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La alianza anglo-estadounidense en la conjura contra la expedición de Cayo Confites (1947)

Jorge Renato Ibarra Guitart, 23 de julio de 2012

Al concluir con la derrota del eje nazi-fascista la Segunda Guerra Mundial, los regímenes totalitarios en América Latina que no habían producido reformas democráticas, como el de Rafael L. Trujillo en la República Dominicana, fueron objeto del rechazo de la opinión pública continental. Los propios Estados Unidos, comprometidos anteriormente con dichos sistemas, tomaron distancia con los mismos.

Al no transformar Trujillo su régimen despótico a tiempo, los Estados Unidos declararon un embargo respecto a la venta de armas, para presionarlo y así generar algunos cambios democráticos. Los cambios no prosperaron y, el régimen trujillista se tornó más hosco y agresivo hacia sus vecinos de la región, particularmente con aquellos que apoyaban al exilio dominicano, como Cuba. El dictador dominicano planificó atentados, golpes de estado y otras maniobras desestabilizadoras contra el gobierno de Ramón Grau San Martín, quien había exacerbado el proselitismo de los exilados dominicanos; en vista de las represalias, Grau decidió a apoyar materialmente la expedición de Cayo Confites y nombró a su ministro de Educación, José Manuel Alemán, coordinador del esfuerzo invasor.

Hacia mediados de 1947 la situación mundial, con el inicio de la política de «Guerra fría», cambió sensiblemente, y las dictaduras latinoamericanas pasaron a recibir un mayor apoyo de Washington;  por este motivo, los preparativos de la expedición cubano-dominicana que impulsara Grau San Martín, sufrieron un duro golpe. El presidente cubano, debido a las fuertes presiones que recibía de los Estados Unidos, se vio obligado a ocultar a los expedicionarios en un remoto cayo —conocido como Confites— con la esperanza de enmascarar su apoyo y posibilitar la salida de los revolucionarios en un momento más conveniente. Ese momento nunca llegó.

Una vez que dejaron de avistarse en el horizonte las embarcaciones, los aviones de guerra norteamericanos, acantonados en la base de Guantánamo, salieron a localizarlos, mas a pesar de la ingente búsqueda no hubo manera de encontrarlos. No obstante, y gracias a una operación de aliado a aliado —el gobierno británico pasó la información al gobierno norteamericano— se supo la real ubicación del grupo de revolucionarios. El 11 de agosto, Wilson, ministro británico en La Habana, le hizo llegar al embajador estadounidense Norweb, una copia de las declaraciones de cuatro marineros de las colonias británicas en el Caribe, las cuales hacían referencia a la presencia de los expedicionarios en Cayo Confites. Dichos marineros habían prescindidos sus contratos con la empresa naviera para la cual trabajaran como estibadores; no obstante, durante el período de contratación, y como parte de sus faenas, habían cargando armas del barco Berta, una de las embarcaciones del comboy revolucionario. A los pocos días estaban los aviones norteamericanos sobrevolando el cayo y tomando fotos. Norweb envió al Departamento de Estado las dos primeras fotografías que le entregara el agregado naval.1

Por encima de las decisiones de los cubanos y dominicanos, los imperialistas estadounidenses y británicos movían sus resortes de poder para decidir en torno al conflicto caribeño. Según un informe de la legación dominicana en La Habana, uno de los agregados militares norteamericanos había comentado en el Hotel Nacional que: «la expedición era un expedición suicida» y que no se le debería permitir la salida. ¿Cómo de antemano el alto mando militar estadounidense la calificaba de suicida? ¿Acaso tendrían previsto que los marines yankees actuaran contra ella? Para ratificar esa postura, cercana al intervencionismo, el encargado de Negocios dominicano en La Habana, en un informe a sus superiores sobre el encuentro con el agregado militar, expresaba:

Quien con él hablaba dice que sacó la sensación de que los Estados Unidos sólo tienen interés ahora de luchar contra el comunismo y que “una revolución siempre lleva en la entraña la posibilidad de que los comunistas mejoren su posición”, por tanto no les interesaban los cambios violentos.2 

Washington se jugaría el todo por el todo para impedir la salida de la expedición revolucionaria, ya que esta se había vinculado al naciente conflicto este-oeste dentro de la Guerra fría. Ellos por su parte, bregarían satisfechos con los regímenes totalitarios caribeños, antes que aceptar cualquier tipo de revolución social en su traspatio natural.

A principios de septiembre tuvieron lugar algunos acontecimientos de interés. El 5 de septiembre, en un informe interno del gobierno dominicano, por primera vez, se hizo referencia al lugar exacto de la ubicación de los expedicionarios, es decir Cayo Confites.3 Todo parece indicar que esa información llegó por datos revelados a la prensa, a partir de las declaraciones de  los marineros de las Bahamas, aunque ya se sabía que los expedicionarios se encontraban en un cayo frente a Nuevitas. Por otro lado, la cancillería británica después de haber facilitado a los medios informativos una versión de las declaraciones de los marineros, consultó a su similar estadounidense para entregar una copia completa de la declaratoria a las autoridades cubanas.4  La legación británica entregó el duplicado al gobierno cubano el 3 de septiembre; gesto demasiado tardío por parte de Londres, si se tiene en cuenta que la Isla ya contaba con una versión del documento y había dado a conocer a la prensa internacional, la información. Por esa razón, el gobierno dominicano exigía «una investigación completa de los hechos».5 

