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Café vienés. Una conversación sobre poesía con René Coyra

Teresa Fornaris, 14 de septiembre de 2012

Trataba de copiar con rapidez y corrección: De ProfundisLa balada de la cárcel de Reading… y otro cuyo título hubo de dictarme un par de veces, explicándome con naturalidad el motivo por el que no le entendía. Quería dejar todo muy claro, eran mis primeras coordinaciones para presentar, en la feria, los libros de las editoriales de la Asociación Hermanos Saíz.

Mi interlocutor tenía una larga historia como poeta, promotor, editor, coordinador y luz principal de muchos de los proyectos que distinguían el paso de los escritores jóvenes en el país. Era un personaje —que continúa.

Auténtico hasta la médula, hondo en sus amores —de profesión y carne—, René Coyra es uno de los poetas que trasciende, sin dudas, las letras nacionales. Así que el placer de esos primeros encuentros se colma por la posibilidad/intención de descubrirlo en sus propias palabras.

Años atrás, abriendo las plicas de lo que ha resultado uno de los concursos de mayor relevancia, leí apenas una línea. Mientras de otros sobres se extraían largas hojas que relacionaban números, fechas y toda suerte de nombres, este papel decía: René Coyra (1970) Poeta y editor. ¿Es esta tu mejor definición?

Sí, creo que esa es mi mejor definición.

Suponemos que todo acto de entrega es placentero. Sin embargo, en poesía, muchas veces ese placer de escribir se transmuta en algo doloroso y displicente, ¿crees que eso la distingue?

Quien se dedica a escribir debe poseer, al menos, una razón para hacerlo: debe disfrutarlo (sentirlo, si se quiere). La poesía es una creación del espíritu, no creo que pueda explicarse mucho el acto que la produce, porque puede estar motivado por muchas razones.

Ahora, no entiendo que ser poeta, escritor o artista te haga  superior a los otros, es una distinción, algo que hace al primero un ser diferenciado. Es un don si se prefiere ver así, pero puede ser llevado de diferentes maneras, incluso hasta como una carga, un fardo. 

En cuanto al poema, este no tiene que significar con precisión, quizás ese hecho realce a este género sobre el resto. El poema puede estar formado solo de algunas palabras, apenas un puñado, media línea, tan solo un verso. Gastón Baquero dijo: ¿Volveremos a decirnos adiós?, y ese es para mí  uno de los más bellos poemas escritos entre nosotros; me parece un texto lleno de significación, mas si miramos la sencillez con que  está escrito. Parte de lo previsible, pero lo trasciende, es el traspasado traspasa, de Lezama.

Tú me podrías decir, ¿pero hay cuentos de apenas unas líneas?, y yo insistiría en que tienen que significar algo, haría falta que la anécdota esté presente o, al menos, lo que llamamos el suceso, y ello es lo que distingue al poema: el misterio, su posibilidad de significar de otra manera.


El domingo leía sobre tu casa en Armenia, Lublin, Cali, Zapopan, Cayo Hueso. Cualquiera pudo ser tu ciudad… Tus amigos lo mismo pueden encontrarte en Cienfuegos, Santa Clara, Matanzas, La Habana, ¡México! ¿A dónde perteneces?

Tengo fama de ser una persona bohemia, pero para decirte la verdad, he vivido solo en tres lugares: Banes, el lugar de mi  nacimiento, de la niñez; Santa Clara y Cienfuegos. Además disfruto la soledad.

He pasado temporadas más o menos largas en otros sitios, pero siempre regresó al lugar de partida, creo que decir adiós es un acto humilde, lo digo porque de muchos lugares me he marchado.

Tengo buenos amigos, pocos, pero, como Epicuro, he tenido mi jardincillo, y es una de las obsesiones de mi poesía: la casa, el sitio, el lugar de pertenencia… entonces soy un ser moderno, pero viejo en ese sentido.

Cuando hace algunos años aterricé en Ciudad México, lo hice sin emoción, me dije: ¿y este es el "Viaje"? Me encontraba en una ciudad inmensa, caminando solo por las calles y no me hizo demasiada gracia, desde entonces, las cosas guardan para mí distinto sentido. La literatura es como viajar y yo conozco solo dos formas de hacerlo: salir hacia delante, siempre buscando espacios nuevos, y la otra, la del eterno retorno, la del viaje a Ítaca, la que implica el regreso al punto de partida. Una forma de viajar nos lleva hacia un lugar, la otra, a otro. Pero la literatura es un viaje; intentar demostrar que una manera es mejor o superior es pretender lo imposible. Las dos existen, por lo tanto son verdaderas. Si me preguntas cuál prefiero, te diría que la segunda, regresar al sitio sin demasiado aspaviento, detenerme, incluso, en los lugares en que se han detenido otras personas si es necesario.

