Una maravillosa y lúcida embriaguez
[Presentación de la 2da. edición cubana de Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais.]
Gargantúa y Pantagruel de François Rabelais, publicado en la primera mitad del siglo XVI, es un libro sorprendente, escurridizo ante cualquier etiqueta que intente atraparlo, a la vez antiguo y moderno, eternamente original y fecundo. Pero como prodigar tantos adjetivos nada esclarece si el entusiasmo no se acompaña con la argumentación, tratemos de explicar el por qué de tales calificativos.
Veamos, en primer término, en qué consisten su antigüedad y su modernidad. Gargantúa y Pantagruel son los nombres de dos gigantes, padre e hijo, cuyas aventuras se van a desarrollar a lo largo de cinco libros o partes. El primer libro se consagra a Gargantúa y los restantes a Pantagruel, sin olvidar que ellos viven todas esas peripecias secundados por un fiel séquito, del que sobresalen otras figuras también notables.
Antes de que Rabelais lo convirtiera en su personaje, el gigante Gargantúa protagonizaba aventuras oriundas de la Bretaña francesa, esa región que durante la Edad Media vio florecer una riquísima tradición de novela caballeresca, cuya impronta se mantendría a lo largo de los siglos siguientes, si bien con connotaciones diversas. Con el tiempo, esta literatura perdería su carácter aristocrático para acceder a un receptor cada vez más amplio, entre otras razones porque con la invención de la imprenta de caracteres móviles comienza a prosperar el negocio editorial, y las prosificaciones de las aventuras y leyendas eran muy apreciadas y populares, y por lo tanto muy difundidas. Durante ese proceso se afirma en la Bretaña francesa, como apuntábamos, la figura del gigante Gargantúa, inmerso en divertidas contiendas que parodiaban las hazañas de los caballeros. Un poco antes de convertirse en personaje del libro de Rabelais, en la feria de la ciudad Lyon, una de las más famosas y concurridas, se publica la obra titulada Las grandes e inestimables crónicas del gran y enorme gigante Gargantúa, una de las tantas fuentes de las que se servirá Rabelais, aunque la condición del gigante se verá sustancialmente modificada al convertirlo el autor en un paladín del humanismo y de la mentalidad renacentista.
Transformación más radical sufre el personaje de Pantagruel en el tránsito de sus orígenes a su consagración literaria. Pantagruel era el nombre de un diablito que aparecía en los entreactos cómicos de los Misterios, uno de los géneros del teatro medieval. Su rasgo más notable consistía en que arrojaba sal en la boca de los bebedores para incitarlos a la embriaguez. Rabelais lo convierte en un gigante, le da por padre a Gargantúa y lo dota de una índole semejante: es valiente, mesurado, amante del saber; es un rey de mentalidad abierta y dado, al igual que su padre Gargantúa, a los placeres de la comida y la bebida, y siempre dispuesto a regalar el cuerpo con todo tipo de satisfacciones.
Así, de esos orígenes antiguos (cuya antigüedad distorsiona el autor en los capítulos iniciales de la I y la II partes, pues remonta la genealogía de los gigantes a los tiempos de arca de Noé), nacen dos personajes que encarnarán todas las virtudes y aspiraciones del hombre del Renacimiento, cuya modernidad se cifra, entre otros aspectos, en la fe en el progreso, en el ansia por fomentar el conocimiento, en el recto ejercicio del propio juicio, sustentado en la experiencia, y el consiguiente repudio a un saber libresco y memorístico, en el deseo de ampliar los horizontes geográficos y cognoscitivos mediante sus andanzas y viajes, en fin, en la experiencia del cuerpo humano como una plenitud en la que tienen cabida tanto el espíritu como las múltiples funciones de la vida corporal.
Con esto último se relaciona la cualidad de sorprendente que atribuíamos a Gargantúa y Pantagruel. Dos razones, entre otras, la avalan: una, la desfachatez del lenguaje que se adecua a la celebración de la corporalidad en su dimensión fisiológica; la otra, la mezcla disparatada de tonos, de estilos, de referencias culturales.
