La imagen de la virgen María en la poesía cubana (III)
En 1842 Gómez de Avellaneda redacta un poema muy diferente: “A la Virgen. Canto matutino”. El tono sosegado de esta alabanza a María, la elegante fluidez de la estrofa sáfico-adónica y aun la contención del lenguaje que procura la sencillez y rehúye deliberadamente la ampulosidad, le convierten en uno de sus poemas religiosos más atractivos.
Mientras la aurora con rosados tintes
baña las nubes que al Oriente vagan,
nubes que arrolla con su leve soplo
céfiro blando:
Estamos ante una jubilosa confesión de fe, diurna y luminosa, que parece excluir toda duda, en la misma medida en que el yo poético parece haber hallado una familiaridad inmediata con la Virgen, asumida como un ser en el que se contienen todas las virtudes de lo maternal. No se olvide que a lo largo de su existencia, Tula vivió una difícil relación con su madre, a la que, sin embargo, amaba mucho. Es muy probable que en la imagen de María, ella esté venerando a una madre ideal que sustituye a la carnal con todas sus contradicciones.
Son especialmente afortunadas las estrofas en las que el nombre amado se convierte en eco que va y vuelve entre los accidentes del paisaje, como una manera particular de saborearlo:
Vuela mi ruego, y endulzando el pecho
plácido el nombre – que doquier invoco-
ecos del monte, del vergel y el valle
vuelven ¡María!
Vuelven ¡María! y sin cesar mi lengua
torna- ¡María!- a pronunciar despacio...
Siempre-¡María!- y cada vez más dulce
suena ese nombre!
Rafael Marquina, esta vez más acertado en su juicio, dice de este poema que “el alma canta en pura gracia de amor divino, en exaltación desasida de toda particular contingencia, por el gozo de sentirse inmersa en la luz más clara”.
En el verano de 1858, mientras su esposo Domingo Verdugo convalece de las heridas que recibiera en un ataque callejero, cuyas implicaciones aún hoy no son demasiado claras, el matrimonio viaja por los Pirineos. En su itinerario visitan Lourdes, donde hacía dos años, según afirmaba el pueblo devoto, había aparecido la Virgen a Bernardette Sobirous y la había curado de un padecimiento oftálmico, con el agua de un manantial que brotó de la “roca de la aparición” en el Massabielle. La escritora, quien contó su viaje en “Mi última excursión por los Pirineos” ─aparecido en Diario de la Marina de La Habana, en forma de folletín, entre el 19 y el 28 de julio de 1860─ se muestra primero escéptica sobre la autenticidad del milagro al saber que “el prelado de aquella diócesis hubiera hecho nada para esclarecerla”. Contempla a “cojos, sordos, herpéticos, todos animados de una misma esperanza” acudiendo a la fuente para sanar sus dolencias, pero solo viene a quedar convencida, cuando hace una visita a la joven Bernardette, quien le relata personalmente los sucesos:
El aire de sincera sencillez con que acompañaba sus palabras, la seguridad con que contestaba a todas nuestras preguntas y la recomendación que le prestaba su fisonomía candorosa, no nos permitieron conservar recelos de una superchería[...]nos dirigimos a nuestro coche de viaje, bendiciendo al Señor por la señalada predilección que dispensa a los débiles y humildes, a la vez que compadeciendo a los esprits forts, que están privados del placer que causan siempre a nuestros corazones creyentes todas las piadosas tradiciones del benéfico poder de la Madre de los Desamparados.
En “Las siete palabras y María al pie de la cruz”, poema compuesto durante su última estancia en Cuba, encontramos en la solemnidad de esas octavas agudas, la memoria trágica del Viernes Santo. Percibimos que es una personalísima fusión de dos momentos litúrgicos de ese día: el sermón o meditación de “Las siete palabras” y el canto del Stabat mater y con ellos la memoria de aquellas ceremonias de tinieblas que viviera en la Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad en su infancia principeña, y luego en Galicia y en Sevilla, pero el texto resulta descriptivo y exterior, el ambiente es dramático ─como de procesión andaluza─ aunque no está trabajado desde una vivencia íntima.
El punto más alto de su escritura religiosa lo constituye el Devocionario nuevo y completísimo en prosa y verso, impreso en Sevilla en 1867, dedicado a “A.S. A.R. La Serma. Señora Infanta, Duquesa de Montpensier”. Allí, la labor de la escritora ha estado dirigida en tres sentidos a la vez: antologa su principal poesía religiosa, compila oraciones populares que ofrece revisadas y adecuadas a su estilo personal y además configura un manual para la devoción privada. La presencia de la Virgen allí es constante. Recuérdese el ferviente cántico que está al inicio del volumen:
Honor os rindo y gratitud ferviente
Oh Estrella matinal! Mística Rosa!
Del Autor de la luz Madre potente!
Y del triste mortal Reina piadosa!
No despreciéis por pobres mi loores
ni me neguéis jamás vuestra asistencia;
también mirando con igual clemencia
a mis deudos, amigos, bienhechores,
y a los que en noche de la tumba fría
la lumbre aguardan del eterno día.
Amen.
Asimismo, tiene lugar allí un canto “Al Dulce Nombre de María” que ella había publicado en La Habana, en La Verdad Católica, hacia 1862, pero que no incluyó después en la edición “definitiva” que preparó de sus Obras completas en 1869. El poema tiene, como otras composiciones de la etapa tardía de la camagüeyana cierto lastre retórico, determinado convencionalismo expresivo, pero no es dable dudar de su ardiente sinceridad:
Nadie jamás a vuestro amparo augusto
inútilmente se acogió, Señora!
Vos escucháis al pecador y al justo;
pues ningún hombre a vuestras plantas llora,
y su esperanza o su dolor os fía,
que no halle en vos clemencia,
y ante la soberana omnipotencia
derecho a la piedad. ¡Salve, María!
¡Salve cien veces, Madre poderosa
Del Redentor Divino!
¡Salve, oh del cielo estrella luminosa,
que la senda alumbráis del peregrino
cuando se pierde en noche tempestuosa.
Mucho más conmovedor resulta el villancico que incluye entre las oraciones para la Navidad, donde se siente palpitar el aliento de Lope de Vega y otros autores de los Siglos de Oro que bebieron de la inspiración popular:
Ya llega la noche,
ya llega ¡oh María!
y es triste y es fría
cual noche invernal.
Mas ¡ah! no hay asilo
que ofrezca a tu anhelo
de tu augusto abuelo
la tierra natal.
¿Qué harás sin amparo
sabiendo, Señora,
del parto la hora
ya próxima estar?
Al recorrer nuestra literatura religiosa durante el siglo XIX muchos preferirán las otros textos más sencillos o con menos evidente carga retórica, sin embargo, nadie en esa centuria trató el tema de la Virgen en sus versos de forma tan variada y sistemática. Sirva esta especie de copla o “saeta” que ella coloca en la Décimotercera estación del Vía crucis de su Devocionario para resumir el ansia de trascendencia espiritual que ella liga a esta figura:
¡Madre llena de amargura!
que al romper mi alma sus lazos,
al que hoy ve muerto en tus brazos
glorioso admire en la altura.
