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Significado y propósito del método

Jorge Ángel Hernández, 08 de julio de 2012

La subdivisión del método de análisis en cuatro niveles, debe llevar al alcance del mismo número de objetivos esenciales:

1º. Integrar en un orden sistémico universal la percepción de los fenómenos culturales.
2º. Percibir transversalmente el funcionamiento estructural de manifestaciones concretas y específicas.
3º. Sistematizar los aislamientos necesarios de la investigación para que sus resultados epistemológicos no se separen del sentido de universalidad en que estos hechos se manifiestan.
4º. Emplear una dialéctica progresiva que permita al conocimiento superar cada una de las gradaciones alcanzadas por las investigaciones previas.

La correspondencia numérica entre objetivos y niveles no presupone una distribución isomórfica entre ellos; es decir, no se trata de que entre unos y otros se establezca una relación traslaticia de compartimentación escalonada. Por el contrario, los objetivos se realizan solo a partir de que se tome conciencia de la integralidad con que ellos se estructuran y se van haciendo pertinentes en cada evento del análisis, aun cuando el trabajo de investigación privilegie, por necesidad puntual o por limitaciones individuales, determinado punto del proceso. Borev considera, en cambio, que a cada uno de los niveles que él establece para el análisis sistémico-integral de la obra artístico-literaria corresponde un objetivo.  Según su visión, al primer nivel se le encarga la garantía del historismo, en tanto segundo y tercero garantizan, el principio lógico-formal en la comprensión de la estructura externa e interna del objeto, respectivamente. Para el cuarto nivel reserva la comprensión dialéctica del objeto de estudio.
 
Contrario a lo que el propio autor se propuso, esta conducta obliga al método a regresar constantemente a la fragmentación epistemológica y, por consecuencia de la propia paradoja, pone en riesgo la integralidad que reclama como requisitoria para la investigación científica. Lotman aclara que la tendencia a separar por niveles el análisis se corresponde con las prácticas propias del estructuralismo, cuyos aportes reconoce, aunque también señala que no se trata de “principios”, sino de perspectivas heurísticas.

Al entender los objetivos en su perspectiva sistémica, asumiendo su aplicación transversalmente, para todos y cada uno de los niveles del método, se aprehende, y al mismo tiempo se comprende, el sentido con el que los fenómenos culturales se expresan. Este no es ni parcial, ni unidireccional ni, como suele pasar cuando se enjuician manifestaciones del folclor, limitado por la fase del proceso civilizatorio que lo ha originado. Las expresiones culturales se estructuran, como hechos, dentro del propio sistema que determina esos modos de estructuración. De ahí que Lotman llamase a pasar del empirismo a la estructuralidad y de esta a la comprensión sistémica.  Al aislar objetivos y niveles del método, y compartimentar sus funciones, se retrocede a las bases del positivismo y se pierde, por más que se le proclame, el espectro dialéctico de la investigación científica.

Para el sociólogo Pierre Bourdieu, la división en campos de estudio muestra que, en tanto estos se estructuran específicamente, de acuerdo con su posición en un espacio social determinado, contienen al mismo tiempo leyes invariantes que conduzcan a la creación de una teoría general capaz de“superar la antinomia mortal de la monografía ideográfica y de la teoría formal y vacía.”  Al progresar en el estudio de los campos se descubren, según él mismo, tanto propiedades específicas propias de cada campo como mecanismos universales invariables que se revelan en calidad de variables secundarias. Advertía Bourdieu que la axiomática de los campos respeta, a pesar de las actitudes heréticas que parcialmente revolucionan sus preceptos, los valores esenciales que lo definen y, por consiguiente, las normas de conformación del juicio. De ahí la línea difícil de saltar entre el positivismo y la dialéctica, por más que esta última se proclame y se declare como esencia del método. Y apunta además Bourdieu que: “los cambios en el interior de un campo muchas veces son determinados por redefiniciones de las fronteras entre los campos, vinculadas (como causa o como efecto) a la irrupción de nuevos ocupantes provistos de nuevos recursos. Lo cual explica que las fronteras del campo sean casi siempre objetivos por los que se lucha en el seno del campo.”  Las fronteras como metas a alcanzar, no como barreras restrictivas que encierran en determinados ámbitos las fuentes del saber y la especialización.

