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Los Estados Unidos, la política de Guerra fría y el reformismo en Cuba

Jorge Renato  Ibarra Guitart, 15 de septiembre de 2012

En el periodo histórico que siguió al fin de la II Guerra Mundial, cuando se instaló la política de «Guerra fría» a escala mundial, los Estados Unidos privilegiaron las dictaduras en Latinoamérica, pues consideraron que las mismas serían los más seguros guardianes de sus intereses en la región. A Washington le convenía, más que un régimen político con mayores o menores libertades democráticas, la protección que pudieran ofrecer a sus inversiones e intereses geoestratégicos en el hemisferio occidental. La preferencia norteamericana por los dictadores latinoamericanos se debió a las garantías que, supuestamente, ofrecían a partir de sus patrones de dominio, dirigidos a controlar, en su totalidad, la estructura social. La fuerza armada, sustentada por dichas tiranías, estaba dirigida a contener a los grupos que pugnaban por una revolución social, los cuales podría afectar sus capitales. Los militares, dependientes de Washington, fueron también un resguardo contra los gobiernos nacionalistas burgueses y sus medidas reivindicativas. Ellos eran, además, jerarcas de ejércitos instruidos y armados por los Estados Unidos, para enfrentar la posible amenaza de una potencia comprometida con el «comunismo internacional». Siguiendo esta lógica, el continente debía estar libre del llamado totalitarismo soviético, aun cuando pudiera ser víctima de la opresión más cruenta ejercida por las dictaduras latinoamericanas apoyadas por Washington.

     El sector más reaccionario de Norteamérica se había parapetado tras la defensa de la Doctrina Monroe: «América para los americanos», con miras a justificar a estos regímenes y mantenerlos como aliados incondicionales frente a la amenaza del comunismo. Tras un aparente respeto a la soberanía de otros países, se mantenía el apoyo a los sistemas despóticos y eran violados los principios soberanos de los gobiernos populares, como el de Jacobo Arbenz en Guatemala. Por detrás de esta política de «neutralidad», ante los golpes de Estado militares, eran utilizadas múltiples estrategias que se pretendían consolidar una hegemonía imperialista al sur del Río Bravo.

    Esta situación creaba una paradoja: mientras más se imponían regímenes de fuerza, más cercano se estaba a una situación de desorden y descontrol capaz de afectar los dividendos de las empresas norteamericanas. Por otro lado, y en igual medida, se hacía insostenible la convivencia pública ante las medidas de dominación. Medidas que podían generar una situación de caos social y conducir a revueltas populares.

   Washington y algunos de sus procónsules tiranos, intentaron establecer fórmulas intermedias entre la dictadura y la democracia burguesa. Batista fue uno de los conejillos de indias en ese experimento que se denominó «las dictablandas»; estas no pasaron de ser una farsa y solo condujo a la vigorización de la protesta popular. No obstante, cuando los regímenes dictatoriales caían en crisis, los «cerebros fríos» del State Department ponían en práctica diversas estrategias encaminadas a lograr una transición política.

    La coyuntura, el conjunto de fuerzas que actúan en el tejido social, así como los factores internacionales, disponen el desenlace de situaciones críticas. Por eso en mi libro El fracaso de los moderados en Cuba, planteo:

En América Latina, la coyuntura de los años 50 no dejaba muchas opciones a quienes pretendiesen reformar las realidades críticas de sus países. El cierre de alternativas socio-económicas y políticas sustentado en el anticomunismo y las pretensiones hegemonistas norteamericanas, apenas dejaba espacio para una activa reforma nacionalista dentro del régimen de la democracia representativa burguesa. Las condiciones macro históricas favorecían la polarización de los conflictos sociales y no una respuesta coherente de todos los sectores a los agudos problemas de la región.1

