Carta al poeta Juan Carlos Flores
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Nota del compilador:
Estas cartas fueron encontradas en el metro de París por una anciana de la que se me negó su nombre. Se dice que estaban en un cofrecito de ébano y marfil, unidas por una cinta de color rosa, y que la nieve había borrado todo vestigio de quién las había escrito. Por mis investigaciones pude esclarecer que fueron vendidas en subasta, a un precio casi insignificante, por un comerciante a un turista, el cual las trajo en un viaje a Cuba y se las entregó a un escritor de provincia, cuyo nombre quiero conservar en el anonimato, quien las tradujo al reconocer la firma de Rainer Maria Rilke. Pero era muy difícil augurar si se trataba de sólo diez cartas o si existían más; opino, por las investigaciones que realicé, que eran solo diez cuartillas, como muestrario del tractus poético de la Isla, que el autor de las cartas de Franz Xaver Kappus había destinado a unos escritores cubanos; pero el poseedor de las mismas, después de traducidas, las había distribuido entre amigos y poetas quienes las conservaron hasta el día de hoy. Mi intención fue buscar todas las cartas, volver a colocarlas en el cofrecito de ébano y marfil, descifrar si ciertamente era Rilke su autor, y dar fe de todo ello, a destiempo, en esa apuesta por la poesía y los poetas de hoy.
Bremen, 1905
Querido poeta Juan Carlos Flores:
En medio de la distancia con mi amigo Rodin, tu poemario El contragolpe (y otros poemas horizontales) me ha motivado mucho. Pues a falta de Rodin —que ya se hace tan imprescindible su presencia como la necesidad de tener largas horas de lecturas en la biblioteca—, tu entrega viene a cubrir todo posible vacío espiritual que en ocasiones tengo. No me he recuperado de la gripe, lo cual me amilana, por cierto hace unos días vino un amigo para revisar mis pulmones. Quizás, deba cambiar de ciudad, el clima, por este lado del mundo, es muy intenso en invierno.
No tengo noticias de la familia, lo cual agrava mi situación personal, por lo que leer tu poesía me ha permitido sostener el tiempo con la mayor racionalidad. ¿Y qué pudiera ser la racionalidad sino un acto para reinterpretar nuestros horizontes? ¿Acaso nuestras penurias podrán equipararse a la necesidad de buscar otros mundos?
Acabo de escribir, en el final de un texto, unos versos que te comparto: La muerte es grande. Somos los suyos, con la risa en los labios. / Y cuando nos creemos en medio de la vida, osa llorar la muerte / en medio de nosotros. Pero no te preocupes, no pienses que sufro más de lo que estoy fumando a deshora, en una habitación llena de polvo y libros. Distante de todo acontecimiento, intentando vivir con lo estrictamente necesario.
Por ello tu poemario El contragolpe… me ha permitido quitar todo lo que tenía sobre la mesa de trabajo, para llamarle de algún modo a un mueble lleno de comején y de manuscritos. Pero bien, el tema que me ocupa es tu libro.
El lenguaje punzante es quizás un notable logro, una tarea difícil por asumir el verbo: doblegarlo a lo que ciertamente se quiere decir. La palabra es reiterada para repetir al lector de tus denuedos, ante el mundo donde intentas encontrarte una y otra vez. Juan Carlos, para algo sirve la poesía, el hecho está en recurrir a ella para justificar incluso nuestras deudas. Eres como la imagen de un hombre que marca por segunda vez la cola para comprar el pescado y cuando llega al final, el vendedor le dice que ya ha terminado la venta, y se queda frente a la vitrina, mirando de soslayo, como si quisieras atacarlo con palabras y piedras.
Tu poesía es de una dureza extraordinaria. Los años que han pasado por ti, me asustan, en lo particular, pues la poesía es más que una lírica del desenfado o un país del desasosiego, es una especie de justificación de las constantes desolaciones del ser.
La prosa poética también es extraordinaria en tu libro y diría exquisita para mi gusto. Fustigas como si tuvieras una piedra y la lanzaras a una vitrina donde estamos, eres un cartulario de esas reinterpretaciones necesarias para ti, para tu vida doméstica.
No creo que serían estos versos una obra sacada de los estadios del alma. No presupones tantos adjetivos para dibujar tu reino. Fisgoneas donde la mano cava otras soledades que no todos pueden ver, la visualidad se expresa en la constante que se repite.
Mi maestro de kung fu es un hombre que profesa la doctrina de Cristo, nos dices, y en la inocencia en el decir, está el vacío de las cosas que reinterpretas para que sean duraderas; no te amedrentas, incluso ante la huella que ha dejado la familia dispersa, la incomprensión de los que te rodean. Eres un escritor que se enseñorea con ciertos cielos. Pero después niegas los cielos. Infiero que no te importe lo que se dijo una vez, sino lo que se ha dicho en otra ocasión, a manera de un contragolpe ante un horizonte que se va quedando atrás. La poesía como horizonte, como la vitrina donde alguien llega y se horroriza porque han tirado una piedra ante tanta belleza colocada para llamar la atención.
Escapas o pretendes un salto, porque en un mundo ideal, escapar es tirarse del balcón, darse un tiro en la cabeza. La poesía como disparo, una brizna que llega o llegará siempre. Así infiero que tengo tu poemario para una segunda oportunidad donde mi espíritu no sea tan similar al tuyo o al de un viajero que asume su verdad rallando las paredes de las casas colindantes.
Así lo veo yo, ánimo y seguro estoy que miraremos un mismo cielo por muchos años. Tuyo,
RMR
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