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Para una geografía de Viajes de Miguel Luna (I)

Luis Álvarez Álvarez, 12 de septiembre de 2012

Viajes de Miguel Luna, la última novela de Abel Prieto, es un texto más que singular en el panorama narrativo de la isla. Vale la pena examinarla teniendo en cuenta su precedente, El vuelo del gato, porque entre ambos textos —tan disímiles en factura y estilo— se percibe a la vez una continuidad y una evolución. En dos palabras, la geografía por la que transita Miguel Luna tiene determinados vasos comunicantes subterráneos con la novela anterior. El vuelo del gato (1999), como indican los versos lezamianos colocados en calidad de epígrafe para toda la novela, se concentra en la hibridez del ser, en sus sucesivas transformaciones y, a la vez, en los extraños asideros de identidad a que se aferran, en ocasiones, las personas. La narración, que toma pie inicial en la adolescencia de un grupo de personajes, la Piña  —Marco Aurelio Escobedo, Godofredo Laferté, Angelito, el Chino, o el personaje innominado que ejecuta todo el argumento como una rara sinfonía de existencias cruzadas—, tanto como desplegar la construcción de unas vidas en décadas específicas posteriores al decisivo 1959, focaliza —con énfasis en los dos primeros personajes arriba referidos, denominados con afectuosa ironía Marco Aurelio, el  Pequeño y Freddy Mamoncillo— una serie de conflictos de existencia. Marco Aurelio, como el emperador romano, encarna una variante insular de estoicismo, de compromiso ético y entrega al deber; Freddy, como contrapartida, da rostro a un personaje tan complejo como el precedente: el triunfador, el que escala posiciones de relumbre social y de poder. Es, pues, un relato de líneas paralelas y a la vez entrecruzadas, trabajado, de manera explícitamente insinuada por el autor, como un friso greco-romano en toda su fragmentación anecdótica y su dinamismo agonal.

Esta novela, más que ninguno de los libros anteriores de Prieto —y como ocurrirá luego con mayor intensidad en Viajes de Miguel Luna—, pone de manifiesto un dominio de la norma lingüística cubana muy pocas veces logrado en la narrativa insular de las últimas décadas, tan vacilante en ocasiones entre “modelos” del boom y  el baby boom latinoamericanos, el best-seller euro-norteamericano, o un “realismo” que, de tan sucio, resulta desoladoramente inverosímil. En verdad, en años en que la narrativa parece concentrarse en la autofagia y la necesidad de destruirse a sí misma, ese conjunto de tendencias no es de extrañar como fenómeno cultural. El interés de Prieto por el lenguaje como sub-tema novelístico no se deriva solo de una destreza en la disposición lingüística, sino de su acompañamiento por reflexiones de una honda resonancia, matizadas por una ironía peculiar, más querenciosa —y humorística— que destructiva:

El apodo de Mamoncillo estaba adherido a Godofredo Laferté como una lapa, como una calcomanía, como la Bestia a la Bella. Quizás lo arrastraba desde su niñez en el barrio de Pogolotti, o quién sabe si desde antes, desde el limbo prenatal o desde alguna encarnación anterior. Hay nombretes así: o bien crecen desde lo hondo del organismo, viniendo de dentro hacia fuera, o bien caen (inapelables) de las alturas, hechos a la medida del rebautizado, sin que ningún mortal se atreve a reclamar su autoría.1

Es significativo en alto grado que El vuelo del gato contenga ya una serie de síntomas de lo que habría de ser Viajes de Miguel Luna. En uno de los momentos en que se profundiza de manera cabal en el personaje de Freddy Mamoncillo, el autor señala el tema del viaje como una cuestión ya no solo humana general, sino de peculiar resonancia en la sociedad cubana contemporánea:

La vista del Cementerio de Calabazar (la punta, digamos “tenebrosa” del Triángulo) le daba escalofríos a Mamoncillo: no toleraba la idea de la muerte, del tránsito hacia esa comarca ignota donde el viajero se queda y no regresa. El Hospital Psiquiátrico (la punta “enajenada”), con sus locos jugando pelota o podando los árboles o mirando desde la cerca el loco ajetreo de los cuerdos, despertaba su curiosidad e intentaba imaginar cómo se producía ese otro tipo de tránsito, el que lleva a los hombres a la comarca de la sinrazón y la inocencia, y cómo serían aquellos parajes alucinados, y en ocasiones se reía con una risa incompleta y nerviosa. El Aeropuerto (la punta “turística” que cierra el Triángulo), y sobre todo el área de vuelos internacionales, tocaba de un modo muy especial el Alma Razonable de Mamoncillo, con el toque fosforescente de las hadas madrinas: era el viaje hacia las comarcas del Adelanto y de las Cosas; “el viaje como culto a lo Ficticio”, diría Marco Aurelio.2

