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Álvaro de la Iglesia, creador de las tradiciones cubanas

Cira Romero, 27 de agosto de 2012

Por esas cosas que a veces no tienen mucha explicación, fue un gallego, un coruñés para mayor exactitud, quien se dio a la tarea de reunir en tres series lo que tituló Tradiciones cubanas, aparecidas en 1911, 1915 y 1917, respectivamente, y reunidas y prologadas en un solo volumen, en 1983, por Salvador Bueno bajo el título de Tradiciones completas.

Según refiere Jorge Domingo Cuadriello en su Diccionario bio-bibliográfico de escritores españoles en Cuba. Siglo xx (2010), Álvaro de la Iglesia, nació el 5 de abril de 1859 y llegó a La Habana con catorce años. Se estableció en la ciudad de Matanzas, donde se inició en el periodismo a través del semanario El Álbum (1887), dirigido por el dominicano Nicolás Heredia, autor de la conocida novela Leonela (1893). Se trasladó a la capital y en 1891 fundó el semanario católico La Familia Cristiana. También fue jefe de redacción de La Época y cobró celebridad cuando, tras el cese de la dominación española, publicó el folleto Cuba para los cubanos (1898), donde expresó claramente que, de anexarse Cuba a los Estados Unidos, se esfumaría la nacionalidad cubana y «habríamos perdido, dice, nuestra noble personalidad latina [...] La anexión se traduciría en poderosos trusts, en un odioso monopolio [...] Cuba sería el gran ingenio y la gran vega de Mr. Sam». Fue redactor de La Discusión y dirigió la revista literaria Letras. Posteriormente trabajó durante largo tiempo en el periódico El Mundo y colaboró en otras publicaciones como Chic, Heraldo de Cuba, Mundo Gráfico, Bohemia, El Fígaro y Letras Güineras. Su amplia labor periodística no le impidió cultivar la poesía, además de una vasta labor como novelista con títulos como Adoración (1894), La alondra (El secreto de Estrovo) (1897), Amalia Batista o El último danzón (1900) y Una boda sangrienta o El fantasma de San Lázaro, del propio año, entre varios títulos en este género. Pero la vena de historiar desde la perspectiva de las tradiciones fue la piedra angular de su quehacer y lo que ha permitido que su nombre esté presente en nuestra literatura.

¿Qué es una tradición? Algunos la definen como una comunicación o transmisión de noticias, composiciones literarias, ritos, costumbres que pasan de padres a hijos con el suceder del tiempo; otros ven en ella dos direcciones: la culta y la popular, y se ha opinado también que es una larga anécdota sacada de la historia o la leyenda. El Diccionario de la literatura mundial (1962), de Joseph T. Shipley consigna que fue el peruano Ricardo Palma (1833-1919), quien la convirtió en forma artística a través de sus Tradiciones peruanas (1872-1918). En efecto, a Palma se debe que esta modalidad narrativa haya alcanzado brillo en el ámbito de la literatura de habla española, aunque hubo precursores. Los historiadores y críticos literarios se han puesto de acuerdo, en cierto modo, para apreciarla a partir de una muy estrecha relación de estos relatos, generalmente breves, con la novela histórica, la cual, valga recordarlo, ha cobrado una nueva fuerza en años recientes, pero, obviamente, no desde la perspectiva de cuando surgió en la época romántica, cuando ya declinaba el imperio conquistado por Napoleón Bonaparte. Autores como el escocés Walter Scott (1771-1832) hicieron época con este tipo de novela con títulos como Ivanhoe y Wawerly, muy divulgados en traducciones españolas que invadieron el mercado español del libro y cuya influencia, por razones obvias, se hizo sentir en Cuba, como también llegó la del francés Alejandro Dumas, padre. Tan fuerte llegó a ser esa empuje que en la isla una figura tan notable en nuestra cultura como la de Domingo del Monte (1804-1853) escribió un valioso ensayo titulado «Novela histórica» —ha aparecido también con el de «Sobre la novela histórica»— , publicado en 1832 en la Revista Bimestre Cubana, donde se extiende en consideraciones sobre esta variante narrativa, como también lo hizo José María Heredia, ese mismo año, en la tercera parte de su célebre «Ensayo sobre la novela», aparecido en su revista, editada en México, La Miscelánea. Hubo entonces en la narrativa hispanoamericana una verdadera eclosión de obras de este corte. En Cuba, en los primeros decenios del xix, autores como Ramón de Palma (1812-1860) enfocaron en obras como «Matanzas y Yumurí»  elementos legendarios e históricos, en tanto que otros se atuvieron más a este último, como Gertrudis Gómez de Avellaneda con Espatolino (1844) y Guatimozín (1846).  A finales de dicho siglo aparecen otras novelas históricas como Frasquito (1894), de José de Armas y Céspedes (1834-1900), entre otros títulos. A comienzos del xx narradores como Emilio Bacardí (1844-1922), Raimundo Cabrera (1852-1923) y Luis Rodríguez Embil (1879-1954) se inclinaron en sus respectivas producciones a esta vertiente, y es en ese marco donde se ubican las tradiciones de Álvaro de la Iglesia. En tanto, las debidas a Ricardo Palma circularon por toda la América hispana —a pesar del criterio, bastante extendido, de que eran «la falsificación agridulce de la historia»—, y provocaron la eclosión de una serie de obras similares que imitaban de un modo u otro a las del peruano.

