Luis Álvarez: reconocimiento al mérito fundador
Quienes conocemos al doctor en Ciencias Luis Álvarez Álvarez, podemos dar fe de su vocación por el trabajo. Nótese que no hablo de cuán trabajador sea —que lo es, por supuesto—, sino de una verdadera pasión, en el sentido raigal del término, que se traduce en un espíritu incansable y luchador, en una entrega en la que vida y trabajo se confunden, hasta el punto que hablar de la una es casi como hacerlo del segundo, y viceversa.
Por eso a los asistentes a lo que había sido anunciado como un homenaje que le rendiría la Universidad de Camagüey “Ignacio Agramonte y Loynaz”, no nos sorprendió que leyera y comentara fragmentos de su conferencia “La intimidad de la Historia. Convicciones desde mi tiempo”, texto que ojalá sea publicado en breve, pues constituye una verdadera provocación, y no solo para los historiadores y profesores de esa especialidad.
La sede del Comité Provincial de la UNEAC en Camagüey fue el sitio elegido para el encuentro con las autoridades universitarias, al que nos sumamos con gusto miembros del claustro de la referida institución, artistas e intelectuales del territorio y varios de sus compañeros de la filial del Instituto Superior de Arte en esta provincia.
Luis confesó ser un apasionado de la Historia. Lo hizo en los momentos iniciales de su lectura, y lo demostró con creces en sus argumentaciones a propósito de la apremiante necesidad de dotar a esa rama del saber humano de un rostro, valga la redundancia, también humano.
Amén de la evocación y comentario de importantísimos hitos en la evolución del pensamiento historiográfico, me resultó muy interesante su mención de la existencia de la individualidad humana desde los albores de la vida social. Ello es vital para toda comprensión de cuanto somos y, muy en particular, para nuestras estrategias al reconstruir nuestros avatares en el tiempo.
La historia siempre es renovable. Esta idea carpenteriana, traída a colación por el conferencista, entronca con opiniones muy contemporáneas a propósito de los debates en torno a la crisis de la Historia y a sus innegables vínculos con las llamadas estrategias de ficcionalización, con la ficción narrativa en sí misma.
Este asunto es crucial hoy en día, cuando sin ambages se reconocen procesos igual de complejos que conectan la ficción y las estrategias periodísticas, por citar un caso, y a estas con las investigaciones históricas, hasta el punto que puede afirmarse, como recordó Álvarez Álvarez, que los grandes historiadores de la Segunda Guerra Mundial son los corresponsales que dieron cuenta de sus sucesos. Por eso hoy resulta mucho más difícil escribir sobre un año de esa contienda que sobre cualquier suceso de un pasado más remoto.
La noción de semiosfera es necesaria para la comprensión de la contemporaneidad y de nuestra forma de ser y estar en el mundo: conectados no directamente a cuanto sucede, sino a esos grandes mediadores que son los medios de comunicación, lugares para la construcción de nuestras nociones a propósito de la realidad, suerte de segunda atmósfera y, como la atmósfera verdadera, imprescindible para nuestra supervivencia, sujetas ambas a gran corrupción.
El investigador y profesor también hizo referencia a ciertas zonas de la historia nacional que apenas han merecido atención, dígase la impronta de los colonos azucareros en los procesos sociales, las estrategias del autonomismo y las dinámicas culturales en las postrimerías del siglo XIX, a la par que elogió a investigadores que, como la doctora María del Carmen Barcia, han mostrado la nulidad de nociones simplificadoras como la idea de que los esclavos no tenían familias.
Uno de los momentos más disfrutables de la conferencia fue la referencia a la enseñanza de la Historia, la que debe ser urgentemente revisada. Coincido con esta idea, pues, tal como asegura Luis Álvarez, que las nuevas generaciones perciban la historia con sentido de pertenencia debe pasar, irremediablemente, por el compromiso emocional, de lo contrario, apenas percibirán a las personas involucradas en los acontecimientos estudiados: dejar atrás las posiciones reduccionistas y despersonalizadoras en la comprensión de los asuntos del pasado permitiría apreciar el rostro de quienes hicieron la historia. Se trata de un asunto vital: los jóvenes de hoy deben comprender que si aquellos jóvenes pudieron hacer historia, ellos también pueden hacerla.
Tal fue el preámbulo de la entrega de la edición única de la “Elegía camagüeyana”, de Nicolás Guillén, distinción instituida por la Universidad de Camagüey. Tal gesto, en opinión de Luis Álvarez, demuestra la voluntad de la alta Casa de Estudios agramontina de reconocer el trabajo, aun de personas no pertenecientes a su claustro. Rememoró un período muy corto de su vida, mas no por ello menos intenso, cuando siendo muy joven, recién egresado de la Universidad de La Habana, trabajó en dicha universidad.
Todo lo acontecido esa tarde entraña un emotivo simbolismo: es Luis Álvarez uno de los más acuciosos conocedores de la obra de nuestro Poeta Nacional, y fundó y dirigió durante varios años el Centro Nicolás Guillén, ubicado en esta ciudad. Su preocupación por el universo de la cultura no es mero afán de erudición: su conferencia, como su vida misma, su dedicación en las aulas universitarias y su labor fundacional también en la maestría en Cultura Latinoamericana, por solo citar unos pocos ejemplos, están proyectados al futuro. Creo, incluso, que son una apuesta de este infatigable batallador por el futuro.