Así pues, la potencia de los órganos sexuales, el comer y beber con largueza en los pantagruélicos banquetes, los actos de defecar y orinar, constituyen el asunto privilegiado por muchos episodios, el más famoso de los cuales tal vez sea el XIII del Libro de Gargantúa cuyo título reza: “Como Grandgousier conoció el ingenio maravilloso de Gargantúa por la invención que este hizo de un limpiaculos”. En él, siendo un adolescente, el gigante explica a su padre Grandgousier cómo ha debido emplear en la higiene de su trasero una multitud de objetos domésticos y del mundo natural circundante, con vistas a lograr el resultado idóneo. La inventiva en la selección del medio adecuado para tal fin provoca la risa, justamente, por lo inusitado que resulta ese uso circunstancial:
Por larga y curiosa experiencia –dijo Gargantúa- he inventado un medio de limpiarme el culo que es el más señorial, el más excelente y el más expeditivo que jamás se haya visto. (…) Una vez me limpié con un antifaz de terciopelo de una señorita, y lo encontré bueno, porque la molicie de la seda me causaba en el “fundamento” una voluptuosidad muy grande. Otra vez, con un sombrero de señora y me ocurrió lo mismo (…); otra con unas orejeras de satín carmesí, pero unos bordados con abalorios de mierda que estas tenían, con una dureza me desollaron el trasero: ¡que el fuego de San Antonio encienda la tripa cular del orfebre que los hizo y de la señorita que los llevó puestos! El mal se me curó frotándome con un bonete de paje bien emplumado, a la suiza. (…) Después me limpié con sauce, hinojo, aneta, mejorana, rosas, hojas de col [y la lista se vuelve profusa, anárquica]. Después me limpié con una gallina, con un gallo, con un pollo, con la piel de una ternera, de una liebre, con un pichón, con un cuervo marino, con el ropón de un letrado (…) Para concluir yo digo y sostengo que el mejor limpiaculos es un pollo de oca con muchas plumas, cogiéndole la cabeza entre las piernas. Creédmelo, por mi honor: se siente en el culo una voluptuosidad mirífica, tanto por la dulzura del plumón como por el calor templado del animalito, que fácilmente se comunica a la tripa cular y a los otros intestinos hasta llegar a las regiones del corazón y del cerebro. Y no penséis que la felicidad de los héroes y semidioses que viven en los Campos Elíseos esté en el asfódelo, en la ambrosía o en el néctar, como dicen aquí las viejas. Está, en mi opinión, en que se limpian el culo con un pollo de oca.1
Nótese cómo, tras la aparente bufonada y la jocosidad grosera y grotesca del episodio, se apunta, por una parte, al vínculo esencial entre el cuerpo humano y el mundo, en su dimensión natural y doméstica; por otra parte, se puede advertir la mezcla disonante de actos, objetos y referencias que estaban bien deslindados en la visión del mundo medieval, donde cuerpo y espíritu asumían una posición bien diversa en la gradación de valores: lo perdurable y positivo era el alma (cuya sede es la parte superior del cuerpo humano, esto es, el corazón y el cerebro); lo perecedero y negativo, el cuerpo, en particular, aquella zona baja, esto es: el vientre, el trasero, los genitales. Rabelais reordena esa percepción del mundo: el placer que siente Gargantúa asciende desde el ano hasta el cerebro, conectándolos en esa experiencia. Para coronar el episodio se acude a la referencia culta: el placer de los habitantes de los clásicos Elíseos –ese lugar ameno elevado por la cultura antigua a cifra de beatitud suprema - consiste en que realizan su limpieza anal con un pollo de oca. El lenguaje, por su parte, secunda la irreverencia y la grosería; la vitalidad y la elegancia de la prosa se combinan sin prejuicios con la obscenidad.
Antigua, moderna, sorprendente. De escurridiza calificábamos también la obra, esto es, difícil de atrapar en una definición englobadora de su carácter y esencia. Jules Michelet, el notable historiador francés del siglo XIX, fascinado con su energía, la llamó: “La esfinge o la quimera, un monstruo de cien cabezas, con cien lenguas, un caos armónico, una farsa de dimensiones infinitas, una maravillosa y lúcida embriaguez, una locura profundamente sabia.”2
Mientras que el autor de una reciente historia de la literatura francesa advierte que:
La obra es abundante, o mejor dicho, desbordante, de una riqueza sorprendente; no se podría decir, sin embargo, que sea siempre clara. (…) Es necesario aproximarse a ella sabiendo de antemano que un buen número de zonas de sombra han sido incorporadas y que intentar disiparlas es una empresa que supondría una buena parte de ingenuidad.3
Ello, no obstante, no debe erigirse en prevención que impida la lectura sino que debe tomarse, por el contrario, como un aviso de que tras ese contenido tan jocoso y ligero se esconde una densidad de referencias y una carga crítica alusivas a sucesos, conflictos e instituciones de la época, como por ejemplo: la guerra contra el emperador Carlos V; la correlación de fuerzas políticas en Francia bajo la monarquía de Francisco I; las contiendas religiosas entre católicos y reformadores; la oposición humanista al conservadurismo y el espíritu censor de La Sorbona. A la heterogeneidad y riqueza de alusiones de la obra hay que sumar los datos provenientes de la biografía de Rabelais y del contexto cultural y político en el que este se desenvolvió. Así pues, las notas que suelen acompañar las ediciones, y esta que hoy presentamos contiene varias, pueden resultar imprescindibles para penetrar la dimensión cabal de muchos de los episodios. No obstante, el dinamismo del argumento, en el que las aventuras se suceden con ritmo sostenido; la gracia de muchos pasajes; lo sorprendente y enigmático de varios episodios, que estimulan la personal interpretación; la historia misma que nos arrastra con su progresión, allanarán la lectura y propiciarán su disfrute.