La embajada norteamericana, radicada en la otrora Ciudad Trujillo, se ponía al corriente sobre los intereses del régimen trujillista por obtener una copia de la declaratoria. Mientras el ministro de Gran Bretaña en ese territorio, procuraba eludir la reclamación y evitar con dicha estrategia, implicar a su gobierno en la disputa entre cubanos y dominicanos. El evasivo argumento se basó en la poca confiabilidad de las declaraciones de los marineros y la inutilidad de las mismas para levantar un caso contra Cuba. No obstante, la cancillería dominicana insistió en tener «la historia completa». El ministro del Reino Unido estimó la solicitud de «razonable»; sin embargo, quedó pendiente de la respuesta de sus superiores.6 

A esa altura, lo más relevante de las declaraciones de los marinos: la ubicación de los expedicionarios, ya había sido dada a conocer por los medios informativos. Ante tal circunstancia se podía temer el ataque directo de los dominicanos a los expedicionarios, mas con la vigilancia diaria que sobre Cayo Confites ejercían las aeronaves, salidas de la base naval de Guantánamo, era prácticamente imposible. De todas maneras, Trujillo podía confiar en recibir información de primera mano de los servicios de inteligencia dominico-americanos; precisamente, un informe interno del gobierno de esa nación, fechado el 6 de septiembre, establecía como posible salida de la expedición, alrededor del día 15 del propio mes. Fecha cercana también a la reunión del congreso cubano, en el cual se debatiría la conspiración de Cayo Confites. Grau y sus acólitos temían que el congreso —compuesto por una mayoría opositora, al que se uniría, según noticias, el PSP cubano, en la demanda— se pronunciara a favor de disolver la expedición.7

El periódico Miami Herald —cómplice en las delaciones de los planes revolucionarios y pregonero de las maniobras intimidatorias de Trujillo— en su editorial del 9 de septiembre publicó un artículo de Stewart Morrison, dirigido a crear el pánico entre los cubanos. La nota decía: «Trujillo dio orden secreta a las fuerzas aéreas de su país, disponiendo que 25 de sus aviones, bombardeen La Habana apenas caiga la primera bomba en suelo dominicano de los aviones de los exilados».8

Los diplomáticos norteamericano y británico en La Habana, Norweb y Wilson, unificaron sus esfuerzos para presionar de cerca a la cancillería cubana. Un informe de la representación británica rendía cuenta sobre las entrevistas que esa legación, de común acuerdo con la norteamericana, sostuviera con González Muñoz, secretario de Estado, así como con el embajador en Washington, Guillermo Belt. El 9 de septiembre, el canciller cubano le comunicaba al gobierno de Londres que: «estaban haciendo investigaciones con vista a aclarar los hechos» declarados por los marinos de las Bahamas británicas. El alto funcionario afirmaba que su gobierno no sabía nada de los preparativos y de la posible invasión a República Dominicana. Basó su defensa en la argumentación de estar en presencia de historias que «le parecían exageradas».

El 11 de septiembre, Wilson y Norweb se reunieron con Belt, quien estaba paso por La Habana. Wilson estimó de «indispensable» una declaración pública del gobierno cubano, sobre los sucesos y su situación ante la República Dominicana. En tanto Norweb, sentado al otro lado de Belt, señaló la situación insana, originada por la expedición de Cayo Confites, y demandó el cese de la misma. Belt, quien al parecer se sintió intimidado por los representantes de estos países, manifestó que, era fácil que las Naciones Unidas intervinieran y adoptaran medidas en un conflicto entre dominicanos y cubanos, pero que nada harían si se tratara de un conflicto entre grandes potencias, como los Estados Unidos y la Unión Soviética. No obstante, se comprometió a trasladarle dichos criterios, al presidente cubano.

Según el informe, británicos y norteamericanos desconfiaban de los cubanos debido a unos contactos recién sostenidos con el  gobierno haitiano, para que se le permitiera a los expedicionarios desembarcar por ese territorio. Norweb le afirmaría a su colega británico: «la serpiente aún no ha sido decapitada, antes bien su fea cabeza se ha levantado de nuevo».9 

La situación interna de Cuba también era un fardo difícil de arrastrar para los revolucionarios, pues quedaron apresados en una complicada red tejida por el imperialismo, los sectores conservadores cubanos, y el propio régimen trujillista.

La confusión y caos reinantes en el país, le harían declarar a Inchaustegui: «El Gobierno de Grau está casi caído. Suponemos que los enemigos lo saben».10  Para ese entonces se rumoraba que la situación creada podía generar en la Isla un golpe de estado interno, o que se aplicaran otras variantes. La insistencia de utilizar este argumento como táctica fue uno de los recursos de la reacción con miras a ahogar el plan expedicionario; pero del otro lado, estaba la probabilidad de que la expedición saliera y triunfara,10 fuesen hundidas las naves por los acorazados estadounidenses.

 

Notas

[1] Transmisión de fotos, Norweb, 15 de agosto de 1947. En: Bernardo Vega, Ob. cit., t. II (1947) pp. 581-582.

[2] Informe legación dominicana en La Habana,19 de agosto de 1947. Ob. cit., p. 608.

[3] Carta del Secretario de Estado de la presidencia, Telésforo R Calderón, 5 de septiembre de 1947. Ob. cit., p.688.

[4] Telegrama Norweb 1 de septiembre de 1947, Ob. cit., p. 669.

[5] Archivo MINREX. Cuba (1945-1948).

[6] Informa de Burrows, 5 de septiembre de 1947. Ob. cit., p. 685.

[7] Informe del Secretario de Estado de la Presidencia, 6 de septiembre de 1947. Ob. cit., p. 693-694.

[8] Resumen de prensa, 9 de septiembre de 1947. Ob. cit., p. 698.

[9] Carta de D. Wilson-Young, 18 de septiembre de 1947. National Archives, London. Foreign Office 371, file 383.

[10] Cable de Héctor Incahustegui, 3 de septiembre de 1947. Ob. cit., p. 678.

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