Apariencias |
  en  
Hoy es domingo, 24 de noviembre de 2019; 11:27 AM | Actualizado: 22 de noviembre de 2019
<< Regresar al Boletín
No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 7 No 8 No 9 No 5 No 6 No 4 No 3 No 1 No 2
Página

Las claras intenciones de Lidia Soca

Alberto Marrero, 29 de agosto de 2012

Lidia Soca (La Habana, 1986) es una joven escritora que, a diferencia del personaje del cuento que publicamos hoy en Fabulaciones, asciende constantemente en el ejercicio de la literatura. Concienzuda lectora, trabajadora perseverante, escribe y reescribe historias conmovedoras, a veces terribles, de una morbosidad francamente atractiva, que develan aristas de la conducta humana, de sus aciertos y desaciertos, búsquedas, ambiciones, egoísmos y fracasos.

Tras analizar el cuento «Segundas intenciones», uno percibe la angustia de vivir entrampado, alcanzado por un pasado que regresa, sitiado por errores que retornan y toman cuerpo en medio de una realidad que achica, empequeñece, a un personaje que sueña con acordes musicales mientras escucha el vocerío de la cotidianidad, el chillido de la olla de presión y el gorgoteo del agua en el lavadero. Inteligente mezcla de lo real y lo sobrenatural, sin miedo a la imagen descarnada, ni a la expresión de altos quilates.

Como he leído otros cuentos de la joven autora, puedo vislumbrar sus intenciones de forjar otra realidad a partir de los chispazos desprendidos del continuo martilleo de la vida real. Labor fatigosa que requiere de una fuerza de espíritu semejante a la fuerza bruta del herrero medieval y, también, a la paciencia refinada de un relojero.

A lo mejor, alguien espera ver solamente publicados en esta sección a escritores «consagrados» —término discutible y al que muchos, de los entran técnicamente en esta categoría, rechazan—. Sin embargo, yo apuesto por los que comienzan como una forma de medir el empuje de los de atrás, porque, parafraseando a Salvador Redonet y su conocida antología Los últimos serán los primeros, quizás un día sean los primeros.             

Alberto Marrero

 


Segundas intenciones

Lidia Soca

Ahora sé que me reduzco. Ya no tengo dudas. Hace varios días dejé atrás el estupor y reconocí que me estoy encogiendo. Bueno, tal vez no sea tan rápido como supuse al principio. El miedo siempre magnifica las cosas y, en mi caso, era justificado, como suelen ser todos los miedos. Debió haber comenzado aquel día en el portal de la china.

—¿Ella?, a esta hora es difícil que la cojas despierta. Imagínate, es artista y vive en su mundo. Dicen que ha tocado hasta en la sinfónica.

—Así que la sinfónica, pues entonces dile que me pague los dos pomos de la semana pasada, se meta en su mundo a tiempo completo con orquesta y todo, y no salga más a joderme el mío. Paso mañana.

Recorrí algunas cuadras sin vocear. Creo que en el algún momento llegué a perder la noción de por qué estaba allí, atascada en aquel presente, con los dedos acalambrados y el escozor de las cortaduras del nylon con nueve litros de yogurt,  tan lejos del futuro que todos me prometieron. Una vez más me vi levantando las mismas catedrales que tanto le habían costado a mi espíritu. También estaba ella, una musa sobreviviente llena de culpas, que ni siquiera tenía un mundo donde cobijarme. Siempre ahí, urdiendo melodías entre discusiones por pagos atrasados, escondiéndome de los inspectores o calculando ganancias ínfimas. Guerrillera astuta, sabía cómo evadir la trivialidad de esos barrios donde mejor se vende y peor se vive, sin dejarme contaminar por las vulgaridades lanzadas desde el hacinamiento o la desesperanza. Notas que luego yo intentaría atrapar en un pentagrama, de seis a nueve, entre el pitido de la olla de presión y el gorgojeo del agua en el lavadero.

