Las criadas asesinas
Actuar es sentir.
Heidy Villegas
El Pequeño Teatro de La Habana, que cumple este año el décimo quinto aniversario de su fundación, está presentando en el café-teatro del capitalino Centro Cultural Bertolt Brecht, el estreno de Las criadas asesinas, del novelista y dramaturgo francés Jean Genet (1910-1986), con versión, dirección general y puesta en escena del laureado teatrista José Milián.
Las obras del autor galo utilizan como referencia (o mejor, como pretexto dramatúrgico) detalles pintorescos —como los grotescos de la existencia humana propias del teatro del absurdo—, y las tendencias más contemporáneas de la escena universal.
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Los papeles protagónicos de Las criadas asesinas son desempeñados por los actores Alejandro Rodríguez, Rigoberto Ruffín y Fabián Mora, este último hace su debut en los escenarios nacionales, prueba de la que, sin ningún duda, sale airoso.
El carácter andrógino de los personajes que devienen hilo conductor de la trama desarrollada en esa obra, convenció a Milián de que debían ser interpretados por hombres y no por mujeres.
Ese fue, en mi opinión, uno de los grandes aciertos en la dirección de esa puesta, ya que evoca al teatro clásico de la antigua Grecia, donde los papeles femeninos eran desempeñados por artistas pertenecientes al género masculino.
En ese ambiente que, al recontextualizarlo, lo ubica en la primera década del presente siglo, dos sirvientas se van turnando para adoptar la personalidad de su señora, en busca de sus identidades perdidas, en un medio que fluctúa sin cesar entre la realidad y la fantasía o para ser más precisos, la farsa.
Las actuaciones destacan por su coherencia, organicidad y naturalidad, sin apelar a los recursos histriónicos propios del transformismo, con pleno dominio del lenguaje verbal y gestual, lo cual otorga credibilidad a los personajes.
La vida está saturada de humor negro y de crueldad, ya que la producción intelectual y espiritual de Genet (Las criadas… no constituye una excepción) está rubricada por una profunda rebelión contra la sociedad y sus convencionalismos, percibida como la aceptación acrítica de tradiciones y costumbres exaltadas a la categoría de verdades inconmovibles, pero que no responden, en modo alguno, a realidades objetivas, sino a intereses institucionales o personales, mientras que la sociedad, la cultura, la escuela, la familia y la religión, entre otros factores de la superestructura social, se las imponen al individuo.
No obstante la naturaleza agridulce de esa muestra del teatro del absurdo, su interpretación recibió una cerrada ovación por parte del auditorio, el cual está dotado de un finísimo olfato para descubrir dónde se halla el talento verdadero en los profesionales de las artes escénicas caribeñas.
