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Damas maldecidas, embrujadas y endemoniadas en la memoria del imaginario social

Gerardo E. Chávez Spínola, 30 de julio de 2012

Como en su tiempo tuvimos mujeres santificadas y bendecidas*, quienes dejaron sus huellas en la memoria del imaginario popular cubano, hemos tenido también ciertas damas que, para su desgracia fueron, de una u otra forma, embrujadas, maldecidas y hasta endemoniadas. Personajes cuyas vidas y acciones fueron reales en unos casos y, en otros, no se ha podido comprobar su existencia, pero todas, cada una de ellas en su época respectiva, ingresaron con letras doradas a la memoria colectiva, donde se convirtieron en leyendas. Obra y gracia de un imaginario social que les preservó del cruel olvido por mucho más tiempo que si hubiesen sido personajes históricos.

Aunque es más allá de los tristes e impactantes acontecimientos y situaciones en las cuales se vieron involucradas estas féminas que pretendemos percibirles, pues intentaremos verlas desde las sinuosas molduras que se esconden detrás de la aparente particularidad de los hechos en sí. Así como quedaron registradas en esa memoria de lo intangible, lo extraordinario y lo increíble, que es aquello depositado en el recuerdo del imaginario social, bien pueden ser objeto de estudio de la razón humana, para quienes encuentren estímulo en la investigación y estén acometidos de esa extraña seducción por la búsqueda incesante.

Pero no confundir historia con memoria, pues están muy lejos de ser sinónimos. Según nos alerta el notable investigador, ensayista, y miembro de la Academia Francesa, Pierre Nora (París, 1931), en su obra Entre Memoria e Historia: La problemática de los lugares, “La historia es la reconstrucción, siempre problemática y discutible de lo que fue y ya no es.  La memoria es vida, siempre guardada por grupos vivientes, por lo que está en evolución permanente; abierta, tanto al recuerdo como a la amnesia inconsciente de sus naturales deformaciones, eternamente sensible a todas las utilizaciones y manipulaciones, susceptible a larguísimas latencias y repentinas revitalizaciones”. “La historia es tan solo una representación del pasado”. Tal vez sea por eso que, “la memoria sólo se acondiciona a los detalles que la tonifican; ella se alimenta de vagos recuerdos, flotantes, particulares o simbólicos, es sensible a todas las transferencias y proyecciones” (e insensible a la censura, agregaría el autor del presente artículo).

Pero aquí estamos tratando de “memoria colectiva”, término contemporáneo acuñado por el filósofo y sociólogo Maurice Halbwachs, que hace referencia a los recuerdos que atesora y destaca la sociedad en su conjunto. La memoria colectiva es construida, compartida y transmitida por el grupo o la sociedad. No está referida a episodios de la vida de un individuo en particular, sino a determinados acontecimientos especialmente significativos de la vida colectiva que, por lo general, contienen gran  carga emocional y quedan impresos en cada uno de los miembros de ese colectivo.

La memoria colectiva de un imaginario social está compuesta de costumbres, valores, prácticas y razonamientos que existen en una sociedad y se aplican de inmediato a la vivencia ocurrida, casi siempre con cierta carga emocional. Es el imaginario colectivo efecto de una compleja trama de correspondencias entre discursos y prácticas sociales, que posee una especial capacidad para interactuar con las individualidades. Percepciones elaboradas que siempre utilizan estereotipos. Recreaciones de lo vivido, reelaboradas y ajustadas por imaginarios, que ejercen influencia en la conducta y el comportamiento del grupo social. Pero cuidado, porque tiene esta memoria colectiva una gran falta de fiabilidad, en ningún caso puede verse como un mero archivo del cual puede recuperarse lo que ocurrió realmente, sino como un proceso de elaboración narrativa, que tiende a maximizar la coherencia del episodio.

