Tristes paradojas
La Editorial Letras Cubanas publicó, en el año 2005, un libro de cuentos titulado País que no era, del poeta, narrador y crítico Antonio Armenteros, (La Habana, 1963). Por aquel entonces, dicha publicación suscitó alguna que otra reseña en revistas literarias y espacios digitales del país. Todas alababan a un libro orgánico que tenía como hilo conductor, historias de estudiantes cubanos en Moscú: ora hilarantes, ora de una crudeza y dramatismo singulares, en algunos momentos.
Hemos querido, a pesar del tiempo transcurrido, traer a Fabulaciones un cuento de este cuaderno, porque quizás muchos de nuestros lectores no alcanzaron a leerlo, o tal vez lo han olvidado. Se trata de Varsovia: el retorno de los mirlos, una historia que se desarrolla en la convulsa etapa de la caída del otrora llamado campo socialista de Europa del Este. Hoy sabemos cuán traumática resultó aquella experiencia y la repercusión individual y colectiva que acarrearon esos cambios, no solo para los países integrantes, sino también para Cuba.
El texto, narrado osadamente desde la segunda persona, cuenta el drama de Marcos, un estudiante que deserta de su carrera en Moscú y se marcha con una polaca a residir en Varsovia. Los que tuvimos la posibilidad de estudiar en la antigua Unión Soviética y en otros países del bloque socialista, conocemos de historias similares, dolorosas, no pocas alucinantes. El destino de un hombre a veces suele ser de una complejidad impredecible. Ciertos trances nos llevan a errores o simplemente a un estado de infelicidad no deseada. Cada cual es responsable de sus actos y, por ende, de sus consecuencias (la frase huele a lugar común, lo reconozco). No obstante, agregaría que las circunstancias y las frustraciones, en el orden social e individual, que nos atosigan, son, muchas veces, los resultados de tal o más cual decisión.
La prosa se enriquece con un resuello de poesía. Relato vivencial con asociaciones de un simbolismo iluminador: los mirlos y la ciudad, la salamandra e Ilsa, los pájaros que embellecen las plazas de una Varsovia crepuscular y bella.
En lo personal, tanto el cuento de marras como el libro en su totalidad, me producen el goce estético de la buena narración y también el regocijo de la evocación sentimental de un país que, para muchos de nosotros, fue revelación, utopía, amor, tristes paradojas y mucho más.
La obra de Tony —nombre de pila entre amigos y colegas— abarca varios títulos de poesía: Nastraienie (2000), La caída (2000), Los estados crepusculares (2002), Casa Quebec (2002) y La cortadura y el signo (2003). En el año 2008 le fue concedido el Premio de poesía de la Gaceta de Cuba.
Alberto Marrero
Varsovia: el retorno de los mirlos
Antonio Armenteros
Mientras viajas en un taxi hacia el aeropuerto en la periferia de Varsovia, contemplas con detenimiento el paisaje esquivo europeo: los suburbios confrontándose en su relatividad blanco-gris. Realizas en la cabeza falsas analogías con otras ciudades visitadas en los últimos tiempos. Es imposible atrapar el corazón, el sentir de esta ciudad en nueve días. Algo más de una semana y no habías podido admirar las orillas del Vístula. Inexpresivo fijas los ojos en esos pájaros que revoletean de un árbol a otro. La avenida casi desierta, apenas un sueño no atrapado en la felicidad. Un transeúnte lento, cauteloso en extremo, parece contar con todo el espacio del universo.
Automóviles veloces, silenciosos. En Varsovia, como en otras ciudades socialistas del Este, se veía el mundo desde la filosofía dela sospecha, o la decencia del callarse y no ver, o sentir nada en absoluto, como si lo ideal fuera crear introvertidos sociales:
—Son mirlos— me explica Ilsa, polaca, esposa actual de Marcos el explorador, mi amigo, mi compañero, el incorruptible del preuniversitario, pero cambiado.
Una trasformación de piel obligado por las circunstancias y no por los sentimientos, crees.
—Mi abuela contaba— continúa relatándote Ilsa en su ruso inexacto, casi escolar—, antes de las manifestaciones, las huelgas, las guerras y las intervenciones foráneas, que Varsovia era una ciudad llena de aves, comprensión y amor.
