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Narrativa de... Francisco López Sacha

Lauros, 12 de octubre de 2012

Los cuentos de Francisco López Sacha abordan realidades sociales en una búsqueda por comprender el mundo circundante: motivaciones (la familia, el trabajo, el amor, la fabulación de personajes históricos...) que entrañan conflictos a través de los cuales afloran principios éticos, que pretenden criticar la moral de una sociedad.

En Dorado mundo1 (Premio Alejo Carpentier 2000) descubrimos la nostalgia como vector de sus iluminaciones discursivas, resorte que sirve al narrador para saltar del dolor ocasionado por sus sentimientos.

De él ofrecemos un relato de infancia, que si bien no es de los esenciales del libro, se une a las soluciones poéticas que surgen de la generosa evocación del hombre-escritor, quien gusta dignificar las vivencias  mediante la razón.

Osmán Avilés

 

                                        ***

Pálidas fotos amarillas



                                                                         Sólo la infancia es nuestra. El resto pertenece a los extraños.
                                                                          Don Delillo

 

Teníamos la costumbre en esa época de jugar a los escondidos bajo la oscura y destruida armazón de un barco de madera que se encontraba abandonado en la calle Purísima. El barco era grande y llevaba muchos años allí, al lado de una zanja, con una pátina azulosa en la superficie de las tablas y un color gris perlado alrededor del casco. Una parte de la madera estaba carcomida y la otra se caía a pedazos entre la hierba, el bejuco ubí y las enredaderas de cundeamor. Cuando llovía, aquel barco sin nombre desaparecía en el agua, y entonces no parecía un barco, sino una especie de gradería al aire libre, y vieja e inútil. Nosotros lo mirábamos caer, sin darnos cuenta, y hundirse en la corriente de la zanja con cada aguacero. No sabíamos que esa imagen de la lluvia sería tan lejana y tan difusa, y el barco nos parecía claro en los días de sol, lleno de piedras y objetos invisibles, y natural, tan natural como nosotros mismos.
   Nunca nos preguntamos qué hacía ese barco allí, ni quién lo había llevado. Ahora que lo pienso, y lo veo deshacerse en el recuerdo, creo que pudo ser un capricho nostálgico de su último dueño, porque la costa quedaba muy lejos y se veía desde el confín de la loma junto al molino de arroz, una casa gigante a dos aguas rodeada de palmares y la línea finísima de un muelle que se adentraba en el mar.
   Y luego todo aquel azul.
   Decíamos el barco y corríamos descalzos loma arriba, y saltábamos sobre la cubierta y nos perdíamos, realmente nos perdíamos, bajo los negros compartimentos de madera y las oxidadas divisiones de hierro. Entrábamos a un túnel, gateábamos por dentro y desaparecíamos en algún rincón.    Entonces sentíamos el miedo, que era el placer de jugar, y el olor a humedad, a salitre, y al sudor que goteaba lentamente. Afuera, el que se había quedado, comenzaba a buscar. No podemos precisar esa experiencia por el fuerte resplandor de la luz, pero ahora mismo, a la entrada del túnel, estamos viendo a Tito Bolaños iluminado por el sol, inquieto, empapado en sudor, colocando las manos en las primeras tablas y tanteando hacia adentro, empujado por la multitud durante aquel mitin de repudio que le hicieron porque se iba del país. Vemos el mar, mas no desde lo alto, y vemos una casa en New Jersey donde Tito Bolaños nos está recordando, agachados y ocultos en el barco.
   Ahora sentimos el sonido de sus pies al pisar una tabla, y su olor a sudor, porque la búsqueda se hacía con recelo, y con cierto sigilo, que era también el placer de buscar. Durante un rato Tito era visible, podíamos mirarlo a contraluz, pero luego desaparecía junto a nosotros y sólo allí comenzaba el peligro.
   A veces pasaba cerca, temblando, y conteníamos la respiración, pero a veces buscaba tan lejos que salíamos despacio de aquel túnel, corríamos de prisa hasta la base y le gritábamos que había perdido.
   Orlando era el más ágil de nosotros. Siempre descubría un rincón distinto y salía a la luz por el lugar menos esperado. Era negro, tenía los dientes grandes y separados, y hacía trampa en las bolas. En esa época hacer trampas estaba bien visto, era signo de astucia y de inteligencia. También bailar el trompo, danzar en ese círculo de tierra sin cruzar la raya, ganar en las postalitas, gritar la banca pierde y se ríe, el punto pierde y se va, colarse en el cine por la cortina de terciopelo rojo, subir a galerías y escupir hacia abajo, y engañar a Arsenio, el dueño de la Subida de Varona, con el truco de la moneda de dos centavos. Y desde luego, jugar a los escondidos y ganar, ganar siempre.
   En ese tiempo, difuso y extraño, mientras se rumoraba a la hora de comer que había unos alzados en la Sierra Maestra, aquel barco que se iba destruyendo era también un sitio de reunión. Allí hablábamos, de noche o de día, de los platillos voladores y de la vida en Marte, el lejano planeta de nuestros sueños, y nos imaginábamos en una nave espacial, con escafandra y todo, volando a lo desconocido. Tito Bolaños nos prestaba muñequitos de Buck Rogers y los Titanes Planetarios, y queríamos lanzarnos en paracaídas sobre la Luna, sobre el planeta Mongo, y combatir a los hombres de arcilla y viajar con Taguarí a la selva del Amazonas.