Regino Boti, Calendario, América Bobia, José Jacinto Milanés; el 2004 fue un año de varios premios importantes que te dieron la posibilidad de publicar. ¿Hay alguno que prefieras? ¿Existe conexión entre ellos?

Mi mejor libro es El oráculo de Delfos. En Delfos, en su santuario, la pitonisa después de exhalar cierto aire que venía del interior de las rocas y masticar plantas aromáticas, caía en una especie de trance hipnótico y comenzaba a proferir palabras sueltas; después de esas exhalaciones profundas soltaba las palabras, las expulsaba, esa es la lógica que motivó ese libro, que me parece una de las vías para llegar al poema.

El camino de la crítica es distinto, parecido a lo que hacían los sacerdotes, ordenaban las palabras sueltas, pretendían darle un significado, destruirlas, domesticarlas. El oráculo de Delfos es, de mis libros, el que más se acerca a lo que yo pretendí que fuera.

Con Las vidas miserables intenté hablar de las miserias humanas, de paisajes agrestes, antipoéticos: estaba en Santa Clara una noche, con algunos amigos en el parque, y veía el carro que limpia las calles, estaba amaneciendo y observaba cómo el hombre, desde el camión destartalado, trataba de limpiar. El amanecer es más bello que el oro, me dije, y aquella imagen se quedó en mí y produjo una idea de la poesía.

Unos años más tarde leía sobre algunos temas de estética y me llamó la atención la diferencia entre el concepto romántico de literatura y uno más primitivo, que aunque no fuera mimesis de la realidad, de algún modo la contuviera, es decir, una poesía desasida de metáforas, sin mucho ornamento, así surgió Pensamiento primitivo.

El último libro escrito es Hombre que vive frente al mar (Premio José Jacinto Milanés), estuve en casa de unas amigas en Matanzas, viviendo una temporada. Matanzas es una ciudad que me gusta mucho, me seda, mi tempo se hace allí más lento, vivía frente al mar y todo esto provocó ese cuaderno, lo escribí de un tirón.

¿Cómo se relacionan en tu poesía lo factual y lo imaginario?

Me gustaría encontrar un lenguaje intermedio, ni tan realista o apegado a lo factual (para estar a tono con tus categorías), ni muy abstracto, donde el imaginario prescinda de una relación con lo que lo produce.

Mis mejores textos, pienso yo, parten de una circunstancia que los genera, pero tienden a trascenderla, a rodearla con determinado ornamento, voy a decir supra-real, incluso me permito el juego, moderado. Creo porque a la postre me interesa comunicar. Aquí me negaré diciendo entonces, que a Válery o a Lezama también les interesaba comunicar, si ellos hubieran pensado que su poesía no comunicaba, no la habrían escrito de esa forma (en algún lugar Lezama pregunta, si alguien escuchaba su canción).

Por eso yo me quejo de la necesidad de retener todas las palabras, pero a veces más que escogerlas, estas lo escogen a uno. Uno acuna las palabras que ha ido recogiendo, que no son todas por supuesto, y lo que más puede hacer es sopesarlas, lo de inventarlas es casi imposible. Pero me gusta el suceso, me gusta partir de ello, aunque sea solo como punto de comienzo y sepa que después lo voy a abandonar.

En un evento que compartimos comentabas: “en literatura todos somos postreros”. ¿Te sientes deudor de alguna generación, de algún poeta?

En Cuba, todavía, se discute bastante sobre las generaciones, desde un ángulo que me parece se va tornando demodé, superado. A veces las discusiones que provoca asumen ribetes patéticos, exageraciones.

Si analizamos la teoría de las generaciones, su visión determinista del hecho estético, llegaríamos a la conclusión de que una situación externa determinada (social) debía producir una determinada forma de arte, identitaria, refleja. Es decir,  los ochenta debían producir determinada poesía, y al llegar la crisis, la profunda crisis de los noventa, otra.