La primera serie publicada por De la Iglesia apareció con el título Tradiciones cubanas, relatos y retratos históricos, con prólogo de Jesús Castellanos. La segunda  y la tercera  las subtituló, respectivamente, Cuadros viejos y Cosas de antaño. En ellas reunió casi doscientos episodios y relatos de corta extensión que se apegan al espíritu de los de Ricardo Palma aparecidos varios años antes, lo cual hizo a Salvador Bueno afirmar que «se  produjo un brote tardío de esta tendencia o corriente narrativa en la literatura cubana». Los relatos de carácter histórico que forman el primer volumen son suficientes para insertar a su autor en nuestro proceso literario. Jesús Castellanos apuntaba en su introducción que la inexistencia en Cuba de una literatura del tipo de la propuesta por Álvaro de la Iglesia «responde en no poca parte a un hecho simple y doloroso: la ignorancia general de la historia patria [y] respondía al bien calculado sistema colonial de embrutecimiento a que, inclusive la generación que hoy gobierna (1911) estuvieron sometidos los cubanos». Apuntaba también el autor de La conjura: «La tradición, desde el punto de vista literario, es la espuma de la historia, lo que hay en ella de menos importancia y de más pintoresco y menudo [...] tendencia que guarda el secreto de la fisonomía local de una época. Es la historia vista por una ventana familiar, la historia que se conserva en los viejos arcones de los abuelos».

Con este conjunto de textos, a horcajadas entre lo histórico y lo literario, se recorren varios siglos del proceso histórico nacional: desde la etapa de la conquista hasta el fin de la colonización española. Son eminentemente urbanos, aún más, se desarrollan generalmente en La Habana. Valiéndose de su buen hacer periodístico utiliza diversos modos de acercamiento a los hechos que pretende narrar. Así, «entrevista» a «Un cañón que nunca hizo fuego» emplazado en La Punta:

— No se fíe usted ni se burle —repuso el viejo cañón  con aire mal humorado— aun no he perdido la esperanza de tronar... lo presiento... me lo dice el corazón... Eso sí, no será por obra de ningún artillero.
— ¿Pues cómo?
— Cuando caiga un rayo sobre mí, desalojando la carga que llevo en las entrañas... Entonces será el acabose.