   La selva, siempre la selva.
   Los gorilas y las serpientes boas nos quitaban el aliento, los enanos reductores de cabezas, los caníbales, los leones sedientos al pie de una pradera, y nosotros en una expedición, con cascos ingleses y fusiles de mirilla telescópica, como John Nelson y Jackie el Pecoso, y las jirafas con sus altos cuellos, y los mandriles amigos de Tarzán, y los templos ocultos de la diosa Kali. La selva, África, los planetas, el río Amazonas, nuestros grandes misterios y la televisión, que veíamos de tarde en el cuartel.
   Bajábamos la loma de Purísima y nos reuníamos encima de La Kaba y mirábamos desde el precipicio el enorme solar que tenía un olor a turrón porque allí se botaban los desperdicios de la fábrica de dulces de Contreras. La Kaba, hacia abajo, con una zanja sucia y llena de agua que le daba la vuelta y las casitas minúsculas del reparto Gutiérrez. El pasto verde, verde, y los puntos luminosos del mediodía y el temblor en las piernas, y nosotros mirando el farallón, que era un riesgo de hombría y no un misterio.
   Cruzábamos despacio, haciendo equilibrio con los brazos, sin mirar hacia atrás ni hacia abajo, hasta llegar a un tubo de la cañería, el único asidero, el punto más difícil del viaje. Aquí empezaba la aventura, la nuestra, nuestra aventura de ganar o perder. El farallón se hacía más inclinado en lo adelante y terminaba a unos pocos metros en una mata de guásima, frondosa y enorme, cuyas ramas finales tocaban la punta del estrecho corredor de cemento.
   Y luego el aire, el aire.
   Corríamos hacia el vacío, temblando, con el miedo a caer, afincando los pies en todas partes, en un raro equilibrio, atraídos por la dura pendiente hasta alcanzar las ramas y gritar y deslizarnos de una vez por el tronco.
   Ah, La Kaba, las mañanas enteras bajo el sol jugando a la pelota, la casa de lo alto que parecía un minarete árabe, los durofríos de la Niquereña, las bicicletas de Peraza y el paseo Adelaida donde había tantos pájaros que ensordecían, y los árboles de boliches rojos que se cruzaban por encima y tapaban el cielo. Y nosotros caminando en grupo, buscando cuevas de arañas y tesoros ocultos en los solares que no conocíamos, o en la acera del gremio de los panaderos, viendo la loma de Purísima con el primer barranco, el barco abandonado y las casas de tejas, y el sol sobre las torres de la iglesia, y el mar, y los cayos, moteados de verde.
   Nosotros, solos, un mediodía, frente a un recio flamboyán de ancha copa, con las ramas dispersas en lo alto. Orlando está delante, oscuro, sudoroso, con la cabeza rapada. Tito a mi lado, con los labios abiertos, el pelo rubio que le cae en la frente, los ojos grandes, castaños, con algo de verde en el iris, y el árbol sin nombre, el árbol de la tierra que nunca habíamos visto. Detrás un cielo pálido y debajo la hierba de Guinea con sus espigas blancas, meciéndose, ondulando. Todo el rojo del árbol sobre nosotros en su ramaje luminoso y fino y el aire suave que traía su nombre en el ardor crepitante.
Días gastados y no recordados en el barco, en los bultos de avena del patio del cuartel, tras el órgano de los Borbolla por las calles de tierra, todos juntos, que fuimos boy scouts, que leímos a Homero y a Salgari en la biblioteca de los Lobatos, que estuvimos en La Demajagua cuando aún no era Parque Nacional, y vimos las catalinas del ingenio incrustadas en el tronco del jagüey; el dibujo caprichoso de las ruedas alrededor del árbol; que fuimos en camión a la Sierra Maestra, que fumábamos Gener con filtro en las oscuras y lluviosas noches. Tito y yo a solas, en su última casa en la ciudad, en la penumbra del atardecer, vestidos con blue jeans y con aquellas camisas de guinga que nos daban a los maestros en Educación, frente a un millar de hojas que Tito me acaba de conseguir para que pase en limpio mis primeros cuentos, en dos balances de pajilla, con los ojos aguados por el recuerdo de aquello que perdimos. Tito mueve la cabeza rubia, un poco más oscura que antes, mueve la cabeza con pesar y abre los labios para decirme algo, pero no se atreve, y mientras cae la tarde, y tomamos cerveza, se decide de pronto, me mira a los ojos y me dice:
   —Pancho, me voy del país.
   Estábamos los tres, aunque sólo estuviéramos dos. También estaba el farallón, La Kaba, el flamboyán enorme cargado de flores, el colegio Bazán, la Cubanita y los árboles de boliches rojos del paseo Adelaida. Estaba el mar, la selva de los sueños, los gorilas y el planeta Marte. Estaba todo aquello que debía estar. Y está Tito, como el cadáver de Patroclo, insepulto y no llorado.
    Entre los dos se hizo un largo silencio. Yo salí de su última casa, sabiendo que no lo vería nunca más, con el millar de hojas envueltas en un nylon y la cara mojada. Empezaba una fina llovizna, después un aguacero, luego el diluvio.
    Terminó de llover y la calle se secó de súbito. La zanja se había desbordado y algunas tablas flotaban en la corriente. El agua sucia arrastraba otro poco del barco, y así quedaba por algunos días, húmedo y oscuro, hasta que el sol lo secaba por completo.
