Con aliento de vastedad
Como ya habrán notado los lectores de Fabulaciones, los dos últimos textos que he publicado corresponden a escritoras jóvenes, cuya obra narrativa merecería una atención de la crítica, o de los estudiosos de la literatura en general. Por fortuna, varias antologías recogen buena parte de lo que vienen escribiendo nuestras narradoras, de distintas generaciones, signadas todas por el vigor y la pluralidad de temas y estilo. Hoy continúo este ciclo iniciado casi sin proponérmelo, con un cuento titulado «Comienzos de una esquela», de Sussette Cordero (Guanajay, 1982), editora, egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y miembro de la AHS.
El relato de Sussette se distingue por un lenguaje poético que busca rebasar la anécdota y entrar en un universo de significaciones, tanto filosóficas como existenciales. El conflicto no se deja ver con nitidez, ya que está teñido por un discurso fragmentado, pletórico de evocaciones desde la perspectiva de una narradora asediada por una suerte de «melancolía sin nostalgia». La trama se desarrolla a través de aparentes —aunque falsos— comienzos de una carta poco común, en la que las digresiones parecen ir más allá del simple propósito de comunicarse con la persona amada. Afloran dudas, asociaciones, referencias a un pasado que no conocemos, pero que, poco a poco, se va develando sin llegar a revelarnos a plenitud sus claves. Lo sucedido no es tan importante como la secuela, de angustia y vacío, que el personaje experimenta; así como el singular extrañamiento ante una realidad bombardeada y deshecha, que tose como el auto de un vecino, o las caricias que le prodiga a su mujer, o la nieve y ese tiempo que no se puede rellenar como una taza de té.
Podría extenderme y emitir otros juicios que me provoca este magnífico cuento de Sussette Cordero, mas dejo al lector su parte. Para mí, el texto es una muestra del talento que tiene la joven narradora para captar lo significativo, lo simbólico, o simplemente lo que vale la pena decir u omitir cuando la literatura se forja con aliento de vastedad.
Alberto Marrero.
Comienzos de una esquela
Sussette Cordero
Perros que exploran buzones con la lupa de los doctos. Sensaciones, cartas que se leen mojando los dedos entre página y página, aquella señora asomada a la ventana, y la nieve deslizándose como un helado de vainilla chic sobre los abetos.
Así pudiera comenzar la carta que te envío. O tal vez
Esto de esperarte es demasiado complicado, me agarra el susurro de los árboles por todas partes y me descoloca, el tiempo no es como una taza de té, no se puede rellenar. Es como si este tic tac amarrado a mi muñeca apaleara el ritmo acelerado en mi estómago cuando pienso en cómo te lo diré.
Esta carta tendría varios comienzos, así es, ahora mismo no sé cuál será más factible.
Todavía no termino de pintar aquel cuadro de la escena de Ben Hur en la que Cristo predica en el monte, he mezclado los colores en la paleta; sin embargo, siento que el propio amasijo es hermoso por sí solo. Congelé la mixtura del blanco y el hueso en una cruz que parece construida de osamenta de peces, y la torta violeta se ha disipado simulando la trompeta de una flor.
Pistas, huellas, puzzles, acertijos, evocaciones, inútiles apologías, traición, desmemoria, puede que te suene a cualquiera de estos, y de alguna manera lo es.
Escucho a Charles Ives, Sinfonía No 3, un Pulitzer que poco le valió, prizes are for boys, and I'm all grown up, desecho entonces todo erotismo fácil, todo wagnerianismo. Es un plano desaseado de la realidad a la que no quiero volver. Saboreo una empanada y miro por la ventana el paisaje. El vecino llega. Luego de toser una y otra vez, el motor del auto se apaga. Él mira a mi ventana y después suspira. La mujer lo espera siempre despierta, lo arropa en el umbral, los miro envidiosa.
Puedo sugerir un exergo, uno bien a tu manera, a Frantéinne en El enigma en el corazón del huevo.
Óvalo como un cero en el insomnio de los espejos políglotas… y luego.
Un lamento incorregible. No hay remedio
Es difícil decirte esto a ti, tú que destripas palabras y al sustantivo lo mutas verbo, pero lo intento. Instaré parecerme a Girondo, necesito la masmédula, un intento de expresión absoluta.