A las dos menos cuarto me dejé caer en un banco de un parque con nombre de héroe. Quizás en ese momento debí darme cuenta que mis manos se habían vuelto un poco más pequeñas. Sin saber cómo terminé calculando cuánto me faltaban para comprar el piano. Era lo menos que podía hacer para honrar mi recuerdo. Como esos que indemnizan con una lápida el sufrimiento de toda una vida. Bueno, tampoco estaba todo perdido aquella mañana, antes de encogerme, quiero decir. Puede que Perucho me dejara el yogurt a menos si... No, las matemáticas nunca han sido mi fuerte. Digo, porque una mujer que lleva dieciocho años acostándose con un tipo para que le ponga su música, aunque sea a un spot de la tuberculosis, tiene que ser horrible en la cama. Así que es mejor no aplicar esta estrategia a mi proveedor, porque se puede sobrevivir sin ver tu nombre en los créditos finales pero no sin todo lo demás.

 A esta hora Fabián ya debería estar esperando la guagua para venir a mi casa como cada lunes, a hacer un sexo sin ganas y atiborrarme de mentiras. Hay hombres que patológicamente necesitan desahogar sus mentiras y, cuando no pueden escribirlas, pintarlas o cifrarlas en un pentagrama, se buscan una querida. Las queridas lo aguantan todo. Y nadie más conveniente para reescribir mi historia que el coautor de mi fracaso. Vas a llegar lejos, Lupita, decían a la niña virtuosa que a los seis años ya tocaba tres instrumentos. Yo agradecía con una sonrisa mientras aprendía a mirar por encima del hombro. Tal vez fue esa misma soberbia lo que llamó su atención. Quién sabe, hay tantas razones para que un profesor de solfeo seduzca (o se deje seducir) a su alumna de diecisiete años. Ojalá hubiese empezado a encogerme allí mismo. Me habría evitado la vergüenza de la expulsión del conservatorio, el expediente manchado hasta mis futuras generaciones y aquella otra cosa que se revolvía en mi vientre. Menos mal que no se volvió definitivo. Ser madre era algo tan raro en mí que terminé abortando. A los pocos días recibí una nota del supuesto padre de la supuesta criatura: Well done girl. Good luck. Desconcertada, apenas pude distinguir qué parte era más incomprensible, si el bien hecho chica o buena suerte, ni por qué carajo lo había escrito en inglés. Guardé el papel, hasta que volví a verlo.

Me descubrió inclinada, exprimiendo una frazada de piso en mi segundo día como trapeóloga. Como en mis días de estudiante, se demoró mirándome el trasero con una sonrisita perversa. Y una vez más terminamos encima de un escritorio. Después de su renuncia obligada como profesor del Conservatorio, devino en productor musical gracias a la ayuda de colegas, entre ellos antiguos alumnos ya convertidos en músicos de renombre.  Pensé en las numerosas partituras que le había entregado durante años en busca de un espacio, de un modesto espacio donde cupieran mis acordes,  que ni siquiera sabía si eran una traducción genuina de lo que bullía en mi cabeza.

El lunes siguiente llegó a misma hora, y así mi vida se fue haciendo un lunes tras otro, con sexo desabrido y el galopar implacable de la espera.

Ya no me quedaban dudas. Todo mi brazo se encogía bajo el framboyán del parque, y hasta tuve que pasar descalza frente al héroe porque los zapatos se me salían. Fabián fue la prueba definitiva. Sus abrazos me quedaban inmensos, las caricias se me salían del cuerpo y sus labios abarcaban toda mi cara. Afortunadamente esta era la parte a la que no prestaba mucha atención. En cambio se esforzó como siempre en su repertorio de mentiras.

—¿Qué hay de mis composiciones?- lo pregunté de pronto.

—Bueno, Lupe, tú sabes, hay que pasarles la mano.

—Llevas dieciocho años pasándole la mano. Ni que fuera una sinfonía.