   Pero un día descubrimos allí, Orlando y yo, una moneda de dos centavos. Recuerdo todavía el brillo plateado de sus bordes y la cara de la estrella cubierta de herrumbre. La moneda estaba en el fondo, iluminada tenuemente por la claridad que se filtraba entre las tablas. Con dos centavos de aquellos podíamos comprar un prú, que era un denso y oscuro refresco hecho a base de hierbas y raíces, o un par de estrellones, o cinco platanitos manzanos, o dos mandarinas, o cuatro plátanos marteños. Los marteños venían de Santa Marta, en Colombia, a remolque de los grandes barcos, y eran largos, verdes y esponjosos, y tenían al final un extraño sabor a panetela.
   La moneda brilló sólo un momento. Me le fui encima con todo mi cuerpo y la tomé con furia, arrastrando la tierra con los dedos. Orlando alzó una mano y me pegó en la espalda, y luego me embistió con la cabeza. Fuimos de una punta a la otra del túnel, rebotando entre las tablas partidas. Aplastamos la hierba y el bejuco ubí, nos retrucamos contra las paredes. Yo sentí que podía ganarle mientras trataba de separar sus rodillas y golpearle bien duro entre las piernas, porque era más pequeño que yo, y menos fuerte, aunque mucho más ágil, y sólo un golpe allí, o en la cabeza, podría detenerlo.
   Golpeé mi cabeza contra la suya. Él me partió la boca y me hizo sangrar. La madera crujía dentro del barco mientras yo apretaba la moneda, la apretaba tan duro que la sentía latir.
    Le di un golpe en la nuca. Sentí el sonido de algo que se quebraba, el sonido que pudo venir de una tabla debajo de su cuerpo, de mi mano al golpear, de la herrumbrosa superficie del barco, el sonido sin nombre que me paralizó y se mantuvo un instante en mis oídos. Pero golpeé de nuevo. Le di en la frente, con el puño cerrado, encima de un párpado. Orlando cerró los ojos y se dio por vencido. Lo dejé tendido, bocarriba, a la entrada del túnel, todavía con el resuello de la respiración. Salí de prisa y crucé la zanja. Mi casa, y el resto de las casas, me parecieron de otro color. Bajo el sol del mediodía la calle era otra, como otro el barco, la costa lejana y el azul del mar.
   A esa hora de intenso calor la Subida de Arsenio Varona estaba a punto de cerrar. El dueño era un anciano, apenas se afeitaba y mantenía su cara redonda con los puntos permanentes de una barba blanca. Estaba casi ciego, pero no usaba lentes, mordía un tabaco quemado hasta el anillo y a veces confundía esas monedas con las monedas de cinco centavos. Arsenio era locuaz, pero sólo si hablaban de sus pájaros.
   El anciano, que usaba camisetas con tirantes y sombrero de paja, se levantaba con lentitud del taburete y asomaba su rostro por encima del mostrador. Entonces uno le hablaba y le pedía diez marteños grandes, de aquella mano, y el otro empezaba a indagar por los sinsontes, canarios y tomeguines que trinaban adentro de las jaulas y que eran también para vender. Arsenio comenzaba a hablar de ellos, los señalaba con velada alegría, se ajustaba los tirantes y el cinto y caminaba arrastrando los pies al tiempo que cortaba los marteños. Caminaba hacia delante y hacia atrás inclinándose con todo su peso sobre aquellos zapatos raspados en la punta, movía el tabaco, alzaba el cuchillo y sonreía, y hablaba, hablaba, con un dejo cantarino y bronco como hablamos todos los manzanilleros de este tiempo, y como pude identificar años después en mi prima Mirurgia, que nunca ha salido de la ciudad, cuando me contó que Tito Bolaños le había mandado unos espejuelos graduados desde New Jersey. «Tito se acuerda de nosotros», me dijo.
   Arsenio seguía hablando de los pájaros y ponía los marteños maduros encima del mostrador. Al cobrar, pasaba sus dedos por la superficie de la moneda, y nosotros insistíamos en ese minuto con algún nuevo detalle de las jaulas, el alpiste o el precio de los pájaros cantores. El anciano podía no responder, continuar su inspección y descubrirnos. Pero siempre miraba hacia arriba, se quedaba observando y contestaba. Al bajar la cabeza ya era otro, se inflamaba de orgullo y recogía la moneda mecánicamente.
   Como casi nunca hablaba con nadie, se sentía pagado con la conversación. Salíamos corriendo de allí, con cinco marteños cada uno, bajando a la carrera los grandes escalones de cemento.
   Pero para comprar con ese truco tenían que ser dos, teníamos que hacerlo juntos.
   Contemplé la moneda y me limpié la sangre de la boca. Me encontraba en un punto más alto, encima de la loma, mientras que Orlando se inclinaba debajo, adolorido. Ahora lo veía mucho más pequeño, con el cuerpo doblado hacia adelante. El sol le daba de frente y podía ver su cabeza rapada y oscura, llena de polvo, el torso sudoroso y el pantalón remendado, sin cinto. Le pedí que viniera conmigo y comencé a bajar. Orlando levantó la cabeza y me dijo que no. Me detuve sin saber qué hacer. Miré la herida cerca del párpado y la sangre que ya comenzaba a descender por su barbilla. Sólo recuerdo que sentí una pena y una ansiedad que me venía por dentro. Nadie podía ayudarme, Tito no estaba, no estaba en este tiempo ni en ninguno, no estaría nunca más. Era el mediodía y el sol iluminaba los tejados rojizos y las calles de tierra. Detrás de Orlando podía ver la ciudad, y la costa y las chimeneas de los barcos que atracaban en la bahía. Apreté la moneda en un puño y comencé a llorar.
   Orlando se retiró en silencio y aquel paisaje se diluyó ante mis ojos, y después no hubo palmas ni costa ni molino de arroz, ni el barco en que jugábamos a los escondidos, ni la calle de tierra en la que estuve por última vez antes de que la infancia se nos convirtiera en unas pálidas fotos amarillas.