En otros están presentes los amores, los celos y las consecuentes venganzas, como en los titulados «La dama de los lunares» y «La viuda alegre de Refugio». En el titulado «El mayor monstruo, los celos» aborda la relación, por lo general polar, entre amo y esclavo, sobre todo cuando estaba en disputa una mujer esclava. Pasando de tema en tema, nos relata cómo se preparó y se efectuó el vuelo del célebre piloto portugués Matías Pérez, ya aplatanado en la isla, donde había constituido familia, pero antes, alude a los intentos anteriores habidos en Cuba por volar en un globo. Relata que el 12 de junio de 1856 el pueblo habanero se agolpó en el Campo de Marte —en las inmediaciones de donde se encuentra hoy el Capitolio Nacional— para presenciar la ascensión del hombre que daría lugar a uno de los refranes más famosos y repetidos de Cuba, aún en la actualidad: «Voló como Matías Pérez». Dice De la Iglesia que el personaje «era conocido por el rey de los toldistas, a causa de su habilidad en esa industria. Hizo también su globo y, lleno de valentía, no engañó al público anunciando ascensiones sin realizarlas con el achaque del viento reinante. Dicho y hecho subió y fue a descender en los filtros del husillo. Unos días después, el 28 de junio volvió a ascender en su globo la Villa de París y tan completa, tan magna y tan sobresaliente fue si ascensión que... aún estamos esperando su regreso. Eso se llama subir y lo demás son cuentos. Consta que se hizo una minuciosa investigación por mar y tierra para dar con el audaz aeronauta o con su cadáver; pero todas las diligencias resultaron infructuosas. Años después, cuéntase que en unos cayos próximos fueron hallados restos de un globo. ¿Sería el Villa de Paría? ¡Quién lo sabe! Del intrépido aeronauta no ha quedado entre nosotros más que un desvanecido recuerdo y el dicho familiar y ya tradicional refiriéndose al que hace mutis: voló como Matías Pérez».

En muchos de estos relatos se puede apreciar la cubanía del autor, el tema de la lucha contra España, como en el titulado «El mambisito era de ley». Otros aluden a la corrupción imperante en la etapa colonial, donde no pocos capitanes generales quedan muy mal parados, como Francisco Dionisio Vives, que mal gobernó la isla entre 1823 y 1832, y gracias al cual se acuñó la reveladora frase que expresa: «si vives como Vives, vivirás como Vives». A veces su narración se queda en el cuadro histórico y el autor no logra impregnarle agilidad y gracias, como en las tituladas «El descubrimiento de Cuba» o «Los pueblos autónomos de Cuba en el siglo xviii».

Así, fijando su atención en diferentes momentos históricos de La Habana, excepto los acontecidos durante los años de vida republicana vividos por el autor, Álvaro de la Iglesia hilvana sus anécdotas matizadas siempre de particular gracejo. Como afirma Salvador Bueno en su prólogo a las Tradiciones completas, «posee méritos suficientes para convertirse en una figura relevante en la narrativa breve de las primeras décadas de nuestro siglo».

«A Iglesia—dice el también periodista Tomás Montero— le seducían los problemas sociales y se mostraba partidario siempre de las clases más pobres y humildes, en favor de las cuales libró más de una campaña contribuyendo mucho su labor a la popularidad del periódico [El Mundo]. Vivía consagrado a su hogar, donde una prole numerosa, constituía la mayor de sus preocupaciones diarias. Había cursado la carrera de Leyes, pero no se graduó nunca de abogado».

Falleció en La Habana el día 24 de abril de 1928. Murió en la pobreza y casi ciego. El propio Montero lo evoca así:

Una tarde, pocos días antes de rendir la jornada de la vida, lo fui a visitar. Ya no podía escribir: dictaba a una de sus hijas, y así continuaba produciendo. Logré distraerlo un poco, hablándole de sus libros y de su fecunda labor periodística durante treinta o más años. Cuando me despedí de él, estrechó mis manos con las suyas, flacas y flácidas, sin querer desprenderse de la amigable presión: me pidió que lo visitara de nuevo. Algunos días después me informaron de su muerte.

Con sus Tradiciones cubanas, Álvaro de la Iglesia se ganó, por derecho propio, un espacio en la historia literaria de Cuba y su nombre no puede ni debe permanecer en el olvido.

 
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