Poesía de... Luis Yuseff
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La poesía de Luis Yuseff está hecha de reflexiones impulsadas por su talento, de mesurada conquista a los estratos de la existencia y una voluntad que alcanza peculiares formas en las experimentaciones de su poética.
Su libro Aspersores (Premio Nicolás Guillén 2012) parece dialogar, a manera de hipertextos, con otra de las dimensiones del autor, quien, a través de su sujeto poético, «va asperjando» nuevas visiones líricas en medio de las cuales una testigo acoge, en maternal seno, sus tribulaciones.
Presentamos algunos textos del conjunto, actualmente en proceso de publicación por la Editorial Letras Cubanas, donde la poesía, como hecho creativo en sí mismo, es la salida a una realidad que tropieza con las encrucijadas del poeta.
Osman Avilés
***
parece un Cristo —decían
algo latió en el estómago de mi madre
(una estrella violácea
girando vertiginosamente
dentro de ella)
un loco se inclinó
queriendo besarme los pies
y otro desprendía pequeños trozos
de piel blanqueada de sus puños
pero yo caminaba sin verlos
yo miraba y frente a mí nada se movía
un grito:
alguien golpeó al muchacho —escuché decir
mucho tiempo después
volví a escuchar
—dentro de la casa—
ese mismo grito
como si la estrella maligna
nunca hubiera dejado de girar
girar
dentro de nosotros.
llegó a todos los extremos
—a los del aire y a los del cuerpo:
la fe de mi madre
se parece a esa mancha
como una uña negra
bordeándonos.
cuando dijo que no le dolía
yo supe que estaba agotándose
en su propio dolor
que en algo
se asemejaba a la rosa aquella
(reiterada por mí)
advertida por mi amigo
como la rosa
pero un poco más grave
sin la excusa
quizás
de la poesía
la rosa
seca
en el vaso de aguas verdes
a los pies de la Virgen muda.
tengo miedo de esa mano
escarbando en el quicial de la ventana
la mano que mira dentro del hueco
que somos
(el hueco marcado por la mancha
y la mancha que ahueca
la uña negra
de mi madre
y
el hueco de luz empobrecida
por la cal reciente
de las paredes
el hueco del árbol marchito
y el hueco que genera
todos los aromas fatales de este minuto)
esa mano que vuela
como una sombra
sobre nuestros rostros
y dicta sentencia:
—siempre será igual.
el calor dispersa cualquier idea lógica de escritura
un encajamiento de la palabra matriz
en la palma de mi mano
pudo haberme provocado “la fatiga”:
alguien hablaba sin cesar
—como esos hombres débiles
que acuden a los bares de pueblos pequeños
a llorar sus pérdidas—
y ese alguien insistía en el «grado cero»
de la escritura
la escritura pienso (pero no le digo)
no puede ser ese «grado cero»
al que acuden todos los seres inteligentes
que vienen a verme
de vez en cuando
la escritura
pienso (pero no me deja decirlo
—también me va dejando
lo suficientemente agotado
como para hacer aclaraciones)
es una antorcha
en la magna existencia
una variante
sin mayor aplicación
pero de ningún modo puede ser
ese «grado cero»
donde uno deja de existir
para dar vida al poema
o el grado en que el poema deja de ser
para abrir paso a la vida
cualquier cosa puede ser la escritura
del poema
del grado
del cero —le digo
a este hombre—
pero usted
no se parece a «mi poema»
a mi cero
a este grado extremo
donde quedan exentos
los seres que exploran esas inmensidades
reducidos al grado cero (su cero)
llevados a la razón de su verdad
que podría ser lo que no existe
ni en la vida
ni en la escritura
pero que permanece solo
en esta obstinación mía
de no quererme encerrar en el embalaje
definitivo
o de negar que el poema
«no pueda salvarme»
del congelamiento
de la sangre
de la vergüenza de escribir/
y escribir
sin manos
en el cero más absoluto.
cuando amaneció
ya él estaba allí
prendido el cigarrillo
burlando la custodia de la sala
velándole el sueño al hijo.
(sus zapatos estaban empapados de rocío pero el café todavía se podía
tomar/ a veces uno no logra explicarse cosas como estas).
a la vuelta
de aquel sitio
—dos— tres palabras
no nacidas
circundando la mancha vieja
sobre el mantel
y la uña de mi madre
por el borde de la mancha
nada más
es verano
(otra vez los framboyanes
florecidos)
siento deseos
de vivir
lo sé
este dolor exige
(de mí)
otra escritura.
***
Luis Yuseff (Holguín, 1975). Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Actualmente se desempeña como editor principal de Ediciones La Luz. Ha compilado la obra de escritores jóvenes en los volúmenes Memoria de los otros (cuento) y El sol eterno (poesía). Tiene publicados El traidor a las palomas (Eds. Holguín, 2002); Vals de los cuerpos cortados (Eds. Holguín), Yo me llamaba Antonio Boccardo (Eds. Almargen), Esquema de la impura rosa (Eds. Vigía), y Golpear las ventanas (Ed. Letras Cubanas), todos en el 2004; Salón de última espera (Casa Editora Abril, 2007) y Los silencios profundos (Eds. Holguín, 2009); La rosa en su jaula (Ed. Oriente, 2010), y Los frutos de Taormina (Ed. Matanzas, 2010). Ha recibido varios premios, entre ellos: De la Ciudad de Holguín; Alcorta; Anual de poesía América Bobia y Pinos Nuevos, en el 2003; Premio Calendario (2005); Premio Nacional Adelaida del Mármol (2008); Premio Oriente José Manuel Poveda; José Jacinto Milanés y La Gaceta de Cuba, estos últimos en el 2009. Poemas suyos aparecen recogidos en varias antologías, revistas y periódicos de Canadá, Perú, El Salvador, Honduras, México, Nicaragua, España y Nueva Zelandia.
