Náusea, un cuento de Agostinho Neto
Antonio Agostinho Neto (Kaxicane, región de Icolo e Bengo, 1922 – Moscú, 1979) es el poeta nacional de Angola. No lo es por ser el artífice de su independencia y el padre de la república, o por las muchas cualidades que lo hicieron traspasar los límites de su patria para convertirse en un luchador de toda África, sino por la excelencia de su poesía, reconocida mucho antes de ser la figura principal del movimiento de liberación nacional de su país.
Escasamente conocida, sin embargo, es su obra en prosa, casi no publicada. Por ejemplo, el brevísimo cuento Náusea, el único que dio a la publicidad, apareció en la revista Mensagem, órgano de la Unión de los Naturales de Angola, en 1952, dos años después de escrito. Aunque es un texto muy simple, sin enredo, una lectura cuidadosa encuentra que la sencillez no tiene nada de superficial.
Ante todo, obsérvese que el cuento presenta a un negro visto “desde dentro”. Hasta entonces, eso no era común en la literatura, donde la visión del negro era “folclórica” y paternalista, cuando no abiertamente racista. Neto pertenece a la primera generación de intelectuales angolanos que se propusieron mostrar al hombre de su país en su total dimensión humana.
Náusea es, si no el primero, uno de los primeros cuentos en que esa intención se hace realidad.
Porque es humano, el protagonista se muestra pleno de ambigüedades: hijo de pescadores, prefirió cargar sacos en la gran ciudad a habitar en las chozas de lata de la isla; ya viejo, añora lo que dejó atrás. Disfruta la caricia de las olas en los pies, pero teme y repudia al mar. Verdad que los pescadores extraen de él su alimento, pero está lleno de misterios y peligros. Y del mar llegaron el colono y su “civilización”; por el mar sus mayores fueron llevados hacia tierras desconocidas, esclavizados. El mar, que puede dar vida, con el alimento, trajo la muerte…
Cierto, Náusea es un cuento sencillo, casi “sin cuento”. Pero de muchos significados.
Náusea
De su choza de Samba Kimôngua, viejo João salió con la familia, muy temprano en la mañanita, y bajó por la calzada, atravesó la ciudad, realmente toda la ciudad, hasta los confines del centro, pasó por el puente y pisó la isla. Pero ya no la misma isla de los viejos tiempos. Pisó una isla sin arena, asfaltada, con casas bonitas donde no habitan pescadores.
Viejo João iba a visitar al hermano que estaba enfermo, pero también quería escapar por algún tiempo del calor de la choza de latas de petróleo. La isla es fresca cuando se reposa a la sombra de los cocoteros, contemplando a los pescadores que recogen el pescado.
Después del almuerzo, un buen almuerzo en dulce paz familiar, donde todo se olvidó, excepto la alegría de vivir y la buena bebida, el viejo salió con el sobrino, arrastrando los pies por la arena caliente de la playa, hasta dejándose mojar, con alegría infantil, por una u otra ola más extendida. Evocaba sus ya distantes tiempos de muchacho, cuando era apenas el hijo menor de un pescador. Habían pasado los años. Había preferido cargar sacos a la espalda a cuenta de blancos del centro, viviendo en la choza de latas de petróleo de Samba Kimôngua. ¡Pero si fuera ahora! Permanecería en la isla, pescando y sintiendo el mar.
De repente miró hacia lo lejos y dijo al sobrino, extendiendo el brazo:
—El mar. Mu' alunga !
El sobrino miró hacia él, esperando algo más, sin comprender el significado que el tío quería dar a aquella palabra. Sin embargo, ante el silencio del tío, desvió la atención.
Viejo João ya miraba de nuevo la arena y monologaba íntimamente: Mu'alunga. El mar. La muerte. ¡Esta agua! Esta agua salada es perdición. El mar va muy lejos, por esos mundos. Hasta tocar el cielo. Va hasta América. Por encima, azul; por debajo, muy hondo, negro. Con peces, monstruos que se tragan hombres, tiburones. El primo Xico había muerto sobre el mar cuando la canoa se volcó allí en el mar grande. Murió tragando agua. Kalunga. Después vinieron los navíos, salieron navíos. Y el mar es siempre Kalunga. La muerte. El mar había llevado al abuelo hacia otros continentes. El trabajo esclavo es Kalunga. El enemigo es el mar.
Viejo João se acordó de que unas veces el mar estaba muy furioso, pero nunca nadie se alzó contra él. Kalunga mataba y el pueblo iba a llorar víctimas en los batuques. Kalunga encadenó gente en las bodegas de los barcos y el pueblo solo tuvo miedo. Kalunga azotó las espaldas y el pueblo solo curó las heridas. Kalunga es la fatalidad. Pero, ¿por qué fue que el pueblo no huyó del mar?
Kalunga es la muerte misma. Trajo el automóvil y el periódico, la carretera y el zíper, pero para quedarse allí al pie de la playa haciendo trampas. Nadie sabe lo que está en el fondo del mar. Kalunga brilla en la superficie, pero en el fondo, ¿qué es lo que hay? Nadie lo sabe. Las casas de latas de petróleo, allá del Samba Kimôngua, dejan pasar el agua cuando llueve. La civilización se quedó al pie de la playa, viviendo con Kalunga. Y Kalunga no conoce a los hombres. No sabe que el pueblo sufre. Solo sabe hacer sufrir.
Los pies del viejo João se arrastraban cada vez más pausados sobre la playa. Se había olvidado ahora de su alegría de la hora del almuerzo para pensar en aquellas cosas tristes. Tan tristes como el día en que la primera mujer murió después del parto, oliendo mal.
Se agachó para tomar una concha de colores.
Miró hacia Kalunga y se sintió mal. Una cosa le subía de la barriga al pecho. Ahora el olor del mar le hacía daño. Sentía repugnancia. Desvió los ojos de Kalunga. Estos encontraron la linda calle asfaltada, verde y negra, y más adelante la ciudad, a la orilla del mar, ¡Kalunga!
Sintió náuseas. No podía más. Vomitó todo el almuerzo.
El sobrino lo sostuvo y, mientras volvían a casa, en silencio, iba pensando en la manía de beber de más que tienen los viejos.
Traducción de Rodolfo Alpízar Castillo (2012)
1 Tomado de la edición conmemorativa del trigésimo aniversario de la muerte de Antonio Agostinho Neto, del Ministerio de Cultura de Angola (2009). Publicado originalmente en el número 2-4, de octubre de 1952, de la revista Mensagem, órgano de la Asociación de los Naturales de Angola (N. del T.).