                                                                                    ***

Francisco López Sacha (Manzanillo, 1950). Narrador, ensayista y profesor de arte. Estudió Letras en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, donde publicó crítica de cine y crítica literaria. A partir de 1977 empezó a escribir ficción. Durante trece años fue profesor de Pensamiento Teatral en el Instituto Superior de Arte de La Habana. En 1986 publicó su primera novela, El cumpleaños del fuego y un año después su primer volumen de cuentos: La división de las aguas (Letras Cubanas, 1987, premio Caimán Barbudo). Otros libros de cuentos son Descubrimiento del azul (1987, con los premios Caimán Barbudo 1986, Abril 1987 y La Rosa Blanca 1988); Análisis de la ternura (Ediciones Unión, 1988, finalista en el Premio Casa de las Américas en 1984). Uno de sus relatos, “Si hubiera paz en el mundo”, resultó galardonado en el Premio General San Martín del Ateneo de Buenos Aires). Otras novelas suyas son Voy a escribir la eternidad y El más suave de todos los veranos. Es autor de los libros de ensayo La nueva cuentística cubana (1994) y Pastel flameante (2006). En 1994 publicó también Fábula de ángeles: antología de nuevos narradores cubanos, y en 1996 La isla contada: el cuento cubano contemporáneo, que tuvo dos ediciones en España, una en Portugal, otra en Brasil, y en Italia. En 1997 publicó en México su antología personal Figuras en el lienzo, en la colección Rayuela Internacional de la UNAM.

1 Francisco López Sacha: Dorado mundo. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2000.
 

 
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