Así veremos en esta ofrenda, concatenadas siempre con aquella dimensión social del recuerdo, a estas “damas maldecidas, embrujadas y endemoniadas en la memoria del imaginario social”, de las mismas formas y maneras en las cuales fueron, en su época, instaladas a través del público, el relato de los hechos.

Damas embrujadas y maldecidas

Por siglos, maldiciones y embrujos han sido manifestaciones donde está contenida esa relación premio-castigo, que siempre va a estar presente entre ciertos adoradores y sus primitivas deidades. Idolatría, impiedad y desenfreno, son elementos de eterna presencia en estos comportamientos. Unas veces por parte de aquellos exaltados que, en vez de solicitar perdón a sus dioses por los pecados cometidos, claman por castigos a sus semejantes; otras por parte de las mismas deidades, hechas a imagen y semejanza de sus propios seguidores, con las mismas ambiciones, pretensiones apetencias y defectos.

La inquieta Baiguaná

Entre las más antiguas leyendas indocubanas de Matanzas recogidas por Américo Alvarado, se encuentra esta de la joven Baiguaná. Al decir de muchos, era una mujer muy bella que enloquecía a los hombres, haciendo gala de una marcada exaltación de sus pasiones y atributos femeninos, trayendo por consecuencia que ellos abandonasen sus faenas habituales  y el detrimento de los abastos comestibles para la tribu. El cacique Macuaní convocó al Dios Murciélago, para que le indicara cómo resolver el asunto de la ardiente Baiguana y por indicaciones de este, llevó a la bella mujer un fabuloso pescado de regalo; ella lo comió y cuando la Luna estaba en lo alto, se acostó a dormir frente a su bohío. A la salida del sol, Baiguana se había convertido en una montaña con forma de mujer acostada. Aún se puede ver allí mismo, en la célebre loma denominada actualmente Pan de Matanzas.1

La pasión de Iasiga

Era Iasiga una hermosa indiana, pareja de un pacífico y laborioso siboney llamado Maitio, quien trabajaba duramente en las labores comunales de caza y pesca para sustentar a su familia y contribuir a la comunidad. Mas la bella Iasiga no podía reprimir por mucho tiempo su temperamento fogoso y apasionado. Cuentan que en cierta ocasión se encontró en el monte con Gaguiano, apuesto y joven siboney, quien tenía fama de conquistador de mujeres y la apasionada fémina se entregó sin resistencia a las delicias del sexo con el furtivo galán. En varias ocasiones, al regresar de la faena diaria, Maitio se extrañaba de la ausencia de su consorte y al verla regresar, indagaba sobre su paradero, a lo que ella respondía que había estado ocupada en llevar ofrendas a sus familiares muertos. Cierta vez, Maitio, intrigado por la frecuencia con que Iasiga recurría a las ofrendas funerarias, decidió seguirla y la sorprendió en pleno idilio con Gaguiano, quién huyó al monte al ver al ofendido marido. Con la ira y el dolor perturbando su razón, Maitio invocó a los cemíes en alta voz, para que castigaran a la infiel Iasiga a vagar eternamente por las costas, sin esperanzas de inspirar compasión, ni oportunidad para el descanso. La pasional mujer fue transformada al instante en un monstruo marino, y se cuenta que aparece, triste y solitaria, de cuando en vez a los pescadores en el litoral. Algunos suponen que la leyenda se refiera al manatí, o a un enorme quelonio que por tiempos, recala en la bahía de Jagua.2

Sención, la insubordinada

Cuentan que entre 1814 y 1816, muy poco tiempo después de la inauguración de la villa de Sagua, en un lugar cercano a donde se encontraba la primera estación de ferrocarril, existió una casucha de guano en la cual habitaba una corta familia, integrada solo por el padre, la madre y una hija. Era ella una indiana joven y hermosa, que habitualmente lucía un par de brillantes trenzas colgantes sobre los hombros.

