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El olor de Liany Vento

Alberto Marrero, 22 de junio de 2012

Liany Vento García (Villa Clara, 1982), es una joven narradora y poeta que ha entrado en la literatura con buen paso. Premio Ciudad del Che de poesía (2011), tiene publicado, además, el libro de cuentos Close up (Editorial Sed de belleza 2010).

El cuento que publicamos hoy pertenece al libro «El olor de los fulanos», con el que acaba de obtener el Premio Pinos Nuevos de narrativa 2012. Por razones de espacio, no pude publicarlo en El Tintero, suplemento literario de Juventud Rebelde. Por eso lo traigo ahora a Fabulaciones, confiado de que disfrutarán del encanto  y la destreza de esta escritora, empeñada en no repetir esquemas y, sobre todo, en lograr la anhelada comunicación con los lectores.

Cualquier persona medianamente avisada de nuestra actual narrativa, podrá apreciar la singularidad con que escribe esta joven. Su prosa fluye sin obstáculos alcanzando siempre el tono y el ritmo adecuados. Como poeta al fin, no renuncia a la belleza de la frase, a la imagen, como sostén de lo que  hilvana con puntadas precisas.

«Lo que ocultan las rocas de la orilla», es un cuento construido sobre la base del conocido recurso de la intertextualidad. Liany se vale de él con eficacia, logrando crear una atmósfera de verosimilitud que conquista al lector. La voz de Matilde Urrutia, viuda del poeta Pablo Neruda, narra la historia a partir de sus recuerdos, dudas, desgarramientos. Poco a poco la autora nos adentra en intimidad de estos dos personajes. Los numerosos amores de Neruda, los celos de Matilde, las trivialidades de la vida en común y el probable asesinato del poeta, matizan la narración, pletórica de interrogantes más que de respuestas. Liany Vento García (Villa Clara, 1982), es una joven narradora y poeta que ha entrado en la literatura con buen paso. Premio Ciudad del Che de poesía (2011), tiene publicado, además, el libro de cuentos Close up (Editorial Sed de belleza 2010).

El cuento que publicamos hoy pertenece al libro «El olor de los fulanos», con el que acaba de obtener el Premio Pinos Nuevos de narrativa 2012. Por razones de espacio, no pude publicarlo en El Tintero, suplemento literario de Juventud Rebelde; de ahí que lo traiga ahora a Fabulaciones, confiado de que disfrutarán del encanto  y la destreza de esta escritora empeñada en no repetir esquemas y, sobre todo, en lograr la anhelada comunicación con los lectores.

Cualquier persona medianamente avisada de nuestra actual narrativa, podrá apreciar la singularidad con que escribe esta joven. Su prosa fluye sin obstáculos alcanzando siempre el tono y el ritmo adecuados. Como poeta al fin, no renuncia a la belleza de la frase, a la imagen, como sostén de lo que  hilvana con puntadas precisas.

«Lo que ocultan las rocas de la orilla», es un cuento construido sobre la base del conocido recurso de la intertextualidad. Liany se vale de él con eficacia, logrando crear una atmósfera de verosimilitud que conquista al lector. La voz de Matilde Urrutia, viuda del poeta Pablo Neruda, narra la historia a partir de sus recuerdos, dudas, desgarramientos. Poco a poco la autora nos adentra en intimidad de estos dos personajes. Los numerosos amores de Neruda, los celos de Matilde, las trivialidades de la vida en común y el probable asesinato del poeta, matizan la narración, pletórica de interrogantes más que de respuestas.

«El olor de los fulanos» verá la luz en la próxima Feria Internacional del libro de La Habana. Sirva esta entrega de Fabulaciones como primicia del olor, a sólida narradora, que ya se respira en la obra de Liany.
                                                                                          
                                                                                                                        

        Alberto Marrero

 


Lo que ocultan las rocas de la orilla

Liany Vento García



Yo, que siempre aseguré que sólo los cobardes mentían
 porque no eran capaces de afrontar la verdad....

                           Matilde Urrutia





1
Yo quiero saber qué ocultan las rocas de la orilla. Quiero saber de su dolor bajo la corteza dura. El cartero llega y no me explica, porque esta carta es importante, señora, y no puedo quedarme. Yo quiero saber si la roca y yo somos lo mismo. Ahora que me he quedado sola en esta Isla Negra. Que algo me golpea como a las rocas el mar con su ira.
Mi nombre es Matilde. Soy la esposa de Pablo Neruda. Soy quien lo sobrevivió y quien lo llora. Soy quien no se explica esta floja cuerda que atraviesa el cuerpo, y me detiene por horas frente a esta ventana de cristal donde lo veo todo, o ya no sé.

