Amor de ciudad grande en la Noche de los Libros
La Noche de los Libros, que comenzó cuando aún no habían estrellas en el cielo habanero, regaló a lo largo de la calle 23 momentos de felicidad a todos los lectores. Mis pasos recorrieron varias cuadras colmadas de transeúntes que se detenían para adquirir los más variados ejemplares. Sin embargo, mi destino estaba fijado de antemano: el Pabellón Cuba.
Al llegar pensé que me había equivocado de sitio pero cuál no fue mi sorpresa al descubrir un salón de Mayo bien poblado: el pequeño sitio de la librería El Ateneo en la calle Línea se había ampliado y los presentes esperaban con ansias que comenzara el espacio dedicado a la poesía.
Alpidio Alonso, anfitrión del espacio, confesó sentir «tremenda alegría» por la presencia de los dos invitados: Augusto Blanca y Virgilio López Lemus. El primero, trovador y fundador del movimiento de la Nueva Trova, entregó dos de sus bellas composiciones para así comenzar la magia de Amor de ciudad grande.
El encuentro propició la celebración del cumpleaños de nuestra Carilda Oliver Labra, con una muestra de los poemas grabados en la voz de su autora. Alpidio calificó a Carilda como «uno de los grandes mitos de la cultura cubana e hispanoamericana; un milagro, pues muchos elementos tienen que concurrir para conjugar las cualidades de tan excepcional poetisa». Y aunque el lector cubano conoce las creaciones de “la novia de Cuba”, Alpidio entregó algunos datos que pocos conocían. Carilda Oliver, además de haberse graduado en Derecho y haberlo ejercido, también estudió pintura. Incluso desde hace varios años en España existe una peña literaria que lleva su nombre, porque la consideran «una provocación humana y poética».
Virgilio López Lemus, estudioso de la obra de la matancera, y que se califica como un “carildólogo”, comentó sobre los primeros acercamientos de la escritora al mundo lírico. Fueron dos grandes de las letras cubanas quienes impulsaron la obra de Carilda: Agustín Acosta y José Ángel Buesa. La tradición del neorromanticismo no ha muerto en la Isla, ello lo demuestra la vitalidad de los versos de la poetisa, quien a sus noventa años no deja de escribir. Sus textos han marcado pautas en la literatura cubana, pues sus libros han descollado de entre otros líricos. Al sur de mi garganta se considera una de sus obras fundamentales y por la cual recibió el Premio Nacional de Poesía.
Otro homenaje se le rindió a Cintio Vitier, a quien más se le recuerda por su obra crítica, aunque es uno de los mejores poetas de su generación. Los ensayos y estudios de Vitier han servido de textos de consulta obligada a generaciones de estudiosos de la literatura cubana; y también han influido en cómo leer ese género. A juicio de Alpidio Alonso, la poesía de Cintio es la más experimental del grupo Orígenes por «la lozanía, las inquietudes formales y la movilidad que muestran la juventud de sus versos».
Los poemas grabados que deleitaron al público pertenecen a las creaciones de Vitier luego del triunfo de la Revolución. En ellos se evidencia el influjo de la poesía coloquial y la «búsqueda de su verdad». Según López Lemus, sus versos son de los más bellos ejemplos de nuestra poesía, y de reverencia a otros autores como Rimbaud. Lo cubano en la poesía resalta la importancia de sus trabajos críticos, pues el humor y la ironía formaban parte de su prosa para mostrar más que un erudito a un comunicador.
En un segundo momento Augusto Blanca interpretó Regalo I de su autoría, y la que, según su criterio, es la más bella canción cubana, Perla marina, de Sindo Garay.
A Virgilio López Lemus debo mi acercamiento a la poesía, pues él fue mi profesor de la asignatura de Análisis poético cuando cursaba la carrera en la facultad de Artes y Letras. Sus clases me enseñaron a encontrar en la poesía la esencia de la vida. Aprendí a sentir un poema desde su forma. Medir versos, descubrir recursos poéticos e interpretar composiciones, hicieron que llegara a amar la lírica, la buena lírica. Luego sus ensayos dilucidaron dudas e instauraron en mi mente preguntas e incluso opiniones encontradas con el profesor. Sin embargo, luego de algunos años, asistir a una tertulia donde compartió sus creaciones me hizo completar esa magnífica imagen que tengo de él.
Cada composición, marcada por la circunstancia personal del escritor, brilló con luz propia. Pocas veces un creador consigue tal variedad e intensidad en los temas y tonos de sus versos. La cotidianidad, desde un registro elevado pero que llega a cualquier hablante, se palpa en las vivencias de los años 80´, la manera de asumir la vida, de enfrentarla. La cultura y, evidentemente, el estudio de la literatura le permiten a Virgilio jugar con el contenido, la forma y la palabra. Recrea tópicos que en su pluma parecen nuevos, y eso es lo que hace a un poeta excepcional. Otras composiciones suenan ancianas, como si la tradición las fuese acercando a la actualidad y desempolvando el trabajo del orfebre. Los presentes agradecimos su lectura; su emocional lectura y su deseo de rendirle homenaje a otro poeta: Alberto Acosta Pérez, «el mejor amigo».
Para finalizar el espacio, Augusto Blanca cantó un poema de Rubén Martínez Villena que musicalizara y por el que obtuvo una mención en un concurso. Luego Virgilio mostró una extraña joya editorial: una curiosa y casi inexistente edición de La lira cubana, compilación de poemas con prólogo de Regino Boti, quien reunió las que, a su juicio, eran las mejores creaciones líricas para el pueblo. «Ese pueblo que también necesita de la poesía», culminó López Lemus.