Sus padres habían decidido trasladarse allí a causa de un amorío de la hija, con el cual no estaban de acuerdo. Pero ocurrió que aquel enamorado les siguió el rastro. De manera que la pareja acostumbraba a verse furtivamente por las cercanías de la laguna. Se cuenta que la madre de Sención, que así llamaban a la joven, les sorprendió una tarde, ya casi al anochecer, y reprendió a la joven severamente por su comportamiento. Esta, en un arrebato de ira, furiosa por ser abochornada delante de su galán, se abalanzó sobre la autora de sus días y descargó la mano abierta sobre su rostro, quien al instante hubo de lanzarle una terrible maldición. De pronto, todos quedaron sorprendidos y asustados, pues Sención no pudo retirar la mano de la cara, donde quedó fuertemente pegada.

Aseguran los más viejos, que el padre las llevó al mejor curandero de la región, quién determinó amputar la mano de la joven. Terminada la primitiva operación, la bella india se encaminó a la laguna y se sumergió, para no regresar nunca. Desde entonces, todos los viernes primeros de luna llena, a las doce de la noche, cuentan cómo puede verse emerger de estas aguas, el fantasma de la hermosa Sención, quien, con los brazos abiertos al cielo, las trenzas mojadas sobre los hombros, su muñón aún sangrante y un grito desgarrador, hace su aparición implorando misericordia.3

Aycayía

Cuenta la leyenda que fue Aycayía la única que quedó a salvo de las siete bailarinas asignadas al gran cacique en su corte. Aseguran unos que la bella indocubana llegó tarde a la canoa en la cual debían viajar engañadas sus compañeras, debido a la demora en arreglarse. Pero otras versiones afirman que fue alertada a tiempo por el behíque de la tribu, de quien era preferida, para que no asistiera a este viaje sin regreso.

La extrema sensualidad de sus gestos, el arte y la gracia de su baile, habían ya cobrado fama en toda la comarca. Su voz al cantar, emulaba con los trinos de los pájaros del monte. La belleza de su rostro, la picardía en su mirada y las onduladas curvas de su grácil cuerpo juvenil, enloquecía a los hombres. Así perturbaba sin intenciones ni malicias, la quietud de la comunidad, alejando a los labradores de sus campos, a los pescadores de sus faenas y a los maridos de sus hogares. A juicio del cacique, llevó la discordia a los matrimonios y la desunión entre los miembros de la tribu. Ante la situación creada, este solicitó que se hablara con el Cemí para rogarle consejo. Como resultado de esa consulta, la bella Aycayía fue llevada en compañía de una anciana llamada Guanayona a un lugar lejano y solitario, llamado hoy Punta Majagua, en la actual provincia de Cienfuegos.

Pero no le era posible a la joven dejar de bailar y cantar. Los siboneyes de la región caminaban entonces largos tramos para verla en sus maravillosas danzas y escuchar su dulce voz. Todos rivalizaban en obsequiarla con los más preciados objetos, sin que hubiese alguno que pudiera jactarse de ser el preferido. Dicen los más viejos que coqueteaba con todos sin entregarse a ninguno. Las mujeres de las tribus estaban celosas, pues sus maridos y novios solo tenían ojos para la bailarina. Cuando el cacique consultó de nuevo el cemí, le fue entregado un catauro de yagua conteniendo semillas. Eran del árbol de majagua, que significa Madre Jagua y con ellas se le encomendó que las entregara a las mujeres para que las sembraran en sus conucos, asegurándole que cuando las flores crecieran, cesarían sus inquietudes y recibirían de nuevo el cariño de sus maridos y novios. En cuanto salieron los primeros capullos, una severa tormenta se desató sobre la barbacoa de Aycayía. Toda la zona fue inundada por una gigantesca ola que arrastró al mar a la bella cantadora y a su fiel acompañante. La joven fue convertida en sirena, y la vieja en tortuga. Desde entonces, hay quienes suponen a la joven Aycayía, solitaria en las profundidades de la ensenada, otros la creen montada sobre este quelonio marino, soplando un gran cobo que emite un rugido triste y desgarrador, condenada a vagar eternamente por el mar embravecido.4