Al otro día el colchón se transformó en una planicie que tardé siglos en recorrer. Intenté levantar tres pomos de yogurt que se me quedaron del día anterior. Nada. Con dificultad trepé a una silla para chequear el reloj. El maldito aparato tenía siete horas de adelanto. Me quedé un rato esperando que la mañana terminara de acomodarse. De acuerdo con el destiempo que marcaba el aparato, a las dos y cuarto el cartero me deslizó por debajo de la puerta el periódico. Miré la fecha y era del lunes ¿Otra vez lunes? Imposible. Recién ayer Fabián estuvo aquí...

Abrí el diario. No sólo era definitivamente lunes. Un lunes inmediato, ni siquiera cercano, sino siete meses después del último que viví. Tal vez fuera un error de imprenta. Eso mismo, una equivocación perpetuada, no importa. Cualquier cosa puede ocurrir cuando te despiertas con veinte pulgadas de menos. Encendí la computadora. Podría olvidarme incluso de vivir, pero jamás de marcar mi menstruación en el almanaque. Era como una especie de tradición familiar. La única que conservé, tal vez como otra forma de corroborar mi infertilidad tras aquel aborto. Siempre fui una mujer de evidencias, y la que tenía ante mí no me permitió continuar dudando. Hacía siete meses nadie actualizaba el archivo, que inexorablemente coincidía con los diarios. Al menos me quedaba la certeza (o esperanza) de fuera en realidad lunes. Entonces Fabián debía aparecer de un momento a otro. Si existía algo mucho más estable que el tiempo, ese era Fabián. Lo esperé toda una tarde, la noche, mañana y luego de recibir el periódico de otro lunes, me decidí a salir. Su casa estaba más lejos de lo que supuse. Mis nudillos golpearon al fin la madera y la hoja giró en solitario.

Dos, tres pasos en la oscuridad y sentí hundirme en una sustancia viscosa. Me estiré cuanto pude para alcanzar el interruptor junto a la puerta. No me moví. Aquella escena me devolvió el tan conocido sabor del arrepentimiento, el deseo de que el tiempo retrocediera. Pero no. En lugar de eso me había impactado a siete meses de mi realidad, contra un cadáver que se pudría en medio de un charco de sangre.

Todo lo lejos que pudo llegar la talentosa Lupita fue a embarrarse las manos de fluidos corporales en un abrazo que nunca precisó, agarrar el cuchillo reemplazando las huellas del criminal e involucrarse en un crimen que tampoco necesitaba. Siempre creemos que los otros nos joden la vida de mil maneras; pero lo cierto es que somos nosotros mismos quienes lo hacemos utilizando a los demás como meras herramientas. Eso había sido Fabián, incluso después de muerto. Cómo explicar, qué decir de la “perjudicada”, quién creería en la inocencia de un bonsái humano embarrado de sangre hasta las raíces.

Sin embargo, no estaba sola. Alguien más retomaba el cuchillo, miraba el cuerpo con ojos satisfechos y me ignoraba. Una chica que no había notado hasta ese momento, pero por su apariencia parecía haber llegado hace mucho. Estudié su rostro. Más allá de la rabia, había en él algo que vagamente fusionaba los rasgos de Fabián con los míos. Como si estos veintitrés y estériles años de pronto fecundaran su existencia. Después de todo, los hijos hacen ese tipo de cosas. Vuelven del pasado, presente o incluso del limbo donde los dejamos cuando decidimos no traerlos a este mundo. Si de veras estaban predestinados a existir, siempre aparecen sin importar nuestras intenciones, tienen las suyas. Así tengan que reducir a sus madres. O puede que no. Y nos toque a las madres irnos para reservarles un sitio en la vida, donde siempre es tan difícil hallar un espacio. Qué importa ya, aquí estoy yo: minúscula e insignificante, como siempre fui. Del otro lado está ella: inmensa, real, y entre nosotras, la muerte.

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
Enlaces relacionados
Reforma constitucional
Decreto No. 349
Editorial Letras Cubanas
Editoriales nacionales
Editorial Capitán San Luis
 
Página
<< Regresar al Boletín Resource id #37
No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 10 No 7 No 8 No 9 No 5 No 6 No 4 No 3 No 1 No 2