3
Una mujer a veces no sabe explicar sus acciones, sobre todo aquellas que van en contra de lo que creyó una norma o que tenían que ver con la moral. Pero llega un hombre y la mujer envilece, porque no hay nada que no pueda el hombre que besa como bestia agazapada, que habla como cauce de aguacero y mira a lo más profundo de la mujer. Todo lo puede el hombre que escribe a cada segundo y te ama mientras escribe y ama a otros también. Su amor es grande.
—No voy a dejarla.
Y la mujer nueva entristece y pensar en compartir, la marchita. Pero solo hasta que el jardinero regresa a besarla, a cantarle.
—No voy a dejarla.
Y qué hacer si no se quiere perder al hombre. Al hombre de una noche de amor verdadero a la luz de una farola. Al hombre que resiste y amanece.
— No voy a dejarla.
Y ya no importa ella. La otra. La hormiga. No importan sus trazos, ni sus besos de experta mujer que lo conoce todo. Nada importa. Solo las horas que él pasa extrañando a la mujer nueva. A la mujer que inspira la pluma, que se esconde en la pluma. La mujer que espera las cartas de su hombre.
Un día la hormiga ya no existe. Un día que llega después de tantos encuentros furtivos. El hombre no puede vivir escondiendo a su nueva mujer. Ya le da un palomar. Ya la coloca a orillas de la playa. La tiene toda para sí.

4
Los recuerdos son una voz extraña. En algún momento de la vida regresan como algo nuevo. Pero con su retorno viene la claridad de la mente y una empieza a darse cuenta que ciertas palabras eran reales.
Vas a sufrir demasiado, porque, cuando se quiere a un hombre, se le quiere enterito; yo no podría compartir mi amor.*
Esas palabras regresan a mí como si en este mismo instante mi amiga me aconsejara. Veo perfectamente su rostro preocupado. Su voz que temía por mí. En aquel momento recuerdo que nada dije. Para qué. Sentía que Pablo y yo éramos uno. Que a nadie quería más que a mí. Y era cierto, yo soy su esposa, la que lo sobrevivió, la que compartió sus últimos días, la de más versos.
Nunca tuve celos de la mujer hormiga, la veía como una mamá o una hermana mayor que lo cuidaba solícita y cariñosa. Pero cuando vivimos en la misma casa yo me veía de mala manera. Mi vida se había convertido en disimulo, me sentía empequeñecida. Todo esto me hacía daño y como una protesta de mi estado nervioso, me enfermé de urticaria; como un gran collar, se adueñó de mi cuello y grandes ronchas rojas me hacían sufrir.
Sufría, pero el paso del tiempo, engaña. Yo sufría por si era correcto o no, pero me tranquilizaba pensando:
¿Acaso ella no había sentido lo mismo?
¿No se había entregado a Pablo como yo lo hacía?
¿No había interferido en su primer matrimonio como yo lo hacía en el suyo?
Sufría, pero olvidaba. Cuando no se quiere pensar, no se piensa y ya. Cuando quieres simplemente no perder a tu hombre, los demás recuerdos, los sufrimientos que van a entorpecer ese camino, la mente y el cuerpo los suprimen. Nada importa.
Ayer llegó esta carta. Después de muchos días en que la soledad de esta casa me trae indiferente. Después que me he pensado loca, porque solo una idea me obsesiona: quiero saber qué ocultan las rocas de la orilla. Saber de su dolor bajo esa corteza dura. Solo la idea en mi cabeza de que quizás las rocas y yo somos lo mismo.
Ayer llegó esta carta y hoy en la mañana la he leído. Estaba inapetente y no quería otra charla con el abogado sobre bienes y dinero.
Hoy en la mañana los recuerdos, las emociones olvidadas, regresan como si fueran nuevas. Pero algo de roca tengo:
¿Por qué no me sorprenden estás palabras?
¿Por qué me duele ahí, donde solo puede mirar una vista perfecta?
¿Por qué todo se nubla claramente y se torna de un color avergonzado? ¿Por qué no me sorprende lo que debiera lanzarme de un tirón a mi silla de siempre y dejarme petrificada?
¿Por qué la palabra asesinato no me asusta?
¿Por qué la siento tan cercana, como si fuera mía?
Los recuerdos son una voz extraña. Con su retorno viene la claridad de la mente y una empieza a darse cuenta que ciertas palabras, ciertos miedos, cierta gente, eran reales.

