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Diez años después: Virgilio Piñera: entre él y yo

Margarita Mateo, 18 de junio de 2012

Volver a leer un libro que se ha disfrutado mucho siempre es un riesgo. Como sucede con otras experiencias de la vida, hay momentos irrepetibles, y suele resultar vano el intento de recuperarlos cuando las circunstancias son diferentes. Regresar a un texto que nos deparó alegrías y sobresaltos, alimentando la curiosidad y el saber, puede conducir al desencanto y convertirse en un ejercicio del tedio. Aun cuando la memoria haya realizado su necesario y sutil laboreo, borrando huellas del contacto primero, lo esencial permanecerá en el recuerdo, como permanecerá también la impresión del placer ofrecido por la escritura. 

He vuelto a leer Virgilio Piñera: entre él y yo diez años después de haberlo presentado en una ocasión similar a esta. Y la experiencia, lejos de defraudarme, ha trascendido mis expectativas, propiciando un mayor disfrute. En aquel momento lo anecdótico, los avatares de una compleja e intensa amistad entre escritores, la fuerza de una leyenda develada en el envés de su trama, acapararon mi atención. Allí se conformaba una silueta otra, diferente, dibujada sobre la oscura cabeza negadora. Saciado entonces el afán por adentrarme en la realidad del mito, pude ahora fijarme con más detenimiento en el modo de configuración de esa imagen, recuperada en incesante asedio por la voz que dialoga con el amigo ausente a través de su obra. 

Creo conocer bastante bien la prosa de Antón Arrufat. He leído sus libros publicados y aun algunos textos cuando todavía eran inéditos. En otra ocasión, hace años, intenté caracterizar ciertos rasgos de su escritura y apelé a una frase, utilizada por él en su “Notas al viento para Julián del Casal”: la estética de la superposición. En aquel ensayo –lecturas y relecturas parecen ser la letra de hoy-- comenté la tendencia del autor de Las pequeñas cosas a la fragmentación, al juego de las mediaciones, el desdoblamiento de la voz autoral a través de la segunda persona, la presencia reiterada de la intertextualidad, y desde luego, la aguda capacidad asociativa que le permitía superponer, en diversos planos, dimensiones y temporalidades, voces y criterios de signo diferente en busca de una polifonía a la que entonces me referí con los vocablos aproximados, más bien metafóricos, de “palimpsesto crítico”. 

La relectura de Virgilio Piñera: entre él y yo –un libro al que se ha aludido como testimonio, narración biográfica, ensayo, crítica literaria, narración histórica--, me ha permitido disfrutar nuevamente de la diversidad de registros por los que transita la escritura de Arrufat. Su análisis de los poemas de Una broma colosal relacionados con tres poetas cubanos del siglo XIX (Casal, Zenea, Milanés) pone de relieve la versatilidad de tonos y asociaciones que imprimen un peculiar dinamismo a su prosa. Ejemplo de ello son las reflexiones suscitadas en torno al la mirada del autor de La isla en peso sobre el creador de Fidelia

Si en “La gran puta” los leones del Prado temblaban al paso del Emperador del Mundo (“un negro tuberculoso con el pecho constelado de chapitas de Coca Cola”) y la estatua de Juan Clemente Zenea era testigo de una muerte violenta que perturbaba hasta el delirio al sujeto lírico, que solo salía de su paroxismo al son del pregón de un cucurucho de voluptuosidad cubana, “El poeta de bronce”, escrito por Piñera solo un año antes de su muerte, remite a un contexto diferente. 