Te estudia y prosigue.
—Ahora al parecer retornaron los mirlos. No sé qué sucedió con las palomas de los parques y las plazas de antaño. Ambos sabíamos la respuesta: Les
faltó el amor.
Ni una sola vez en los días sucesivos has podido acercarte al Marcos de antes, aquel muchacho murió…Desde que le confesaste la noticia del nacimiento del hijo en Cuba con Ana —la muchacha del Pre, la novia que espera—,se desmoronó. Luego no quiso tratar el tema contigo. A veces lo escuchabas rumiando en español por los rincones de la casa, como una fiera enjaulada. En el fondo ambos sabían que dialogaba con el fantasma de Ana, le pedía perdón, y en lo profundo deseaba regresar. Necesitaba construirse una atmósfera vibrante que repercutiera en su interior y lo ayudara a sensibilizarse, familiarizarse con: ¡Ana y su hijo!
Recuerdas la primera vez que escribió a Moscú hablando de Ilsa, la polaca dulce, dominadora de siete idiomas, pero algo mayor. Al otro extremo de la balanza estaban Ana y Cuba, o Cuba y su hijo, que es el precio exigido por Ilsa y Varsovia. Ana no contaba ya, lo sabían, pues Ilsa es una especie de salamandra, emblema de la medieval y misteriosa Sarlat, pequeño dragón que vive en el fuego; es también —si el diccionario de la Real Academia no se
equivoca— un animal que se alimenta de fuego y que se sirve de él para cambiar de piel.
Al principio te sorprendió esa inesperada invitación para visitar Polonia. Decidiste excusarte y no aceptar la invitación, pero no solo eras tú, o Marcos, o Ilsa, o Ana, o Cuba, era sobre las demás cosas el niño: Marquitos. Marcos nunca le explicó su relación con Ana a Ilsa o viceversa. Ana lo creía estudiando en Moscú y hacía más de un año que él se había marchado a Polonia con Ilsa. Ninguno de los dos intentó hablar. Mentir no es sólo decir lo que no es. También, y sobre todo significa, decir más de lo respecta al corazón humano, decir más de lo que se siente. Marcos quería huir de sí mismo, ser otro, pero nuestra época no tenía en cuanta lo que éramos y nos imponía sus gustos y deseos. Marcos movió los hombros en un marcado gesto de impotencia y desdén, señalando que resultaba inútil volver sobre el asunto. Giró con brusquedad en el centro del salón y dio unos pasos hasta el final del pasillo. Se viró y el rostro dibujaba una larga y extraña tristeza, oscura, como si fuera él quien se marchara. Alea jacta est. A lo lejos su figura se apoyaba en la pequeña salamandra, Ilsa, su báculo…A lo lejos lo viste secarse las lagrimas o lo imaginaste. Varsovia, la ciudad de la primavera, se había vaciado de sus risas, sus pájaros…última advertencia, el avión se va: ¡Adiós Marcos, Marco Polo, nuestro explorador!
En Moscú, sumergido en la absorbente tranquilidad de tu habitación, decides escribirle a Ana, con esta letra rara, las funestas noticias de Varsovia. El zloty, como las demás monedas del mundo, compraba y vendía impíamente las almas de los hombres.
Querida Ana:
Recién llegado de Varsovia y admirando allí los árboles, he visto revoletear por primera vez en mi vida a los mirlos…? ¿Cómo fue la despedida habanera de ustedes, Ana? Los que se aman y tienen que separarse pueden vivir en el dolor, pero eso no constituye la desesperación. ¿Qué es el amor? ¿Acaso intuyes que la muerte de una etapa, la fuga de una ilusión…?
Tomas un trago de vodka casi sin respirar, mientras una idea fiaj bailotea en tu mente:! Los mirlos? Comprendes que existen historia, relatos cuentos, anécdotas, explicaciones que es mejor ni comenzar. ¡ Los mirlos? Eso era Marcos en Varsovia, en las manos de la salamandra Ilsa, un ave que se domestica con facilidad y aprende a repetir sonidos— incluso el de la voz humana.