Ello no puede verse de forma mecánica, por ejemplo: Virgilio Piñera escribió los textos que conforman Una broma colosal, en los setenta y Feijóo los de El pan del bobo, dos libros distintos a los producidos en esos años.

Si la poesía solo fuera un hecho reflejo —de la realidad quiero decir— su sustancia, los elementos que la producen, estarían dados de antemano (en la realidad), y el poema lo único que haría sería traducir lo real (esto no quiere decir que no exista el diálogo con la realidad, pero no de esa forma vamos a decir tan descarada). 

El gran poeta de los ochenta fue José Lezama Lima. La mayoría de los escritores lo citaba, se discutía constantemente sobre el valor de su obra, sobre sus posibles lindes, se repasaban textos como Muerte de Narciso o Rapsodia para el mulo, donde el suceso está más marcado, más o menos visible, y textos como el de la jerigonza, que es  más lúdico.

Ahora, dijo un investigador y poeta de los ochenta, en Matanzas, que los poetas de la promoción del noventa somos epigonales, de quién pregunto yo: de Lezama, como ellos, de Eliseo, Virgilio, o de Rimbaud, Lautréamont, T.S Eliot, Perse, Genet, Cavafis, Rilke, Espriu… como ellos.

En poesía todos somos postreros, todos llegamos después de alguien. Ezra Pound tiene un poema, él, que fue tan irreverente hasta llegar a la insolencia, donde le habla a su alma y le dice que ella sabe que en el mundo existen almas mejores, y de seguro, también le confiesa, que deben haber versos mejores que los suyos.

De algo estoy convencido y es que la poesía de los noventa es distinta a la de la década anterior, a nivel de discurso, de referentes, el instrumental es otro, también el tempo, el diálogo que se estable con la propia poesía desde la poesía (incluso), se centra en otras contingencias.

Lo es para poetas como los que comienzan a escribir en los ochenta, con cierta experiencia ya, para otros que lo hicieron antes y no se resistieron a nuevas búsquedas, y para quienes comenzamos a escribir en esos años, que creo hemos tenido también nuestro Waterloo.

Me parece que al análisis generacional en nuestra literatura le ha faltado una visión dialéctica, de movimiento, es como si las promociones a nivel de propuesta tuvieran que  detenerse en la época que comienzan a escribir, y después todo tuviera que ser una simple repetición de lo ya esbozado en un principio, sin cambio, sin salto, sin desarrollo.

Esta pregunta tuya puede ser muy emocionante, se puede ser muy sectario, caer en esa trampa al contestarla, a veces creo tener, si no una respuesta, una visión del asunto bastante clara, pero enseguida se me esfuma.

¿Por qué en los noventa la promoción naciente no se estructura igual que en los ochenta?, una promoción mucho más uniforme, más compacta, con referentes más visibles. Las tendencias de estos años (los noventa) están marcadas más por filiaciones de grupos que de promoción o generación. La liberación del sujeto poético, vamos a llamar socializadora, en extremo abierta, la falta de pudor para tratar ciertos temas, donde mejor se da es en los noventa, y no es un logro de un poeta u otro, ni de una promoción u otra, sino del propio movimiento de nuestra poesía. Esto sin pretender establecer un juicio de valor sobre la promoción a que pertenezco, ni pretender darle demasiado valor al presente. A mí no me interesa una promoción u otra, me interesan determinadas voces, determinados libros, tengo mis favoritos, como casi todos, pero no suelo ser muy fanático en ello, si tuviera que escoger un poeta cubano ese sería Martí, y yo pasé sereno entre los viles. Martí posee todo lo que creo debe tener un poeta: conocimiento (como sinónimo de cultura), profundidad de visión, atrevimiento, garra, fuerza telúrica, como se le llame, pero también intuición.

Si te preguntara –con calma– sobre otros géneros, la edición, Los parques, La Estrella de Cuba, ¿qué me dirías?

Tus preguntas son deliciosas, diría un amigo mío. Me gustaría escribir ensayos críticos, pero se necesita mucho tiempo y ciertas condiciones, este quizá sea el género que más se ha actualizado en los últimos años en nuestro país; he leído muchas indagaciones profundas, muy bien fundamentadas sobre literatura cubana, alejadas de cierto sociologismo vulgar, elemental, más bien dogmático, que predominó en ese género por algún tiempo.

La edición ha sido en mi vida  una compañía, no se qué me ha acompañado más si la pasión por la poesía o por la edición, y no sé con cuál estoy más insatisfecho, pero no pienso abandonar a ninguna.