8
Salgo hacia la orilla. Dejaré que el mar me salpique. Que se confunda con mis lágrimas. Pablo Neruda fue asesinado. Quizás pude detener su asesinato. Su muerte nunca. Llevaba tiempo enfermo, pero no se lo contó a nadie. Hubiera muerto de manera natural. Pero yo hubiera detenido el sacrilegio.
Tantas cosas pasaban. Tanto era mi miedo, que no pude ver. La policía nos había detenido camino a la clínica. No tenía la seguridad de que lo dejarían tranquilo. ¿Y si entraban en la sala donde Pablo dormía? ¿Y si se lo llevaban? Estaban muriendo otros, mataban a muchos. Yo no podía ver. Segura estoy que estuvo frente a mis ojos todo el tiempo. Que caminó por los pasillos, que pasó por mi lado. Pero pasaban tantas cosas, y yo quería convencer a Pablo de irnos a otro lugar. Con nuestros amigos. Y pude hacerlo.
Me fui a la Isla con una lista de libros que Pablo quería llevar. Estaba allí, recogiendo algunas cosas para el viaje, cuando sonó el teléfono. Era Pablo. Me pedía que regresara inmediatamente: «No puedo hablar más», me dijo. Yo creí que había pasado lo peor; en forma afiebrada cerré la valija y me puse en camino. Lo van a detener, pensé casi enloquecida. «Tenemos que ir lo más rápido que pueda», le dije al chofer. No sé cómo no nos matamos. A cada momento le reclamaba: «¡Vaya más aprisa! ¡Este coche no se mueve!» En mi cabeza sentía que los minutos se alargaban hasta el infinito. Parecía que no llegábamos nunca.
¿Por qué no recordé que la cordura estaba esperando recompensa?
¿Por qué no pensé en la otra posibilidad, en la más fuerte?
En que ellas, Ella, estaba esperando el momento preciso y que el momento preciso era aquel. Pablo solo. Sin mí.
Cuando llegué a la clínica respiré tranquila. No se lo habían llevado. La policía no entró a buscarlo. Me senté. Solo miraba su rostro. Solo apretaba sus manos. Si hubiera visto a mi alrededor. Pero solo lo veía sudar y decir palabras que no recuerdo. O sí, pero ya no importan.
Aquí solíamos sentarnos. En esta roca. Yo me sentaba más arriba y recibía su espalda entre mis piernas. Casi siempre en las mañanas. Para que el sol de esa hora nos diera aliento. Alguna vez vi una foto de la mujer hormiga en este mismo sitio. Pero ella nunca me importó. Eran cuerdos su amor y sus años.
¿Y qué importa si otras se han sentado donde tú te sientas ahora?
¿Qué hay de terrible en ello? Nada.
Miedo hay que tenerle a quien nunca ocupó ese lugar y lo anhela. Hay que tenerle miedo a quien envidia ese asiento rocoso como envidia tu cama y el amor que te ofrecen. Yo lo ocultaba, pero sentía miedo.
¿Por qué lo olvidé aquel día en la clínica?
¿Por qué no recordé que yo celo, como buena mujer, y soy capaz de ocultarlo para no trastornar a mi hombre, para que no las recuerde a ellas en alguno de mis arranques?
¿Por qué no me acordé de que ellas, Josie Bliss y María Antonieta, estaban fingiendo su olvido y debían estar allí, con todo su odio, con todo su amor y su cordura?
Ambas convertidas en una. Una misma mujer, un mismo cuerpo.
Solo ahora que esta carta ha llegado vuelvo a vivir ese día, vuelvo a recordar la anécdota de Pablo sobre Josie Bliss. Cuando te mueras se acabarán mis temores, le dijo ella  en una ocasión y solo ahora lo recuerdo, solo ahora que el rumor de un crimen político se extiende por el mundo.
Y es mucho mejor, claro, que paguen los culpables de todo, que carguen en sus hombros la responsabilidad de haberlo asesinado, que siempre sean recordados con odio porque mataron a Pablo Neruda.
Pero de esta muerte, en verdad no son culpables. Culpable soy yo que no veía, que cuando entró la enfermera de turno y lo vio como estaba, fuera de sí, habló indiferente: Le pondremos una inyección para dormir. Habló con desgano como para que yo no mirara. Para que yo no reconociera su odio en las palabras. Para que no la viera marcharse. Yo apretaba las manos de mi hombre, veía su rostro, su sudor.
¿Por qué no miré hacia atrás?
¿Por qué me concentré en sus ojos temblando mientras ella le ponía la inyección fatal, justo frente a mí, para recordar mi estupidez y reírse de ella por siempre?
¿Por qué no miré hacía atrás?
¿Por qué ahora debo conformarme con este recuerdo vago de una sombra? La sombra de una mujer de dos cabezas que se alejaba dejándonos solos. Dejándome sola. Para siempre.



* Este y el resto de los fragmentos que aparecen en cursiva son textualmente tomados del libro Mi vida junto a Pablo Neruda, de Matilde Urrutia.




 

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