Presentan nuevo número de La siempreviva
«Estamos muy contentos con este número, porque reafirma la política que hemos llevado con La Siempreviva: priorizar la cultura y la literatura cubana, sin abandonar elementos interesantes de otras partes del mundo», afirmó Reynaldo González (Premio Nacional de Literatura, 2003) en la presentación del número 13 de la revista homónima en la Casa del ALBA Cultural, ante la presencia de Rafael Bernal, ministro de Cultura; Zuleica Romay, presidenta del Instituto Cubano del Libro y una significativa representación de escritores y artistas.
Vale recordar que La Siempreviva rinde homenaje a un título similar del siglo XIX, creado por el insigne intelectual cubano Antonio Bachiller y Morales. Está dedicada a quienes se acercan a la literatura y a la cultura como fenómenos y circunstancias de vida para estudiar aspectos de la literatura pasada y actual, reflejar el quehacer del mundo editorial y literario del país, y propiciar un nutrido diálogo entre escritores y lectores, según se afirma en la Enciclopedia Cubana en la Red (ECURED).
En sus palabras de presentación, la doctora en Ciencias Filológicas, Denia García Ronda, expresó su admiración por la revista: una de las mejores que se editan en Cuba y, sin duda, de las más hermosas, desde su nombre, que retoma no solo el de su homóloga decimonónica, sino el de la pequeña flor que se niega a morir, hasta el excelente diseño exterior e interior, pasando por su contenido variado, profundo y sostenido en las ya más de una docena de entregas.
Ilustrada por Carlos Guzmán, La Siempreviva comienza con un fragmento de la novela en la que actualmente trabaja Leonardo Padura, donde «se muestra la mano segura del escritor, quien como un ángel, no ya protector, sino homenajeado, sobrevuela el espíritu de Alejo Carpentier», aseveró García Ronda. Las otras dos muestras de narrativa, en este caso cuento, desarrollan sus acciones en un tiempo-espacio mucho más cercano a nosotros: «María Elena Llana en “Chantaje” nos vuelve a regalar su suave y no menos atractivo tratamiento de lo fantástico, en medio de la más real cotidianidad de La Habana de hoy»; y Alex Fleites, en “Dos veces Karen”, enfoca, desde la homofobia individual e institucional de los años 70, «asuntos que lastraron las perspectivas y muchas veces destruyeron la vida de las personas involucradas en lo que se consideraba desviación». Dentro del conjunto de la literatura ficcional se incluye, además, “Feliz a quemarropa”, de Adela Fernández, un monólogo dedicado «con amor y dolor a Roberto Helier», poeta y pintor mexicano.
Comprendidos dentro del género ensayo, esta nueva edición contiene un largo fragmento del libro Del buen uso de las enfermedades, de Carlos Espinosa, que trata sobre la exclusión social que sufren los pacientes de ciertas enfermedades, en especial el SIDA, en nuestros tiempos y cómo se ha reflejado en la literatura desde la época de Sófocles; una reflexión crítica sobre “Macedonio Fernández y su obra”, en la cual el argentino Mario Goloboff, «considera y demuestra lo adelantado a su tiempo de este autor: incomprendido en su momento y casi olvidado en el nuestro», y un «preciso y precioso» artículo crítico de Virgilio Piñera, donde el autor de Aire frío «no enfrenta, sino complementa “Dos poetas, dos poemas, dos modos de poesía”; nada menos que Lezama Lima y Emilio Ballagas, nada menos que “Muerte de Narciso” y “Elegía sin nombre”, nada menos que dos modos poéticos que Virgilio supo valorar como hitos en la obra de ambos y definitorios de una nueva etapa en la poesía cubana».
Centra la presente entrega el dossier Ausencia no quiere decir olvido, dedicado al ciclo de conferencias Olvidados de la República, que desde hace algunas temporadas viene organizando la Fundación Alejo Carpentier. En este caso se trata de los textos de Antón Arrufat (Premio Nacional de Literatura, 2000), donde aborda la obra de Armando Leyva; el de Cira Romero, que se acerca a la “Pluma y pincel en la obra de Jesús Castellanos”, y el que consagra Graziella Pogolotti (Premio Nacional de Literatura, 2005) a rescatar la impronta de Flora Díaz Parrado. Muchos de estos escritores olvidados merecen, por derecho propio, un lugar en la historia de la literatura cubana y en las valoraciones críticas, apuntó Denia, «si seguimos a Martí estaremos de acuerdo en que el foco de la creación cultural está conformado por montañas y colinas; de la literatura universal, por su inmensidad, podemos seleccionar las grandes cumbres, pero de la nacional no hay que discriminar las colinas, que son, por otra parte, las que les dan sentido a las cimas».
Algo que de igual modo distingue a la publicación es la amplia presencia de reseñas literarias. Aquel “fantasma de la indigencia crítica” ̶que lanzara al vuelo Juan Marinello ̶ no ha muerto, aseguró Reynaldo; aunque se ha mejorado mucho no se cuenta todavía con la cantidad de participación crítica que la vida literaria cubana merece, sobre todo por la importancia que adquiere en los últimos años: «hay un movimiento literario que no se corresponde con el movimiento crítico, de modo que no le podemos exigir al lector que tenga cierta brújula, ciertas líneas que enriquezcan sus conocimientos de literatura». Diez son las reseñas que acompañan a este número, entre las que destacan: “Retrato a voces: un fresco intertextual”, de Ambrosio Fornet (Premio Nacional de Literatura, 2009); “De las memorias a la lucidez”, de Arturo Arango; “Henryk Markiewicz en nuestro horizonte cultural”, de Ariel Camejo; “Manuel Moreno Fraginals en su órbita de fuego”, de Félix Julio Alfonso y “Un bosque para símbolos poéticos”, de Rubén Ricardo Infante.
Al módico precio de diez pesos en moneda nacional, La Siempreviva puede ser adquirida por los interesados en toda la red de librerías del país.