Yuan Pei Fu de Regino Pedroso
Hay varios poemas antológicos dentro de unos de los libros de poemas más notables del siglo XX cubano: El ciruelo de Yuan Pei Fu (1955), en el que Regino Pedroso (1896-1983) hizo un aporte de novedad temática y de calidad formal del versolibrismo. A veces podría pensarse que esta obra se deriva de los remanentes modernistas, aun sobrevivientes en la poesía de la primera mitad del siglo, pero en verdad Pedroso logró un libro de identidad más que de exotismo, debido a su cruce de sangres europeas, africanas y asiáticas. Él subrayó aquí la sabiduría china, el complejo de pensamiento y lirismo que nos recuerda vagamente algún momento del modernista colombiano Guillermo Valencia, con su formidable cetrería asiática de Catay (1924).
Toda vez que releo El ciruelo..., me detengo en un poema que me parece central no solo del interés expresivo del autor en todo el libro, sino de esa mezcla de sangres, sentido mestizo con inclinación preferente hacia la sabiduría. Se trata de «Yuan Pei Fu despide a su discípulo» No creo que nos enfrentemos a un texto de «filosofía en versos», porque lo que prima no es un mero ideario, sino un tono de consejo-despedida de matices líricos, y cuyas ganancias expresivas de las vanguardias (por ejemplo el cuidadoso empleo de las metáforas), cuajan en un poema de ideas, que no es lo mismo que un tratado de filosofía.
¿Poesía intelectiva? Creo que todo El ciruelo de Yuan Pei Fu... lo es. Aunque hallemos emociones y sensorialidad a veces a raudales, este es un libro bien pensado para ser leído con fino pensamiento, con cuidado intelectivo. Lo mismo se aplica al poema en particular.
Dos interpretaciones pueden ser admisibles para «Yuan Pei Fu despide a su discípulo»: o el maestro está a punto de morir, o el discípulo se libera de sus enseñanzas y parte al mundo como un nuevo maestro. La segunda es posible, debido a que en un momento el maestro dice: «Mas si acaso ese día / no respondo, discípulo, a tu dulce llamado, / es que el sueño infinito llegó sobre mis párpados…», de modo que en verdad el maestro está echando a su alumno como un barco a alta mar, como un ave que parte del nido, como a un hijo que se atesora en la infancia y se ve partir hacia rumbos diferentes, debido a lo que llamamos «destino», o «karma».
El motivo, a veces leit motiv, de la pipa, va dibujando el poema y le concede su mejor sentido lírico. Es la pipa que desde su infancia el discípulo ha encendido para su maestro, ella tiene el carácter emotivo central del texto, porque las emociones en torno a esta despedida se aglutinan por tal motivo lírico. Así comienza el poema: «!Oh discípulo / por vez postrera alcánzame la pipa!» La despedida implica un lamento inevitable, aunque sutil y conforme, según se advertirá en el discurso poético sucesivo. Tenderíamos a pensar que Pedroso ha elegido aquí la elegía, pero el asunto se desarrolla en un presente instantáneo, no alude a lo perdido, sino es de hecho un adiós, no un poema elegíaco de pérdida. La introducción al poema, el epígrafe citado al comienzo y atribuido a «De los diálogos de Lun Yu», ayuda en el asunto central: la despedida: «Cuando un pájaro está a punto de morir, sus notas son tristes; cuando un hombre esta a punto de morir, sus palabras son buenas». El doble juego de la despedida del que parte y de la muerte, se sostienen con sutileza a lo largo del poema, aunque los versos antes citados de «Yuan Pei Fu despide a su discípulo» hagan hincapié en la simple partida…
El poema está construido sobre la base de un verso libre, claro que no rimado, en el que sin embargo predominan ritmos versales semilibres: de seis, siete, once, doce y catorce sílabas… Ese juego formal se parece a veces al de la silva libre, pero Pedroso elige además la división en pretendidas estrofas que no tienen números fijos de versos, sino que se agrupan ellos por su intención comunicativa. Una estructuración tal le dona una musicalidad al conjunto lectivo no tan típica de las vanguardias, pero alejada del interés rítmico versal modernista. El poema pudo adoptar el tono conversacional, pero en verdad el maestro no conversa, monologa, dice su despedida. El discípulo, callado, debe hacerle llegar su pipa, alimentada con el fuego que por años ha propiciado a su maestro. Devoción silenciosa y palabra sabia se aúnan en algo que fue desapareciendo cada vez más gradualmente en el siglo XX occidental: la relación venerable entre el anciano sabio y el joven aprendiz que va alcanzando grados de maestría.