Muchas de las irreverencias que el libro prodiga y la libertad en el tratamiento de la corporalidad humana llevaron a las repetidas censuras que sufrió a lo largo de su gestación. Ciertamente, las groserías y desfachateces contribuyeron a ello pero, sobre todo, fueron el ataque a las prácticas religiosas que repudiaban los humanistas –es decir: el culto de las reliquias, la venta de indulgencias, el fanatismo, el chato razonar escolástico-, así como la burla de los teólogos de la Sorbona, los que provocaron las censuras, pues, en realidad, la parodia de asuntos sagrados, las libertades de lenguaje y la alusión jocosa al cuerpo humano estaban legitimadas por una amplia tradición de cultura popular, que operaba en espacios y tiempos no oficiales, esto es, en la plaza pública, en tiempos de feria y de festividades, y era tolerada por la iglesia y el estado durante la Edad Media y el Renacimiento. Es la llamada cultura carnavalesca, que constituye uno de los sostenes más importantes del libro y le confiere unidad. Con ella se entremezcla la herencia clásica y el humanismo que le es consustancial, reformulados desde una perspectiva contemporánea y adecuada a los fines del hombre renacentista.
Este “monstruo de cien cabezas” es también “un caos armónico”, como recordaba Michelet. Es decir, el continuo vaivén entre el registro culto y el popular, entre la cita docta y la ramplona obscenidad, entre el ritmo frenético que anima las aventuras y la morosa reflexión sobre los temas más dispares, produce, en una primera ojeada, la impresión de que estamos ante una sumatoria anárquica de peripecias. Esa anarquía aparente no rige, sin embargo, la composición del conjunto, aunque no es menos cierto que unos libros son más homogéneos y más vitales que otros –como es el caso de los dos primeros. Tras todos ellos hay líneas argumentales y motivos temáticos que propician su coherencia. Veamos, muy brevemente, de qué tratan los cinco libros.
Gargantúa, publicado por vez primera de modo cabal en 1535, fue, en realidad, el segundo libro que escribió Rabelais, pues en 1532 había visto la luz Pantagruel. Posteriormente, en la edición integral de las dos partes, de 1542, se establece el orden con que hoy se conocen, es decir, Libro I: Gargantúa; Libro II: Pantagruel.
Los dos primeros libros acusan una similar estructura: nacimiento e infancia prodigiosa de los gigantes; su educación, primero por un preceptor inadecuado que los embrutece, corregida luego en una dirección humanista, según las renovadoras corrientes pedagógicas de la época, promovidas por Erasmo de Rotterdam y Luis Vives. Vienen entonces los capítulos de la guerra defensiva contra los agresores de sus tierras y reinos, donde se consagra el valor de los heroicos gigantes y de sus ejércitos, finalmente vencedores.
Los libros III, IV y V son libros de viajes, la mayor parte de ellos por mar y por territorios imaginarios. Los unifica la búsqueda por parte de Panurgo, uno de los personajes centrales de toda la saga, de una respuesta oracular a su pregunta acerca de si debe casarse y si su mujer le pondrá cuernos. En ellos pesan menos las aventuras que el examen de los diferentes saberes de la época, así como la reflexión crítica sobre diversos acontecimientos de actualidad, presentados de forma alegórica o enmascarados, pero que los contemporáneos de Rabelais identificaban perfectamente. Valga aclarar que el quinto libro, póstumo, es visto por los estudiosos con mucha suspicacia, pues no se sabe a ciencia cierta cuánto hay de Rabelais en él. Parece ser que fue responsable del diseño general y que los editores lo conformaron a partir de apuntes y fragmentos. Los cinco libros están precedidos por el prólogo de su narrador. En particular, los de los dos primeros, son un original modo de establecer el pacto de la lectura: el volumen se presenta en el estilo del vendedor de feria, con un tono familiar, desenfadado, y en él se alternan los elogios y los insultos al lector.
