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Carta a Almudena Grandes, por su cálido corazón

Laidi Fernández de Juan, 31 de agosto de 2012

Almudena GrandesAunque no he tenido el gusto de conocerla personalmente, fui tocada por la gracia de la petición que me hiciera la Editorial Arte y Literatura, para presentar, en el Sábado del Libro, su novela El corazón helado, editada por el Instituto Cubano del Libro.

Era perfecta la ocasión para que Ud. nos visitara, y constatara, una vez más, cuántos seguidores y seguidoras tiene su obra en la Isla; pero no lo quiso asi el  destino —como dicen los boleros—, asi que nos quedamos prestos para otra oportunidad. 

La Calle de madera, nombre que recibe la hermosa entrada al Palacio de los Capitanes Generales (donde vivían, como su nombre indica, los jefes peninsulares que la Corona designaba como mandatarios en Cuba), sitio de los lanzamientos sabatinos, estuvo repleta de lectores y lectoras el 14 de julio de este año 2012, algunos de los cuales eran descendientes de españoles, como es frecuente en Cuba.

Muchas de esas personas preguntaron por su novela anterior, publicada en Cuba por la misma editorial: Malena es un nombre de tango; tan bien acogida entre nosotros y de la cual, ni en la más recóndita de las librerías del país queda un ejemplar disponible.

Le escribo esta breve carta no solo porque debo dejar constancia de mis palabras en la columna A manera de cartas, de Cubaliteraria, sino por mi necesidad de entablar una especie de diálogo sordo —no ya desde el punto de vista del contexto histórico en el cual se desarrollan los acontecimientos de su monumental novela, cosa que ya hice en la presentación—, también dejarle saber mis impresiones a Ud., creadora de tramas líricas donde el amor, el odio, la venganza y el respeto por los ancestros se entremezclan casi melódicamente.

Celebro su probada destreza para enlazar una historia con la siguiente sin dejar ninguna arista fuera de lugar, nada es forzado en la urdimbre donde se debaten sentimientos contradictorios. Curiosamente, Ud. reserva el uso de la primera persona para la voz de un hombre: el más digno de la familia Carrión Otero, contrario a lo que se espera cuando es una mujer quien escribe. Me parece osado y muy bien resuelto. Es absolutamente verosímil el trazado psicológico de Álvaro Carrión, asi como su deslumbramiento ante Raquel, la misteriosa dama que cambia el rumbo de muchas personas.

La figura de la mujer aparece en varias modalidades desde el punto de vista de la construcción de los personajes: la madre Angélica, subyugada y, al cabo, cómplice de las truculencias de su marido; la simpática Mae, desplazada a pesar de su carisma; la abuela Anita —deliciosa en su papel de mediadora— y, sobre todo, Teresa González Puerto, quien, al estilo de la Rebeca de Daphne Du Murier, es un espectro viviente e imprescindible en todo el transcurso de la novela.

A medida que avanzamos en la lectura, los hombres (el fraudulento Julio Carrión, el pasional Ignacio Fernández, los hermanos Julio y Rafa Carrión Otero) languidecen, para dejar paso al protagonismo rotundo de Raquel Fernández Perea y de la desaparecida, pero fundamental, Teresa, dibujada con un inconformismo a ultranza: “por mucho que se supiera de memoria la lección de los indeseables vestigios del tradicionalismo reaccionario y clerical que anidan en el subconsciente femenino como pájaros traidores a los que hay que eliminar a toda costa, se sentía más cómoda fuera de casa que dentro”.

La excepción es el rebelde y atípico Álvaro, el único de la familia que: votaba a la izquierda, no trabajaba en la empresa paterna y no era rubio blanquísimo; quien se deja guiar por sus sentimientos amorosos (ya le dijo Che Guevara a Carlos Quijano, director del periódico uruguayo Marcha: "Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el verdadero revolucionario está guiado por grandes sentimientos de amor") y es el encargado de descorrer los velos tras los cuales se ocultaban las miserias morales que permitieron la construcción del imperio financiero de su familia.

A pesar de su inequívoca identidad masculina, este hombre adopta ciertas actitudes que remedan a las mujeres, lo cual, lejos de hacernos dudar de su impecable perfil como personaje, incrementa la complejidad de su conducta. Intentaré explicarme: su curiosidad —endilgada tradicionalmente a la mujer—, le impide pasar por alto la visión, casi fantasmal, que presenció en el entierro de su padre. Solo eso lo condujo a la urgencia de llegar al fondo de un asunto, que nadie podía sospechar cuán alcance tendría. En esos  momentos, su matrimonio funcionaba sin ningún obstáculo, así que no podemos atribuir infelicidad, u otros requerimientos, a la búsqueda que entabla. 

Por otra parte, el lazo afectivo que lo ata a su hijo tiene visos maternales según el canon histórico. No tiene una hija, hecho que encontraría una explicación freudiana, sino un varón, a quien describe a la manera de una madre: la piel del niño, su olor, la suavidad de su cuerpo, la ternura de su mirada, tal como haría (y hacemos) las mujeres con nuestros descendientes. 

Aunque este detalle pueda resultar insignificante, me llamó mucho la atención, tal vez porque escribo desde la perspectiva de una madre de varones, acostumbrada a los vínculos establecidos desde siempre entre padres e hijas, madre e hijos, los roles paternos y los maternos. Insisto en que se trata de una observación posiblemente  carente de importancia, pero que aumentó mi empatía hacia este personaje, de cierta forma, sentí identificación con él.

Raquel Fernández Perea, inicialmente portadora de una comprensible sed de venganza, nos recuerda el pensamiento de la escritora norteamericana Bárbara Kingsolver: “Hay un amplio y movedizo terreno entre lo que es justo y la justicia”;  ella está decidida a llevar a cabo una estrategia que compartimos gustosamente a medida que vamos conociendo sus ardides. Como lectores y lectoras nos convertimos en sus aliados y aliadas, hasta que sucede el percance que trueca el destino de Álvaro. No quiero contar la novela, en aras de que el público sienta motivación por la lectura, pero es tal mi entusiasmo, que temo haber adelantado ya demasiados detalles.

Para despedirme, solo me queda señalar que le agradezco profundamente no solo el placer de la lectura de esta novela, cuyos méritos ya he señalado, sino el hecho de permitirnos una visión más íntegra de su España, que es también nuestra. Sin adornos, ni falsos retratos, con dureza y hasta con cierta amargura, nos muestra Ud. un auténtico país, que sentimos tan cercano como el idioma que, una vez impuesto, nos pertenece. Se necesita mucho valor para hacer público el oscuro pasado de nuestras historias, para contar qué puede helarnos el corazón, para denunciar abiertamente las malignidades insepultas en los pantanos de ayer, pero es ese el único camino para intentar la construcción de un mañana mejor.

Por todas sus virtudes, le felicito.

Laidi Fernández de Juan, agosto de 2012.

Foto tomada de Educastur

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