Puede que esta carta te resulte inútil un día. Alguien dijo en el siglo II que todo el mundo habla de la utilidad de lo útil, pero nadie repara en la utilidad de lo inútil. Un filósofo chino, no recuerdo el nombre. Seguro tú tampoco le recuerdas, tú no sabes recordar. Ojala sea al menos inútil.
Los perros del vecino corretean alrededor del buzón, el vecino es el hombre al que se le apaga el motor. El motor tose y tose y se vuelve a apagar, el carro es un trasto, no sirve para nada. Hay nieve por todas partes, incluso sobre mí. Apenas pinto, he mutilado las ganas de soñar, no quiero dormir, me siento atada a lo que ya no siento, no es lo mismo sentir que acostumbrarse, no es lo mismo. Y necesito deshacerme de ayer. Tienes que entenderlo.
Tú y yo creíamos en Última Thule, esa tierra lejana a donde iríamos a caernos del planeta. Tengo que decirlo, han bombardeado ese lugar, ya no queda ni rastro del verde quimérico al final del mundo, solo subsiste un escozor en mi piel cada vez que pienso en nosotros y ese lugar. No quiero que volvamos allí.
Reproduje una acuarela de William Blake. Se que no te gusta Blake, por eso omitiré la descripción, pero quería que lo supieras, he reproducido una acuarela de Blake. Y he desayunado junto a los vecinos, él me ve, a pesar de su bozo pertinaz, ella se mantiene ajena. Trato de esquivar las evasivas en la mente, pero necesito llegar a ti, para decirte esto sigo el curso inconsistente del pensamiento.
A veces siento melancolía, melancolía sin nostalgia, en el espacio vacío donde antes estuviera tu escritorio he puesto una planta, he retirado tu escritorio, pienso colgar allí, sobre la planta, en la pared, la reproducción de Blake, me gusta Blake, tal vez use el color de la flor de trompeta para cubrir el cuadro donde antes estuviera esa horrible reproducción contemporánea sin título ni autor, la que me regalaste en mi cumpleaños, es horrible en verdad, muy a lo Babel del mundo, pero mal interpretado y hay miles de ojos que acechan en ella y los tonos de la paleta comienzan a tomar forma y las hojas de la planta se conjugan con la trompeta morada y los perros descubren sensaciones y las cartas cada día son menos necesarias y no quiero utilizar el mail y escucho silbidos como lagartos y ahí está la habitación donde antes hubo fiesta y ahora solo hay desolación y quiero que así permanezca y no encuentro un comienzo exacto para decírtelo.
Las disculpas y los exculpantes, esa otra tónica oratoria de los que no saben lo que dicen. También lo creo, en eso tienes razón, Frantéinne ya merece un Nóbel, hay que estar ciego para no ver esos extraños lienzos, duermo con los dedos cruzados por el lauro que no llega, pero es mejor callar las angustias mutuas, me hace daño recordarnos. El vecino camina en silencio por debajo de nuestra ventana, espera una señal de alerta, como buen expectante. Saco tu pañuelo rosa, tenías un pañuelo rosa, seguro también lo olvidaste, lo escondí cuando te fuiste para que no te lo llevaras, porque una rose es una rose.
Así pudiera empezar la carta que te envío.
La mesa, las violetas en el jarrón de la cocina, el olor insondable de las tostadas en la mañana, la nieve cayendo sobre los abetos como algodón azul índigo de Xinjiang, la mujer del vecino besándolo cariñosamente, y mis manos heladas, como copos solitarios en la ventana. No quiero llorar, no me gustan las lágrimas coaguladas. Y solo entonces me decido. A la mañana siguiente tomo el pañuelo y por primera vez, lo dejo caer cuando el vecino pasa.
Charles Ives no se puede silenciar, el arte contemporáneo es incomprensible, menos si no tiene título ni autor, Blake es Blake, Blake tiene nombre y títulos, Frantéinne tendrá un Nóbel cuando muera, las flores de trompetas son hermosas, una rose es una rose, los perros leen las cartas, solo los perros entienden las cartas, pintaré la escena de Ben Hur si algún día regreso. Lo siento, no encontraré la masmédula.
La carta que te envío pudiera decir simplemente
Mi amor, me mudo, iré a reconstruir Última Thule en un auto que tose y tose, pero siempre termina por arrancar.