Comienza Arrufat su aproximación retomando los juicios sobre Zenea vertidos por Piñera en “Poesía cubana del XIX” para, casi de inmediato, comenzar a discrepar. Iniciado el contrapunteo con las opiniones de su amigo, ofrece su propia valoración de Cantos de la tarde, en un lenguaje donde el tono poético domina al discurso crítico. Pasa entonces, como tantas otras veces en su texto, a un plano especulativo: imagina que Piñera nunca leyó el poemario de Zenea tal como fue publicado originalmente, y arremete después contra los descuidos y torpezas de las ediciones de los libros de poesía. De pronto, irrumpe lo anecdótico. Hace su aparición a través del recuerdo, desde la hora indecisa, crepuscular, cantada por el bardo decimonónico: 

Por las tardes, hora de Zenea, recorría ese Paseo camino de la casa de Lezama. A veces solíamos recorrerlo juntos, y otras, casualmente, lo veía pasar por el centro mismo del Prado habanero “roto, dividido,/ ciego, confundido”, llevando del brazo su viejo paraguas negro cerrado, avanzando bajo los laureles y entre los pedestales de los grandes leones de bronce verdinegro. De mediana estatura, amplia frente, medio calvo, tenía una curiosa manera de andar. De repente parecía aquejado de una amenaza: sus miembros –como en su cuento “Las partes”—estaban a punto de desprenderse del cuerpo y seguir caminando cada uno a su arbitrio. Comprimía su flaco cuerpo, alzaba los hombros, se ajustaba la cintura con los codos para impedirle al desobediente convertirse en fragmentos.  1

  

La evocación ha fluido para consumarse en un nuevo retrato físico del amigo, notabilísima descripción de gestos y actitudes fijados por su penetrante capacidad de observación y su memoria. Solo entonces comienza a ofrecer sus opiniones sobre “El poeta de bronce”, aguda lectura que advierte cómo la eterna reiteración de la metamorfosis deviene vana escapatoria. 

En un poema de 1972, dedicado por Virgilio Piñera a Antón Arrufat, cuyo título, “En la biblioteca”, puede suscitar oscuras resonancias que no son, ciertamente, las de la representación borgeana del paraíso sino su exacto reverso, se expresa: 

Perdido todo,

le quedaron ciertos libros.

Cerrados, semejan ataúdes,

y abiertos, cunas propicias.

En esos libros

--que siempre lee como empezándolos—

los fantasmas que los habitan

le dicen que están vivos,

y que si quiere vivir de tal modo,

aparentemente fantasmal,

se deslice raudo entre sus páginas,

elija un capítulo, repose

de todo cuidado humano

--incluso de la esperanza—,

y verá claro entonces:

verá, por ejemplo

que ya no está leyendo el que leía,

verá tan solo una apariencia de lector,

que insistente le pide descifrar

enigmas nunca aclarados.

Pero ya es tarde para el de afuera,

y el que está dentro ya no puede hablar.

Detenido en su página, sentado

en su capítulo, es un inmortal. 2 

 

Este poema, testimonio de una profunda amistad y de una lacerante experiencia de marginación compartida –muerte civil que convierte en vagarosas sombras de un mundo real a los excluidos, y desplaza, paradójicamente, el centro de la vitalidad hacia los entes de ficción--, se me revela ahora de un modo diferente. Siguiendo el apremiante consejo de los versos me pongo también a mirar, y veo, por ejemplo, que aunque ya no está leyendo el que leía, su condición de lector se empeña en descifrar enigmas y hallar claves que le permitan acercarse aun más, en búsqueda inagotable, al secreto latir de las palabras, cifra oblicua o invertida de una vida. Veo, por ejemplo, cómo no ha sido tarde para el que está afuera, pues aunque el que está dentro ya no pueda hablarle, la devoción de la búsqueda le ha permitido “un regreso inverso al del hijo pródigo: volver con un tesoro”: mito develado, trama invertida a la que hoy, a través de este libro, podemos acceder.  

Y veo también, por último, cómo se dan cita y se reencuentran, en la escritura –detenidos en sus páginas, sentados en sus capítulos-- dos espíritus afines que han dejado huellas diferentes, desde su particular modo de creación, en la literatura cubana.

 

 

1)Antón Arrufat: Virgilio Piñera: entre él y yo, La Habana,  Ediciones Unión, 2012, p 137-138 
 

2) Virgilio Piñera: Una broma colosal, La Habana, Ediciones Unión, 1988, p 44
 

 


 

 

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