La gaviota del San Juan

Esta leyenda cuenta sobre los sucesos acontecidos en la primavera del año 1795, en una de las riberas del río San Juan, en la ciudad de Matanzas. Comienza en una casucha de guano donde habitaba la vieja esclava Ma Teresa, quien se desenvolvía como liberta. Posición obtenida según las malas lenguas, por mantener relaciones íntimas con su amo, el poderoso don Sebastián, de quién se supo tuvo una hija que luego murió al dar a luz, una hermosa criatura.

Era la nieta de Ma Teresa una bella mulata clara de ojos verdes, como los de don Sebastián, a quien pusieron por nombre, Julia Rosa. De piel canela, abultados y sensuales labios, dispuestos siempre a la sonrisa iluminadora que resaltaba la belleza de sus finas facciones. Por lo que no es de extrañar que Fernando, el sobrino del rico hacendado, se enamorara locamente de ella. Pero Doña Rosario, la madre de Fernando y hermana de don Sebastián, quien tenía grandes planes para su hijo, se enteró mucho antes que el dueño y señor de todas las posesiones de este incidente sentimental y temiendo lo peor, encargó a un famoso babalao conocido por Tata Mongo, resolver a su forma el asunto del niño Felipe y Julia Rosa.

Cazando la oportunidad que la vieja Ma Teresa no estuviese en casa, se le apareció el brujero a la muchacha con un sabroso dulce de coco, que le brindó y ella comió gustosa, mientras escuchaba los cuentos del recién llegado visitante. El último de ellos fue el más misterioso; decía Tata Mongo, que en su tribu, los grandes brujos podían solicitar a los dioses que convirtieran a las mujeres en aves, después de lo cual ya estas no podían morir nunca. Julia Rosa, sin saber por qué sintió mucho miedo.

La vieja Ma Teresa lloraba desconsolada la extraña desaparición de su querida nieta. Don Sebastián inició desesperado, por todos los medios a su alcance, la búsqueda de la muchacha, sin resultados. El niño Felipe, consternado en su angustia, estaba a punto de perder la razón. Una noche, la esclava Ma Teresa se fue a ver a don Sebastián y le contó sobre lo que sucedía con su nieta, quien había sido embrujada y convertida en gaviota. Nadie, excepto la hermana de don Sebastián, que se sabía culpable, pudo creerle.

El niño Felipe se pasaba los días desesperado junto al río San Juan, cerca de la casita de guano donde vivía Julia Rosa. Cierta vez, vio venir hacia él una gaviota, que fue a posarse sin temor a su lado, lo miró de una manera extraña, casi humana. Desde entonces visitaba constantemente ese lugar, al que acudía esperando aquella rara ave de tan especial comportamiento. En poco tiempo, la locura invadió su alma sin remedio, hasta la muerte. Decían que se enamoró de aquel misterioso ser alado. Desde entonces, cuenta la leyenda que una gaviota diferente a las demás, se remonta en majestuoso vuelo, al comienzo de la primavera, desde el río San Juan, para sobrevolar la ciudad de Matanzas, cuando el sol se retira a descansar. Los que la han visto de cerca afirman que esta peculiar ave tiene los ojos verdes y cuando le mira a uno en pleno vuelo, se comprende de inmediato por qué un ser como ese, no podrá morir nunca.5