Y ya que hablamos de prólogo, el que acompaña la presente edición, firmado por la Dra. Graziella Pogolotti, constituye otro de sus aciertos. Ameno, instructivo y accesible a un amplio público, constituye una eficaz incitación a la lectura. En él, entre otros propósitos, se presenta sumaria pero suficientemente la figura del autor, François Rabelais, y el contexto en que vivió y escribió; se valora la importancia del texto para la afirmación y la evolución de la lengua francesa, aspecto este de primer orden para justipreciar la obra y confirmación de su originalidad, además de la invitación a sacar provecho de una lectura que por la validez y el humanismo de los valores allí defendidos resulta siempre actual.
Esa actualidad no puede disociarse de su originalidad, de su omnipresente inventiva y, ganancia derivada, de su fecundidad para generar nuevas recepciones. La pertinencia de estos adjetivos es también fácilmente corroborable.
En el período en que se han gestado las cinco partes (entre 1532 y 1553, fecha de la muerte del autor), se está produciendo la colonización del Nuevo Mundo. Los viajes que dominan la III, IV y V partes no pueden divorciarse de la significación que tuvieron para Rabelais las continuas expediciones de los europeos al continente e islas recién encontrados, y, en particular, los viajes que hiciera Jacques Cartier a la región del actual Canadá entre 1532 y 1546. En 1547 este viajero publicó un Breve relato con sus experiencias, texto que con toda seguridad estimuló la fantasía del autor de Gargantúa y Pantagruel, entonces en plena faena creativa. Ya desde el primer libro de Pantagruel, Rabelais aborda el tema del descubrimiento de nuevas tierras cuando hace que el narrador se introduzca en la boca del gigante y encuentre allí todo un mundo, a la vez diverso y semejante. Es su salutación al ensanchamiento del orbe, así como un guiño a la idea renacentista de la conexión íntima entre el microcosmos del cuerpo humano y el universo.
Es evidente, como se ha dicho antes, que la Francia contemporánea de Rabelais y el Renacimiento son los grandes telones de fondo de la obra que hoy se propone, en su segunda edición, al lector cubano. No obstante, la geografía de la novela dista mucho de ser coherente, pues los espacios narrativos aluden tanto a referentes nacionales como a sitios puramente fantásticos. Así, por ejemplo, Gargantúa se nos presenta como el rey de Utopía, y gobernante de los amaurotas. Como es conocido, “utopía” era un término recién acuñado en la obra homónima del inglés Tomás Moro, publicada en 1516, término alusivo a un país inexistente –como lo indica el origen griego de la palabra-, cuya capital se llamaba Amaurot. No hay que olvidar que la Utopía de Moro, sitio de un contrato social ideal, era el nombre de una isla del Nuevo Mundo. Rabelais, a todas luces, hace un homenaje al político y escritor inglés cuando erige en rey de esa tierra a su Gargantúa, quien se empeña en que el anhelo de plenitud y de felicidad común que el concepto de utopía encarna se concrete en la singular Abadía de Thelema, erigida durante los últimos capítulos del libro I. Así pues, ya que este oblicuo y tal vez disparatado razonamiento nos lleva a afirmar que esa ínsula en tierra firme, esa Utopía rabelaisiana, podría encontrarse también en nuestras cercanías, démonos a la tarea de descubrirla pues el empeño valdría la pena. Por lo pronto, he aquí el primer mensaje enviado a los lectores que se dispongan a llevar a cabo la travesía, y que nos llega, como la luz de una estrella lejana, 480 años después (habida cuenta de que, recordemos, la obra se inició en 1532):
Amigos que a leerme comencéis,
no lo hagáis por mera afección,
ni al leer os escandalicéis;
el libro no contiene infección,
si bien tampoco una gran perfección.
Si no aprender, os hará reír;
otro argumento no puedo elegir
ante ese vuestro dolor insano.
De risa y no de lágrimas quiero escribir,
ya que reír es siempre lo más humano.
Vivid alegres.
Notas:
1- François Rabelais: Gargantúa y Pantagruel, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2011, pp. 68-71.
2- François Rabelais: Pantagruel, Préface de Jules Michelet, Éditions Gallimard, 1964, p.8.
3- Enea Balmas, Yves Giraud: Histoire de la littérature française. De Villon à Ronsard, GF Flammarion, 1997, pp.275,276
