de parálisis. El poeta cuenta sucesos posteriores a la muerte del padre, o que quizás fueron los últimos de su vida: «Ya sabes cómo llegó la guerra / y cómo en ella la gente se moría; / y como terminó la guerra / y como sigue la gente con su manía, de destruir, de matarse…», a lo cual añade una reflexión sobre la parte destructiva de la especie humana, sobre la muerte en los ampos de concentración y en las cruentas batallas, y no «la muerte tuya y mía / --es decir, la de andar por casa, / la que se recibe en zapatillas…» El poema entonces se convierte en meditación y narración.
La parte narrativa llega a veces a un suave sentido del humor: «Y si esto del frío y del gato / nada tiene que ver, / la cuestión es pasar el rato / tú y yo y el que me quiera leer.» De este modo el texto se abre no solo al comentario al padre, sino a «quien me quiera leer», adquiere conciencia de literatura, de texto poético. Ya a esas alturas, el poema había cobrado más intensidad reflexiva, sobre incidentes que muestran al poeta admirando sus preferencias, la sana existencia de la sombra que pudiera dar una chimenea, sustituida por un calefactor moderno… La crítica de los nuevos modos de vida también hacen reaccionar a Florit en una suerte de apunte aparte del poema mismo: «Con esto, padre mío, / dirás que me estoy poniendo viejo…», da la razón, y comenta lo que él va prefiriendo debido a su edad…
El padre muerto sigue siendo su coetáneo, le pregunta si ha ido a su tierra de Castilla, piensa que sí lo ha hecho, y le dice: «De seguro que te habrá gustado / encontrarte con tantas gentes amiga / y ponerte con ellas a conversar», con lo que Florit le ofrece a la muerte una natural continuidad de la vida. Debo citar in extenso los diez versos finales del poema, porque en ellos se resume el sentido conversacional del texto, la novedad elegíaca y el don confesional del poema, que resulta ser una emotiva alocución sobre la continuidad natural de la existencia:
Y con esa esperanza te dejo por ahora.
Es tarde. No te dejo, ya lo sabes;
Que con dejar de hablarte no te dejo,
Que me voy, pero sigo escuchándote,
Que estoy contigo aunque te deje…
Quiero decir… que no me voy, vaya;
Pero que voy a terminar esta carta
Aunque me quede a tu lado siempre.
Porque dejo de hablarte, pero te sigo hablando.
En fin, que me he hecho un lío, pero tú me comprendes.
El poema resultó ser una epístola, dice claramente que es una «carta», pero el verbo que usa es «hablar». La lectura total no ha ofrecido desde recuerdos de paso, comentarios de significación hogareña, hechos sociales trascendentes, reflexiones con tono filosófico en medio de la conversación, frases que pueden mover a la sonrisa, otras que ofrecen tristeza, el recuerdo vivo del padre es el motivo central del poema, y desde ese recuerdo, el poeta materializa al objeto «cantado» no para una loa, sino para un diálogo en el que a veces supone lo que el padre respondería y contesta, o lo provoca con algún recuerdo íntimo, o sencillamente habla de sí mismo, el sujeto lírico usa de su «yo» libremente, con total sentido de la cotidianeidad.
Muchos de estos elementos, que son ganancias nuevas para la poesía cubana, las aprovechará el coloquialismo sobre todo en la década de 1960, cuando se le añada la trascendencia épica y el fragor revolucionario, ausentes, naturalmente, en el poema de Florit. «Conversación a mi padre» puede considerarse un texto inaugural más que antecedente del coloquialismo, también por su preferencia por el verso libre, cuidadoso por cierto, con algunos usos de rimas asonantes y hasta consonantes, pero donde predomina una libertad expresiva novedosa.
Florit, que ya había por dos veces inscripto su nombre en la renovación de la poesía cubana, ofrece con «Conversación a mi padre» y con el coetáneo «Asonante final» un par de textos fundacionales de una nueva corriente lírica. Más allá del antecedente inevitable, debido a la fecha de su escritura, hay que advertir en estos poemas una renovación de esencias que dará mucho para pensar a la joven generación que iniciará su periplo creativo entre las décadas de 1950 y 1960.