Hace poco he impartido un taller en Colombia sobre edición de libros con papeles pobres, papel hecho a mano, pintado a mano, libros hechos con cajas de cartón, con desperdicios de la industria poligráfica, con cosas que la gente va tirando incluso, y estoy tramando algo sobre eso.

Los parques fue un libro que edité con verdadero entusiasmo. Tuvo muchas críticas, sobre todo si tenemos en cuenta nuestra poquedad en eso de referirnos a la obra de otros, algunas de ellas nada cómplices.

Un poeta de los ochenta, de los mejores, me dijo que había allí, en Los parques, mucho verso malo, y yo le respondí que en cuál antología generacional no los había. Antón decía «esos parques a los que le han chapeado el césped», y se reía como solo sabe reírse él, y Basilia me pedía de favor que no la dejase sin «el librito», y yo le increpaba que no era un librito, que llegaba a las trescientas páginas. Te menciono estos nombres porque son dos poetas a los que aprecio mucho.

Una gran cantidad de trabajos citan o tratan sobre la antología. Lo que más se le criticó es que se reunían allí muchos poetas, casi cien, y ese sigue siendo para mí su principal mérito.

Si pudiera volver a hacer este trabajo, además de revisar algunos textos, cambiarlos por otros mejores, incluiría otra docena de poetas, tan buenos o mejores que los que están allí, y no eliminaría a ningunon claro está, ya tendremos tiempo de dedicarnos a los cenáculos y a decantar, al menos en esta promoción de gente tan joven. Siempre utilizo como ejemplo a Wallace Stevens en la poesía norteamericana, publicó su primer libro de versos pasados los cuarenta años, y es una de las grandes voces de la poesía norteamericana de todo el siglo XX.

¿Por qué vamos a ser tacaños cuando no tenemos por qué serlo?; ya el tiempo se encargará de separarnos —como ha hecho con todas las promociones—, pero allí estarán los nombres juntos, marcado su espacio de iniciación (que en la poesía no es mucho) y ojalá nuestro W. S. no se me halla quedado fuera, o nuestro nuevo Lezama, que es mucho pedir, ¿tú no crees?

La Estrella de Cuba fue una proyecto hermoso; los que participamos de ella creo que no lo vamos a olvidar, llegamos al final agotados físicamente, pero reconciliados con nuestro país, con la poesía, con nosotros mismos.

¿Qué significa para ti Café vienés?

Yo digo en un poema que nuestras mejores cosas han sucedido una tarde, en un pueblo cualquiera, sentadas (las personas, siquiera tengo que estar allí yo) frente a una taza de café.

Donde por primera vez tomé café vienés fue en Matanzas, en casa de Alfredo Zaldívar, uno de nuestros poetas, un gran anfitrión y uno de los mejores editores de nuestro país.

Después en México, en Zapopan, me di el lujo de pagar treinta pesos por un café vienés, porque Zaldívar me había dado la receta, y saboreé aquel café —para mí tan caro—, y me dije: el de Cuba es mejor, el que había tomado en casa del poeta, entre conversación y conversación, mirando los dibujos de quienes fueron sus amigos, a lo mejor no estaba hecho con los condimentos necesarios, pero sabía mejor. 

Me gustan el café, los amigos y la conversación.

En Matanzas se están haciendo muy buenos libros, yo entro a Vigía, donde está Estévez, Agustina, Laura, mucha gente iluminando a mano aquellos libros, y me quedo maravillado. Después paso por el taller de Ediciones Matanzas y lo mismo, allí se trabaja mucho y bien.

Hojeo los de Mecenas y Reina del Mar (en Cienfuegos) y están muy bien hechos, mejor que cuando estuve allí, tienen más recursos, y se ve el avance en cuanto a lo que se ha aprendido.

Después algunos hablan del estado de nuestro sistema editorial, y yo creo que puede mejorar, pero estamos en un momento glorioso, hay mucha gente trabajando en ello con mucho deseo, el arte de hacer libros no se aprende en un día. 

Parece lejos el tiempo en que los poetas jóvenes y no tan jóvenes andaban con sus libros bajo el brazo buscando dónde publicarlos. El Café vienés es eso: un lugar donde se puede crear, digamos que no es solo un sueño, más bien es una conversación sobre poesía, sobre un asunto tan sencillo y necesario.

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