Damas endemoniadas

Se ha determinado que las referencias más antiguas de posesiones demoníacas provienen desde la civilización sumeria, quienes ya poseían sacerdotes especializados en la práctica de exorcismos. Las primitivas sociedades mesoamericanas también creían en la posesión demoníaca y sus chamanes realizaban ceremoniales relacionados con dicha doctrina. En estas culturas, los decesos se atribuían a la acción de un demonio sobre el cuerpo del paciente. Ya en el Medioevo, las posesiones demoníacas llegaron a convertirse en una verdadera obsesión entre los católicos dependientes de la Iglesia Romana. Primero en Europa, más tarde en casi todo el mundo cristianizado. Posiblemente nunca pueda conocerse cuántas personas supuestamente poseídas, fueron exorcizadas y/o legalmente ejecutadas por los tribunales de la Santa Inquisición. En Cuba, hasta el momento no se han encontrado registros de acusados llevados a la hoguera por este “delito”, pero sí los hay sobre exorcismos, oficialmente registrados y documentados. También se conoce que, en determinado momento, los acusados por estos pecados en La Mayor de las Antillas, eran enviados por las autoridades eclesiásticas a Cartagena de Indias, donde eran interrogados, juzgados y sancionados.6

Mas los casos que a continuación se citan, no responden en modo alguno a la representación histórica, sino a la dúctil y siempre reelaborada memoria de un imaginario social ya por mucho recreado, primero de bocas a oídos, luego atrapado entre las blancas páginas de un libro por algún cronista encandilado con esas fiebres de investigar y dejar constancia, de la cual siempre hemos de estar agradecidos los curiosos lectores.

Maniai

Era Maniai una niña mestiza, nacida del matrimonio de un soldado peninsular y una indocubana, cuya vida transcurría serena en la villa de Trinidad. En poco tiempo se transformó en una bella joven asediada por todos, pero solo eran para la madre cobriza sus afectos genuinos. Un día la adolescente amaneció inerte, tendida, pálida y fría. Nada podía reanimarla. Por ese tiempo se hablaba con insistencia de la cueva de “La Cantuja”, donde, según el decir popular, tenía su madriguera el mismo Lucifer y su cohorte de diablos, que al decir de los ancianos, acostumbraban a secuestrar las más hermosas doncellas de la localidad, para sus lúbricos antojos. Se cuenta que ese mismo atardecer se oyó una fuerte explosión proveniente de la cueva de La Cantuja, desde una de cuyas bocas se vio salir espeso humo negro y se sintió muy desagradable olor. El fraile de la Merced diagnosticó a Maniai endemoniada y sin demora comenzó la ceremonia de exorcismo. Como respuesta inmediata el cuerpo de la muchacha saltó hasta el techo, mientras por su boca, horriblemente contraída se emitía un grito espeluznante en lenguas extrañas, todo ello a pesar de las pródigas rociaduras con agua bendita, los rezos, letanías y demás esfuerzos del mencionado sacerdote. Finalmente cayó sobre los presentes un silencio sepulcral. Cuentan que el cuerpo de la joven se elevó horizontalmente y sin que nadie pudiese detenerle, avanzó rumbo a la caverna por todos temida, dentro de la cual desapareció para siempre.7
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        
La Rondona

Se cuenta que a finales del siglo XIX, en el poblado de San Juan de los Remedios, provincia de Villa Clara, existió una hermosa joven de buena familia, llamada María Manuela. Quienes la conocieron afirmaban que era algo vanidosa, de carácter agrio y dominante. Cierto día su madre le pidió prestado siete reales y ella se los negó de la manera más descompuesta que imaginarse pueda. Desde ese mismo día, comenzaron a sucederle toda clase de infortunios. Escupía sin cesar, hablaba cosas inconvenientes, sacaba la lengua involuntariamente a cada momento, tanto, que llegó a colgarle fuera de la boca. Le dio por lamerse la cara, el pecho y hasta las partes pudendas del cuerpo, como si fuese un animalito.