Sobre los principios de esta misma dinámica, Bourdieu llama la atención acerca de  la necesidad de superar las tendencias de relativización que han marcado los procesos evolutivos de las Ciencias Sociales,  lo cual es esencial, a nuestro juicio, para profundizar en los análisis de los fenómenos culturales y, sobre todo, para sumar a las nuevas propuestas de la praxis teórica aportes que manan de investigaciones puntuales y parciales, de modo que contribuyan a la sustentación de principios y leyes generales antes que limitarse a ofrecer preceptos negativos que lleven a los callejones sin salida que suelen perfilarse en el salto entre una disciplina y otra. Y aunque ha resultado más frecuente que las tendencias teóricas se orienten hacia búsquedas de especialización, las soluciones metodológicas han de esforzarse en captar y utilizar, en perspectiva dialéctica, los aportes relativos de las diversas disciplinas. Ello exige, por supuesto, una aplicación transversal de los conocimientos, teniendo en cuenta que el sujeto social no discrimina, u oculta, de modo absoluto sus diversos roles, aunque en determinado evento privilegie a aquel que corresponde. De ahí que reclamemos para cada uno de sus niveles el cumplimiento de la totalidad de los objetivos y no un ejercicio de correspondencia relativa.

Se hace imprescindible, entonces, y como se desprende de lo planteado por Bourdieu, enjuiciar al sujeto que se expresa a través de la cultura en tanto sujeto y, además, en tanto individuo. No para negarlo, absolverlo, o someterlo a un juicio sumario interminable, y ni siquiera para asumirlo como fin o absolutizarlo, sino para estudiarlo en tanto medio para descubrir las variables universales que permitan a la especificidad expresarse en un momento dado de la historia, y de la geografía, y desaparecer o reconstituirse, según sea el caso a investigar.

La causa y el efecto no son categorías estáticas, sino, como el propio signo, dialécticas, de modo que, al tiempo que se expresan y se validan relacionalmente, sienten las bases de su negación y, sine qua non, de su incorporación a un nuevo estadio causal y consecuente. Son permanentes y al mismo tiempo permanentemente efímeras, circunstanciales, deudoras del sujeto de expresión cultural y, en ese mismo trance, garantes de sus modos de expresión.

El surgimiento de La Parranda remediana, por ejemplo, depende de una situación que se ubica en principio en el ámbito de lo religioso, una vez que los habitantes de San Juan de los Remedios de la primera mitad de la década del 20, en el siglo XIX, preferían quedarse en casa antes que asistir a las misas de Aguinaldo. Pero la ubicación en el ámbito, y en el origen, de lo religioso, es incompleta, pues lo social opera también en los motivos de no participación en la institucionalidad, aunque la fe ciudadana permanezca y no sean rechazadas de plano las creencias, o las prácticas activas de la religión.

Sin embargo, la mayoría de los investigadores dan por sentado que la fiesta tuvo un origen religioso, y se afilian al determinismo parcial que la contigüidad con el evento eclesiástico propone. La iniciativa del joven cura Francisco Vigil de Quiñones, que consistía en armar una cencerrada de denuncia activista, por su parte, si bien partía del enjuiciamiento moral religioso para convocar a la población remediana de ese entonces, desembocó de inmediato en el ámbito de la cultura, y colocó a los mozos-sujetos de la cencerrada en una nueva comunidad de intereses: competir, primero en capacidad de generar escándalo y, luego, en habilidades para producir música. Así, los intereses del sujeto reemplazaron a los intereses del objeto y las cencerradas remedianas se especializaron hasta desarticularse como tales y reconvertirse en un suceso compuesto por nuevos grados de especialización folclórica.

Al transversalizar los objetivos del método de análisis en sus niveles de investigación, podemos apreciar estas variables de conceptualización y demostrar su estructura evolutiva. Y esto es, desde luego, válido en general para todos y cada uno de los fenómenos que en la cultura se suceden, por cuanto ella constituye el sistema que engloba estructuras, conceptos y manifestaciones concretas.