La bella relación maestro-discípulo se sostiene por la delicadeza con la que el anciano pide exactamente qué pipa es la que desea, entre varias posibles, y que el alumno debe conocer de manera efectiva: «No la de jade; / aquella amarillenta de suave perfil viejo», «No la de plata; / aquella, la que guarda color y olor de tierra». En los dos casos, pentasílabo y alejandrino casi dulcifican el pedido al nivel de ruego. Esa pipa que él quiere, los está interrelacionado: es «la que vio florecer cien veces mi ciruelo […] la que te vio crecer como un arbusto tierno». De inmediato, como el maestro ha abierto la senda de la intimidad, recuerda la infancia del discípulo y la anota como un curso feliz: «Todo cantar te hacía». El poema se eleva en una exclamación de alegría que al ser evocada, alegra la despedida.
Ya definida la pipa deseada, el maestro pasa de la emoción a la sensorialidad: «Deja ahora, hijo mío, que acaricie tu frente», y de ella a la reflexión: «mas tu fruto de vida es todavía amargo: / porque el fruto más dulce no ha de ser árbol joven / sino aquel que rugoso ya ha florecido en años». En muy pocos versos, Pedroso reúne las tres aprehensiones esenciales de la poesía: la emotiva, la sensorial y la intelectiva. El lector debe reconocer cuánto de maestro hay en Pedroso, cuánto de sabiduría logra ejercer en su poema.
Sigue con un carpe diem:
goza del sol, del mar, del aire y de la tierra:
ámalo todo y nada odies, nada te asombre,
que en toda dicha hay pena…
que en toda risa hay lágrimas,
y en todo lo creado, junto a la gris arcilla
hay también lo divino.
Ni siquiera se ha alcanzado la mitad del poema y ya parecía concluido. Pero el maestro aprovecha el adiós para ofrecer lección, la lección postrera, no solo es «por la vez última» que el alumno alimenta la pipa, sino que escucha las palabras de cierre de «curso», de fin de la enseñanza, las que lo han de enfrentar brillantemente a la vida. Va más allá Yuan Pei Fu e imagina el regreso posible del discípulo, del que nunca sabremos el nombre: si regresa, quizás ya él ha muerto. Le da instrucciones precisas para su sepultura y le pide ausencia de llanto: «¡porque en todo estaré despierto eternamente; / porque todo aun lo amo!» Y luego, el maestro se desdobla en ser humano tierno: «Ah, discípulo amado, humano he sido. / Más que otro mortal, hijo mío, a mí ámame». No le pide amor sagrado o de idealización divinizadora: «como humano supe de virtud y pecado». Al final, el poema vuelve a la ternura del padre más que del maestro austero: «En tu memoria guárdame», y culmina: «anda, anda ya, hijo mío. / Levanta, vive, sueña, niega, afirma, destruye.» No puede ser más elocuente la invitación a vivir plenitudes, a despertar al mundo, a hacerse la promesa que en él hay escondida. Casi diría: cumple tu karma, pero al final solo expresa: «Oh discípulo, baja ya esa esterilla, y parte…! Así el poema culmina en una orden, en un augurio, en un mandato de existencia.
Siento por este poema un amor muy especial. El ciruelo de Yuan Pei Fu es un libro de esos preciosos, de esos no tan abundantes de la poesía de la Isla de Cuba. Debemos a Pedroso esa joya esmerada. «Yuan Pei Fu despide a su discípulo» es dentro de la filigrana del libro, una suerte de coronación, un momento triunfal de gran poesía, de alta, dulce, simple, humilde y a la vez radiante poesía que contempla la vida terrena, la espiritualidad humana, el reto y la promesa.