Este comportamiento y su deteriorado aspecto, determinaron que fuese preciso “curarla por la iglesia”, para sacarle los diablos de adentro, asunto del que se encargó el párroco de la Iglesia Mayor, reverendo don Marcos García, quién la exorcizó varias veces. Dicen que al llamarla el sacerdote por su nombre, María Manuela no respondía, pero cuando el oficiante citaba el nombre de los diferentes demonios que habitaban su cuerpo, estos bramaban en el acto con deformadas voces gruesas, que maldecían y gritaban improperios. En uno de estos exorcismos, apremiados a salir, estos habitantes infernales amenazaron con introducirse en el sacristán, quién se horrorizó de tal forma que el padre García tuvo a bien actuar de manera muy enérgica para con él. Al fin, los oficios del sacerdote lograron la salida de estas entidades. Desde aquel entonces, a Manuela se le conocía por la Rondona, debido a que la rondaban criaturas demoníacas. Después de esto se hizo muy devota, acudía todos los días a la iglesia, donde rezaba con fervor. Al poco tiempo falleció y como se acostumbraba en aquella época, fue ordenado abrir el cuerpo de la occisa. Según se cuenta, observaron las autoridades encargadas del caso, que sus entrañas formaban todas una pasta compacta y dura, sin distinguirse vísceras, ni órgano alguno.8

La negra endemoniada

Ocurrió que por el año 1682, en la villa de San Juan de los Remedios, en la provincia de Villa Clara, el señor de las tinieblas hizo presa de sus mañas a la negra criolla Leonarda (otras versiones dicen que era mulata). Eran abundantes las manifestaciones de posesión por estos lugares en aquellos tiempos, por lo cual le fue encomendada la humilde iglesia de la villa, al vicario, juez eclesiástico, comisario del Santo Oficio de la Inquisición y de la Santa Cruzada, reverendo José González de la Cruz. Así las cosas, el religioso se dispuso de inmediato al exorcismo de la posesa, todo lo cual quedó escrito en las hojas foliadas del juzgado eclesiástico de la villa de Bartolomé del Castillo. Sirvieron de testigos los alcaldes: Rojas, Montagudo y otros, el 4 de septiembre de aquel año del Señor. Habló y dijo el apoderado de Leonarda llamarse Lucifer y estar disfrutando de albergue, en el cuerpo de la desdichada mujer, junto a treinta y cinco legiones de peliagudos demonios, cuál de ellos más terribles en sus abominaciones. Era de esperarse que el aspecto de la elegida fuese de lastimosa presencia y los lamentos que arrancaban a su garganta, tantos inquilinos con sus viciosas y torturantes prácticas, llenasen de horror a quienes le escucharen. Pero el manejo adecuado de la santa palabra y las experiencias en las manipulaciones del exorcismo, pusieron al llamado Lucifer a pronta disposición de los poderes divinos.9

Desde la subjetividad de los signos

Así hemos visto cómo estos acontecimientos especialmente significativos de la vida social, dejan su impronta en cada uno de los miembros de ese colectivo. Presenta cada uno de ellos, la carga emocional necesaria para llevarles a integrar esa memoria autobiográfica, contenedora de aquellos recuerdos que desempeñan un papel clave en nuestra identidad personal. De esta manera, y en la medida en que son solo los sucesos de mayor impacto o significación colectiva los que se recuerdan, se inicia ese complejo proceso por el cual signos públicos pasan a convertirse en signos mentales, de modo que el espacio de la subjetividad resulta, en esta interiorización de los contenidos y significados, socialmente establecidos.
 
Nota

* Mujeres santificadas, veneradas y bendecidas del imaginario popular cubano

1 Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Ed. por Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005, p. 84.

2 Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Ed. por Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005, p. 175.

3 Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Ed. por Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005, pp. 280-281.

4 Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Ed. por Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005, pp. 72-73.

5 Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Ed. por Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005, pp. 231-232.

6 Fernando Ortiz: Brujas e inquisidores, Fundación Fernando Ortiz, Instituto de literatura y lingüística, Sociedad Económica de Amigos del País, La Habana,  2001, pp. XIX-XXI.

7 Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Ed. por Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005, pp. 352-353.

8 Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Ed. por Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005, pp. 468-469.

9 Manuel Rivero Glean y Gerardo E. Chávez Spínola: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Ed. por Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, La Habana, 2005, pp. 402-403.

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