La intervención dominadora de ciertos y constantes paradigmas en el método de investigación cultural, o social, o del tipo disciplinario que se escoja, retarda, en efecto, el avance de la ciencia y pospone los eventos de confrontación epistemológica que deben aportar las conclusiones parciales capaces de ofrecer un salto, es decir, de alcanzar, lo más inmediatamente posible, los nuevos estadios dialécticos. Pero no se trata de que actitudes absolutas sobre los preceptos de la ciencia, como las del positivismo, el relativismo cultural o el realismo socialista, entre otras, consigan finalmente obnubilar, o secuestrar, la dialéctica del conocimiento, pues sus contribuciones y limitaciones son causa de un efecto concreto de progreso. Esta debe aflorar, siquiera procedente de paradigmas ajenos y absolutos, pero que en su ejercicio de confrontación necesitan intervenir en el objeto de estudio al menos con interpretaciones y acercamientos sincrónicos que permitan el desarrollo de la “metaposición del investigador”, según la expresión de Lotman. Y en esas fronteras de confrontación, tempranamente advertidas por Bourdieu, se embrollan y se desenvuelven los temas de debate. Por más que se ejerza la verticalidad de los dogmas, el conocimiento debe hallar sus modos de expresión y, por sobre todo ello, las manifestaciones culturales populares van a expresarse de acuerdo con su propio cúmulo de acervos.

Los dogmas de la religiosidad de la Edad Media se van a transformar una vez que pasen al ámbito de la carnavalización de los rituales, en medio de la necesidad de incorporar a la masa a la convencional y voluntaria aceptación de los principios de dominio social y cultural. Con ello, la Iglesia institucionalizaba el paganismo heredado y retransmitido por las costumbres de esa misma masa, sobre la paradoja de actuar a contrario de sus propios cánones, y lo canalizaba hacia significados precisos para las convenciones de dominación. Y algo similar ocurre cuando la industria cultural capitalista incluye en su catálogo de reproducción las manifestaciones rebeldes, cuestionadoras de su propia esencia, para canalizar sus objetivos y reconvertirlos a la suprema meta de la comercialización y exaltación del éxito del individuo como más relevante que el precepto de fondo de su obra. La rebeldía desaparece, no tanto porque el sujeto se domestique, sino porque el ámbito de expresión se traslada hacia la construcción social que la industria genera en calidad de demanda. La rebeldía, luego de ser fundamentada hacia los objetivos de la industria que la absorbe, se fetichiza paralelamente con la mercancía que le sirve de embalaje. El ámbito de lo cultural se transforma así en un auxiliar del ámbito de lo social y ambos, una vez en sistema, en subalternos del mercado y de la producción de capitales y ganancias.

Los objetivos del método de análisis deben ser, pues, inmanentes; lo suficientemente concretos como para determinar la inmediatez expresiva del hecho, y lo adecuadamente efímeros como para transformar los modos de expresión. Si los delimitamos por niveles y compartimentamos su efecto, se convierten en paradigmas estáticos que, en el menor de los males, desorientan el avance del conocimiento científico e, incluso, de las percepciones empíricas que llevan a entender la cultura en su justa dimensión dialéctica.


Notas:


  (1) V. en Semiosis (en plural) «Cuatro niveles para el análisis en la cultura», 20-04-2012;  «El nivel aprehensivo en la cultura», 8-05-2012;  «El nivel metadiscursivo en la                   cultura», 22-05-2012; «El nivel taxonómico en la cultura», 8-06-2012; «El nivel axiomático en la cultura», 26-06-2012.
 (2) Iuri Borev: «El análisis sistémico-integral de la obra artística», en Textos y contextos I. Selección, traducción y prólogo de Desiderio Navarro, p. 72.
 (3)Ídem.
  (4)Iuri M. Lotman: «Los estudios literarios deben ser una ciencia», en Textos y contextos I. Selección, traducción y prólogo de Desiderio Navarro, p. 76.
 (5)Ob. cit., pp. 76-77.
 (6)Pierre Bourdieu: Sociología y cultura, Grijalbo, México, 1990. Traducción: Martha Pou. Cf. «Algunas propiedades de los campos». La cuestión de los campos, con sus delimitaciones y confrontaciones, es tema constante, recurrente y cardinal para toda la investigación teórica desarrollada por este sociólogo.
 (7)Pierre Bourdieu: El oficio de científico. Ciencia de la Ciencia y reflexividad, Anagrama, Barcelona, 2003. Traducción: Joaquín Jordá, p. 69.
 (8)Ob. cit., pp. 150-151.
 (9)V. mi libro La Parranda, Fundación Fernando Ortiz, Colección La Fuente Viva, La Habana 2000.
 

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