Ya en El vuelo del gato, el interés del viaje como fenómeno humano aparece con una voluntad reflexiva de alta estatura. Hay que recordar que, en la generación de Prieto, el tema del viaje halló también intensa emoción en el gran poeta Raúl Hernández Novás, quien comienza así su impactante poema “Hacia país inaccesible”:

Ya no basta la vieja biblioteca
visitada por los encantadores.
Un noviembre se filtra adonde mueven
hoscos duendes extraños torbellinos;
ya fracasa la luz; los ojos tiemblan,
la tierra tiembla, las espumas mueren
sobre aquel valle de las flores blancas
donde la luz es fúnebre y el ojo,
torvo, imagina barcos enlutados.
Ya no basta la vida, hay que viajar.3

El tema del viaje no es el único nexo sutil entre esa novela y Viajes de Miguel Luna. En efecto, la insistencia primordial de la primera obra sobre el pensamiento de Marco Aurelio, parece desaparecer en la segunda; pero no es así en absoluto. El protagonista de Viajes de Miguel Luna parece la encarnación misma —y, por tanto, el nexo profundo con El vuelo del gato— de un célebre poema de Marco Aurelio. La trayectoria de Miguel Luna resulta la concreción narrativa de ese texto lírico, que yo prefiero traducir del siguiente modo:

Alma diminuta, que vagas sin meta, inofensiva,
huésped y compañera del cuerpo,
que ahora partirás hacia lugares
descoloridos, rígidos, desnudos
y ya no, como solías, te divertirás jugando.

Y ese es el drama de Miguel Luna, mucho más profundo que la catarata de humorismo —que sobre él vierte su autor— puede desdibujar si se hace una lectura descuidada. Pues toda la novela gira alrededor del drama mismo de la creación, uno de los temas vetustos y mayores que se ha formulado la humanidad. Miguel Luna ama la literatura, trata de escribir, pero, más allá de algunos tanteos —incluso premiados— en su  juventud, nada más se le alcanza, como si le viniera a la medida aquella frase ingeniosa y terrible de Rainer Maria Rilke cuando decía que todos los hombres escribían poesía antes de los treinta años, y después solo lo hacían los poetas. Mikimún tiene ese interés fascinante: es un hombre mediocre situado en una peripecia novelesca. Desgarrado en sí mismo, su amor por la literatura no tiene la energía y lucidez necesarias para comprender que la creación no responde al tantas veces falso reconocimiento público, ni se consagra —como llegó a ser concebido en Cuba por tanto escritor de medio pelo— con un viaje al extranjero y la participación en unas ceremonias protocolares. Su desespero por triunfar lo anula, destruye su amor juvenil, lo aparta de su familia, le hace ignorar al hijo, lo arroja al alcoholismo: toda su energía se concentra en un reconocimiento que, para él como para tantos, tiene su más apreciada consagración no ya en la publicación de la obra, sino en un viaje. Es la confirmación, aunque en otro sentido, del verso transparente de Raúl Hernández Novás: la vida pierde valor, y el viaje, la otredad, se convierte en afán devorador. Se diría, examinando el devenir de la cultura cubana, que la necesidad de viajar y las a veces complejas consecuencias de la imposibilidad de hacerlo, han sido un sello inquietante de la literatura cubana: el propio Casal, que puede decirse que fue casi tan sedentario como Hernández Novás, hablaba de su necesidad de enfrentar otro mar, otro horizonte; por otra parte, la voluntad de anclaje insular de Lezama es más que conocida. La novela de Prieto lleva esa oscura vena de la literatura cubana hasta el paroxismo humorístico en una novela que, por lo mismo, es estremecedoramente dramática, a pesar —y quizás por esa misma razón— de su delicioso juego de ironías.

Otro obstáculo terrible de Miguel Luna en su afán de consagración artística, estriba en su modo de concebir el proceso de creación: pues quiere a toda costa imponerse unos modelos —la literatura viajera de todos los tiempos, esa búsqueda de alteridad que llega hasta el delicioso Viaje a la Luna, de Cyrano de Bergerac—, que a la larga devienen un patrón que impide el movimiento mismo de la vida. Pobre alma pequeña de Mikimún, encerrada en su cuerpo regordete y un poco ridículo: empujado por vocación a la literatura, el medio intelectual y una paupérrima visualización de la literatura derivada de este, termina en la frustración total. Es un anti-héroe, sí, y este es uno de los rasgos de certera peculiaridad de Viajes de Miguel Luna, pues hay muy pocos protagonistas de este tipo en la literatura latinoamericana —recuerdo, sin embargo, que algunos de esos pocos son prodigiosos, como el de La vida inútil de Pito Pérez, del mexicano Rubén Romero—, y en particular, suelen encontrarse difícilmente en la literatura cubana.

Notas

1 Abel Prieto: El vuelo del gato, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1999, p. 17.
2 Ibíd., p. 116.
3 Raúl Hernández Novás: “Hacia país inaccesible”, en Poesía,  Casa de las Américas, La Habana, 2007, p. 209.

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