La literatura, los Nobel y La Habana

¿A quién no le gusta un Nobel? Algunos no lo necesitan para tocar el Olimpo de las letras, pero aún así lo agradecen (salvo excepciones); para otros es la consagración. De cuán justa puede ser o no una decisión de la Academia Sueca, en cualquiera de las categorías, no comentaremos, ni falta hace. De ello se ha hablado bastante.
Lo que nos concierne es la cantidad de premios nobel de literatura que han visitado La Habana, antes o después de ser galardonados, lo cual es una curiosidad para compartir con los lectores.
Entre aquellos que visitaron La Habana antes de ser premiados con el Nobel de Literatura figura el español Juan Ramón Jiménez, quien llegó en noviembre de 1936, hizo una larga estancia en la Isla y recibió el premio en 1956. Súmese al inglés Sir Winston Churchill, el sorpresivo Nobel de 1953, quien se detuvo en La Habana más de una vez, la más recordada en febrero de 1946, cuando fue huésped de honor del Hotel Nacional. Octavio Paz, mexicano y ganador en 1990, estuvo en la capital cubana en 1938 y en 1956, muchos, muchos años antes de que la concesión del Premio culminara su brillante carrera en el mundo de las letras.
El escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias llegó invitado para las celebraciones del 26 de julio de 1959 y regresó como jurado del Premio Casa de las Américas al año siguiente, mas no recibió el Nobel hasta 1967. Jean Paul Sartre visitó la Isla en febrero de 1960 y el Nobel se le confirió en 1964 —por cierto, que lo rechazó. En tanto que el poeta chileno Pablo Neruda, presente en La Habana en 1942 y 1960, se alzó con el premio en 1971.
Casi olvidado está que el Nobel de 1989, don Camilo José Cela, fungió de jurado en el Premio Casa de las Américas en enero de 1965 y que el peruano Mario Vargas Llosa, galardonado con el Nobel del 2010, también desempeñó dichas funciones en la misma edición de 1965.
El teatrista italiano Darío Fo visitó Cuba en dos ocasiones: en 1966 y en 1984, en ocasión del III Festival de Teatro de La Habana, cuando aún estaba lejos de pensar que ganaría el Nobel correspondiente a 1997. Günter Grass llegó en febrero de 1993, pero el autor de El tambor de hojalata no ganó el Nobel hasta 1999.
Han estado en Cuba antes y después de galardonados otros célebres escritores. La chilena Gabriela Mistral en 1922, 1938 y 1953. Gran amiga de los cubanos y admiradora de José Martí, a la Gabriela se le confirió en 1945, noticia recibida con gran regocijo en la Isla. Ya sé que estará pensando en Ernest Hemingway, cuya primera visita se remonta a 1928 y la última a 1960, con varias más intercaladas, incluida su estancia en Finca Vigía. Papa ganó el premio en 1954 y a Cuba donó la medalla de oro que se le entregó. Gabriel García Márquez llegó en enero de 1959. Después ha sido frecuente su presencia, casi un cubano más, y el Nobel le llegó (¡bienvenido!) en1982.
El autor nigeriano Wole Soyinka ganó en 1986 y al año siguiente, en enero, ya estaba en Cuba… pero por segunda vez, pues había estado en 1964. Y José Saramago llegó en 1992, como jurado del Premio Casa de las Américas, ganó el Nobel en 1998 y después siguió viniendo.
A Nadine Gordimer la Academia Sueca le confirió el galardón en 1991; ella llegaría a La Habana en diciembre de 2002 y repetiría en febrero de 2010, durante la Feria Internacional del Libro. Caso similar —si bien con muchos años de diferencia— sería el del dramaturgo español Jacinto Benavente, quien llegó a Cuba en diciembre de 1922, a pocos días de recibir la noticia de que había ganado el premio de ese año. Y George Bernard Shaw lo ganó en 1925, mas no fue hasta 1936 que el genial irlandés llegó a La Habana en un breve tránsito. Estos tres últimos, como ve, desembarcaron después de alcanzar el lauro.
Un último apunte. También estuvieron en Cuba el mexicano Alfonso Reyes, los españoles Ramón Menéndez Pidal y María Zambrano, el norteamericano Arthur Miller y el británico Graham Greene. Cualquiera de ellos merecía un Premio Nobel sin que nadie se pusiera bravo. Y además otros. Por último, tampoco nadie hubiera objetado el premio para el novelista cubano Alejo Carpentier. Al menos, es la atrevida opinión de quien escribe.