    Atendiendo a estos argumentos, me gustaría concluir diciendo que: las posibilidades para que triunfara una alternativa reformista sin compromisos con el régimen tiránico de Batista fueron mínimas. Ello se debió no solo a factores de orden interno, sino también a la coyuntura internacional en la que predominaban los principios de la «Guerra fría». Batista dio un golpe de Estado con el objetivo principal de impedir el triunfo de un partido de corte nacional reformista, como el Ortodoxo, y al propio tiempo puso el país en bandeja de plata a los capitales norteamericanos. A lo largo de su mandato no manifestó nunca intenciones de reformar la nación, ni en lo político ni en lo económico, más bien aplicó el Plan Truslow, el cual favoreció los intereses foráneos: suprimió las conquistas obreras al incrementar la explotación de los trabajadores; hipotecó a la Isla y la llevó a límites abusivos en su deuda pública; aumentó el desempleo. En la ejecución del experimento de «dictablanda», nunca propició un diálogo amplio capaz de conducir a una apertura democrático-burguesa, tan solo ganó algún tiempo y defraudó a no pocos cubanos que, a la larga, terminaron por asumir la imposibilidad de una salida pacífica a la crisis nacional. Y todo ello con el visto bueno de los Estados Unidos de Norteamérica.

   El imperio del Norte, garantes y principales beneficiarios del orden neocolonial vigente en Cuba, dio un irrestricto apoyo al gobierno de Batista a escasas semanas del golpe de estado. Sin embargo, no consideraron que el salto al poder de una casta militar, sedienta de prerrogativas políticas, podía atentar contra los presupuestos del nuevo orden institucional establecido después de la Revolución de los años 30. El recurso reformista había sido ahogado por Washington. Las alternativas a la dictadura no tuvieron el respaldo de ninguna de las instancias del poder político norteamericano; al menos en los primeros cuatro años del régimen castrense

    El 22 de mayo de 1952, el nuevo ministro de Estado, Miguel Ángel de la Campa, solicitó del embajador norteamericano Willard Beaulac, el reconocimiento oficial de Estados Unidos. En un diálogo de cínicos, Beaulac buscó dos razones efectivas para acceder a dicha solicitud. Una, preguntó si Batista restablecería sus anteriores lazos con los comunistas. Campa aseguró que sus libertades serían eliminadas. Para evacuar la duda a su segunda interrogante, quiso conocer sobre las condiciones que se le facilitarían a su gobierno para llevar a cabo inversiones privadas. Campa aseguró que, Batista daría la bienvenida al capital norteamericano. El 27 de marzo, Batista era reconocido por Washington. Así de sencillo, espiaron sus culpas ante los fervientes partidarios del estado de derecho propio a un régimen parlamentario burgués; así de simple, echaron a rodar por el suelo las esperanzas de los que esperaban reformas capaces de aliviar la crítica situación del país. Con esto, se dejó abierto el camino a la respuesta revolucionaria, que reclamaban los 50 años de República neocolonial.

   La política de Guerra fría diseñada en el período que siguió a la segunda conflagración mundial, condujo a los Estados Unidos a experimentar nuevas formas de hegemonía política y militar en el hemisferio. El rígido anticomunismo pregonado desde Washington, sirvió de argumento político a las dictaduras latinoamericanas para legitimarse en el poder. En definitiva, ¿no eran ellos una garantía frente a la expansión de las “ideas totalitarias de Moscú?” ¿No eran ellos un contén frente a las fuerzas que pugnaban por una revolución social en el continente? ¿No eran ellos los jefes de los ejércitos que seguían los patrones norteamericanos? ¡Qué importaba si se suprimían las instituciones de la democracia representativa con tal de poner a salvo a América Latina de la influencia comunista y de los peligros del nacionalismo! Siguiendo esta lógica el continente debía estar libre del «totalitarismo» soviético, aun cuando fuese víctima del fascismo más cruento ejercido por las sangrientas tiranías latinoamericanas y Washington. ¿Se estaba así más lejos de los peligros de las revoluciones sociales? Una terrible paradoja se revelaría ante los ojos de los ejecutivos del imperialismo norteamericano y de sus procónsules en Latinoamérica, los Batista, Trujillo, Somoza, Pérez Jiménez...

    En América Latina, la coyuntura de los años 50 no dejaba muchas opciones a quienes pretendiesen reformar las realidades críticas de sus países. El cierre de alternativas socioeconómicas y políticas, sustentado en el anticomunismo y las pretensiones hegemonistas norteamericanas, apenas dejaba espacio para una activa reforma nacionalista dentro del régimen de la democracia representativa burguesa. Las condiciones macrohistóricas favorecían la polarización de los conflictos sociales y no una coherente respuesta de todos los sectores a los agudos problemas de la región.

 

Notas

Jorge Renato Ibarra Guitart. El fracaso de los moderados en Cuba, p. 10, Ed. Política, La Habana, 2000.
 

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